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domingo, 19 de noviembre de 2017

Liga de la justicia


Justice League
Contenidos: Imágenes (algunas V)

Reseña: 

Motivado por la fe que había recuperado en la humanidad e inspirado por la acción altruista de Superman, Bruce Wayne recluta la ayuda de su nueva aliada, Diana Prince, para enfrentarse a un enemigo aún mayor. Juntos, Batman y Wonder Woman se mueven rápidamente para intentar encontrar y reclutar un equipo de metahumanos que combata esta nueva amenaza. El problema es que a pesar de la formación de esta liga de héroes sin precedentes –Batman, Wonder Woman, Aquaman, Cyborg y Flash– puede que sea demasiado tarde para salvar el planeta de una amenaza de proporciones catastróficas.
Tras sufrir una terrible tragedia familiar –el suicidio de su hija–, el director Zack Snyder se vio obligado a abandonar la postproducción del film, siendo sustituido por Joss Whedon, responsable del modelo a imitar, Marvel Los Vengadores, que aparece acreditado como coguionista.
Pese a que no logra salvar el carro del todo, ha recortado el metraje previsto, y ha rodado nuevas escenas en las que ha introducido bastante humor. Este cambio le da un tono más luminoso al conjunto, más propio de los cómics, que le viene bastante bien. También acierta la banda sonora, en la que Danny Elfman no ha dudado en meter su propio tema de Batman de los filmes de los 90, y el de Superman, del maestro John Williams. Nada nuevo, pues, pero digerible por todos los públicos, bien rodado, montado con agilidad y muy espectacular cuando debe serlo.

Una razón para vivir


Breathe
Contenidos: Imágenes (algunas S-)

Reseña: 

El aventurero y carismático Robin Cavendish tiene toda la vida por delante cuando la polio le provoca una parálisis. Contra toda recomendación médica, su mujer Diana le saca del hospital. La persistencia, ingenio y determinación de ambos les permitirán sobreponerse a la enfermedad y su actitud será, para todo y para todos, un ejemplo de valentía y de ganas de vivir.
Por muy veraz que sea una de esas películas basadas en hechos reales, no queda garantizada la verosimilitud. Sirva como ejemplo la magistral Una historia verdadera, relato de un anciano achacoso que para visitar a su hermano recorre los 500 kilómetros que separan Iowa de Wisconsin en un cortacésped.
A diferencia de lo que ocurría en aquélla, no consigue resultar creíble este biopic de un personaje auténtico, Robin Cavendish, capitán retirado del ejército británico, ateo e incluso un poco anticlerical, que comerciaba en Kenia, donde su mujer, Diana Blacker, dio a luz a su hijo. 
Con una puesta en escena tan convencional como eficaz, parece que Serkis está desarrollando muy bien el relato. Incluso logra un tramo central interesantísimo, centrado en la necesidad de los enfermos no sólo de que les mantengan en este mundo, sino de lograr una vida plena y digna. 

El diagnóstico pre-implantatorio

Por Fernando Pascual 



 La fecundación in vitro, en sus distintas modalidades, permite que algunos laboratorios apliquen un “complemento” para mejorar la “calidad” de los embriones: el diagnóstico pre-implantatorio (en inglés, Pre-Implantation Genetic Diagnosis o PGD).
        ¿En qué consiste? Consiste en realizar un análisis genético del embrión concebido in vitro para luego decidir si tal embrión será transferido o no a la madre que lo va a acoger.
        Este diagnóstico se realiza cuando se sospecha la existencia de una enfermedad genética, o por petición de los padres con diversos motivos.
        ¿Cuáles pueden ser estos motivos? Por ejemplo, una familia que tenga un alto riesgo de generar hijos talasémicos podría pedir el diagnóstico pre-implantatorio. De este modo, sería posible eliminar los embriones enfermos y transferir sólo los embriones sanos. Otros padres piden este diagnóstico sólo para descubrir el sexo del embrión y decidir luego si acogerlo o rechazarlo.
        Suelen usarse varias técnicas. Una técnica consiste en estudiar el óvulo femenino a partir del primer cuerpo polar, antes de que se haya producido la fecundación. Este análisis a veces no es preciso, y sirve sólo para descubrir óvulos portadores de algún gen gravemente dañado. Destruir un óvulo “malo” no implica un grave daño moral, pues un óvulo no es todavía un nuevo ser humano.
        Otra técnica trabaja sobre el embrión recién fecundado en el laboratorio, a partir de los dos cuerpos polares. Como la técnica anterior, sirve sólo para conocer daños o deformaciones genéticas de origen materno. Pero ya está tocando la vida de un nuevo ser humano. Y según el resultado, más de alguno podría decidir eliminar a aquel embrión que pudiese resultar enfermo, con lo que esto implica desde el punto de vista ético.
        Otras técnicas hacen el diagnóstico sobre embriones en fases más avanzadas de desarrollo. Por ejemplo, cuando el embrión tiene 3 días de vida y un número muy reducido de células (alrededor de 8 células llamadas blastómeros). Este método permite individuar no sólo una posible enfermedad genética de origen materno, sino la situación real del embrión, ya constituido con su patrimonio paterno y materno: su sexo, sus características genéticas relevantes (las que pueden ser conocidas por los test, todavía no perfectos), sus posibles o seguras deformaciones... 
        Este tipo de análisis conlleva no pocos riesgos: no es algo sencillo “romper” la capa externa del embrión prematuro y tomar una célula de su interior, por lo que se da un cierto peligro de que el embrión quede dañado seriamente. A la vez, la tentación eugenética (eliminar los embriones que no reúnan la salud o las características queridas por los padres o por otras personas interesadas) es grande cuando se realiza esta técnica (normalmente orientada precisamente a la “caza” de los embriones defectuosos para garantizar una buena “calidad” de los embriones que se transferirán al útero materno).
        Existen otras modalidades técnicas, pero las dejamos de lado. Lo importante es tener presente los criterios éticos que nos guíen para juzgar estas técnicas y el uso que se hace de las mismas.
        En primer lugar, es de por sí incorrecto buscar la concepción de seres humanos fuera del ámbito natural en que tal concepción debe ocurrir. Hablamos de “ámbito natural” no sólo en clave biológica, sino antropológica: la vida humana es concebida del mejor modo posible cuando resulta del amor de unos esposos que, con un gesto de amor, se dan el uno al otro a través de su dimensión sexual. Será la misma sexualidad, con sus leyes biológicas y sus profundos mecanismos psicológicos, la que permita el que inicie, en el lugar más adecuado y más protegido, la vida del hijo: el seno de su madre.
        Cualquier inicio que atente contra la antropología del amor y de la vida (por ejemplo, como consecuencia de una violación, o a través de la fecundación in vitro, con los riesgos que tal técnica conlleva para la vida de los embriones) no quita la dignidad de quien así empieza a vivir. Pero implica una injusticia por faltar al respeto debido a cada vida, respeto que incluye el buscar el lugar más seguro para la concepción, desde el punto de vista físico y desde el punto de vista antropológico. Las concepciones en laboratorio, en cambio, se colocan bajo la óptica del control técnico, conllevan altos riesgos, y se abren a la tentación de escoger y seleccionar embriones según una lógica de dominio y de calidad escogida por los adultos.
        Precisamente en esta lógica del dominio técnico se coloca el diagnóstico pre-implantatorio. Como ya hemos dicho, cuando se descubre una posible enfermedad en el embrión, o alguna característica (incluida el sexo) no deseada por los padres, es fácil optar por su supresión. Es decir, se elimina un nuevo ser humano (un hijo) simplemente porque no reúne una serie de características mínimas de “aceptabilidad” exigidas por los adultos. Lo cual, desde el punto de vista ético, es sumamente grave.
        Estos modos de actuar reproponen una mentalidad mal llamada “eugenética”. Tal mentalidad se opone radicalmente a la medicina, pues supone, por ejemplo, aceptar la eliminación de los enfermos (embriones defectuosos) para que disminuya el porcentaje de una enfermedad... La medicina verdadera, en cambio, busca salvar y ayudar a los enfermos, ofrecerles los mejores medios para hacer llevadera su situación y, cuando sea posible, para restablecer la salud. Nunca ha sido éticamente correcto el usar un diagnóstico para condenar a muerte a nadie, aunque por desgracia se ha hecho en algunos lugares en el pasado y en el presente.
        Existe igual inmoralidad cuando el diagnóstico pre-implantatorio es usado para eliminar embriones femeninos para que nazca un niño, o eliminar embriones masculinos para que nazca una niña. El principio de no discriminación se aplica también en el nivel embrionario. Con la misma energía con la que protestamos ante la eliminación de niñas apenas nacidas deberíamos protestar cuando se destruyen embriones por razón de sexo o por otros motivos que nunca pueden justificar la eliminación de ninguna vida humana. Aunque se trate de una vida microscópica.
        Estas reflexiones, por lo tanto, nos permiten afirmar que sigue siendo oportuno trabajar para que las técnicas de fecundación extracorpórea sean dejadas de lado; y para que allí donde se apliquen no sea posible realizar diagnósticos pre-implantatorios peligrosos en su misma realización y en el uso de los mismos con fines “eugenésicos” o discriminatorios.

