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martes, 30 de septiembre de 2014

El verdadero reto del estado islámico para Occidente.

Por Antonio Argandoña

A raíz de la muerte del periodista norteamericano James Wright Folley a manos de los asesinos del Estado islámico en Iraq, leí en Mercatornet un comentario que me gustó (aquí, en inglés). Sheila Liaugminas recogía las respuestas de los líderes occidentales: indignación, repulsa, anuncio de represalias, promesa de acciones militares más duras… Y añadía: “no me gusta que en estos días se hable solo de ‘respuesta’, en vez de presentarnos una nación que se pone en pie en nombre de principios como la libertad, la protección de sus ciudadanos y la justicia, tomando una actitud proactiva que haga realidad lo que la Carta de las Naciones Unidas llama ‘el derecho a proteger’”.

Me gusta el comentario, porque pone el dedo en la llaga: estamos ante una sociedad (la occidental, también la española) que no adopta actitudes positivas, enérgicas, en defensa de sus ideales y sus convicciones. La autora da a esto un nombre: “la crisis del relativismo moral ante el mal puro y duro”. Y lo explica así: “En el mundo postmoderno nos hemos acostumbrado a pensar que la verdad es relativa a la persona, al lugar, al tiempo y a la cultura (…). Pero cuando todo es relativo y nada es absoluto, no hay un estándar. No hay bien o mal, justo o injusto, bueno o malo; solo hay diferencias de opinión que todos dicen respetar. Pero cuando no hay bien o mal, correcto o incorrecto, justo o injusto, ¿qué puede guiar a la persona, la cultura o la sociedad en la dirección de lo que hay que hacer? Solo queda el poder. De manera que, en ese mundo moralmente relativista, hemos asistido a la no-santa alianza entre unos entes agresivos que ejecutan su voluntad sin contemplaciones, y unos observadores pasivos que se preguntan: ¿quiénes somos nosotros para juzgarles?”.

Esa es, en definitiva, la posición del mundo occidental ante los asesinos islámicos. Sheila se pregunta, para acabar, si nos podríamos poner de acuerdo sobre algo… por ejemplo, sobre si lo que el Estado islámico es… ¿malo? “Y cuando consigamos movernos de un interés tímido, teórico, desapasionada, antropológico sobre los asuntos humanos a una verdadera comprensión de lo que está ocurriendo, quizás nos encontremos movidos por un sentido profundo, quizás incluso sagrado) de lo que es la dignidad humana y la justicia. Nos habremos desplazado del ámbito en el que toda la moralidad es relativa… al ámbito en el que hay un estándar absoluto de verdad y de moralidad, en el que la vida humana es merecedora de dignidad y de respeto, y en el que la violación de esa dignidad exige que se restablezca la justicia”. A partir de ahí, podemos empezar a hablar acerca de qué podemos hacer.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Misa de Acción de gracias por la Beatificación Álvaro del Portillo

Misa de Beatificación de Álvaro del Portillo

Nos atrajo la santidad del Beato Álvaro



Estuve en la Beatificación de Álvaro del Portillo. El número de asistentes desbordó todas las previsiones. Y yo reflexioné sobre lo que estaba viendo, y viviendo, y me pregunté: -¿Que nos ha traído aquí a todos?  No, desde luego, un impulso fanático. Tampoco una demostración de fuerza. No merece la pena tanto entusiasmo y esfuerzo si nos movieran esas razones fútiles. Lo que realmente movía nuestro corazón, y lo llenaba de entusiasmo, era una realidad irrefutable: la santidad de un sacerdote.
                Álvaro del Portillo fue eso: un sacerdote santo, que buscó y encontró a Dios en el camino de su vida guiado por la fe y el amor. El renunció a muchos posibles amores por el Amor. Su vida, su personalidad de Ingeniero de Caminos, la entregó a Dios cuando se le cruzó por el camino. Y ya nunca dio marcha atrás. Celebramos estos días su santidad, porque es para celebrarla.
                El Papa Francisco, en la carta que envió con motivo de este acto, dice:

Querido hermano:

La beatificación del siervo de Dios Álvaro del Portillo, colaborador fiel y primer sucesor de san Josemaría Escrivá al frente del Opus Dei, representa un momento de especial alegría para todos los fieles de esa Prelatura, así como también para ti, que durante tanto tiempo fuiste testigo de su amor a Dios y a los demás, de su fidelidad a la Iglesia y a su vocación. También yo deseo unirme a vuestra alegría y dar gracias a Dios que embellece el rostro de la Iglesia con la santidad de sus hijos…

Me gusta recordar la jaculatoria que el siervo de Dios solía repetir con frecuencia, especialmente en las celebraciones y aniversarios personales: « ¡gracias, perdón, ayúdame más!». Son palabras que nos acercan a la realidad de su vida interior y su trato con el Señor, y que pueden ayudarnos también a nosotros a dar un nuevo impulso a nuestra propia vida cristiana.

