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viernes, 26 de febrero de 2016

Contracorriente (8): Supuestas mutaciones antropológicas.

        Al hablar de mutación no quiero ni siquiera recordar las interpretaciones de la evolución darwiniana, con el determinismo que indirectamente comportan. Aunque cada persona es distinta y libre, comparte la misma naturaleza. Las tendencias fundamentales del hombre son esencialmente semejantes: el varón y la mujer sienten entre ellos atracción física y afectiva; también tienen inclinación al enamoramiento; uno de otra; una de otro. También son semejantes los sentimientos hacia los hijos, ante la fidelidad, la vida o la muerte.

            Llamo mutación de una conducta habitual tendencial a un fenómeno no natural (no procedente de la naturaleza) que, por tanto, en un primer momento ha de ser inducido contra naturaleza o sin contar con ella, presentándose como defecto o carencia.

La mutación es forzadora de nuevos comportamientos, que hasta ese momento no eran admitidos o asimilables a la primera; es generadora de conductas extrañas e incómodas para quien la padece y para quienes le rodean, que sólo pueden sobrevivir y aceptarse  por un cierto acostumbramiento, después de experimentadas numerosas veces. Ese nuevo hábito, generador de acciones, ni procede de la naturaleza humana ni puede mutar a la misma naturaleza, aunque sí podría alterar la personalidad individual. Incluso podría generalizarse, porque si el número de personas que tienen  un comportamiento defectuoso es elevado, el “número” presenta los comportamientos y actitudes con  una cierta “naturalidad”, con una aparente “veracidad”.

            De este modo, se pueden inducir cambios en la personalidad humana y en la sociedad, presentando una actuación como buena y natural y, por tanto, aceptable por muchos…

Mediante imágenes, vía cine o televisión, se puede presentar con naturalidad una conducta no natural. Aunque no sea verdadera, puede tomar la apariencia de verdad, y por tanto de cierta bondad. Por ejemplo, la normalidad de relaciones sexuales entre chicos y chicas a partir de los 14 años, si apareciera en las pantallas con mucha frecuencia y justificándose. O que se tome mucho alcohol, hasta la ebriedad, los viernes por la noche, en la movida de ciudades y pueblos.

Para poder inducir semejantes cambios de conducta y de emociones, se ha de poseer una profunda claridad ideológica, saber adónde se va, y tener un gran poderío propagandístico, es decir de medios de comunicación (sobre todo la televisión  y el cine); inmenso poderío económico e ideológico. En este momento, sólo algunos grupos económicos –por supuesto los estados- disponen de fuerza capaz de sacar adelante comportamientos generalizados.

            Pretendo llamar la atención sobre la necesidad de agentes poderosos para inducir “mutaciones” en la conducta de la persona humana, sobre todo si ya no es a nivel nacional, sino a nivel planetario.

En estos momentos de la historia no podemos pecar de ingenuos. Por ejemplo, todos sentimos respeto hacia las personas con tendencia homosexual, pero muy pocos hubieran creído hace 20 años que fuera “natural” que esas tendencias generaran uniones equiparables al matrimonio. Que la identidad sexual se eligiera. Mucho menos que se llegara a aprobar en diversos Parlamentos, el llamado matrimonio “homosexual”. Y se ha dado todo de golpe, en todos los países, de modo “muy aparentemente natural”, es decir muy artificial.

Tendremos que esperar al transcurso de la historia para conocer bien cada paso de esos movimientos que se han presentado tan cargados de “naturalidad”.

            Aunque lo presento sólo como una hipótesis, pienso en poderes e ideologías muy fuertes en lo económico y político. Y no veo clara una ideología interesada en directo en el favorecimiento de la homosexualidad, porque hay promoción: donna –decía un cartel en una manifestación en Italia- non si nasce, si diventa (mujer no se nace,  se consigue, se alcanza, se elige: la determinación orgánica aparece como no significativa). Tampoco, en la promoción de un cierto enfrentamiento entre sexos, con el feminismo radical. No, no; me parece que, de fondo, todo esto va en dirección a quitar protagonismo a la unión natural del hombre y de la mujer, que lleva al único matrimonio, y a la única familia.

Es evidente que es una ideología que tiene detrás muchísimo dinero porque está moviendo la cultura, el arte, los medios de comunicación, la industria; llega a todos los rincones de la tierra, y sin levantar sospechas hacia nadie concreto. Y lo que está en mente es un proyecto de hombre, de naturaleza humana,  y de sociedad, distintos.