viernes, 10 de noviembre de 2017

El valor del sufrimiento


Por Marian Rojas Estapé, psiquiatra

El hombre necesita herramientas para superar las heridas y traumas del pasado. Los episodios que nos arrasan física y psicológicamente dejan su huella en nuestra biografía. La manera en la que uno se sobrepone y vuelve a empezar marca nuestra personalidad en muchos aspectos. La vida es un camino donde uno atraviesa situaciones de gran dificultad y sufrimiento y vuelve a empezar.
Todos hemos pasado por etapas donde percibimos que necesitamos una pausa o freno para reponernos, recuperar fuerzas o simplemente volver a intentarlo. En esos momentos se acumula la tensión, afloran sensaciones de agotamiento, de baja autoestima y uno se percibe más vulnerable que nunca. Pero, no hay que olvidar que las batallas las ganan los soldados cansados; las guerras los maestros de la fortaleza interior. Esa fortaleza interior se cultiva aprendiendo a dominar el yo interior, los pensamientos del pasado o inquietudes del futuro que nos atormentan y nos impiden vivir de forma equilibrada en el presente.
Ser feliz es ser capaz de superar las derrotas y levantarse después. El presente puede resultar en ocasiones una pesadilla. En algunos casos uno ansía huir hacia delante. En otros momentos uno se bloquea y se queda paralizado en algún recuerdo o evento pasado traumático. Sentarse en el pasado nos convierte en personas agrias, rencorosas; incapaces de olvidar el daño cometido o la emoción sufrida.
La felicidad es paz, equilibrio interior, estabilidad y madurez; en definitiva, alcanzar la plenitud de alma. Pensar que el equilibrio interior es algo inmóvil, inerte o pasivo es un error, ya que es un proceso lento pero dinámico. El equilibrio es, por tanto, aprender a mantener cierta paz interior, ecuanimidad y armonía a pesar de los mil avatares de la vida. Cuando uno supera los síntomas de tristeza, sufrimiento y dolor, sale fortalecido. El dolor es por tanto escuela de fortaleza. Cuando ese torrente que emana del sufrimiento es aceptado de manera “sana”, uno adquiere un dominio interior importante y fundamental para la vida.
Tras el golpe, hay que retomar la riendas de la propia vida para alcanzar el proyecto de vida que uno se tenga trazado. Ser señores de nuestra historia personal. Lo sencillo es actuar en las distancias cortas, lo complejo es diseñar la vida para las distancias largas. Quien no tiene ese proyecto, quien no conoce en qué se quiere convertir, no puede ser feliz.
El sufrimiento tiene un sentido. La sociedad actual huye de él y cuando uno se topa con él, surgen las preguntas “¿me lo merezco?; ¿se debe a mis errores del pasado?, ¿por qué lo permite Dios?”.
1-El dolor posee un valor humano y espiritual. Puede elevarnos y hacernos mejores personas. ¡Cuántas personas conocemos que tras un revés en la vida han sido capaces de enderezar su vida y buscar alternativas que han agradecido a posteriori! No es raro encontrar personas que tras una vida superficial y conformista han sido transformados tras un golpe duro en sus vidas.
2. El sufrimiento enriquece la inteligencia ya que nos ayuda a reflexionar, a llegar al fondo de muchas cuestiones que nunca nos habríamos planteado. El dolor cuando aparece, nos traslada a clarificar el sentido de nuestra vida; de nuestras convicciones  más profundas. Las máscaras y apariencias se diluyen y surge el yo que de verdad somos. El filósofo francés Gustav Thibon decía que “cuando el hombre está enfermo (sufre), si no está esencialmente rebelado, se da cuenta de que cuando estaba sano había descuidado muchas cosas esenciales; que había preferido lo accesorio a lo esencial”.
3. El dolor ayuda a aceptar las propias limitaciones. Nos convertimos en seres más vulnerables y caemos del pedestal al que nos habíamos o nos habían colocado. Hay que bajar la cabeza y reconocer que necesitamos ayuda, que necesitamos el cariño o apoyo de otros; que solos no podemos. Surge el pedir ayuda o consuelo y este puede ser el primer paso hacia la sencillez y descomplicación. De ahí se abren caminos hacia el amor hacia otros, la solidaridad y la empatía.
4. Tras una etapa de sufrimiento, uno se acerca al alma de otras personas. Empatiza, entiende mejor a los que les rodean siendo capaz de ponerse en el lugar de otro, para comprenderlos  y aceptarlos como son. El sufrimiento, por tanto, transforma el corazón. Cuando alguien se siente amado, su vida cambia, se ilumina y transmite esa luz. El amor auténtico se potencia con el dolor sanamente aceptado que nos libera del egoísmo. Quien gana en empatía, es más amable (se deja amar) y convierte su hábitat en un lugar más acogedor para vivir.
5. El sufrimiento puede ser la vía de entrada a la felicidad si uno muestra voluntad de conseguirlo y posee las herramientas para ello. El dolor conduce a la verdadera madurez de la personalidad; a la entrega a los demás y a un mayor conocimiento de uno mismo.
Termino con unos versos del poeta argentino Pedro Bonifacio Palacios,
“No te des por vencido, ni aun vencido,
No te sientas esclavo, ni aun esclavo”

sábado, 4 de noviembre de 2017

Todos los Santos: “La verdadera felicidad es estar con el Señor”