En primer lugar, gracias. Es la reacción inmediata y espontánea que siente el alma frente a la bondad de Dios. No puede ser de otra manera. Él siempre nos precede. Por mucho que nos esforcemos, su amor siempre llega antes, nos toca y acaricia primero, nos primerea. Álvaro del Portillo era consciente de los muchos dones que Dios le había concedido, y daba gracias a Dios por esa manifestación de amor paterno. …

Especialmente destacado era su amor a la Iglesia, esposa de Cristo, a la que sirvió con un corazón despojado de interés mundano, lejos de la discordia, acogedor con todos y buscando siempre lo positivo en los demás, lo que une, lo que construye. Nunca una queja o crítica, ni siquiera en momentos especialmente difíciles, sino que, como había aprendido de san Josemaría, respondía siempre con la oración, el perdón, la comprensión, la caridad sincera.

Perdón. A menudo confesaba que se veía delante de Dios con las manos vacías, incapaz de responder a tanta generosidad. Pero la confesión de la pobreza humana no es fruto de la desesperanza, sino de un confiado abandono en Dios que es Padre. Es abrirse a su misericordia, a su amor capaz de regenerar nuestra vida. .. Álvaro sabía de la necesidad que tenemos de la misericordia divina y dedicó muchas energías personales para animar a las personas que trataba a acercarse al sacramento de la confesión, sacramento de la alegría. Qué importante es sentir la ternura del amor de Dios y descubrir que aún hay tiempo para amar…

Ayúdame más. Sí, el Señor no nos abandona nunca, siempre está a nuestro lado, camina con nosotros y cada día espera de nosotros un nuevo amor. Su gracia no nos faltará, y con su ayuda podemos llevar su nombre a todo el mundo. En el corazón del nuevo beato latía el afán de llevar la Buena Nueva a todos los corazones. Así recorrió muchos países fomentando proyectos de evangelización, sin reparar en dificultades, movido por su amor a Dios y a los hermanos. Quien está muy metido en Dios sabe estar muy cerca de los hombres…
¡Gracias, perdón, ayúdame! En estas palabras se expresa la tensión de una existencia centrada en Dios. De alguien que ha sido tocado por el Amor más grande y vive totalmente de ese amor. De alguien que, aun experimentando sus flaquezas y límites humanos, confía en la misericordia del Señor y quiere que todos los hombres, sus hermanos, la experimenten también.

Querido hermano, el beato Álvaro del Portillo nos envía un mensaje muy claro, nos dice que nos fiemos del Señor, que él es nuestro hermano, nuestro amigo que nunca nos defrauda y que siempre está a nuestro lado. Nos anima a no tener miedo de ir a contracorriente y de sufrir por anunciar el Evangelio. Nos enseña además que en la sencillez y cotidianidad de nuestra vida podemos encontrar un camino seguro de santidad…

Que Jesús los bendiga y que la Virgen Santa los cuide.

Fraternalmente,

Franciscus

Palabras para agradecer, y sobre todo para meditar. Como una gran familia nos reunimos en torno a Jesucristo, A la Virgen María y al Beato Álvaro del Portillo. Y como una gran familia seguimos trabajando humildemente por el Reino de Dios.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Carta de Mons. Juan Antonio Reig Pla: "Llamar a las cosas por su nombre"

LLAMAR A LAS COSAS POR SU NOMBRE
Un verdadero reto para los católicos
Mons. Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Alcalá de Henares