¿Cómo conseguir que las chicas del mundo entero –salvo las de los países subdesarrollados, pobres o musulmanes- vistan del mismo modo? Como el estilo común se marca a nivel mundial por los mass-media, no cabe más conclusión que ésta: ciertos grupos disponen de estos medios a escala global. Tanta concordancia llena de sospecha. Y no creo en el “milagro” de que no haya nadie detrás.

            Los biólogos sabemos que un cambio fisiológico es imposible que se transmita (a eso llamamos mutación), a no ser que proceda o derive de una alteración cromosómica. Esta alteración sí que podría transmitirse por generación. Lo normal es que si un cambio fisiológico no responde a un cambio cromosómico, sea corregido por el mismo cromosoma, precisamente al no encontrarse dirigido por él. Para saber si se da una mutación ha de permanecer y transmitirse por generación.

En este sentido, el mundo de lo humano, del pensamiento, de los sentimientos, modos de actuación, tendencias, etc., resultaría a primera vista más moldeable… Pero sucede lo contrario. La naturaleza humana sólo admite cambios (y es bueno que sea así) en lo accidental. Si, aparentemente, se produce un cambio estructural, en realidad se ha debido a una imposición temporal. Y la naturaleza, el ser humano, se liberará antes o después de ese encorsetamiento a su libertad.

Deseemos que la caída de lo falso o degradado no ocurra con violencia, como en otros momentos de la historia, sino del mismo modo que el aparentemente irremovible “telón de acero”, cuando cientos de millones de seres humanos se liberaron del dirigismo político y moral.

También hemos de esperar, y procurar, que se haga lo suficientemente pronto, para que no se generalice el pensamiento de que, al cambiar leyes esenciales de modo tan rápido por los parlamentos, se pueda inferir que no exista ninguna con carácter absoluto, y que por tanto estén de más las leyes, como los estados que las promulgan. Así se genera el antisistema.

La naturaleza humana rehúye de las imposiciones a medio y a largo plazo, y no acepta las leyes si les falta coherencia intrínseca e interna, o que se apoyan exclusivamente en el poder y voluntad del legislador. Esta pérdida de valoración cívica desencadenaría el caos.



martes, 23 de febrero de 2016

Ante el Padrenuestro blasfemo patrocinado por la Alcaldesa de Barcelona Ada Colau.

     Como ha ocurrido muchas veces, en Barcelona no se callan nunca, cuando actúan aquellos que al mismo tiempo que se hacen abanderados de la libertad, conculcan -es llamativo- la libertad de los demás, hasta llegar a lo más recóndito, la libertad de conciencia y la libertad religiosa. Contra ellos chocaron cuando el famoso "tripartito" quiso romper los conciertos de enseñanza. Y tuvieron que echar para atrás, y reconocer los conciertos. Y así seguirá pasando siempre que no vean apatía en las personas. Una de las señales mayores de la apatía es hablar mucho de los temas, comentarlos mucho, pero no hacer nada práctico. Incluyo un video de la protesta en Barcelona ante el Padrenuestro blasfemo de Ada Colau.

viernes, 19 de febrero de 2016

Contracorriente (7): ¿Qué vale la vida humana para el materialismo ideológico?

             En el desarrollo racionalista (por llamarlo de algún modo) del materialismo, no valorar al hombre e ir contra de Dios con ocasión o sin ella, responden a una necesidad vital ideológica. Sin Dios, el hombre es pura materia, y a la materia no se le puede pedir mucho. Sólo una ciertas cualidades, hacen a personas y cosas  algo valiosas.

            Según los puros pensadores materialistas, la pertenencia a una especie como la humana no tiene ningún significado moral por cuanto respecta a ser persona (Por ejemplo, MICHAEL TOOLEY, "Abortion and Infanticida”), ser humano no basta para ser una persona. Se requiere mucho más  para que una entidad sea considerada persona y, por tanto, un ser de valor moral. Bastantes definen variados criterios, pero en general todos concuerdan en que, para ser persona, un individuo debe tener conciencia de sí en cuanto sujeto capaz de deseos y con "una desarrollada capacidad de razonar, querer y relacionarse con los demás” (Uno entre muchos: DANIEL CALLAHAN, "Abortion: Law, Choice, and Morality”).