Palabras del Papa antes del Angelus, Fiesta de Todos los Santos 2017. Ciudad del Vaticano, 1 noviembre 2017

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y buena fiesta!
        La solemnidad de Todos los Santos y “nuestra” fiesta: no porque seamos “buenos” sino porque la santidad de Dios ha tocado nuestra vida.
        Los santos no son perfectos modelos, sino personas traspasadas por Dios. Podemos compararlas con las vidrieras de las iglesias, que hacen pasar la luz de diferentes tonalidades de colores. Los santos son nuestros hermanos y hermanas que han acogido la luz de Dios en sus corazones y que la han transmitido al mundo, cada uno según su “tonalidad”. Pero todos han sido transparentes, han luchado para quitar las manchas y las oscuridades del pecado, para así poder hacer pasar la delicada luz de Dios. Esta es la finalidad de la vida: dejar pasar la luz de Dios y es también la finalidad de nuestra vida.
        En efecto, hoy, en el Evangelio, Jesús se dirige a los suyos, a todos nosotros, diciéndonos “felices” (Mt 5, 3). Es la palabra con la cual comienza su predicación, que es “evangelio”, buena nueva, porque es el camino de la felicidad. Quien está con Jesús es bienaventurado, es feliz. La felicidad no consiste en tener algo o ser alguien, no, la verdadera felicidad es la de estar con el Señor y de vivir por amor. ¿Creéis esto?.
        La verdadera felicidad no consiste en tener algo o de convertirse en alguien, la verdadera felicidad es estar con el Señor y vivir por amor. ¿Creéis esto?. Debemos progresar para creer esto.
        Entonces, los ingredientes para una vida feliz se llaman bienaventuranzas: son bienaventurados los sencillos, los humildes que dejan lugar a Dios, que saben llorar por los otros y por sus propios errores, permaneciendo ambles, luchan por la justicia, son misericordiosos con todos, mantienen la pureza de corazón, trabajan siempre por la paz y permanecen alegres, no odian, y, cuando sufren, responden al mal con el bien.
        Estas son las bienaventuranzas. No piden gestos llamativos, no son para los superhombres, sino para que vivan las pruebas y las fatigas de cada día. Los santos son así: respiran como todo el mundo el aire contaminado del mal que hay en el mundo, pero en el camino, no pierden, no pierden nunca de vista el recorrido de Jesús indicado por las bienaventuranzas, que son como el mapa de la vida cristiana. Hoy, es la fiesta de aquellos que han logrado el objetivo indicado en este mapa: no solamente los santos del calendario, sino tantos hermanos y hermanas “de la puerta de al lado”, que hemos podido encontrar y conocer. Hoy es una fiesta de familia, de tantas personas sencillas, ocultas que, en realidad, ayudan a Dios a hacer avanzar el mundo. Y hay tantos hoy! Hay tantos! Gracias a tantos hermanos y hermanas desconocidos que ayudan a Dios a hacer avanzar el mundo, que viven en medio de nosotros: saludemos a todos con grandes aplausos!.
        Ante todo, me gustaría decir la primera bienaventuranza, es la de los “pobres de corazón” (Mt 5,3). Qué significa esto? Que no viven para el éxito, el poder ni el dinero. Saben que los que acumulan tesoros para sí no se enriquecen delante de Dios (Cf. Lc 12,21): al contrario, creen que el Señor es el tesoro de la vida, el amor al prójimo la única fuente verdadera de ganancia. A veces estamos descontentos por el hecho de que nos falta algo o estamos preocupados sino estamos considerados como nos gustaría. Recordemos que nuestra dicha no está en esto, sino en el Señor y en su amor: solo con él, amando podemos vivir felices.
        Por último, querría citar otra bienaventuranza, que no se encuentra en el Evangelio, sino al final de la Biblia, y que habla del término de la vida: “Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor” (Ap. 14,13). Mañana, estaremos llamados a acompañar a nuestros difuntos con nuestra oración para que puedan disfrutar del Señor para siempre. Recordemos con gratitud a los que nos son queridos y oremos por ellos.
        Que la Madre de Dios, Reina de los Santos y Puerta del Cielo, interceda por nuestro camino de santidad y por aquellos que nos son queridos que nos han precedido y han partido hacia la Patria Celeste.

El complejo tema de la muerte encefálica.

