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viernes, 10 de noviembre de 2017

El valor del sufrimiento


Por Marian Rojas Estapé, psiquiatra

El hombre necesita herramientas para superar las heridas y traumas del pasado. Los episodios que nos arrasan física y psicológicamente dejan su huella en nuestra biografía. La manera en la que uno se sobrepone y vuelve a empezar marca nuestra personalidad en muchos aspectos. La vida es un camino donde uno atraviesa situaciones de gran dificultad y sufrimiento y vuelve a empezar.
Todos hemos pasado por etapas donde percibimos que necesitamos una pausa o freno para reponernos, recuperar fuerzas o simplemente volver a intentarlo. En esos momentos se acumula la tensión, afloran sensaciones de agotamiento, de baja autoestima y uno se percibe más vulnerable que nunca. Pero, no hay que olvidar que las batallas las ganan los soldados cansados; las guerras los maestros de la fortaleza interior. Esa fortaleza interior se cultiva aprendiendo a dominar el yo interior, los pensamientos del pasado o inquietudes del futuro que nos atormentan y nos impiden vivir de forma equilibrada en el presente.
Ser feliz es ser capaz de superar las derrotas y levantarse después. El presente puede resultar en ocasiones una pesadilla. En algunos casos uno ansía huir hacia delante. En otros momentos uno se bloquea y se queda paralizado en algún recuerdo o evento pasado traumático. Sentarse en el pasado nos convierte en personas agrias, rencorosas; incapaces de olvidar el daño cometido o la emoción sufrida.
La felicidad es paz, equilibrio interior, estabilidad y madurez; en definitiva, alcanzar la plenitud de alma. Pensar que el equilibrio interior es algo inmóvil, inerte o pasivo es un error, ya que es un proceso lento pero dinámico. El equilibrio es, por tanto, aprender a mantener cierta paz interior, ecuanimidad y armonía a pesar de los mil avatares de la vida. Cuando uno supera los síntomas de tristeza, sufrimiento y dolor, sale fortalecido. El dolor es por tanto escuela de fortaleza. Cuando ese torrente que emana del sufrimiento es aceptado de manera “sana”, uno adquiere un dominio interior importante y fundamental para la vida.
Tras el golpe, hay que retomar la riendas de la propia vida para alcanzar el proyecto de vida que uno se tenga trazado. Ser señores de nuestra historia personal. Lo sencillo es actuar en las distancias cortas, lo complejo es diseñar la vida para las distancias largas. Quien no tiene ese proyecto, quien no conoce en qué se quiere convertir, no puede ser feliz.
El sufrimiento tiene un sentido. La sociedad actual huye de él y cuando uno se topa con él, surgen las preguntas “¿me lo merezco?; ¿se debe a mis errores del pasado?, ¿por qué lo permite Dios?”.
1-El dolor posee un valor humano y espiritual. Puede elevarnos y hacernos mejores personas. ¡Cuántas personas conocemos que tras un revés en la vida han sido capaces de enderezar su vida y buscar alternativas que han agradecido a posteriori! No es raro encontrar personas que tras una vida superficial y conformista han sido transformados tras un golpe duro en sus vidas.
2. El sufrimiento enriquece la inteligencia ya que nos ayuda a reflexionar, a llegar al fondo de muchas cuestiones que nunca nos habríamos planteado. El dolor cuando aparece, nos traslada a clarificar el sentido de nuestra vida; de nuestras convicciones  más profundas. Las máscaras y apariencias se diluyen y surge el yo que de verdad somos. El filósofo francés Gustav Thibon decía que “cuando el hombre está enfermo (sufre), si no está esencialmente rebelado, se da cuenta de que cuando estaba sano había descuidado muchas cosas esenciales; que había preferido lo accesorio a lo esencial”.
3. El dolor ayuda a aceptar las propias limitaciones. Nos convertimos en seres más vulnerables y caemos del pedestal al que nos habíamos o nos habían colocado. Hay que bajar la cabeza y reconocer que necesitamos ayuda, que necesitamos el cariño o apoyo de otros; que solos no podemos. Surge el pedir ayuda o consuelo y este puede ser el primer paso hacia la sencillez y descomplicación. De ahí se abren caminos hacia el amor hacia otros, la solidaridad y la empatía.
4. Tras una etapa de sufrimiento, uno se acerca al alma de otras personas. Empatiza, entiende mejor a los que les rodean siendo capaz de ponerse en el lugar de otro, para comprenderlos  y aceptarlos como son. El sufrimiento, por tanto, transforma el corazón. Cuando alguien se siente amado, su vida cambia, se ilumina y transmite esa luz. El amor auténtico se potencia con el dolor sanamente aceptado que nos libera del egoísmo. Quien gana en empatía, es más amable (se deja amar) y convierte su hábitat en un lugar más acogedor para vivir.
5. El sufrimiento puede ser la vía de entrada a la felicidad si uno muestra voluntad de conseguirlo y posee las herramientas para ello. El dolor conduce a la verdadera madurez de la personalidad; a la entrega a los demás y a un mayor conocimiento de uno mismo.
Termino con unos versos del poeta argentino Pedro Bonifacio Palacios,
“No te des por vencido, ni aun vencido,
No te sientas esclavo, ni aun esclavo”