            Y defienden que no todos los seres humanos tienen una capacidad desarrollada en este grado. No todos tienen conciencia de sí mismos como individuos, ni son capaces de relacionarse con los demás, entre éstos los niños no nacidos.  Tampoco los recién nacidos tienen conciencia de sí mismos como individuos; ni un niño posee la capacidad desarrollada de razonar, querer, desear y relacionarse con los demás durante un cierto periodo de su vida. Por tanto, según estos influyentes “científicos” y “sociólogos”, los niños -y los adultos que pudieran comportarse como ellos -quizá por malformaciones cerebrales- no pueden considerarse personas en sentido estricto. No son, por tanto, sujeto de derechos que deban ser reconocidos y protegidos por la sociedad.

            Basándose en la utilitarista y no razonada idea del no ser personas de los fetos, en este momento buena parte apoyan el aborto e, incluso, el infanticidio. Es interesante, en este sentido, advertir como una autora que justificaba el aborto porque no consideraba al feto como persona, rechaza sin embargo el infanticidio, pero por razones puramente pragmáticas. Piensa, en efecto, que sería “equivocado" matar un niño en este momento histórico..., porque aunque los padres no lo quisieran y no sufrirían por su destrucción, existen otras personas que lo desearían tener y serían… de este modo privadas de una gran alegría. Por esto -continúa- el infanticidio está equivocado por las mismas razones por las que es erróneo destruir riquezas naturales o grandes obras de arte” (MARY ANN WARREN, "On the Moral and Legal Status of Abortion", in Contemporary Issues in Bioethics, ed. Tom L. Beauchamp and LeRoy Walters (2nd ed.: Belmont, CA: Wadsworth, 1982), p. 259)

martes, 16 de febrero de 2016

Empatía: Sentir con los demás

De Opus Dei.es 

Para vivir la caridad hay que comenzar reconociendo en el otro a alguien digno de consideración, y ponerse en sus circunstancias. Se trata de tener empatía, tema de un nuevo editorial de la serie sobre "Formación de la personalidad".