 Las discusiones sobre la muerte encefálica (o muerte cerebral, aunque no todos la entienden como idéntica a la muerte encefálica) muestran que estamos ante un tema complejo. Porque, en el corazón de esas discusiones, se cruzan varios problemas y perspectivas. ¿Cuáles? 
        Sin pretender mencionar los muchos aspectos de la cuestión, nos fijamos en los siguientes: ¿cómo entender la muerte, especialmente con ayuda de la filosofía? ¿En qué medida la tecnificación de la medicina y sus costos han cambiado el panorama? ¿Cómo influye, a la hora de determinar si alguien está muerto, el interés de aprovechar sus órganos para un eventual transplante? ¿Cómo establecer parámetros médicos adecuados que sirvan para constatar si se ha dado efectivamente la muerte de un ser humano en un contexto tecnológico como el de muchos hospitales? 
        En cierto sentido, las preguntas apenas mencionadas se relacionan entre sí. Según cómo se defina filosóficamente la muerte se propondrá un modo de constatarla técnicamente, unas líneas guía sobre cuándo y cómo usar y no usar aparatos de reanimación y otros tratamientos, y unas posibilidades respecto de la extracción y transplante de órganos. 
        Empecemos por el primer tema: ¿cómo definir la muerte? No resulta fácil encontrar una buena definición para un hecho que constatamos con frecuencia y que forma parte ineliminable de la existencia humana. Como punto de partida, reconocemos que sólo hay muerte si antes ha habido vida, y la noción de vida también es difícil de aferrar. 
        Si acudimos a la filosofía, morir implica un cambio profundo, sustancial, por el que un ser viviente deja de serlo y se convierte en una realidad no viviente. La definición deja aspectos en el aire, pues al morir un ser viviente siguen presentes en su cuerpo otras formas de vida: algunas células siguen activas, además de que “aparecen” microorganismos que empiezan a desarrollar un trabajo frenético. A pesar de lo anterior, notamos como característica de la muerte el hecho de perder un nivel de unidad biológica funcional que se daba anteriormente y que deja de darse, y que impide la realización autoregulada de actividades básicas, como las propias de la nutrición. 
        Podemos, entonces, indicar que la muerte consiste en la pérdida de la vida de un ser de nuestro mundo. Otra definición filosófica, que tiene dos importantes aladides, Platón y Aristóteles, nos dice que morir es perder el alma. Un cordero vive mientras tiene alma. ¿Cuándo se pierde el alma? Cuando el organismo queda tan dañado que desaparece en él la coordinación necesaria para que se dé un determinado tipo de alma que lo mantenga en vida. 
        Este tipo de definiciones parecen complejas, pero pueden simplificarse si decimos que morir es dejar de ser un viviente de una especie concreta. Dejar de vivir como hombre, o como ciervo, o como abeja, o como caracol. 
        Respecto de los seres humanos, morir es perder la propia existencia biológica; o, si se acoge una idea clásica, morir consiste en la separación entre el alma y el cuerpo. No es el momento para detenernos a explicar lo que sea el alma humana, pues necesitaríamos para ello una elaboración articulada y compleja. Simplemente nos situamos en la perspectiva según la cual la muerte implica el final de la existencia terrena de un ser humano, pero no su total aniquilación, pues el alma pervive tras la muerte, por tratarse de un alma espiritual. 
        La muerte de cada hombre, de cada mujer, tiene un carácter único, precisamente porque el ser humano posee una naturaleza especial, un modo de existir que lo sitúa en un lugar inigualable entre los demás seres vivos que conocemos en el planeta. Ello explica por qué ofrecemos tantas atenciones a varios niveles (médico, psicológico, espiritual) a cada uno, sobre todo cuando se acerca ese momento inexorable de su muerte. 
        Entramos así al segundo aspecto de nuestro tema: la tecnificación de la medicina. Con los progresos de la ciencia y de la técnica, muchas situaciones que en el pasado llevaban inexorablemente y con bastante rapidez hacia la muerte pueden ser superadas, al permitir curar a las personas, o al mantenerlas en vida durante semanas, meses e incluso años, a pesar de seguir dañadas por algunas enfermedades de gravedad. 
        La enumeración de tales progresos podría ser larguísima. Sería suficiente recordar las mejoras en la higiene (algo que falta todavía hoy en no pocos lugares del planeta), las vacunas, la respiración artificial, las transfusiones de sangre, los antibióticos, la diálisis, la microcirugía, los transplantes de tejidos y órganos, el uso de antidoloríficos y calmantes, etc. 
        Algunas personas necesitan, por la situación en la que se encuentran, la ayuda de una o varias de las nuevas tecnologías médicas, a veces con gastos sumamente elevados. Basta con visitar la zona de reanimación de algunos hospitales para percibir la complejidad de los aparatos empleados, que en ocasiones son producidos a precios muy altos, y cuyo mantenimiento y uso también es costoso. 
        Los beneficios de estos progresos están a la vista. Millones de personas, que hace un siglo habrían muerto en su infancia o juventud, pueden llegar a vivir más allá de los 70 años, en condiciones de vida bastante aceptables. Al mismo tiempo, no podemos olvidarlo, otros millones de personas están privadas del acceso a esos progresos, incluso a curas básicas, por falta de recursos propios y/o públicos, lo cual explica la poca esperanza de vida de la población en algunas regiones de nuestra tierra. 
        Aquí hemos de señalar una situación nueva para las familias y las sociedades. En los países con una asistencia médica más avanzada, resulta posible prolongar el tiempo de vida, con el uso de aparatos más o menos sofisticados, de personas que han sufrido graves daños y a las que resulta muy difícil devolver a condiciones de vida más o menos autónoma. 
        Un caso paradigmático es el de quienes viven durante años en estado vegetativo. Otro es el de quienes pueden sobrevivir sólo con la ayuda de aparatos muy costosos, por ejemplo con un pulmón de acero. El caso de la española Olga Bejano Domínguez resulta ser, en ese sentido, paradigmático. 
        Este tipo de situaciones no sólo crea un aumento de gastos, que alguien debe pagar (el mismo enfermo, sus familiares y conocidos, las compañías aseguradoras, el Estado), sino que también lleva a algunas personas, movidos por una errónea idea de compasión, a desear que el enfermo deje de sufrir, lo cual sería posible adelantando su muerte. Es decir, se hacen presentes propuestas de eutanasia en sus diversas formas, con las que, algunos dicen, se abreviarían dolores y gastos al provocar la muerte de un ser humano situado en condiciones que muchos califican como de baja “calidad de vida”. 
        No nos detenemos en elaborar un juicio sobre la eutanasia y sobre la necesidad de distinguir entre tratamientos proporcionados y ensañamiento (encarnizamiento) terapéutico. Basta con recordar lo ya explicado en un documento publicado por la Congregación para la doctrina de la fe en 1980 con el título “Iura et bona” para un buen enjuiciamiento ético sobre esta temática. 
