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sábado, 6 de septiembre de 2014

La educación afectiva, una asignatura pendiente en la cultura actual


Por Juan Ramón García-Morato
Escribir sobre el corazón del hombre sin caer en tópicos o reduccionismos fáciles parece tarea complicada. Y a la vez es materia constante de análisis, de obras artísticas, de literatura más o menos afortunada. Juan Ramón García-Morato, médico cirujano, sacerdote, profesor universitario, hombre inconformista y sobre todo lector insaciable, publica en su libro reciente "Crecer, sentir, amar", una serie de sesiones televisadas. El origen de todo es una entrevista donde se le preguntaba a bocajarro, y respondía desde la espontaneidad: con sus convicciones y su experiencia. El atractivo de este libro brilla sobre todo en el diálogo con cientos de personas, muy distintas, muy lejanas en sus convicciones. Queda así un tejido rico, de rigor intelectual y ameno. Las preguntas y respuestas que siguen son sólo botón de muestra de cuestiones más complejas abordadas en su obra. -Hay muchos libros sobre esta materia. ¿Qué aporta el suyo a un best seller? 

El contenido me lo han puesto delante alumnos universitarios, la propia gente joven. Quizás no aporte ningún descubrimiento radical, intelectualmente hablando; en todo caso, eso ya lo dirán los demás. Pero al menos puedo afirmar que todo lo que contiene corresponde a inquietudes reales de la gente. 


-A la hora de escribirlo, se desplaza a distintas visiones del hombre, pero al final muestra, sin decirlo tácitamente que es la concepción cristiana de la persona la que le parece más verdadera. ¿No resulta prepotente deducir que uno está en posesión de la verdad, más a la hora de hablar de temas tan resbaladizos? 

Me parece que no. Sin duda que, más allá de mis convicciones religiosas, es la visión que más me convence intelectualmente. Pero no pretendo imponer nada a nadie, ni parto de la revelación cristiana para tratar los temas. Parto de la realidad, pienso las cosas y las argumento. Es una visión que puede hacer pensar, que sin duda alguna me parece válida, pero no por fe sino por convicción intelectual. 


-¿Como sintetizaría su exposición sobre el papel de los sentimientos en el hombre? 

Una asignatura pendiente en buena parte de la cultura occidental. De alguna manera, se ha eliminado de la educación la expresión de los sentimientos. Y sólo quien ha tenido sentido común y un entorno familiar propicio ha aprendido que forma parte del enriquecimiento personal. Esto se agrava en algunas sociedades donde al niño se le educa explícitamente en la impasibilidad como principio. 


-¿Cómo resumiría su visión del binomio corporalidad-espiritualidad que tantos quebraderos de cabeza da? 

Es una unidad, más que un binomio, en la que resulta más contundente lo sensible que lo espiritual, pero más enriquecedor lo espiritual que lo sensible. El hombre no puede prescindir de lo sensible porque se convierte en un ser absurdo. La clave es integrar las dos cosas en el desarrollo de la personalidad, puesto que están integradas en la realidad de cada persona. 


-El ideal de amor que usted ofrece, parece todo menos actual. ¿No será precisamente un ideal, o sea, un planteamiento platónico, cuando menos minoritario o para supermanes? 

No es inasequible. Sí puede ser difícil. Pero es que todo lo que merece la pena es difícil. ¿Actual? Quizá baste mirar alrededor y descubrir cómo se da en las personalidades más consistentes y atrayentes. Probablemente no sea estadísticamente actual. Y precisamente porque no es lo habitual, cuando existe, brilla con una nitidez y una encarnación más atractiva. 


-Dice que ha escuchado cientos de opiniones de universitarios. ¿De verdad encontró jóvenes capaces de vivir de un modo tan “estricto”? O sea, ¿los jóvenes normales admiten sin problemas un enunciado como el suyo de “un hombre con una mujer unidos por amor y para toda la vida, caiga lo que caiga”? 

No lo llamaría estricto, sino más bien valioso (y como todo lo valioso, exigente). Sí, los he encontrado, los he encontrado sin duda... Con más frecuencia de lo que hubiera pensado. 


-Pero... ¿Debajo de una piedra? 

No, en la vida misma. Hay quien no parece muy dispuesto a ese planteamiento aunque en el fondo le ilusionaría ser capaz; y no acaba de creerse que eso pueda existir. Otros ni se lo planteaban pero, al verlo en otros, se plantean la posibilidad de trabajar en esa dirección, ver si así son más felices. Siempre asumiendo las dificultades de todo proyecto en el que uno se plantea la excelencia. 


-¿Y quienes viven así, se sienten libres a pesar de constreñirse en un código de conducta tan estricto? 

Vivir así no es un código de conducta: sólo es posible para una persona que ame, porque una persona que viva toda esa realidad como un mero código de conducta acaba estresada. Pero, cuando es consecuencia de un amor muy grande, se puede plantear como una meta valiosa, atractiva a pesar del esfuerzo que entraña. 


