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lunes, 27 de junio de 2016

Leyes que nadie ha puesto, que están ahí.

         Sófocles cuenta en una de sus tragedias la historia de Polinices, un joven que muere en la rebelión contra Creonte, el tirano de Tebas.
        Creonte ordena, para dar público escarmiento, que el cadáver de Polinices sea abandonado en el campo para que lo devoren las alimañas. Y si alguno se atreve a darle sepultura, morirá. 
        Pero Antígona, hermana de Polinices, desafía la orden del tirano y entierra el cuerpo de su hermano. La denuncian ante Creonte, que acusa a la muchacha de despreciar la ley. Ella responde con valentía: "No creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para que un hombre pueda saltar por encima de las leyes no escritas, inmutables, de los dioses; de esas leyes cuya vigencia no es de ayer, sino de siempre, y nadie sabe cuándo aparecieron". 
        Aquel diálogo continúa, chispeante, y es un buen reflejo de cómo la sociedad griega de hace veinticinco siglos reconocía la existencia de unas leyes naturales inmutables. Porque si el fundamento de la moral fuese la voluntad de los pueblos, las decisiones de sus jefes, o las sentencias de sus jueces, entonces, todo lo que se aprobara legalmente se convertiría en bueno, aunque fuese mentir, robar o matar. 
        La ley moral debe surgir de algo impreso en la naturaleza humana, que llamamos ley natural. Una ley que obliga a todos los hombres, y que no siempre coincide con los gustos del momento de cada gobernante, de cada sociedad, de cada persona. 
        -Pero ¿esas leyes no suponen para el hombre una pérdida de libertad?
        Todos aceptamos leyes biológicas, físicas o matemáticas que limitan nuestra libertad. No nos consideramos oprimidos por la ley de la gravedad, que nos impide volar o tirarnos de un noveno piso; la aceptamos, sabiendo que ir en contra de ella acabaría con nuestra vida. Nadie se considera menos libre por aceptar el teorema de Pitágoras o el principio de Pascal. De manera semejante, la ley natural no tiene por qué suponer para nadie una pérdida de libertad. Es más, quienes no quieren aceptar esa norma recta de conducta, porque piensan que así serán más libres, tarde o temprano se encuentran con que son esclavos de su propios vicios y están siendo manejados por quienes explotan su debilidad.
        No somos poseedores de la verdad, es la verdad quien nos posee. Somos servidores de la verdad, no sus dueños ni sus autores.
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