        Pasamos así al tercer aspecto: los transplantes de tejidos y órganos. Es un tema relativamente nuevo y que ha abierto fronteras prometedoras gracias a los enormes progresos de la medicina que acabamos de recordar. Con un mejor conocimiento del organismo humano y con medicinas e instrumentos cada vez más sofisticados, es posible ofrecer a miles de personas tejidos y órganos con los que mejorar su salud y prolongar el tiempo de su existencia terrena. 
        No es el caso explicar los diversos aspectos médicos que giran en torno a los transplantes, sobre todo respecto de la calidad del órgano transplantado y de su compatibilidad en quien lo recibe. Es obvio que un órgano que va a ser transplantado podrá ayudar eficazmente a un receptor si tal órgano es obtenido en las mejores condiciones posibles. 
        En vistas a esas condiciones optimales, se comprende que extraer órganos de personas fallecidas en el sentido clásico del término (después de la cesación de toda actividad respiratoria y cardíaca) no resulte especialmente eficaz, pues algunos órganos candidatos a ser transplantados quedan dañados en mayor o menor medida por la falta de irrigación sanguínea y los demás procesos que siguen a la muerte. 
        Por lo mismo, un donante será más “adecuado” si ofrece un órgano en condiciones de salud (como ocurre cuando una persona sana cede un riñón a otro), en condiciones de falta de salud pero con el apoyo de aparatos que mantienen ciertas funciones básicas (nutrición, respiración, circulación sanguínea), o en una situación de muerte encefálica (sobre la que hablaremos un poco más adelante). Igualmente, reducir al máximo el tiempo que pasa entre la muerte del donante, la extracción del órgano y su transplante en el receptor resulta clave para que todo el proceso obtenga beneficios aceptables. 
        La reflexión ética sobre el tema de los transplantes no puede dejar de lado una serie de preguntas: ¿existe una obligación de donar órganos a quienes no pueden vivir sin un transplante? ¿Puede el donante poner en peligro su salud desde la pérdida de una parte de sí mismo? ¿Qué tipo de costos hay en los transplantes y quiénes los deben pagar? ¿Cuándo un transplante implica más daños que beneficios en quien lo recibe? ¿Con qué criterios seleccionar a varios pacientes que recibirían sin grandes problemas de rechazo un único órgano disponible? 
        Por lo que respecta a transplantes desde un cadáver, la pregunta central es: ¿con qué criterios tener certeza de que el cuerpo del donante ya pertenece a un ser humano fallecido? En otras palabras, ¿cómo constatar con seguridad que la muerte ha tenido lugar y que ya sería lícito extraer los órganos de este cadáver? ¿Y qué sistemas de reanimación pueden usarse sobre un cadáver con el fin de conservar de la mejor manera posible sus órganos en vistas a un eventual transplante? 
        Con esta última pregunta tocamos el cuarto aspecto que habíamos señalado al principio, y lo hacemos precisamente desde el tema de los transplantes de órganos. Al hacerlo así evocamos la situación histórica en la que se elaboró una de las primeras definiciones de muerte cerebral: una comisión en Harvard, el año 1968, que tenía entre sus objetivos determinar los parámetros que permiten tener certeza de estar ante un cadáver para facilitar la extracción de sus órganos. Con esos parámetros, se pensó, sería posible dejar de “mantener” artificialmente (con aparatos costosos, no lo olvidemos) a aquellos cuerpos de personas fallecidas pero que conservaban funciones vitales gracias a la técnica; por otro, habría seguridad de que la extracción de los órganos de esos cuerpos mantenidos artificialmente en condiciones “vitales” no provocaba su muerte, pues ya estarían muertos... 
        El informe de Harvard de 1968 establecía una serie de parámetros desde los cuales se podría constatar que el cerebro había dejado de coordinar y mantener la unidad del organismo, por lo que uno estaría muerto a pesar de las apariencias de vitalidad que serían simplemente el resultado del uso de los modernos aparatos de reanimación y sustentamiento. 
        Hay que constatar que existen en el mercado diversas teorías sobre cuáles sean los parámetros para constatar la muerte cerebral, mientras que otros prefieren hablar, de un modo más preciso, sobre muerte encefálica. Igualmente, no todos concuerdan a la hora de indicar qué partes del encéfalo habría que considerar para ver si uno está o no está muerto. Algunos, por ejemplo, suponen que habría muerte cuando está dañada la parte cortical del cerebro. Otros, en cambio, consideran que sólo hay muerte cuando están dañadas de modo irreversible todas las partes del encéfalo, es decir: el cerebro, el cerebelo y el tronco-encéfalo. 
        El panorama se hace más complejo si recordamos que un filósofo como Hans Jonas consideró éticamente incorrecto usar la idea de muerte cerebral para extraer órganos de un cuerpo humano mientras seguía unido a los aparatos que lo mantenían con ciertas funciones “vitales”. Según este autor, la muerte no es algo que puede ser identificado con un momento concreto ni desde señales de daño cerebral irreversible, sino un proceso. Según Jonas, sólo sería lícito extraer órganos en aquellos cuerpos que hubieran sido desconectados de los aparatos que los mantenían en una forzada “reanimación”, cuando ya fuera evidente que no tenían ninguna actividad cardíaca ni respiratoria autónomas. 
        Hay autores de ámbito católico, como Josef Seifert y Robert Spaemann, que también se han opuesto al uso de la idea de muerte cerebral para permitir la extracción de órganos vitales de un cuerpo cuya muerte no habría sido constatada con la suficiente certeza a través del uso de parámetros inseguros, insuficientes o mal utilizados, como el de la muerte cerebral. 
        Otros autores, también de ámbito católico, como el cardenal Elio Sgreccia, se muestran más abiertos a un uso éticamente correcto de la constatación de la muerte desde el criterio neurológico (muerte encefálica); es decir, desde una serie de parámetros que indican la pérdida de la unidad mínima necesaria para que un organismo esté dotado de vida autónoma. Tales parámetros, si determinan que ha habido una cesación irreversible de todas las funciones encefálicas, serían suficientes para estar seguros de que estamos ante un cadáver. 
        Como se ve, estamos ante un tema complejo y con muchas perspectivas. Hay, sin embargo, algunos criterios fundamentales que no pueden ser dejados de lado, y que por desgracia no son compartidos por quienes abordan estas temáticas. Tales criterios son: hay que respetar siempre a la persona humana; hay que ayudarla a conservar su vida en la medida de lo posible y sin menoscabo del respeto a otros; hay que promover todo aquello que tutele la salud y que permita una atención adecuada a las personas enfermas; hay que evitar toda intervención excesiva y desproporcionada cuando ya no es posible restablecer la salud y cuando hay graves inconvenientes de tipo humano, familiar y social; nunca será lícito extraer órganos u otras partes del cuerpo de un ser humano en aparente muerte encefálica si no existe la certeza suficiente de que ya ha fallecido, como tampoco es lícito provocar tal muerte por falsa compasión o para utilizar partes del cadáver. 
        Son criterios generales, pero que suponen admitir una verdad que ha sido mencionada anteriormente: todo ser humano, por su condición espiritual, goza de unos derechos intrínsecos, entre los que se encuentra el derecho a la vida y al cuidado de su salud, desde su concepción hasta que se produce su muerte.