1. El Presidente del Gobierno de España y del Partido Popular ha confirmado la retirada de la reforma de la ley del aborto que pretendía “limitar” cuantitativamente el “holocausto silencioso” que se está produciendo. Mantener el derecho al aborto quiebra y deslegitima el supuesto estado de derecho convirtiéndolo, en nombre de la democracia, en una dictadura que aplasta a los más débiles. Ninguna ley del aborto es buena. La muerte de un solo inocente es un horror, pero “parecía” que “algo” estaba cambiando en las conciencias de algunos políticos relevantes respecto del crimen abominable del aborto (Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 51).
Dicho esto conviene denunciar, con todo respeto a su persona, que el Presidente del Gobierno ha actuado con deslealtad respecto a su electorado al no cumplir su palabra en esta materia, explicitada en su programa electoral; también ha actuado con insensatez pues ha afirmado que lo sensato es mantener el “derecho al aborto”, es decir, el derecho a matar a un inocente no-nacido, el crimen más execrable. Además ha faltado a la verdad, pues su partido tiene mayoría absoluta en el Parlamento y, sin embargo, afirma que no hay consenso, algo que no ha aplicado a otras leyes o reformas infinitamente menos importantes.
Ha llegado el momento de decir, con voz sosegada pero clara, que el Partido Popular es liberal, informado ideológicamente por el feminismo radical y la ideología de género, e “infectado” como el resto de los partidos políticos y sindicatos mayoritarios, por el lobby LGBTQ; siervos todos, a su vez, de instituciones internacionales (públicas y privadas) para la promoción de la llamada “gobernanza global” al servicio del imperialismo transnacional neocapitalista, que ha presionado fuerte para que España no sea ejemplo para Iberoamérica y para Europa de lo que ellos consideran un “retroceso” inadmisible en materia abortista.
2. Respecto al Jefe de la Oposición en el Parlamento, también con todo respeto a su persona, hay que afirmar que se ha mostrado falto de rigor intelectual y con un déficit de sensibilidad ante la dignidad de la vida humana. Es asombroso comprobar cómo telefonea a un programa de televisión para denunciar la violencia contra los animales, y, sin embargo, olvida la violencia criminal contra dos millones de niños abortados: decapitados, troceados, envenenados, quemados… Desde la lógica del horror el Secretario General del PSOE ensalzó en la Estación de Atocha de Madrid el mal llamado “tren de la libertad” en el que algunas mujeres reclamaban “el derecho a decidir matar inocentes”; este tren, como los trenes de Auschwitz que conducían a un campo de muerte, debería llamarse, no el “tren de la libertad” sino, el “tren de la muerte”, del “holocausto” más infame: la muerte directa y deliberada de niños inocentes no-nacidos.
3. Como es verificable, el Partido Popular con esta decisión, se suma al resto de los partidos políticos que, además de promover el aborto, lo consideran un derecho de la mujer: una diabólica síntesis de individualismo liberal y marxismo. Dicho de otra manera, a fecha de hoy ‒ y sin juzgar a las personas ‒, los partidos políticos mayoritarios se han constituido en verdaderas “estructuras de pecado” (Cf. San Juan Pablo II, Encíclicas Sollicitudo rei socialis, 36-40 y Evangelium vitae, 24).
4. En el orden cultural, y bajo la presión del feminismo radical, se ha trasladado el punto de mira del aborto; se ha deslizado desde el tratamiento como un crimen (No matarás) a la consideración de la mujer como víctima. Es verdad que la mujer es también víctima, abandonada en muchas ocasiones ‒ cuando no presionada para que aborte ‒, por el padre de su hijo, por su entorno personal y laboral y por la sociedad; también es cierto que sufre con frecuencia el síndrome post-aborto, etc.; pero, si bien algunas circunstancias puede disminuir la imputabilidad de tan gravísimo acto, no justifican jamás moralmente la decisión de matar al hijo por nacer. Esto hay que denunciarlo al tiempo que hay que acompañar con misericordia y «adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 214).
Pero, como digo, lo específico del aborto es que se trata de un crimen abominable: «el que mata y los que cooperan voluntariamente con él cometen un pecado que clama venganza al cielo (Cf. Gn 4, 10)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2268). No se puede justificar, apelando a la libertad, lo que de sí es una acción criminal que mata a un inocente, corrompe a la mujer, a quienes practican el aborto, a quienes inducen al mismo y a quienes, pudiendo con medios legítimos, no hacen nada para evitarlo. La Iglesia Católica, Madre y Maestra, en orden a proteger al inocente no-nacido e iluminar las conciencias oscurecidas «sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. “Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae” (CIC can. 1398), es decir, “de modo que incurre ipso facto en ella quien comete el delito” (CIC can. 1314), en las condiciones previstas por el Derecho (Cf. CIC can. 1323-1324). Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2272). Es necesario evidenciar que nos encontramos ante una verdadera crisis de civilización.
5. Por otra parte, diré más: se debe aclarar que no es justificable moralmente la postura de los católicos que han colaborado con el Partido Popular en la promoción de la reforma de la ley del aborto a la que ahora se renuncia. La Encíclica Evangelium vitae del Papa San Juan Pablo II no prevé la posibilidad de colaboración formal con el mal (ni mayor ni menor); no hay que confundir colaborar formalmente con el mal (ni siquiera el menor) con permitir ‒ si se dan las condiciones morales precisas ‒ el mal menor. Dicha Encíclica (n. 73) lo que afirma es: «un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. […] En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos».
6. Con afecto hacia las personas y con dolor, también debo decir que, en ocasiones, algunas instancias de la Iglesia Católica que camina en España no han propiciado, más bien han obstaculizado, la posibilidad de que aparezcan nuevos partidos o plataformas que defiendan sin fisuras el derecho a la vida, el matrimonio indisoluble entre un solo hombre y una sola mujer, la libertad religiosa y de educación, la justicia social y la atención a los empobrecidos y a los que más sufren: en definitiva la Doctrina Social de la Iglesia. Gracias a Dios el Papa Francisco ha sido muy claro respecto del aborto en su Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (nn. 213 y 214).
7. Como en tantas otras ocasiones de nuestra historia, es momento de apelar a la conciencia de los católicos españoles. Ante nosotros, tal vez, se abre la posibilidad de “un nuevo inicio” y en todo caso un amplio abanico de acciones simultáneas, entre las que quiero destacar:
a) Hay que mantener firme el propósito de la evangelización, de la gestación de nuevos cristianos y de la atención en nuestros “hospitales de campaña” (Cáritas, Centros de Orientación Familiar, etc.) de tantas personas heridas (física, psíquica y espiritualmente) que esperan nuestro amor, nuestra misericordia y nuestra ayuda, siempre desde la verdad.
b) Insistir en la educación sexual y en la responsabilidad de las relaciones sexuales, es decir, educar para el amor.
c) Insistir en la abolición total de toda ley que permita el aborto provocado directo y promover la aprobación de leyes que protejan al no-nacido, la maternidad y las familias.
d) Suscitar una respuesta civil organizada y capaz de movilizar las conciencias.
e) Hacer una llamada a promover iniciativas políticas que hagan suya, integralmente, la Doctrina Social de la Iglesia.
f) Estudiar por enésima vez la posibilidad de regenerar los partidos políticos mayoritarios, aunque hasta ahora estos intentos han sido siempre improductivos.
8. El camino va a ser largo y difícil, ya sucedió con la abolición de la esclavitud. La maduración de las conciencias no es empresa fácil, pero nuestro horizonte, por la gracia de Dios, es el de la victoria del bien. Este es tiempo de conversión. Así pues, todos (mujeres y varones, profesionales de la sanidad y de los medios de comunicación, gobernantes, legisladores, jueces, fuerzas y cuerpos de seguridad, pastores y fieles, etc.) estamos obligados en conciencia a trabajar y defender con todos los medios legítimos “toda la vida” de “toda vida humana”, desde la concepción y hasta la muerte natural, empezando por los no-nacidos y sus madres; si no lo hacemos, la historia nos lo recriminará, las generaciones venideras nos lo reprocharán y, lo que es definitivo, Dios, el día del Juicio, nos lo reclamará: era pequeño, estaba desnudo e indefenso y no me acogisteis (Cf. Mt 25, 41-46).
En Alcalá de Henares, a 24 de septiembre del Año del Señor de 2014