sábado, 4 de noviembre de 2017

Todos los Santos: “La verdadera felicidad es estar con el Señor”

Palabras del Papa antes del Angelus, Fiesta de Todos los Santos 2017. Ciudad del Vaticano, 1 noviembre 2017

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y buena fiesta!
        La solemnidad de Todos los Santos y “nuestra” fiesta: no porque seamos “buenos” sino porque la santidad de Dios ha tocado nuestra vida.
        Los santos no son perfectos modelos, sino personas traspasadas por Dios. Podemos compararlas con las vidrieras de las iglesias, que hacen pasar la luz de diferentes tonalidades de colores. Los santos son nuestros hermanos y hermanas que han acogido la luz de Dios en sus corazones y que la han transmitido al mundo, cada uno según su “tonalidad”. Pero todos han sido transparentes, han luchado para quitar las manchas y las oscuridades del pecado, para así poder hacer pasar la delicada luz de Dios. Esta es la finalidad de la vida: dejar pasar la luz de Dios y es también la finalidad de nuestra vida.
        En efecto, hoy, en el Evangelio, Jesús se dirige a los suyos, a todos nosotros, diciéndonos “felices” (Mt 5, 3). Es la palabra con la cual comienza su predicación, que es “evangelio”, buena nueva, porque es el camino de la felicidad. Quien está con Jesús es bienaventurado, es feliz. La felicidad no consiste en tener algo o ser alguien, no, la verdadera felicidad es la de estar con el Señor y de vivir por amor. ¿Creéis esto?.
        La verdadera felicidad no consiste en tener algo o de convertirse en alguien, la verdadera felicidad es estar con el Señor y vivir por amor. ¿Creéis esto?. Debemos progresar para creer esto.
        Entonces, los ingredientes para una vida feliz se llaman bienaventuranzas: son bienaventurados los sencillos, los humildes que dejan lugar a Dios, que saben llorar por los otros y por sus propios errores, permaneciendo ambles, luchan por la justicia, son misericordiosos con todos, mantienen la pureza de corazón, trabajan siempre por la paz y permanecen alegres, no odian, y, cuando sufren, responden al mal con el bien.
        Estas son las bienaventuranzas. No piden gestos llamativos, no son para los superhombres, sino para que vivan las pruebas y las fatigas de cada día. Los santos son así: respiran como todo el mundo el aire contaminado del mal que hay en el mundo, pero en el camino, no pierden, no pierden nunca de vista el recorrido de Jesús indicado por las bienaventuranzas, que son como el mapa de la vida cristiana. Hoy, es la fiesta de aquellos que han logrado el objetivo indicado en este mapa: no solamente los santos del calendario, sino tantos hermanos y hermanas “de la puerta de al lado”, que hemos podido encontrar y conocer. Hoy es una fiesta de familia, de tantas personas sencillas, ocultas que, en realidad, ayudan a Dios a hacer avanzar el mundo. Y hay tantos hoy! Hay tantos! Gracias a tantos hermanos y hermanas desconocidos que ayudan a Dios a hacer avanzar el mundo, que viven en medio de nosotros: saludemos a todos con grandes aplausos!.
        Ante todo, me gustaría decir la primera bienaventuranza, es la de los “pobres de corazón” (Mt 5,3). Qué significa esto? Que no viven para el éxito, el poder ni el dinero. Saben que los que acumulan tesoros para sí no se enriquecen delante de Dios (Cf. Lc 12,21): al contrario, creen que el Señor es el tesoro de la vida, el amor al prójimo la única fuente verdadera de ganancia. A veces estamos descontentos por el hecho de que nos falta algo o estamos preocupados sino estamos considerados como nos gustaría. Recordemos que nuestra dicha no está en esto, sino en el Señor y en su amor: solo con él, amando podemos vivir felices.
        Por último, querría citar otra bienaventuranza, que no se encuentra en el Evangelio, sino al final de la Biblia, y que habla del término de la vida: “Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor” (Ap. 14,13). Mañana, estaremos llamados a acompañar a nuestros difuntos con nuestra oración para que puedan disfrutar del Señor para siempre. Recordemos con gratitud a los que nos son queridos y oremos por ellos.
        Que la Madre de Dios, Reina de los Santos y Puerta del Cielo, interceda por nuestro camino de santidad y por aquellos que nos son queridos que nos han precedido y han partido hacia la Patria Celeste.