martes, 24 de octubre de 2017

Sobre la desigualdad económica y el consumo.

Por Antonio Argandoña, Catedrático de Economía Universidad de Barcelona

El que sabe, hace, y el que no sabe, enseña. Yo enseño. Por eso me gusta escuchar a los que hacen, que son los que saben. Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a una reunión de empresarios del Consejo Asesor del Encuentro de Alimentación y Bebidas del IESE. Yo les conté lo que solemos decir los economistas: la economía sigue creciendo (crucemos los dedos, por si acaso), el consumo también, pero con menos brío que antes y expectativas buenas, pero no excelentes, para el resto de este año y para el que viene… y las razones de todo esto (empleo, confianza, deuda, crédito…). Y aquí intervinieron ellos, para dar su punto de vista desde ángulos muy distintos, desde la distribución hasta los supermercados y el sector agropecuario.
Dos cosas me llamaron la atención, también porque están de acuerdo con lo que los economistas vemos en la evolución del consumo a la que me he referido antes. Una: los productos cuya demanda crece son los “premium”, los de mayor calidad, diferenciados, sostenibles…; y los precios acompañan a esta tendencia:casi todo el alza de precios que se observa en los diferentes subsectores tiene que ver con esa demanda que, obviamente, está relacionada con la mayor renta. O sea, cuando la renta sube, la gente no consume más alimentación y bebidas, sino de más calidad y de mayor precio. El negocio, desde el punto de vista de la rentabilidad, está en ese segmento de mercado: si tienes productos “diferentes” que la gente demanda cuando sube la renta, felicidades.
Y la segunda cosa que dijeron (bueno, dijeron muchas más, pero aquí no voy a referirme a todo eso) es que la demanda de bienes “normales” está estancada, no aumenta y tampoco lo hace su precio. Y esto nos lleva a una conclusión: la desigualdad de ingresos sigue siendo elevada en España (y probablemente en otros muchos países). Y la pregunta clave es: ¿es esto sostenible? 

lunes, 23 de octubre de 2017

La dictadura del relativismo

(Me he encontrado, revisando el blog, un artículo de Jaime Nubiola, profesor de la Universidad de Navarra,  amigo y compañero universitario mío en Barcelona. Es de 2006, pero precisamente por la distancia de tiempo, le encuentro por su acierto con más valor. Lo reproduzco de nuevo nin adaptación alguna.)

En la misa previa al cónclave en el que había de ser elegido el nuevo papa, el entonces cardenal Ratzinger denunciaba con fuerza los vientos de relativismo que azotan nuestra sociedad occidental en las últimas décadas. El relativismo se ha convertido en una actitud de moda, mientras que "tener una fe clara según el credo de la Iglesia católica" es despachado a menudo como fundamentalismo. "Se va constituyendo –concluía– una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja sólo como medida última al propio yo y sus apetencias". La expresión que acabo de subrayar, "dictadura del relativismo", llamó de inmediato la atención tanto de la audiencia como de la prensa, pues mostraba de manera bien gráfica la formidable capacidad poética del futuro papa que con sólo tres palabras diagnosticaba la enfermedad de la sociedad europea.

Algún periodista nacional consideró que esa expresión era un concepto absurdo, una contradicción in terminis, sin caer en la cuenta de que la combinación de esas dos palabras compone una figura literaria de enorme fuerza expresiva. Como es sabido, se trata de la figura denominada oxímoron, (del griego oxys, agudo, y moros, romo, estúpido), en la que mediante la yuxtaposición de dos palabras de significado opuesto se logra expresar un nuevo sentido, un contraste difícilmente alcanzable de otra manera: todos hemos empleado expresiones como "silencio atronador", "luminosa oscuridad", "graciosa torpeza" y tantas otras expresiones parecidas que llenan de sentido y viveza nuestra comunicación. Cuando el futuro Benedicto XVI hablaba de la dictadura del relativismo lo que estaba expresando con brillantez poética es que en nuestra avanzada cultura democrática se está imponiendo por vía de fuerza el principio de que todas las opiniones valen lo mismo, y por tanto, que nada valen en sí mismas, sino sólo en función de los votos que las respaldan.

Aquel mismo periodista argumentaba que "el relativismo es el alma viva del conocimiento científico". Y, exhibiendo un notable desconocimiento de la efectiva práctica científica, añadía: "Sólo quien duda de la exactitud de sus ideas puede sentirse impelido a ponerlas a prueba y, llegado el caso a descartarlas, o a restringir su campo de validez, abriendo paso a ideas nuevas, ellas mismas cuestionables". Nada más alejado de la realidad de la ciencia que esta caricatura. El científico no es nunca un relativista, no piensa que su opinión valga lo mismo que cualquier otra, y, si es un científico honrado, está deseoso de someter su parecer al escrutinio de sus iguales y de contrastarlo con los datos experimentales disponibles. El buen científico está persuadido de que su opinión es verdadera, que es la mejor verdad que ha logrado alcanzar, a veces con mucho esfuerzo. El científico sabe también que su opinión no agota la realidad, sino que casi siempre puede ser rectificada y mejorada con más trabajo suyo y con la ayuda de los demás.

En contraste con el periodista español, una conocida columnista del New York Times descalificaba al nuevo Papa como un absolutista, como "un archiconservador del Jurásico que desdeña la cultura del 'si te parece bien, hazlo' y las tendencias revolucionarias nacidas en los años 60 en favor de la diversidad y la apertura cultural". Maureen Dowd en su artículo aliaba al nuevo Benedicto XVI con el vicepresidente Dick Cheney en la batalla contra el progresismo liberal norteamericano, del que el New York Times es quizá su portaestandarte. Esta visión muestra bien el localismo miope de la prensa norteamericana, pero sugiere también que el relativismo que denunciaba el cardenal Ratzinger no ha afectado a los Estados Unidos tan profundamente como a Europa. Como reconocía la propia Dowd, citando al profesor de Utah, Bruce Landesman, "quienes sostienen posiciones progresistas no son relativistas. Simplemente están en desacuerdo con los conservadores acerca de qué es lo bueno y lo malo".

Efectivamente, en el corazón de la sociedad americana se encuentra la convicción de que la democracia es una concepción ética, presidida por un uso comunitario de la razón. En una democracia los asuntos se discuten hasta la saciedad y si no se llega a un acuerdo razonable son finalmente los jueces quienes deciden acerca de la moralidad de un determinado modo de proceder. En una organización democrática la noción de verdad ha de estar en el centro de la vida pública. Si no hay verdad, no es posible el debate porque la discusión deja de ser un proceso de búsqueda y se transforma meramente en una tramoya del poder. Si no hay verdad, si todas las opiniones valen lo mismo, pierde todo su sentido el pluralismo democrático.

No es verdad que todas las opiniones merezcan el mismo respeto. Quienes merecen todo el respeto del mundo son las personas, pero no sus opiniones. Al contrario, tenemos la obligación de ayudar a los demás a mejorar sus opiniones, a cambiar sus convicciones, exhibiendo las razones que asisten a nuestras posiciones morales y sociales para permitirles que se pasen, si lo desean, a nuestro lado. En este sentido, es importantísimo distinguir con claridad entre pluralismo y relativismo. Mientras que el relativista no tiene interés en escuchar las opiniones de los demás, quien ama el pluralismo no sólo afirma que caben diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino que sostiene además que entre ellas hay –en expresión de Stanley Cavell– maneras mejores y peores, y que mediante el contraste con la experiencia y el diálogo los seres humanos somos capaces casi siempre de reconocer la superioridad de una opinión sobre otra y de adherirnos a ella.