Ntra. Sra. de la Merced

El debilitamiento del sentido de la maternidad en la mujer y el aborto

(Extraído de mi libro "Personalidad y belleza hoy", en prensa.



5. El debilitamiento del sentido de la maternidad como clave del impudor.

            Sé que la lectura de la parte final del apartado anterior (4.2.2. Incrementar el sentido paternal del varón) y el capítulo que ahora sigue pueden resultar negativos. Más bien, yo diría que tratan de realidades negativas que ocurren en la sociedad. El conocerlas, o el tomar más conciencia de ellas, nos colocan delante los sucesos negativos, pero no para entristecernos, sino para superarlos, para vencerlos, para no incidir en ellos.  Se ha de dirigir la sociedad por otros caminos.

A estas alturas del siglo XXI, no se pueden obviar. Lo que trato de explicar está sucediendo en este momento de manera muy generalizada en la calle, en la sociedad, en nuestro mismo hogar. Debemos conocer al enemigo si queremos eficazmente defendernos, y vencerle. Lee las páginas que siguen rápidamente  si lo deseas. Y piensa que, objetivamente, lo malo es negativo, de un aparente y falso valor, que antes o después es descubierto, y hecho desaparecer. Enseguida pasaremos a lo más positivo y valioso, que es el amor humano: el de los novios, los esposos, los padres, los hijos, los amigos y amigas…

Prosigamos…

A mi juicio,  la raíz del impudor actual podría sintetizarse en estos dos elementos:

1. El olvido del amor humano, que frecuentemente se confunde con otros fenómenos, cada vez más presentados como juegos que como sentimientos, y que se reducen al goce de un sexo trivializado. Es decir, se está llamando amor al sexo, y esto conlleva un gran cambio en la relación varón-mujer. El amor auténtico no es en estos momentos muy frecuente ni valorado, debido a esta falsificación;

2. La pérdida del sentido de la maternidad y de la paternidad, sobre todo de la maternidad.

Para no perder como referencia lo visto en páginas anteriores, y por cuestiones metodológicas, vamos a estudiar primero lo que afecta a la maternidad.