El complejo tema de la muerte encefálica.

 Las discusiones sobre la muerte encefálica (o muerte cerebral, aunque no todos la entienden como idéntica a la muerte encefálica) muestran que estamos ante un tema complejo. Porque, en el corazón de esas discusiones, se cruzan varios problemas y perspectivas. ¿Cuáles? 
        Sin pretender mencionar los muchos aspectos de la cuestión, nos fijamos en los siguientes: ¿cómo entender la muerte, especialmente con ayuda de la filosofía? ¿En qué medida la tecnificación de la medicina y sus costos han cambiado el panorama? ¿Cómo influye, a la hora de determinar si alguien está muerto, el interés de aprovechar sus órganos para un eventual transplante? ¿Cómo establecer parámetros médicos adecuados que sirvan para constatar si se ha dado efectivamente la muerte de un ser humano en un contexto tecnológico como el de muchos hospitales? 
        En cierto sentido, las preguntas apenas mencionadas se relacionan entre sí. Según cómo se defina filosóficamente la muerte se propondrá un modo de constatarla técnicamente, unas líneas guía sobre cuándo y cómo usar y no usar aparatos de reanimación y otros tratamientos, y unas posibilidades respecto de la extracción y transplante de órganos. 
        Empecemos por el primer tema: ¿cómo definir la muerte? No resulta fácil encontrar una buena definición para un hecho que constatamos con frecuencia y que forma parte ineliminable de la existencia humana. Como punto de partida, reconocemos que sólo hay muerte si antes ha habido vida, y la noción de vida también es difícil de aferrar. 
        Si acudimos a la filosofía, morir implica un cambio profundo, sustancial, por el que un ser viviente deja de serlo y se convierte en una realidad no viviente. La definición deja aspectos en el aire, pues al morir un ser viviente siguen presentes en su cuerpo otras formas de vida: algunas células siguen activas, además de que “aparecen” microorganismos que empiezan a desarrollar un trabajo frenético. A pesar de lo anterior, notamos como característica de la muerte el hecho de perder un nivel de unidad biológica funcional que se daba anteriormente y que deja de darse, y que impide la realización autoregulada de actividades básicas, como las propias de la nutrición. 
        Podemos, entonces, indicar que la muerte consiste en la pérdida de la vida de un ser de nuestro mundo. Otra definición filosófica, que tiene dos importantes aladides, Platón y Aristóteles, nos dice que morir es perder el alma. Un cordero vive mientras tiene alma. ¿Cuándo se pierde el alma? Cuando el organismo queda tan dañado que desaparece en él la coordinación necesaria para que se dé un determinado tipo de alma que lo mantenga en vida. 
        Este tipo de definiciones parecen complejas, pero pueden simplificarse si decimos que morir es dejar de ser un viviente de una especie concreta. Dejar de vivir como hombre, o como ciervo, o como abeja, o como caracol. 
        Respecto de los seres humanos, morir es perder la propia existencia biológica; o, si se acoge una idea clásica, morir consiste en la separación entre el alma y el cuerpo. No es el momento para detenernos a explicar lo que sea el alma humana, pues necesitaríamos para ello una elaboración articulada y compleja. Simplemente nos situamos en la perspectiva según la cual la muerte implica el final de la existencia terrena de un ser humano, pero no su total aniquilación, pues el alma pervive tras la muerte, por tratarse de un alma espiritual. 
        La muerte de cada hombre, de cada mujer, tiene un carácter único, precisamente porque el ser humano posee una naturaleza especial, un modo de existir que lo sitúa en un lugar inigualable entre los demás seres vivos que conocemos en el planeta. Ello explica por qué ofrecemos tantas atenciones a varios niveles (médico, psicológico, espiritual) a cada uno, sobre todo cuando se acerca ese momento inexorable de su muerte. 