En última instancia, un relativismo como el que crece actualmente en Europa corroe la democracia, porque clausura el diálogo y acaba con el pluralismo. Precisamente un día antes del fallecimiento de Juan Pablo II, el entonces cardenal Ratzinger afirmaba en Subiaco que "Europa ha desarrollado una cultura que, de modo desconocido antes de ahora para la humanidad, excluye a Dios de la consciencia pública". Y añadía: "En Europa se ha desarrollado una cultura que constituye en absoluto la contradicción más radical no sólo del cristianismo, sino de las tradiciones religiosas y morales de la humanidad". En sus palabras se advertía de manera luminosa que el relativismo de nuestro tiempo, hijo bastardo de la Ilustración, era el punto de partida de la cancelación de Dios en la vida pública.

El contraste –aquí meramente apuntado– entre el pluralismo norteamericano (In God we trust) y el relativismo europeo es sólo una caricatura, pero ayuda a entender bien aquel sugerente oxímoron de la "dictadura del relativismo" del que hablaba con preocupación el cardenal Ratzinger en la víspera del cónclave. El relativismo es probablemente la enfermedad más grave de la sociedad europea en el momento presente y considerar la enfermedad como algo saludable es en verdad la peor de las dictaduras.

Jaime Nubiola. Profesor de Filosofía .Universidad de Navarra

domingo, 22 de octubre de 2017

Cinco bautizos

¡Qué alegría haber podido bautizar esta mañana a cinco pequeños alumnos de mi colegio! Para que les conozcáis..