La  minusvaloración del sentido de la maternidad reduciéndola a algo biológico de la persona, supone una desnaturalización antropológica, a nivel personal y a nivel de sociedad. La disminución de la capa de ozono es como un chiste en comparación de cara al futuro. Sus efectos sobre la personalidad femenina -y sobre la masculina- a corto y a medio plazo, han sido, son y serán cada vez más palpables. Si no se ponen pronto los medios para favorecer la maternidad y la vida, deshaciendo las mutaciones conceptuales producidas, podemos augurar -obra de nuestras manos- auténticos cataclismos sociales.

Sobre cómo se ha conseguido que la mujer esté perdiendo el sentido humano de la vida y de la maternidad, se puede decir de todo, menos que no haya sido pensado de modo preciso y
articulado. Los diseños son siempre propios de mentes, de personas y de grupos organizados, que siempre han escondido su identidad, y que parecen estar hasta por encima  de los mismos gobiernos.

Se han promovido campañas ideológicas utilizando todos los mass media (hace falta muchísimo poder y dinero para esto) contra cada uno de los aspectos de la maternidad. Se ha difundido pacientemente, durante años, de una manera abrumadora y con carácter “de única verdad” una antropología manipuladora de la naturaleza y del psiquismo humano, que ha producido cambios de sentido en las costumbres y en el actuar.

Como todo lo que es nuevo necesita de una aceptación paulatina, se ha ido poco a poco, pero sin dejar nada a la improvisación en esta cruzada por el cambio del ser humano.

Hay que desenmascarar el fondo de esta ideología actuante en la historia reciente, sin paliativos, aunque resulte difícil poner nombre a los “patrocinadores”, aunque no se dude de su inteligencia y poder.

El modelo de mujer en la sociedad actual no ha sido fruto de decisiones personales de las mujeres, sino de la engañosa naturalidad con que se ha presentado un proyecto apoyado en una ingente influencia en lo político, en lo legislativo y en lo económico.

Ese modelo que tanto afecta a la mujer, ha influido igualmente en todas y cada una de las realidades que dependen de manera importante de ella: el varón, el amor humano, el matrimonio, la vida, los hijos, la familia,  el sexo, etc.

5.1. Los variados efectos del aborto.

Un modelo de astucia –uno entre muchos, aunque todos tienen el mismo patrón- fue el modo cómo presentar la licitud (la bondad civil) del aborto. Sólo en casos extremos; y en un primer momento, sólo en uno: en caso de grave peligro para la vida de la madre. Sabemos la transformación que ha sufrido con el tiempo: las causas se han multiplicado,  aunque se reducen casi siempre, de hecho, al daño “psicológico” en la madre, que suele ser el “producido por una indeterminada carencia de medios económicos”.

Pero no olvidemos una cuestión igualmente importante. Es cierto que con el aborto, físicamente, muere un niño. Pero quizá no se ha considerado suficientemente las otras muchas “víctimas” que produce: la mujer, la madre, la maternidad, la paternidad, el sentido de filiación en la persona, el principio primero de la dignidad humana, el derecho individual y social a la existencia, la confianza y seguridad dentro de la familia con los padres, etc.

Por eso, repitiéndome, para que repasemos,  no podemos eludir estas preguntas a la razón y a la conciencia:

-¿Qué efectos psicológicos produce el aborto en la mujer?

-¿Qué concepto de maternidad puede sobrevivir en ella?

-¿Qué efecto produce en las chicas de hoy la naturalidad con que se habla de la posibilidad de abortar?

-¿Qué efectos psicológicos se dan en el varón, en el padre, en el esposo, sobre todo si no acepta el aborto, porque es tomado fundamentalmente como un derecho de la mujer?

-¿Qué concepto de paternidad sobrevive en él después del aborto?

-¿Qué piensan los hijos, cuando desde muy corta edad están al tanto de este –y de los demás- medio de regulación de los nacimientos?

-¿Qué concepto de padre, de madre, de filiación cristaliza en los hijos?

-¿Qué concepto de paternidad, maternidad, filiación y familia,  se piensa transmitir a las futuras generaciones?

-¿Qué reacciones pueden darse en los hijos cuando conocen que en el ámbito de sus padres estuvo la posibilidad de la no aceptación, incluso de la destrucción, de sus vidas?

Ya sé que da miedo responder a estas preguntas, pero van dirigidas para evitar el golpe devastador para las futuras relaciones humanas esenciales que supone el aborto.