        Entramos así al segundo aspecto de nuestro tema: la tecnificación de la medicina. Con los progresos de la ciencia y de la técnica, muchas situaciones que en el pasado llevaban inexorablemente y con bastante rapidez hacia la muerte pueden ser superadas, al permitir curar a las personas, o al mantenerlas en vida durante semanas, meses e incluso años, a pesar de seguir dañadas por algunas enfermedades de gravedad. 
        La enumeración de tales progresos podría ser larguísima. Sería suficiente recordar las mejoras en la higiene (algo que falta todavía hoy en no pocos lugares del planeta), las vacunas, la respiración artificial, las transfusiones de sangre, los antibióticos, la diálisis, la microcirugía, los transplantes de tejidos y órganos, el uso de antidoloríficos y calmantes, etc. 
        Algunas personas necesitan, por la situación en la que se encuentran, la ayuda de una o varias de las nuevas tecnologías médicas, a veces con gastos sumamente elevados. Basta con visitar la zona de reanimación de algunos hospitales para percibir la complejidad de los aparatos empleados, que en ocasiones son producidos a precios muy altos, y cuyo mantenimiento y uso también es costoso. 
        Los beneficios de estos progresos están a la vista. Millones de personas, que hace un siglo habrían muerto en su infancia o juventud, pueden llegar a vivir más allá de los 70 años, en condiciones de vida bastante aceptables. Al mismo tiempo, no podemos olvidarlo, otros millones de personas están privadas del acceso a esos progresos, incluso a curas básicas, por falta de recursos propios y/o públicos, lo cual explica la poca esperanza de vida de la población en algunas regiones de nuestra tierra. 
        Aquí hemos de señalar una situación nueva para las familias y las sociedades. En los países con una asistencia médica más avanzada, resulta posible prolongar el tiempo de vida, con el uso de aparatos más o menos sofisticados, de personas que han sufrido graves daños y a las que resulta muy difícil devolver a condiciones de vida más o menos autónoma. 
        Un caso paradigmático es el de quienes viven durante años en estado vegetativo. Otro es el de quienes pueden sobrevivir sólo con la ayuda de aparatos muy costosos, por ejemplo con un pulmón de acero. El caso de la española Olga Bejano Domínguez resulta ser, en ese sentido, paradigmático. 
        Este tipo de situaciones no sólo crea un aumento de gastos, que alguien debe pagar (el mismo enfermo, sus familiares y conocidos, las compañías aseguradoras, el Estado), sino que también lleva a algunas personas, movidos por una errónea idea de compasión, a desear que el enfermo deje de sufrir, lo cual sería posible adelantando su muerte. Es decir, se hacen presentes propuestas de eutanasia en sus diversas formas, con las que, algunos dicen, se abreviarían dolores y gastos al provocar la muerte de un ser humano situado en condiciones que muchos califican como de baja “calidad de vida”. 
        No nos detenemos en elaborar un juicio sobre la eutanasia y sobre la necesidad de distinguir entre tratamientos proporcionados y ensañamiento (encarnizamiento) terapéutico. Basta con recordar lo ya explicado en un documento publicado por la Congregación para la doctrina de la fe en 1980 con el título “Iura et bona” para un buen enjuiciamiento ético sobre esta temática. 