Todos hemos experimentado que, en muchas ocasiones, para asimilar bien lo que sucede a nuestro alrededor, no basta con que se nos transmitan simplemente unos datos objetivos. Por ejemplo, si alguien interpreta una pieza musical para unos amigos, esperará ver cómo los demás pasan un rato agradable al oír la misma melodía que a él apasiona. En cambio, si los amigos se limitaran a decir que la ejecución ha sido correcta, pero sin mostrar el menor entusiasmo, entonces seguramente vendría el desánimo, junto a la sensación de que en realidad no se posee talento.
Cuántos problemas se evitarían si procuráramos entender mejor lo que sucede en el interior de los demás, sus expectativas e ideales. «Más que en “dar”, la caridad está en “comprender”»[1]. Para vivir la caridad hay que comenzar reconociendo en el otro a alguien digno de consideración, y ponerse en sus circunstancias. Hoy se suele hablar de empatía para referirse a la cualidad que facilita meterse en el lugar de los demás, hacerse cargo de su situación y ponderar sus sentimientos. Unida a la caridad, esta actitud contribuye a fomentar la comunión, la unión de corazones, como escribe san Pedro: «tened todos el mismo pensar y el mismo sentir»[2].
Aprender de Cristo
CON SU VIDA, JESÚS NOS ENSEÑA A VER A LOS DEMÁS DE UN MODO DISTINTO, COMPARTIENDO SUS AFECTOS, ACOMPAÑÁNDOLOS EN ILUSIONES Y DESENCANTOS. 
Desde el principio, los discípulos experimentaron la sensibilidad del Señor: su capacidad de ponerse en el sitio de los demás, su delicada comprensión de lo que sucedía en el interior del corazón humano, su finura para percibir el dolor ajeno. Al llegar a Naím, sin que medie palabra, se hace cargo del drama de la mujer viuda que ha perdido a su hijo único[3]; al escuchar la súplica de Jairo y el rumor de las plañideras, sabe consolar a uno y apaciguar al resto[4]; es consciente de las necesidades de quienes le siguen y se preocupa si no tienen qué comer[5]; llora con el llanto de Marta y María ante la tumba de Lázaro[6] y se indigna ante la dureza de corazón de los suyos cuando quieren que baje fuego del cielo para quemar la aldea de los samaritanos que no les han recibido[7].
LAS RAZONES DEL CORAZÓN SUELEN ABRIR LAS PUERTAS DEL ALMA CON MAYOR FACILIDAD QUE UNA ARGUMENTACIÓN FRÍA O DISTANTE. 
Con su vida, Jesús nos enseña a ver a los demás de un modo distinto, compartiendo sus afectos, acompañándolos en ilusiones y desencantos. Aprendemos de Él a interesarnos por el estado interior de quienes nos rodean, y con la ayuda de la gracia superamos progresivamente los defectos que lo impiden, como la distracción, la impulsividad o la frialdad. No hay excusa para cejar en este empeño. «No pensemos que valdrá de algo nuestra aparente virtud de santos, si no va unida a las corrientes virtudes de cristianos. -Esto sería adornarse con espléndidas joyas sobre los paños menores»[8]. La cercanía con el Corazón del Señor ayudará a moldear el nuestro de manera que nos llenemos de los sentimientos de Cristo Jesús.
Caridad, afabilidad y empatía
«La caridad de Cristo no es sólo un buen sentimiento en relación al prójimo; no se para en el gusto por la filantropía. La caridad, infundida por Dios en el alma, transforma desde dentro la inteligencia y la voluntad: fundamenta sobrenaturalmente la amistad y la alegría de obrar el bien»[9]. Es hermoso descubrir cómo los apóstoles, al calor de su relación con el Señor, van apaciguando sus temperamentos, muy variados, que en ocasiones les han llevado a manifestarse poco compasivos frente a otras personas. Juan, tan vehemente que con su hermano Santiago mereció el sobrenombre de hijo del trueno, más tarde se llenará de mansedumbre e insistirá en la necesidad de abrirse al prójimo, de entregarse a los demás como lo hizo el mismo Cristo: «En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos»[10]. También san Pedro, que antes se había mostrado duro ante los adversarios de Jesús, se dirige al pueblo en el Templo buscando su conversión, pero con palabras exentas de cualquier rastro de amargura: «Hermanos, sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes. (…) Arrepentíos, por tanto, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados, de modo que vengan del Señor los tiempos de la consolación»[11].
Otro ejemplo nos lo ofrece san Pablo, que tras haber sido un terrible azote para los cristianos, se convierte y pone al servicio del Evangelio su genio y su genio: su mente clara y su carácter fuerte. En Atenas, aunque su espíritu bulle de indignación ante la presencia de tantos ídolos, procura empatizar con sus habitantes. Cuando tiene ocasión de dirigirse a ellos en el Areópago, en lugar de echarles en cara su paganismo y depravación de costumbres, apela a su hambre de Dios: «Atenienses, en todo veo que sois más religiosos que nadie, porque al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados he encontrado también un altar en el que estaba escrito: “Al Dios desconocido”. Pues bien, yo vengo a anunciaros lo que veneráis sin conocer»[12]. En esta actitud que sabe comprender y motivar se descubren los rasgos sobresalientes de una inteligencia que integra y modula sus emociones. También se manifiesta la genialidad de una persona que se hace cargo de la situación de los demás: escoge un aspecto de su sensibilidad, por más pequeño que parezca, para sintonizar con los oyentes, captar su interés y llevarlos hacia la verdad plena.
Caminos para amar la verdad