Con un lenguaje forzado y ridículo se defiende como conquista de la mujer. Sobre el aborto se han acuñado fundamentalmente dos acepciones:

-bien es un derecho de la mujer, dentro del derecho a disponer como desee de su cuerpo;

- o es sencillamente la interrupción del embarazo.

¡Cuántos discursos en el mundo político y en el ideológico lo plantean de modo positivo!  ¿Por qué tanto interés en su instauración en todo el mundo?

Si se acepta o no se le combate, el oído y la conciencia parece que se acostumbran a su existencia, y pesa menos su gravedad.

Por esta causa, sin darse cuenta, se está generalizando en muchas mujeres la pérdida del sentido de su maternidad como elemento fundamental y distintivo de su personalidad. Como opinión válida, se genera el pensamiento de que no es para tanto, de que al fin y al cabo la maternidad no es más que un proceso biológico y material; la realización de la personalidad femenina estaría ligada a otros ámbitos mas personales y libres y menos fisiológicos.

Y sería verdad en cierto modo. Para quien la vida humana -que en su origen se desarrolla en el cuerpo de la madre- resulta tan poco trascendente, igualmente de intrascendente le resulta la maternidad. Pero habríamos eliminado uno de los componentes esenciales de la sexualidad femenina, es decir de los elementos diferenciadores de la personalidad.

Recuerdo que caminando por una gran ciudad europea al inicio de la década de los 80, me tropecé con una manifestación de mujeres, más bien jóvenes, que gritaban –porque iban gritando- el siguiente eslogan: “el útero es mío; y hago con él lo que quiero”.

Era una de las expresiones más genuinas y conocidas de los comienzos del feminismo radical. No sólo no se apreciaba que en la procreación cuenta a partes iguales  la mujer con “su útero” y el varón, sino que expresaban la maternidad, sin nombrarla siquiera, como algo con sólo validez orgánica. El embrión, el hijo, sería sólo suyo, una pertenencia; no sólo no tiene nada que ver el varón, sino que la existencia del ser del hijo está de modo absoluto bajo su dominio (como parte de su cuerpo).

Si una mayoría de personas, hombres y mujeres pensaran de ese modo; si ese concepto u opinión fuese tomado como verdadero, entonces ciertamente habría cambiado todo en la humanidad, y por supuesto en la relación varón-mujer. La vida humana se la podría considerar en todos los casos como algo de valor accidental e intrascendente, donde reinaría una tremenda confusión y ceguera de todos los valores humanos, entre ellos el amor.

La terminología ha sido servida, y se ha generalizado: Interrupción voluntaria del embarazo; fecundación “in vitro” como  alternativa; pruebas eugenésicas sobre la salud del embrión para determinar si se permite que su desarrollo siga o no su curso; experimentos con embriones…  

Hago notar el enorme cuidado para no designar a los embriones como personas, ni siquiera como seres humanos. ¡Y en estos sectores, está terminantemente prohibido hasta mencionar el término “derechos del embrión”, que son los mismos que los de las personas nacidas! En Estados Unidos –lo siento si hiero sensibilidades-, en la era Clinton, a pesar de la oposición del Congreso de los Estados Unidos, el presidente vetó más de una vez que los embriones no fueran abortados hasta el mismo momento del nacimiento. No debían ser considerados personas hasta tener más de la mitad del cuerpo fuera de la madre (¡¡¡eso sí que es positivismo jurídico!!!). Hasta ese momento se les podía eliminar. No quiero describir el procedimiento.


Hemos de hablar necesariamente de esto, porque hace especialmente referencia a la armonía de la persona femenina, que es la madre de cada hombre, de cada mujer.

martes, 23 de septiembre de 2014

Discurso de Benedicto XVI ante el Parlamento alemán: El Derecho y la Verdad



Cuando en España, como en tantos otros países, la vida, es decir, el fundamento del ser humano, es infravalorada; cuando  hoy se ha perpetrado un gravísimo atentado  contra la vida de millones de seres humanos inocentes que no verán la luz después de haber sido concebidos; cuando también hoy se ha dado un duro golpe  al fundamento de la democracia, que define el poder como algo recibido del pueblo, nunca en propiedad de unos gobernantes; hoy, es más necesario que nunca que bebamos de las fuentes de la verdad para ganar en esperanza.

Podemos estar seguros, que todo se arreglará, porque como dice el célebre adagio "Dios perdona siempre, el hombre algunas veces, la naturaleza nunca". La naturaleza humana se restablece siempre.

Pero procuremos "tener cabeza", porque los razonamientos en Occidente, sobre todo en los países más poderosos, la UE y América del Norte, son cada vez más pobres, más pertenecientes a una infracultura que al desarrollo racional. Aquí "se piensa cada vez menos". Y eso es peligroso, porque suele terminar con las democracias forjadas con tanto esfuerzo, en beneficio de dictaduras. Y las más fuertes dictaduras han sido las del siglo XX, que casi todos los que vivimos ahora hemos compartido.