        Pasamos así al tercer aspecto: los transplantes de tejidos y órganos. Es un tema relativamente nuevo y que ha abierto fronteras prometedoras gracias a los enormes progresos de la medicina que acabamos de recordar. Con un mejor conocimiento del organismo humano y con medicinas e instrumentos cada vez más sofisticados, es posible ofrecer a miles de personas tejidos y órganos con los que mejorar su salud y prolongar el tiempo de su existencia terrena. 
        No es el caso explicar los diversos aspectos médicos que giran en torno a los transplantes, sobre todo respecto de la calidad del órgano transplantado y de su compatibilidad en quien lo recibe. Es obvio que un órgano que va a ser transplantado podrá ayudar eficazmente a un receptor si tal órgano es obtenido en las mejores condiciones posibles. 
        En vistas a esas condiciones optimales, se comprende que extraer órganos de personas fallecidas en el sentido clásico del término (después de la cesación de toda actividad respiratoria y cardíaca) no resulte especialmente eficaz, pues algunos órganos candidatos a ser transplantados quedan dañados en mayor o menor medida por la falta de irrigación sanguínea y los demás procesos que siguen a la muerte. 
        Por lo mismo, un donante será más “adecuado” si ofrece un órgano en condiciones de salud (como ocurre cuando una persona sana cede un riñón a otro), en condiciones de falta de salud pero con el apoyo de aparatos que mantienen ciertas funciones básicas (nutrición, respiración, circulación sanguínea), o en una situación de muerte encefálica (sobre la que hablaremos un poco más adelante). Igualmente, reducir al máximo el tiempo que pasa entre la muerte del donante, la extracción del órgano y su transplante en el receptor resulta clave para que todo el proceso obtenga beneficios aceptables. 
        La reflexión ética sobre el tema de los transplantes no puede dejar de lado una serie de preguntas: ¿existe una obligación de donar órganos a quienes no pueden vivir sin un transplante? ¿Puede el donante poner en peligro su salud desde la pérdida de una parte de sí mismo? ¿Qué tipo de costos hay en los transplantes y quiénes los deben pagar? ¿Cuándo un transplante implica más daños que beneficios en quien lo recibe? ¿Con qué criterios seleccionar a varios pacientes que recibirían sin grandes problemas de rechazo un único órgano disponible? 
        Por lo que respecta a transplantes desde un cadáver, la pregunta central es: ¿con qué criterios tener certeza de que el cuerpo del donante ya pertenece a un ser humano fallecido? En otras palabras, ¿cómo constatar con seguridad que la muerte ha tenido lugar y que ya sería lícito extraer los órganos de este cadáver? ¿Y qué sistemas de reanimación pueden usarse sobre un cadáver con el fin de conservar de la mejor manera posible sus órganos en vistas a un eventual transplante? 
        Con esta última pregunta tocamos el cuarto aspecto que habíamos señalado al principio, y lo hacemos precisamente desde el tema de los transplantes de órganos. Al hacerlo así evocamos la situación histórica en la que se elaboró una de las primeras definiciones de muerte cerebral: una comisión en Harvard, el año 1968, que tenía entre sus objetivos determinar los parámetros que permiten tener certeza de estar ante un cadáver para facilitar la extracción de sus órganos. Con esos parámetros, se pensó, sería posible dejar de “mantener” artificialmente (con aparatos costosos, no lo olvidemos) a aquellos cuerpos de personas fallecidas pero que conservaban funciones vitales gracias a la técnica; por otro, habría seguridad de que la extracción de los órganos de esos cuerpos mantenidos artificialmente en condiciones “vitales” no provocaba su muerte, pues ya estarían muertos... 