-La dedicatoria del libro y el prólogo hablan a un público objetivo muy amplio, oriental y occidental, creyente y ateo, joven y adulto. Pero hay comunidades humanas conciben el amor de un modo radicalmente distinto a la visión que plantea, occidental al fin. ¿Realmente sólo hay un modo de expresar el amor personal? 

Sin duda alguna que hay diferencias culturales reales. Pero quizá no sean tan radicalmente distintas de fondo. El amor es amor humano, no oriental u occidental. A primera vista, puede plantear problemas constatar las manifestaciones culturales distintas. Lo que dudo es que esas diferencias culturales, cuando son auténticas y respetuosas con las personas, no expresen lo mismo. 


-Pero, ¿por qué valdría más su planteamiento del pudor que el de una tribu africana? 

En la línea que explicaba antes, lo que una tribu africana -u otros pueblos más primitivos en las regiones tropicales- manifiestan viviendo el pudor en la desnudez, no me parece que sea distinto de lo que una persona occidental manifiesta viviendo el pudor con el vestido. Aunque resulte paradójico a primera vista, no dejan de ser manifestaciones de un mismo fenómeno. Pero en el fondo se pretende intentar conservar para uno mismo unos valores que sólo son objeto de donación por libre y propia voluntad. 


-O ¿Por qué es mejor su concepción de un matrimonio heterosexual estable que el de un hombre que comparte su amor con un concubinato de mujeres si les funciona desde siglos el sistema? 

Antroplógicamente, no veo que sea posible la donación plena, total y recíproca más que a una persona. No puede ser a varias, no parece lógico: la entrega plena y recíproca a una, excluye al resto si es verdadera y profundamente humana. Aunque sin duda, desde un punto de vista fáctico, puede funcionar..., hasta cierto punto, pero es imposible que se dé la misma plenitud de entrega. 


-Al dialogar con otras culturas, usted no ha estado en esos países asiáticos, ni ha vivido en una tribu africana... Hablar sobre ellos sin experiencia directa o a través de libros. ¿No sabe a precocinado? 

No es una experiencia indirecta, porque tengo amigos asiáticos y africanos, budistas y musulmanes. En esto tengo mucha suerte: desde la escuela hasta hoy siempre he estado en contacto con gente de todas las razas, de todas las culturas y religiones, al menos de las mayoritarias. Eso es una experiencia directa, no de libro. Es decir, he podido hablar pausadamente con personas muy diferentes de estos temas, y ver hasta dónde podemos llegar en común, y dónde tenemos que separarnos y seguir amigablemente cada cual su camino. 


-Habla de crecimiento, en materias tan poco tangibles como los sentimientos, la afectividad, el amor. ¿Es una carrera al alcance de todos? 

La carrera está al alcance de todos, lo que pasa es que el currículum es muy personalizado. Y no se tarda el mismo número de años. Porque parte de las asignaturas están en uno mismo. 


-Y ¿en qué escuela se aprender eso? 

La vida misma. También, en parte, de las personas que han conseguido armonizar, más o menos, esos afectos en el resto de las dimensiones humanas, porque dudo que alguien lo consiga en esta vida plenamente. El trato con ellas nos trasmite una riqueza afectiva encarnada, y su experiencia nos enseña. Y también, en buena medida, todas las grandes obras maestras del arte en cualquiera de sus manifestaciones. Pero me parece que, en ese orden de cosas, también hace falta conocimiento propio para no hacer una simple fotocopia de los demás, porque cada ser humano es radicalmente distinto. 


-Su libro aborda la relación de Dios con el corazón humano. ¿No es rebajar a Dios el plantear que tenga un papel en el crecimiento y en el desarrollo de los sentimientos? 

Me parece que no. El Dios cristiano es un Dios encarnado, y por lo tanto es criatura humana, también con sentimientos y afectos. Él es quien mejor los puede tener armonizados e integrados. La figura humana de Jesucristo ha supuesto una atracción para mucha gente, que no ha trascendido más porque no cree, o porque no conoce la Revelación, o por lo que sea. Si, además, uno tiene la certeza de que también es Dios, es evidente que Dios tiene un papel en la historia humana y en la historia de los afectos y los sentimientos de cada cual. Como ejemplo y como artífice divino, pero esto ya sería otro libro. Lo trato en el libro, porque me parece absurdo no ofrecer algo que considero valioso; y más absurdo excluir de los planteamientos a quienes crean así. Una cosa es que no parta de la Fe católica, y otra cosa es que prescinda de lo que realmente está en la vida de gente con la que he dialogado, y en mi propia existencia. 

-O sea, ¿qué continuará? 

Quedan aún en el tintero cientos de preguntas, de e-mails, de estímulos para seguir trabajando a través del diálogo confiado y espero que fecundo. La forma y el día... llegarán. De momento, mi buzón sigue abierto para quien quiera rebatir, ahondar, sugerir, reescribir en primera persona un retazo... ( jrgmorato@unav.es) Los renglones ocultos son los que mayores satisfacciones me han regalado. 
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