Pueden ayudarnos muchísimo estas palabras que pronunció el entonces Papa Benedicto XVI ante el Parlamento alemán, para despertar y ayudar a despertar a otros. 

Me parece  una lectura necesaria para nosotros, personas que tenemos en nuestras manos el siglo XXI:


DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Reichstag, Berlín
Jueves 22 de septiembre de 2011

Ilustre Señor Presidente Federal,
Señor Presidente del Bundestag,
Señora Canciller Federal,
Señor Presidente  del Bundesrat,
Señoras y Señores Diputados

Es para mi un honor y una alegría hablar ante esta Cámara alta, ante el Parlamento de mi Patria alemana, que se reúne aquí como representación del pueblo, elegido democráticamente, para trabajar por el bien común de la República Federal de Alemania. Agradezco al Señor Presidente del Bundestag su invitación a pronunciar este discurso, así como sus gentiles palabras de bienvenida y aprecio con las que me ha acogido. Me dirijo en este momento a ustedes, estimados señoras y señores, también como un connacional que por sus orígenes está vinculado de por vida y sigue con particular atención los acontecimientos de la Patria alemana. Pero la invitación a pronunciar este discurso se me ha hecho en cuanto Papa, en cuanto Obispo de Roma, que tiene la suprema responsabilidad sobre los cristianos católicos. De este modo, ustedes reconocen el papel que le corresponde a la Santa Sede como miembro dentro de la Comunidad de los Pueblos y de los Estados. Desde mi responsabilidad internacional, quisiera proponerles algunas consideraciones sobre los fundamentos del estado liberal de derecho.

Permítanme que comience mis reflexiones sobre los fundamentos del derecho con un breve relato tomado de la Sagrada Escritura. En el primer Libro de los Reyes, se dice que Dios concedió al joven rey Salomón, con ocasión de su entronización, formular una petición. ¿Qué pedirá el joven soberano en este momento tan importante? ¿Éxito, riqueza, una larga vida, la eliminación de los enemigos? No pide nada de todo eso. En cambio, suplica: “Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y mal” (1 R 3,9). Con este relato, la Biblia quiere indicarnos lo que en definitiva debe ser importante para un político. Su criterio último, y la motivación para su trabajo como político, no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material.

La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz. Naturalmente, un político buscará el éxito, sin el cual nunca tendría la posibilidad de una acción política efectiva. Pero el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho y a la comprensión del derecho. El éxito puede ser también una seducción y, de esta forma, abre la puerta a la desvirtuación del derecho, a la destrucción de la justicia. “Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?”, dijo en cierta ocasión San Agustín.[1] Nosotros, los alemanes, sabemos por experiencia que estas palabras no son una mera quimera. Hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra él; cómo se pisoteó el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y llevarlo hasta el borde del abismo. Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. En un momento histórico, en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo particularmente urgente. El hombre tiene la capacidad de destruir el mundo. Se puede manipular a sí mismo. Puede, por decirlo así, hacer seres humanos y privar de su humanidad a otros seres humanos.

¿Cómo podemos reconocer lo que es justo? ¿Cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente? La petición salomónica sigue siendo la cuestión decisiva ante la que se encuentra también hoy el político y la política misma.

Para gran parte de la materia que se ha de regular jurídicamente, el criterio de la mayoría puede ser un criterio suficiente. Pero es evidente que en las cuestiones fundamentales del derecho, en las cuales está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta: en el proceso de formación del derecho, una persona responsable debe buscar los criterios de su orientación. En el siglo III, el gran teólogo Orígenes justificó así la resistencia de los cristianos a determinados ordenamientos jurídicos en vigor: “Si uno se encontrara entre los escitas, cuyas leyes van contra la ley divina, y se viera obligado a vivir entre ellos…, por amor a la verdad, que, para los escitas, es ilegalidad, con razón formaría alianza con quienes sintieran como él contra lo que aquellos tienen por ley…”[2]

Basados en esta convicción, los combatientes de la resistencia actuaron contra el régimen nazi y contra otros regímenes totalitarios, prestando así un servicio al derecho y a toda la humanidad. Para ellos era evidente, de modo irrefutable, que el derecho vigente era en realidad una injusticia. Pero en las decisiones de un político democrático no es tan evidente la cuestión sobre lo que ahora corresponde a la ley de la verdad, lo que es verdaderamente justo y puede transformarse en ley. Hoy no es de modo alguno evidente de por sí lo que es justo respecto a las cuestiones antropológicas fundamentales y pueda convertirse en derecho vigente. A la pregunta de cómo se puede reconocer lo que es verdaderamente justo, y servir así a la justicia en la legislación, nunca ha sido fácil encontrar la respuesta y hoy, con la abundancia de nuestros conocimientos y de nuestras capacidades, dicha cuestión se ha hecho todavía más difícil.