Al tratar de ayudar a los demás, la caridad y la mansedumbre nos guiarán hacia las razones del corazón, que suelen abrir las puertas del alma con mayor facilidad que una argumentación fría o distante. El amor de Dios nos impulsará a conservar un estilo afable, que muestre lo atractivo que es la vida cristiana: «La verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre»[13]. Sabremos descubrir lo positivo de cada persona, pues amar la verdad implica reconocer las huellas de Dios en los corazones, por más desfiguradas que parezcan estar. 
LA AUTÉNTICA EMPATÍA IMPLICA SINCERIDAD Y ES INCOMPATIBLE CON UNA CONDUCTA IMPOSTADA, QUE ESCONDE LOS PROPIOS INTERESES.
La caridad hace que, en el trato con amigos, colegas de trabajo, familiares, el cristiano se muestre comprensivo con quienes están desorientados, a veces porque no han tenido la oportunidad de recibir una buena formación en la fe, o porque no han visto un ejemplo encarnado del auténtico mensaje del Evangelio. Se mantiene, así, una disposición de empatía también cuando los otros están equivocados: «No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad»[14]. Hemos de decir la verdad con una paciencia constante -«veritatem facientes in caritate»[15]-, sabiendo estar al lado de quien quizá está confundido, pero que con un poco de tiempo se podrá abrir a la acción de la gracia. Esta actitud consiste muchas veces, como señala el Papa Francisco, en «detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad»[16].
Apostolado y comunión de sentimientos
Algunos podrían intentar reducir la empatía a una simple estrategia, como si fuera una de esas técnicas que proponen un producto al consumidor de tal modo que tiene la sensación de que eso era justo lo que estaba buscando. Aunque lo anterior pueda ser válido en ámbito comercial, las relaciones interpersonales siguen otra lógica. La auténtica empatía implica sinceridad y es incompatible con una conducta impostada, que esconde los propios intereses.
Esta sinceridad es fundamental cuando buscamos dar a conocer el Señor a las personas con las que convivimos. Haciendo propios los sentimientos de quienes Dios ha puesto a nuestro lado en el camino, tenemos la finura de caridad de alegrarnos con cada uno de ellos y de sufrir con cada uno también. «¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo, sin que yo me abrase de dolor?»[17] ¡Cuánto afecto sincero se descubre en esta cariñosa alusión de san Pablo a los cristianos de Corinto! Es más fácil que la verdad se abra paso a través de este modo de compartir sentimientos, porque se establece una corriente de afectos -de afabilidad- que potencia la comunicación. El alma se vuelve así más receptiva a lo que escucha, especialmente si se trata de un comentario constructivo que la anima a mejorar en su vida espiritual.
«Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual. La escucha nos ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de la tranquila condición de espectadores»[18]. Cuando la escucha es atenta, nos implicamos en la realidad de los demás. Buscamos ayudar al otro a discernir cuál es el paso que el Señor le pide dar en ese momento específico. Es en el momento en que el interlocutor percibe que su situación, opiniones y sentimientos son respetados -es más, asumidos por quien le escucha- cuando abre los ojos del alma para contemplar el resplandor de la verdad, la amabilidad de la virtud.
LA ESCUCHA NOS AYUDA A ENCONTRAR EL GESTO Y LA PALABRA OPORTUNA QUE NOS DESINSTALA DE LA TRANQUILA CONDICIÓN DE ESPECTADORES (FRANCISCO)
En contraste, la indiferencia ante los demás es una grave enfermedad para el alma apostólica. No cabe ser distantes con quienes nos rodean: «Esas personas, a las que resultas antipático, dejarán de opinar así, cuando se den cuenta de que “de verdad” les quieres. De ti depende»[19]. La palabra comprensiva, los detalles de servicio, la conversación amable, reflejan un interés sincero por el bien de aquellas personas con las que convivimos. Sabremos hacernos querer, abriendo las puertas de una amistad que comparte la maravilla del trato con el Señor.
Animar a caminar
Señala el Papa Francisco que «un buen acompañante no consiente los fatalismos o la pusilanimidad. Siempre invita a querer curarse, a cargar la camilla, a abrazar la cruz, a dejarlo todo, a salir siempre de nuevo a anunciar el Evangelio»[20]. Al hacernos cargo de las debilidades de los demás, sabremos también animar a no ceder al conformismo, a ampliar sus horizontes para que sigan aspirando a la meta de la santidad.
Al obrar de este modo, seguiremos el ejemplo de profunda comprensión y amable exigencia que nos ha dejado Nuestro Señor. Cuando, en la tarde del día de la Resurrección, camina al lado de los discípulos de Emaús, les pregunta: «¿De qué veníais hablando entre vosotros por el camino?»[21], y deja que se desahoguen, manifestando la desilusión que oprimía sus corazones y la dificultad que tenían para creer que Jesús había realmente vuelto a la vida, como atestiguaban las santas mujeres. Solo entonces el Señor toma la palabra y les explica cómo «era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria»[22].
¿Cómo habría sido la conversación de Jesús, de qué modo habría sabido responder a las inquietudes de los discípulos de Emaús, que al final le dicen: «Quédate con nosotros»[23]? Y eso, a pesar de que al inicio les reprocha su incapacidad de comprender lo que habían anunciado los Profetas[24]. Quizá sería el tono de voz, la mirada cariñosa, lo que haría que estos personajes se supieran acogidos pero, al mismo tiempo, invitados a cambiar. Con la gracia del Señor, también nuestro trato reflejará el aprecio por cada persona, el conocimiento de su mundo interior, que impulsa a caminar en la vida cristiana.
Javier Laínez

