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domingo, 14 de septiembre de 2014

Sobre la ética en las finanzas (II): La eficiencia como objetivo

Por Antonio Argandoña, Profesor Ordinario del IESE.

En una entrada anterior hice notar que “algo” había cambiado en los años recientes, que podía explicar por qué se produjo una crisis financiera tan importante como la que empezó en 2007, y por qué esa crisis tiene un contenido ético. El primer sospechoso que mencioné fue la eficiencia como objetivo de la economía y de las finanzas.

Que la eficiencia es el fundamento de la economía es algo que me parece obvio. Al menos, la eficiencia está implícita en la famosa definición de ciencia económica que daba Lionel Robbins en 1935, relacionándola con la gestión de medios escasos para fines alternativos. No se pueden desperdiciar los recursos escasos: eso es la eficiencia. La eficiencia es, pues, buena, necesaria; forma parte de la manera racional de comportarse del ser humano. Claro que es muy grato pasear por la mañana, pero no nos parece adecuado dedicar dos horas diarias a caminar tranquilamente, disfrutando del paisaje y del clima, para ir a trabajar cada día.

La eficiencia la medimos comparando los recursos empleados con los resultados obtenidos. Hay una eficiencia técnica, que es la que preside la actividad productiva: cuál es el mínimo necesario de primeras materias o de horas de trabajador necesario para conseguir una unidad de producto. En el numerador aparecen unidades de producto, o mejor, el valor de ese producto en euros; en el denominador, unidades de primera materia, horas-máquina u horas-hombre, o mejor, valor en euros de esos recursos.

Pero aquí aparecen tres problemas. El primero es que solo contamos unidades físicas o monetarias, tanto en el producto como en los recursos; lo que no se cuenta de manera física o económica no se cuenta en absoluto. Lo que aprenden las personas que trabajan o el aburrimiento en la cadena de montaje solo cuentan si se pueden traducir en euros. Pero hay muchos costes y muchos resultados que no se pueden calcular de esa manera: para empezar, el desarrollo moral, positivo o negativo, de los directivos, empleados, propietarios, proveedores y clientes. La eficiencia no es moralmente neutra.

El segundo problema tiene que ver con el anterior. La economía, ya lo dijimos, es la ciencia de los medios para conseguir fines dados. Los fines están dados, y pueden ser económicos o no. Podemos producir pan para satisfacer las necesidades de nuestros clientes, o armas para venderlas a grupos terroristas. Otra vez, la eficiencia no es moralmente neutra.

A la vista de estos dos problemas, la conclusión a la que podemos llegar es que la eficiencia es la manera racional de conseguir unos fines determinados, y esa manera puede ser éticamente correcta o no. Primero, porque los fines pueden no ser éticamente neutros, y los medios se “contaminan” de la moralidad de los fines. Y segundo, porque los medios pueden no ser éticamente neutros, si producen resultados negativos que no entran en el cálculo económico.

Todo esto ya lo sabíamos. Podemos encerrarnos en la racionalidad de nuestros modelos económicos, y no querer reconocer que “alguien” debería decir “algo” sobre los fines, y que “alguien” debería tener en cuenta “algunos” aspectos de los medios que van más allá de la eficiencia técnica. Pero nos queda todavía un tercer problema. Contemplemos los medios que estamos utilizando para esos fines dados. Esos medios “deben” ser usados racionalmente, eficientemente, porque los recursos son escasos y “no tenemos derecho” a desperdiciarlos. Por tanto, digamos lo que digamos sobre los fines, la eficiencia es un deber. La técnica, que es la que maneja esos medios escasos, tiene su propio fin. La eficiencia es un deber. Moral. La conclusión es: hay que usar siempre la técnica que sea más eficiente, económicamente más eficiente. Los argumentos morales sobre eso no deben tener cabida en nuestras discusiones.

Esto nos lleva al tema de una entrada próxima: una economía eficiente debe maximizar el valor para el accionista.

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