        El informe de Harvard de 1968 establecía una serie de parámetros desde los cuales se podría constatar que el cerebro había dejado de coordinar y mantener la unidad del organismo, por lo que uno estaría muerto a pesar de las apariencias de vitalidad que serían simplemente el resultado del uso de los modernos aparatos de reanimación y sustentamiento. 
        Hay que constatar que existen en el mercado diversas teorías sobre cuáles sean los parámetros para constatar la muerte cerebral, mientras que otros prefieren hablar, de un modo más preciso, sobre muerte encefálica. Igualmente, no todos concuerdan a la hora de indicar qué partes del encéfalo habría que considerar para ver si uno está o no está muerto. Algunos, por ejemplo, suponen que habría muerte cuando está dañada la parte cortical del cerebro. Otros, en cambio, consideran que sólo hay muerte cuando están dañadas de modo irreversible todas las partes del encéfalo, es decir: el cerebro, el cerebelo y el tronco-encéfalo. 
        El panorama se hace más complejo si recordamos que un filósofo como Hans Jonas consideró éticamente incorrecto usar la idea de muerte cerebral para extraer órganos de un cuerpo humano mientras seguía unido a los aparatos que lo mantenían con ciertas funciones “vitales”. Según este autor, la muerte no es algo que puede ser identificado con un momento concreto ni desde señales de daño cerebral irreversible, sino un proceso. Según Jonas, sólo sería lícito extraer órganos en aquellos cuerpos que hubieran sido desconectados de los aparatos que los mantenían en una forzada “reanimación”, cuando ya fuera evidente que no tenían ninguna actividad cardíaca ni respiratoria autónomas. 
        Hay autores de ámbito católico, como Josef Seifert y Robert Spaemann, que también se han opuesto al uso de la idea de muerte cerebral para permitir la extracción de órganos vitales de un cuerpo cuya muerte no habría sido constatada con la suficiente certeza a través del uso de parámetros inseguros, insuficientes o mal utilizados, como el de la muerte cerebral. 
        Otros autores, también de ámbito católico, como el cardenal Elio Sgreccia, se muestran más abiertos a un uso éticamente correcto de la constatación de la muerte desde el criterio neurológico (muerte encefálica); es decir, desde una serie de parámetros que indican la pérdida de la unidad mínima necesaria para que un organismo esté dotado de vida autónoma. Tales parámetros, si determinan que ha habido una cesación irreversible de todas las funciones encefálicas, serían suficientes para estar seguros de que estamos ante un cadáver. 
        Como se ve, estamos ante un tema complejo y con muchas perspectivas. Hay, sin embargo, algunos criterios fundamentales que no pueden ser dejados de lado, y que por desgracia no son compartidos por quienes abordan estas temáticas. Tales criterios son: hay que respetar siempre a la persona humana; hay que ayudarla a conservar su vida en la medida de lo posible y sin menoscabo del respeto a otros; hay que promover todo aquello que tutele la salud y que permita una atención adecuada a las personas enfermas; hay que evitar toda intervención excesiva y desproporcionada cuando ya no es posible restablecer la salud y cuando hay graves inconvenientes de tipo humano, familiar y social; nunca será lícito extraer órganos u otras partes del cuerpo de un ser humano en aparente muerte encefálica si no existe la certeza suficiente de que ya ha fallecido, como tampoco es lícito provocar tal muerte por falsa compasión o para utilizar partes del cadáver. 
        Son criterios generales, pero que suponen admitir una verdad que ha sido mencionada anteriormente: todo ser humano, por su condición espiritual, goza de unos derechos intrínsecos, entre los que se encuentra el derecho a la vida y al cuidado de su salud, desde su concepción hasta que se produce su muerte.