martes, 17 de octubre de 2017

La paternidad no se va de vacaciones


Entrevista a Nacho Tornel, de Laura Peraita, en abc.es  24.07.2017

Especialista en relaciones amorosas explica lo que hay que hacer para mejorar una relación, porque muchas parejas identifican sus problemas, pero no cómo solucionarlos
Los que tienen pareja lo saben. Iniciar una relación genera grandes emociones: ilusión por ver a la otra persona, contarle todo lo que a uno le ocurre durante el día, ganas de planificar tiempo juntos... Y es que el amor revoluciona a las personas. Sin embargo, el paso del tiempo o la dejadez por entrar en una rutina diaria puede minar cualquier relación.
Según Nacho Tornel, especialista en mediación familiar y autor de Enparejarte. El arte de vivir con éxito tu relación, se puede ser inmensamente feliz al lado de otra persona toda la vida.
Pero, ¿cómo? ¿Cuáles son los principales problemas que hacen que lo que en un principio funcionaba, deje de hacerlo?
Los problemas surgen siempre cuando la pareja pierde de vista que su relación no es lo prioritario. Cuando uno se enamora todo queda en un plano inferior porque lo primero de todo es esa persona. Lo normal es que inicialmente la relación cobre una entidad enorme. La pareja es el «top», sobre todo si se piensa compartir la vida con ella.
Sin embargo, con el tiempo la persona a la que se ama desciende en esa escala de posiciones porque se anteponen otras cuestiones como la proyección profesional (lo que hace que la pareja baje un escalón); el nacimiento de los hijos (que aun siendo maravillosos deja a la pareja otro escalón por debajo); las relaciones con la familia extensa (que si no están bien gestionadas, aparecen problemas, y la pareja baja otro escalón)... Es cierto que la rutina es un enemigo, pero surge porque dejamos de considerar a la pareja como una prioridad.
Todos deseamos tener una pareja duradera, disfrutar de alguien a quien le vas a dedicar toda la atención del mundo. Sin embargo, el abandono del cuidado de la relación es el enemigo número 1 de la pareja. La gente no es consciente de que hay que cuidar la relación y a la pareja y, claro, eso supone un esfuerzo. En consulta yo pongo el siguiente ejemplo: la relación es como un mueble que tenemos en el salón de casa al que si no cuidamos, se llena de polvo, poco a poco tendrá rasguños, se le desencajará una puerta... Si caemos en el error de no prestarle atención y no cuidarlo cada día, cada vez se deteriorará más y luego, cuando se quiera poner a punto, se tardará mucho, habrá que dedicarle mucha atención. Pero, las personas además, somos exigentes y requerimos mimo y cuidado para sentirnos plenos.
Trabajo, hijos... Eso le pasa a casi todas las parejas. ¿Todas están abocadas a un deterioro en sus relaciones?
Desde este punto de vista sí porque todos tenemos familia extensa, trabajo, hijos… El arte de mantener la relación es saber conjugar la vida personal, familiar, de intereses profesionales, los problemas como el paro… Es complicado. No podemos irnos con nuestra pareja a una isla desierta para siempre y aislarnos de las complicaciones. Hay que hacer un esfuerzo y hacer que la pareja flote unos centímetros por encima de lo demás. Así, todo irá bien.
¿Por qué falla tanto algo tan básico como la comunicación en la pareja si de enamorados se intenta hablar a todas horas?
Precisamente por todo lo anterior: los hijos, el trabajo, la familia... son un roba tiempos. Al final, la cuerda se tensa tanto entre ambos que se puede romper. Además, muchas personas consideran que la pareja siempre va a estar ahí y, por ello, la descuidan. En ocasiones, cuando se dan cuenta de que todo falla quieren solucionarlo, pero no acaban de salir de la bola de nieve en la que están metidos. El problema es que en España hay muy poca cultura de buscar ayuda para solucionar las relaciones de pareja. Y, cuando la solicitan, es como un incendio en un edificio de varios pisos de altura, muy difícil de resolver.
Muchas parejas confiesan que llevan meses o años sin dedicarse tiempo a hablar de verdad, solo despachan: ¿has llamado a tu madre?, ¿mañana puedes ir tú a por los niños?, la competición de yudo es a las seis, si vas a comprar trae leche...
¿Eso es un síntoma de alarma?
Sí. Si quieres tener una buena relación de pareja, sana, preocúpate de dedicarla tiempo… Si hace meses que no salen a cenar, que no se arreglan para ir juntos a disfrutar de un rato de ocio, si no se tiene ilusión por ello, malo. Si hace meses que no mantienen relaciones sexuales porque están cansados, tienen mucho estrés por el trabajo, mal, muy mal. Es una cuestión muy íntima entre los dos y fundamental en una pareja. Es algo para preocuparse.
En el día a día hay que preguntarse si hay ratos para estar a solas, para hablar, pero mirándose a los ojos, sin estar pendientes de las pantallas. No vale estar los dos en el sofá, pero cada uno a su historia; uno viendo la tele y la otra persona con la tablet. Eso no es tiempo en común, no son momentos compartidos.
También es importante saber que la relación es cosa de dos, pero para estar bien ambos, primero hay que estar uno bien. A veces uno mismo tiene que atenderse a sí mismo, analizar cómo se siente y ver cómo está con su pareja. Ese nivel de insatisfacción hay que analizarlo. Ese ruido interno que voy dejando que vaya haciendo eco dentro de mí se va traduciendo, al final, en comentarios irónicos despectivos, críticos… Entonces, todo se torna en una no admiración de la pareja, todo lo que hace o dice me incomoda, me molesta y se pierde de vista aquello que nos enamoró. La cuestión es que todos estos pensamientos en muchas ocasiones no se transmiten al exterior, a la pareja, y cuando se transmiten surgen los problemas.
¿Cómo se da el primer paso en busca de una solución, porque casi siempre se espera que lo haga el otro?
Es verdad. Cada uno espera que lo haga el otro. Es muy habitual. A mucha gente le pasa, cuesta dar el paso. Hay que decidirse a hacerlo para que el problema no sea cada vez mayor. Hay que parar y pensar. Nos somos felices, ni uno ni el otro, pues hablemos de cómo se siente uno y otro, de lo que le ocurre a cada uno.
¿Qué recomienda a las parejas que se encuentren en un bache en su relación?
Lo primero que hay que hacer es sentarse y coger el toro por los cuernos. En estas fechas es común mirar con temor al verano porque se piensa «¡qué horror, 30 días juntos, si estamos mal cuando pasamos solo unas horas!». Sin embargo, el verano debe verse como una oportunidad, no una amenaza.
La clave es hablar y hacerlo fuera de un enfado, paseando, tomando un helado, cuando los hijos estén con los abuelos.
Punto dos: si tú no estás bien, confiesa. Es importante darle a conocer a la pareja tu propia experiencia y sentimientos: «no esperaba esto, yo buscaba esto y lo otro y me encuentro vacía, no me siento acompañada, echo de menos las relaciones sexuales, una caricia, tus besos...». Eso sí, nunca acusando, sino diciendo cómo se siente uno.
Pero hay que ser conscientes de que esa conversación tiene muchas posibilidades de acabar en una gran discusión, ¿no es así?
La clave es buscar el momento y el tono adecuado. Si solo acuso (nunca me llamas, jamás estás pendiente de la niña…), si se convierte en una lista de reproches, malo. Ese es el arte de hacer las cosas bien. Ser capaz de transmitir al otro el espíritu positivo. Si te sientas con tu pareja a desguazarlo se acabará a gritos, pero si se le transmite lo que uno necesita para ir a mejor (aunque le duela, porque será una lista de tareas −estar más pendiente de la pareja, de los hijos, de sus deberes...−), lo recibirá de otra manera, porque todos queremos ser felices, y si es juntos mejor.
¿Tienen mayor sensibilidad las mujeres por querer solucionar sus problemas de pareja?
Sí, recibo más llamadas de mujeres que de hombres pidiendo ayuda porque son más completas y pueden tener una intensa vida laboral, con amistades, con los hijos, con la pareja, pero el hombre no tanto. El hombre se vuelva más en un aspecto, como el laboral o el paternal. La mujer en la pareja puede ser muy infeliz, o muy feliz, porque valora mucho más su dimensión de pareja. Tiene una mayor tendencia a la atención y dedicación a la relación de pareja. Probablemente los hombres también tengan carencias, pero las acusan y manifiestan más las mujeres.
¿Se supone que si uno de los dos se decide a expresar sus sentimientos al otro es porque espera un proceso de cambio? ¿Siempre ocurre?
Sí, así es. Será posible un cambio, pero deben hablar con frecuencia, trabajar la relación, dejar de ser egoístas, despistados, descuidados... También conviene recordar de vez en cuando a la pareja lo que en esa conversación se habló para ser felices. Comunicación y diálogo. Tiene que haber un punto de inflexión y el verano debe verse como una oportunidad para la pareja. Cuando ya se ha destripado un asunto, se genera una inercia de capacidad de diálogo y se crece en confianza, en lo afectivo-sexual y uno se entrega con mayor deseo.
¿Cuándo debe pensar una pareja «sí, necesitamos ayuda externa para solucionar los nuestro»?
Cuesta mucho. En España no hay tanta conciencia como en otros países de solicitar apoyo de especialistas en la materia. La mayoría de las parejas saben sus problemas, pero no saben cómo solucionarlos. Deben buscar ayuda cuando se dan cuenta de que hay muchas conversaciones abiertas, de que la relación se tensa mucho, se suben los decibelios en cada puesta en común y se cierra la discusión con un levantarse y desaparecer del lugar una vez, y dos, y tres… Si no hay conversaciones cerradas es que se es incapaz de una solución. Se puede estar así meses, o años, y ese deterioro es un desgaste muy negativo y cuanto más tiempo se pierde, más comunicación, compromiso, sentimientos se pierden en el camino.
¿Se tarda mucho en recuperarse?
Depende de cómo te encuentres. A veces se debe recuperar uno mismo antes de afrontar la relación. Hay parejas que trabajan la relación y ponen de su parte semana tras semana, pero si una parte está muy deteriorada, el otro se frustra porque aunque haga esfuerzos no se ve un avance. Esa descompensación frustra, pero hay que tener paciencia. No todo es automático. Remontar cuesta. No hay que tener prisa y se debe ser humilde para pensar que si se llevan años de deterioro no se puede solucionar la relación en poco tiempo porque hay muchos sentimientos de por medio.
Si subyace el amor los dos deben pelear juntos, luchar en el mismo camino por salvar su relación. Deben ser conscientes de que se puede estar con muchas cosas en la vida sin abandonar a la pareja ni dejarla tirada. Cuando uno contempla la derrota en la relación puede ser el camino del final.
¿Cómo se define el verdadero amor?
Es aquel que genera una relación en la que cada uno respeta al otro. La fórmula perfecta es cuando él y ella se encuentran acompañados, comprendidos, saben que el otro está ahí con sus defectos y virtudes, pero caminan juntos. Se sienten valorados, respetados.
¿Qué recomendaciones ofrece para las parejas que ven con cierto temor pasar las 24 horas del día juntos en vacaciones?
En primer lugar, las vacaciones se deben planificar entre los dos, lo que supone que hay que pensar en la otra persona, sus gustos y deseos. No vale decir «nos vamos al pueblo con mis padres que allí los niños se lo pasan muy bien». Si se piensa en cómo puede descansar la pareja y pasarlo bien, las vacaciones serán un éxito.
En el caso de tener niños, no se puede dejar todo a la improvisación, es mejor planificar las actividades para aprovechar el tiempo y que no haya enfados porque los niños se aburren.
También es imprescindible que la pareja se dedique tiempo para salir solos, desconectar y hablar tranquilamente mirándose a los ojos. Que haya tiempo de revitalizar, «de pasar una ITV de pareja». Es momento de nutrir la relación, de hacer balance y ver qué va bien y qué no. Sopla a favor el tiempo de descanso. Hay que aprovecharlo.

Liga de la justicia

Justice League Cómic   Acción   Fantástico Público apropiado:   Jóvenes Valoración moral:   Adecuada Año:   2017 País:   EE.U...