[1] San Josemaría, Camino, n. 463.
[2] 1 Pe 3, 8.
[3] Lc 7, 11-17.
[4] Cfr. Lc 8, 40-56; Mt 9, 18-26.
[5] Cfr. Mt 15, 32.
[6] Cfr. Jn 11, 35.
[7] Cfr. Lc 9, 51-56.
[8] Camino, n. 409.
[9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 71.
[10] Jn 3, 16.
[11] Hch 3, 17. 19-20.
[12] Hch 17, 23.
[13] Camino, n. 657.
[14] San Josemaría, Conversaciones, n. 44.
[15] Ef 4, 15 (Vg).
[16] Francisco, Ex. Ap. Evangelii gaudium, 24-XI-2013, n. 46.
[17] 2 Cor 11, 29.
[18] Francisco, Evangelii gaudium, n. 171.
[19] San Josemaría, Surco, n. 734.
[20] Francisco, Evangelii gaudium, n. 171.
[21] Lc 24, 17.
[22] Lc 24, 26.
[23] Lc 24, 29.
[24] Cfr. Lc 24, 25.

    lunes, 15 de febrero de 2016

    Benedicto XVI al parlamento alemán - clase magistral de política

    ¿Qué libertad de expresión?


    Escribe Juan Manuel de Prada:
    Por gentileza de la Asociación Colombiana de Juristas Católicos hemos venido hasta Bogotá para hablar de libertad de expresión. 
    El problema originario de la libertad de expresión, como el de otras libertades modernas, está en su propia naturaleza; pues en nuestra época la libertad ha dejado de ser un medio (aquel “precioso don que a los hombres dieron los cielos”, según Cervantes) que nos ayuda a encontrar la verdad y se ha convertido en un fin en sí misma, una libertad sin responsabilidad que no se ciñe a la realidad objetiva de las cosas (puesto que la subjetividad se convierte en medida del mundo y proclama su derecho a percibir las cosas según su deseo), hasta degenerar en libertad sin criterio, pura decisión ex nihilo, afirmación absolutista de un yo soberano. 
    Chesterton lo expresaba magníficamente: “La modestia se ha mudado del órgano de la vanidad para instalarse en el órgano de la convicción. El hombre estaba destinado a dudar de sí mismo, no de la verdad de las cosas; pero ha sucedido exactamente lo contrario. Actualmente, la parte de sí mismo que el hombre proclama con orgullo es exactamente la parte que no debería proclamar: su propio yo. Y la parte que pone en duda es exactamente la parte de la cual no debería dudar: la razón divina”.

    De este modo, en aras de la exaltación del yo, se acaba postulando una libertad errática, emancipada de la realidad. Pues, como nos recordaba Castellani, “la libertad no es un movimiento, sino un poder moverse; y en el poder moverse lo que importa es el hacia dónde”. 
    Una libertad sin rumbo favorece dos procesos destructivos: por un lado, al negar la verdad objetiva de las cosas y absolutizar la subjetividad, se favorece un enjambre de opiniones dispares que propician el caos (puesto que todas las opiniones acaban valiendo lo mismo; o sea, nada); por otro, la libertad sin responsabilidad acaba convirtiéndose en libertad para elegir las ideas más perversas, en libertad para exaltar las pasiones más torpes, incluso en libertad para dañar, calumniar, ofender y blasfemar, en libertad para sembrar el odio y propagar la mentira, en libertad para inclinar a otros hombres hacia el mal. Esta es la libertad que jaleaban las masas lloriqueantes que repetían como loritos: “Je suis Charlie Hebdo”.
    Pero esta libertad de expresión perversa que, aparentemente, permite todas las opiniones, necesita (¡oh sorpresa!) prohibir algunas. Pues toda forma de organización, por nihilista que sea, requiere para su propia supervivencia de un núcleo dogmático que la salve del caos y la confusión del hormiguero. Inevitablemente, en una época que ha hecho de la exaltación del propio yo y de la negación de una razón divina su núcleo dogmático la visión cristiana de la naturaleza y del hombre es cada vez más anatemizada. 
    Y, mientras esto ocurre, mediante mecanismos de propaganda y control social refinadísimos, se modela una “opinión pública” en la que algunas opiniones han sido por completo vetadas (tal vez porque son demasiado verdaderas) y en la que triunfa aquello que Marcuse denominó “la dimensión única de pensamiento”. 
    Así se explica que en este supuesto paraíso de la libertad de expresión nadie pueda expresar más opinión que la oficial sobre ciertas “cuestiones espinosas”; y así, por ejemplo, se establecen penas para el réprobo que ose bromear sobre la sodomía, o se execra al profeta que se atreve a advertir de los peligros del multiculturalismo, o se estigmatiza académicamente al científico que pone en entredicho las hipótesis darwinistas. Porque se ha alcanzado tal nivel de control sobre las almas –citamos de nuevo a Marcuse—que “toda contradicción parece irracional y toda oposición imposible”.
    Y entretanto, las masas se juntan en interné, a retuitear la alfalfa sistémica con que previamente han tupido sus meninges y matado sus almas, y se creen más libres para expresarse que nadie en la Historia. ¡Cuitados!