martes, 24 de octubre de 2017

Sobre la desigualdad económica y el consumo.

Por Antonio Argandoña, Catedrático de Economía Universidad de Barcelona

El que sabe, hace, y el que no sabe, enseña. Yo enseño. Por eso me gusta escuchar a los que hacen, que son los que saben. Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a una reunión de empresarios del Consejo Asesor del Encuentro de Alimentación y Bebidas del IESE. Yo les conté lo que solemos decir los economistas: la economía sigue creciendo (crucemos los dedos, por si acaso), el consumo también, pero con menos brío que antes y expectativas buenas, pero no excelentes, para el resto de este año y para el que viene… y las razones de todo esto (empleo, confianza, deuda, crédito…). Y aquí intervinieron ellos, para dar su punto de vista desde ángulos muy distintos, desde la distribución hasta los supermercados y el sector agropecuario.
Dos cosas me llamaron la atención, también porque están de acuerdo con lo que los economistas vemos en la evolución del consumo a la que me he referido antes. Una: los productos cuya demanda crece son los “premium”, los de mayor calidad, diferenciados, sostenibles…; y los precios acompañan a esta tendencia:casi todo el alza de precios que se observa en los diferentes subsectores tiene que ver con esa demanda que, obviamente, está relacionada con la mayor renta. O sea, cuando la renta sube, la gente no consume más alimentación y bebidas, sino de más calidad y de mayor precio. El negocio, desde el punto de vista de la rentabilidad, está en ese segmento de mercado: si tienes productos “diferentes” que la gente demanda cuando sube la renta, felicidades.
Y la segunda cosa que dijeron (bueno, dijeron muchas más, pero aquí no voy a referirme a todo eso) es que la demanda de bienes “normales” está estancada, no aumenta y tampoco lo hace su precio. Y esto nos lleva a una conclusión: la desigualdad de ingresos sigue siendo elevada en España (y probablemente en otros muchos países). Y la pregunta clave es: ¿es esto sostenible? 

lunes, 23 de octubre de 2017

La dictadura del relativismo

(Me he encontrado, revisando el blog, un artículo de Jaime Nubiola, profesor de la Universidad de Navarra,  amigo y compañero universitario mío en Barcelona. Es de 2006, pero precisamente por la distancia de tiempo, le encuentro por su acierto con más valor. Lo reproduzco de nuevo nin adaptación alguna.)

En la misa previa al cónclave en el que había de ser elegido el nuevo papa, el entonces cardenal Ratzinger denunciaba con fuerza los vientos de relativismo que azotan nuestra sociedad occidental en las últimas décadas. El relativismo se ha convertido en una actitud de moda, mientras que "tener una fe clara según el credo de la Iglesia católica" es despachado a menudo como fundamentalismo. "Se va constituyendo –concluía– una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja sólo como medida última al propio yo y sus apetencias". La expresión que acabo de subrayar, "dictadura del relativismo", llamó de inmediato la atención tanto de la audiencia como de la prensa, pues mostraba de manera bien gráfica la formidable capacidad poética del futuro papa que con sólo tres palabras diagnosticaba la enfermedad de la sociedad europea.

Algún periodista nacional consideró que esa expresión era un concepto absurdo, una contradicción in terminis, sin caer en la cuenta de que la combinación de esas dos palabras compone una figura literaria de enorme fuerza expresiva. Como es sabido, se trata de la figura denominada oxímoron, (del griego oxys, agudo, y moros, romo, estúpido), en la que mediante la yuxtaposición de dos palabras de significado opuesto se logra expresar un nuevo sentido, un contraste difícilmente alcanzable de otra manera: todos hemos empleado expresiones como "silencio atronador", "luminosa oscuridad", "graciosa torpeza" y tantas otras expresiones parecidas que llenan de sentido y viveza nuestra comunicación. Cuando el futuro Benedicto XVI hablaba de la dictadura del relativismo lo que estaba expresando con brillantez poética es que en nuestra avanzada cultura democrática se está imponiendo por vía de fuerza el principio de que todas las opiniones valen lo mismo, y por tanto, que nada valen en sí mismas, sino sólo en función de los votos que las respaldan.

Aquel mismo periodista argumentaba que "el relativismo es el alma viva del conocimiento científico". Y, exhibiendo un notable desconocimiento de la efectiva práctica científica, añadía: "Sólo quien duda de la exactitud de sus ideas puede sentirse impelido a ponerlas a prueba y, llegado el caso a descartarlas, o a restringir su campo de validez, abriendo paso a ideas nuevas, ellas mismas cuestionables". Nada más alejado de la realidad de la ciencia que esta caricatura. El científico no es nunca un relativista, no piensa que su opinión valga lo mismo que cualquier otra, y, si es un científico honrado, está deseoso de someter su parecer al escrutinio de sus iguales y de contrastarlo con los datos experimentales disponibles. El buen científico está persuadido de que su opinión es verdadera, que es la mejor verdad que ha logrado alcanzar, a veces con mucho esfuerzo. El científico sabe también que su opinión no agota la realidad, sino que casi siempre puede ser rectificada y mejorada con más trabajo suyo y con la ayuda de los demás.