¿Cómo se reconoce lo que es justo? En la historia, los ordenamientos jurídicos han estado casi siempre motivados de modo religioso: sobre la base de una referencia a la voluntad divina, se decide aquello que es justo entre los hombres. Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios. Así, los teólogos cristianos se sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado desde el siglo II a. C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social, desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano.[3] De este contacto, nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de esta vinculación precristiana entre derecho y filosofía inicia el camino que lleva, a través de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico de la Ilustración, hasta la Declaración de los derechos humanos y hasta nuestra Ley Fundamental Alemana, con la que nuestro pueblo reconoció en 1949 “los inviolables e inalienables derechos del hombre como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo”. (…)

El concepto positivista de naturaleza y razón, la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana, a la cual en modo alguno debemos renunciar en ningún caso. Pero ella misma no es una cultura que corresponda y sea suficiente en su totalidad al ser hombres en toda su amplitud. Donde la razón positivista es considerada como la única cultura suficiente, relegando todas las demás realidades culturales a la condición de subculturas, ésta reduce al hombre, más todavía, amenaza su humanidad. Lo digo especialmente mirando a Europa, donde en muchos ambientes se trata de reconocer solamente el positivismo como cultura común o como fundamento común para la formación del derecho, reduciendo todas las demás convicciones y valores de nuestra cultura al nivel de subcultura. Con esto, Europa se sitúa ante otras culturas del mundo en una condición de falta de cultura, y se suscitan al mismo tiempo corrientes extremistas y radicales. La razón positivista, que se presenta de modo exclusivo y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los “recursos” de Dios, que transformamos en productos nuestros. Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo.

Pero ¿cómo se lleva a cabo esto? ¿Cómo encontramos la entrada en la inmensidad, o la globalidad? ¿Cómo puede la razón volver a encontrar su grandeza sin deslizarse en lo irracional? ¿Cómo puede la naturaleza aparecer nuevamente en su profundidad, con sus exigencias y con sus indicaciones? Recuerdo un fenómeno de la historia política reciente, esperando que no se malinterprete ni suscite excesivas polémicas unilaterales. Diría que la aparición del movimiento ecologista en la política alemana a partir de los años setenta, aunque quizás no haya abierto las ventanas, ha sido y es sin embargo un grito que anhela aire fresco, un grito que no se puede ignorar ni rechazar porque se perciba en él demasiada irracionalidad. Gente joven se dio cuenta que en nuestras relaciones con la naturaleza existía algo que no funcionaba; que la materia no es solamente un material para nuestro uso, sino que la tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones. Es evidente que no hago propaganda de un determinado partido político, nada más lejos de mi intención. Cuando en nuestra relación con la realidad hay algo que no funciona, entonces debemos reflexionar todos seriamente sobre el conjunto, y todos estamos invitados a volver sobre la cuestión de los fundamentos de nuestra propia cultura. Permitidme detenerme todavía un momento sobre este punto. La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, quisiera afrontar seriamente un punto que – me parece – se ha olvidado tanto hoy como ayer: hay también una ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana.(…)

A este punto, debería venir en nuestra ayuda el patrimonio cultural de Europa. Sobre la base de la convicción de la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la conciencia de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y el reconocimiento de la responsabilidad de los hombres por su conducta. Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su integridad. La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico.

Al joven rey Salomón, a la hora de asumir el poder, se le concedió lo que pedía. ¿Qué sucedería si nosotros, legisladores de hoy, se nos concediese formular una petición? ¿Qué pediríamos? Pienso que, en último término, también hoy, no podríamos desear otra cosa que un corazón dócil: la capacidad de distinguir el bien del mal, y así establecer un verdadero derecho, de servir a la justicia y la paz. Muchas gracias.


[1] De civitate Dei, IV, 4, 1.
[2] Contra Celsum GCS Orig. 428 (Koetschau); cf. A. Fürst, Monotheismus und Monarchie. Zum Zusammenhang von Heil und Herrschaft in der Antike. En: Theol. Phil. 81 (2006) 321 – 338; citación p. 336; cf. también J. Ratzinger, Die Einheit der Nationen. Eine Vision der Kirchenväter (Salzburg – München 1971) 60.
[3] Cf. W. Waldstein, Ins Herz geschrieben. Das Naturrecht als Fundament einer menschlichen Gesellschaft (Augsburg 2010) 11ss; 31 – 61.
[4] Waldstein, op. cit. 15-21.


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