    Juan Manuel de Prada / facebook

    Aborto y tolerancia.

    Fernando Pascual, L.C


             La tolerancia es una actitud mental y cívica por la que se soporta o permite un comportamiento o un modo de pensar que es distinto del nuestro.
            En este sentido, todos tenemos algo de tolerantes. Si me molesta el humo de quien fuma a mi lado, lo “toleraré”, aunque también puedo alejarme de él con un poco de educación. Cuando me siento a comer con un amigo que mastica con la boca abierta, también tengo que ejercer la virtud de la tolerancia, y con un motivo mayor: es mi amigo.
            Ser intolerante, en cambio, es vivir en una actitud de oposición más o menos radical respecto de aquellos que no piensan como nosotros, o que tienen comportamientos más o menos molestos o desagradables (siempre, claro está, dentro de unos límites). Tal actitud puede llevar a la calumnia o a la agresión física. A veces ha llevado al asesinato, a la eliminación del otro.
            Un problema ya clásico es que la tolerancia no puede tolerar la intolerancia. O, mejor, no puede tolerar aquellas formas de intolerancia que implican violencia o daños morales a otras personas. Si la tolerancia dejase viva a la intolerancia, pronto el intolerante se haría fuerte, e impondría, como en tantos momentos de la historia, sus ideas por medio de la “ley de la fuerza”, por medio de una violencia insaciable.
            En el tema del aborto, ¿cómo hay que aplicar la tolerancia? Los que defienden el aborto acusan a quienes van contra el aborto de ser intolerantes. Dicen que los “defensores de la vida” quieren imponer sus opiniones religiosas o quieren prohibir todo debate sobre el aborto, y, por lo tanto, son intolerantes.
            Si estamos atentos, la oposición al aborto no coincide necesariamente con una idea religiosa, sino que es una idea civil, tan civil como que quienes defienden el aborto han nacido porque se les dejó nacer, aunque sus padres fuesen ateos. También el cristianismo declara que el robo es pecado, pero el estado no impone la moral cristiana al prohibir los robos: simplemente defiende un derecho natural de sus ciudadanos.
            Igualmente, prohibir un debate sobre el aborto es tan natural como prohibir a un grupo racista tener una discusión pública organizada para pedir el exterminio de los que son de una raza concreta. La tolerancia, no hay que olvidarlo, no puede tolerar la intolerancia...
            Conviene tener muy claro este principio: el que defiende el aborto promueve comportamientos que destruyen la vida de seres humanos que no han nacido, y que pueden dañar enormemente la psicología de la madre que aborta. Por lo mismo, el aborto es un comportamiento gravemente intolerante: no podemos tolerarlo. O, mejor, si queremos ser verdaderamente tolerantes, defensores de los derechos de todos, no podemos no oponernos al aborto, porque todo ser humano tiene derecho a la vida. Aunque ese derecho muchas veces sólo empieza a ser efectivo después del nacimiento, también es verdad que para nacer hay que estar antes unos meses en el seno de la madre (al menos mientras no se invente el embarazo “artificial”...).
            En los debates sobre el aborto se razona muchas veces con más pasión que sentido común. Es necesario aclarar las cosas, y reconocer que un ser humano inicia su existencia en el momento de la concepción. Negarlo sería suponer (ya se ha hecho) que hay seres “prehumanos” que viven una serie de días, semanas o meses (según la conveniencia de la legislación abortista) en el seno de una mujer, y que un día, ¡gran milagro!, se convierten en niños de la especie “homo sapiens sapiens”.
            Otros empiezan a inventar cifras sobre el aborto para presionar sobre su legalización. El modo de razonar es sumamente extraño. Imaginémoslo aplicado al tema de la delincuencia. “Si los robos al año son tantos millares, entonces podríamos legalizarlo para evitar que se cometa en formas dañinas e incontroladas... Además, muchos de esos robos son violentos, y legalizándolos se evitarían heridas e incluso muertes de las víctimas (o de los mismos ladrones)”.
            Aunque se legalizase el robo (lo cual es absurdo), siempre seguiría habiendo robos clandestinos. Lo mismo ha pasado en países que han legalizado el aborto: no han eliminado nunca esos abortos a escondidas que son tan peligrosos para las mujeres (y para sus hijos), al mismo tiempo que han dañado enormemente toda la vida social al declarar legal y “derecho” la eliminación de seres humanos antes del nacimiento.
            Hay que defender la sana tolerancia de los que hacen un mal uso de ella. Hay presuntas virtudes que, puestas en manos de los enemigos del hombre, se convierten en algo muy peligroso . No hay peor cosa que un criminal “científico” (y el miedo al terrorismo biológico nos lo ha recordado ampliamente). No hay peor intolerante que aquel que acusa de intolerantes a quienes defienden, de verdad, la vida de todo hombre antes que nacer. Lo peor de todo es que así se puede confundir lo que es la tolerancia con su sucedáneo puesto al servicio del crimen organizado, como el que se practica, hablemos claro, en las clínicas abortistas.
            Una sociedad que ponga en discusión el derecho a la vida de sus ciudadanos, o la igualdad de derechos de los que tienen distinto sexo, raza o religión, pone en discusión los principios fundamentales que permiten nuestra convivencia. Pone en peligro su misma existencia como sociedad. Los derechos fundamentales no pueden ser objeto de discusión. Nos toca a todos defender tales derechos y promover una sociedad más humana, capaz de amparar la vida de todos, también de los no nacidos y de aquellas madres que se encuentren en dificultad.