En contraste con el periodista español, una conocida columnista del New York Times descalificaba al nuevo Papa como un absolutista, como "un archiconservador del Jurásico que desdeña la cultura del 'si te parece bien, hazlo' y las tendencias revolucionarias nacidas en los años 60 en favor de la diversidad y la apertura cultural". Maureen Dowd en su artículo aliaba al nuevo Benedicto XVI con el vicepresidente Dick Cheney en la batalla contra el progresismo liberal norteamericano, del que el New York Times es quizá su portaestandarte. Esta visión muestra bien el localismo miope de la prensa norteamericana, pero sugiere también que el relativismo que denunciaba el cardenal Ratzinger no ha afectado a los Estados Unidos tan profundamente como a Europa. Como reconocía la propia Dowd, citando al profesor de Utah, Bruce Landesman, "quienes sostienen posiciones progresistas no son relativistas. Simplemente están en desacuerdo con los conservadores acerca de qué es lo bueno y lo malo".

Efectivamente, en el corazón de la sociedad americana se encuentra la convicción de que la democracia es una concepción ética, presidida por un uso comunitario de la razón. En una democracia los asuntos se discuten hasta la saciedad y si no se llega a un acuerdo razonable son finalmente los jueces quienes deciden acerca de la moralidad de un determinado modo de proceder. En una organización democrática la noción de verdad ha de estar en el centro de la vida pública. Si no hay verdad, no es posible el debate porque la discusión deja de ser un proceso de búsqueda y se transforma meramente en una tramoya del poder. Si no hay verdad, si todas las opiniones valen lo mismo, pierde todo su sentido el pluralismo democrático.

No es verdad que todas las opiniones merezcan el mismo respeto. Quienes merecen todo el respeto del mundo son las personas, pero no sus opiniones. Al contrario, tenemos la obligación de ayudar a los demás a mejorar sus opiniones, a cambiar sus convicciones, exhibiendo las razones que asisten a nuestras posiciones morales y sociales para permitirles que se pasen, si lo desean, a nuestro lado. En este sentido, es importantísimo distinguir con claridad entre pluralismo y relativismo. Mientras que el relativista no tiene interés en escuchar las opiniones de los demás, quien ama el pluralismo no sólo afirma que caben diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino que sostiene además que entre ellas hay –en expresión de Stanley Cavell– maneras mejores y peores, y que mediante el contraste con la experiencia y el diálogo los seres humanos somos capaces casi siempre de reconocer la superioridad de una opinión sobre otra y de adherirnos a ella.

En última instancia, un relativismo como el que crece actualmente en Europa corroe la democracia, porque clausura el diálogo y acaba con el pluralismo. Precisamente un día antes del fallecimiento de Juan Pablo II, el entonces cardenal Ratzinger afirmaba en Subiaco que "Europa ha desarrollado una cultura que, de modo desconocido antes de ahora para la humanidad, excluye a Dios de la consciencia pública". Y añadía: "En Europa se ha desarrollado una cultura que constituye en absoluto la contradicción más radical no sólo del cristianismo, sino de las tradiciones religiosas y morales de la humanidad". En sus palabras se advertía de manera luminosa que el relativismo de nuestro tiempo, hijo bastardo de la Ilustración, era el punto de partida de la cancelación de Dios en la vida pública.

El contraste –aquí meramente apuntado– entre el pluralismo norteamericano (In God we trust) y el relativismo europeo es sólo una caricatura, pero ayuda a entender bien aquel sugerente oxímoron de la "dictadura del relativismo" del que hablaba con preocupación el cardenal Ratzinger en la víspera del cónclave. El relativismo es probablemente la enfermedad más grave de la sociedad europea en el momento presente y considerar la enfermedad como algo saludable es en verdad la peor de las dictaduras.

Jaime Nubiola. Profesor de Filosofía .Universidad de Navarra

domingo, 22 de octubre de 2017

Cinco bautizos

¡Qué alegría haber podido bautizar esta mañana a cinco pequeños alumnos de mi colegio! Para que les conozcáis..