    ¿No debería ser más comprensiva?


    Por Alfonso Aguiló

     —¿Pero no te parece que la Iglesia debería ser un poco más comprensiva con la debilidad de los hombres? 
            Un médico no es acusado de falta de comprensión cuando diagnostica un cáncer y dice que habría que operar. Sin embargo, a veces se tacha a los "médicos del espíritu" de poco comprensivos o de faltos de compasión cuando diagnostican una falta o pecado y sugieren que habría que arrepentirse y cambiar. 
            Igual que el médico se compadece ante el enfermo de cáncer mostrándose inflexible contra el tumor, la Iglesia se compadece ante la debilidad humana del pecador mostrándose inflexible contra el pecado. Es un deber que a veces es duro de oír, e incluso de decir, pero un deber insoslayable. 
            La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede distinguir el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, a no ser al precio de una mentira que le destruye a sí mismo. Esto es una cuestión clave para la felicidad y la libertad. El bien es un camino que se abre hacia la felicidad. El mal es un abismo donde, de golpe, el hombre bascula como en la nada. Por eso los preceptos de la Iglesia no son prohibiciones arbitrarias, sino una salvaguarda de la libertad humana. La Iglesia apela a la razón para reconocer esta luz sobre el hombre y sobre su condición, y al recordar lo razonable, defiende hasta el fin la responsabilidad de la libertad. Escoger el bien digno del hombre no es llamar "bien" a lo que me gusta o satisface mis intereses. Es respetar la dignidad personal y común a todos.
            Por eso hay muchos temas en los que la Iglesia está obligada a decir siempre lo mismo sobre lo mismo. Eso sí, con gracia nueva cada día. Pero sin dejarse arrastrar por las modas del momento. Por eso la Iglesia tiene una lógica interna aplastante cuando dice: a mí no me pidan que cambie la norma, adapte usted su comportamiento a la norma si quiere vivir realmente la fe católica. 
            Lo esencial de la fe -señala Manuel Hidalgo- es como lo esencial de la medicina. Mire, doctor, es que hoy día la gente bebe mucho..., ¿podría usted autorizarme una botella de whisky al día? Pues mire usted, el whisky acabará por destrozarle a usted el hígado. Además, si usted no bebe, los que le vean tendrán una razón menos para destrozarse su propio hígado. Es que a mí me gusta beber. Ah, pues entonces haga usted lo que quiera y no me pregunte. Es duro, ¿no? Quizá por eso hay tantos que pasan de los médicos. Y más cuando de lo que se trata es del sexo, que a muchos les gusta más que el whisky. Oiga, que el ejemplo no me vale, porque el sexo es de lo más natural. Sí, y los huevos de gallina también son naturales y dan colesterol... ¡Qué le vamos a hacer! 
            Esa honestidad de la Iglesia católica, que sostiene con ejemplar fortaleza sus principios morales pese a que no sean nada complacientes con la debilidad humana, es como la de los buenos médicos, que te dicen lo que te tienen que decir, te guste o no. Porque para ir de médico en médico hasta encontrar uno que te deje hacer lo que te dé la gana, para eso es mejor no ir al médico. Y si una iglesia -con minúscula- fuera muy complaciente y te diera siempre la razón, no sería la Iglesia.

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