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lunes, 4 de enero de 2016

¿A quién pertenecen nuestros hijos? ¿A nosotros o al Estado?

Los dos grandes "peligros" que debe afrontar el Estado son la religión y la familia. Y todos los derivados de éstos: colegios, asociaciones, etc.

Jorge Soley: "El Estado se arroga la propiedad de nuestros hijos y nos dice qué criterios morales se les debe inculcar". (Actuall, 2.1.2016)



Creo que aún son mayoría quienes en nuestro país responderían sin dudarlo que los hijos son de sus padres y no de esa estructura político-administrativa que conocemos por el nombre de Estado. Pero probablemente son mayoría también quienes no son conscientes de los ataques que está sufriendo esta crucial cuestión.
Sin ir más lejos, el reciente reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo supone un misil en la línea de flotación de una de las bases en que se funda una sociedad libre y decente.
Es precisamente lo que acaba de denunciar Melissa Moschella, profesora en la Catholic University of America, a propósito de la sentencia Obergefell del Tribunal Supremo de los Estados Unidos que abre las puertas al matrimonio entre personas del mismo sexo. ¿Dónde está el problema? ¿Qué relación hay entre una cosa y la otra?
Tal y como Moschella argumenta, la sentencia Obergefell significa que el Tribunal Supremo y el Estado ya no reconocen el matrimonio como una institución pre-política, sino como una institución que depende de lo que el Estado defina.
En consecuencia, los rasgos y caracteres que se derivan del matrimonio ya no son los propios, naturales y no condicionados por la voluntad del Estado, sino tan solo los que el Estado decida en cada momento: al convertir el matrimonio en algo moldeable según los deseos del Estado, todo aquello que se deriva del matrimonio es también automáticamente moldeable y el Estado ya no tiene ningún límite para imponer sus antojos.
En palabras de Moschella, “la concepción del matrimonio como una mera criatura del Estado que éste puede redefinir a su gusto va de la mano de la idea de que los niños ”pertenecen” primariamente al Estado, que luego delega (limitadamente) la autoridad de criarlos a quienquiera que el Estado defina como los padres del niño”.
Cada vez en más países, el Estado promueve en los colegios el adoctrinamiento de los niños en la ideología de género
No estamos ante una cuestión meramente especulativa. El Estado, en cada vez más países occidentales, ha decidido promover en las escuelas el adoctrinamiento de los niños en la ideología de género.
Su idea de la “igualdad” implica que se enseñe a los niños que todos los tipos de familia son igualmente buenas y, en consecuencia, introducen contenidos y actividades destinados a inculcar esta ideología, evidentemente con independencia de que los padres de esos niños compartan o no esa ideología de Estado.
California, Nueva Jersey y el Distrito de Columbia, por ejemplo, han declarado ilegal dar consejo (por parte de psicólogos, profesores, etc.) a un joven con dudas sobre su sexualidad si no se le presenta la homosexualidad como la mejor opción.
Por el contrario, cada vez es más frecuente que los psicólogos escolares pongan en contacto a los adolescentes con ese tipo de dudas con organizaciones homosexualistas, sin consentimiento y, en la mayoría de los casos, sin ni siquiera conocimiento de los padres del menor.
Los padres se han convertido en meros delegados del Estado, a los que se tiene en consideración mientras cumplen estrictamente con lo que el Estado define como ideología oficial; en caso de discrepancia, no tienen ningún derecho a enfrentarse con lo que el Estado ordena y su potestad sobre sus hijos se les debe retirar.Este comportamiento intrusivo es defendido ya en público y sin tapujos.
La escritora y periodista Melissa Harris-Perry declaraba abiertamente en la cadena televisiva MSNBC que “debemos de romper con la idea de que los niños pertenecen a los padres o a sus familias y reconocer que los niños pertenecen a la comunidad entera”.
Este mismo argumento se recoge en el documento en defensa del matrimonio entre personas del mismo sexo que se hizo llegar al Tribunal Supremo estadounidense. Es también la visión de otros teóricos como la presidenta de la Universidad de Pennsylvania, Amy Gutmann o el profesor de Princeton, Stephen Macedo, que defienden que el Estado puede y debe exigir que los niños sean adoctrinados en valores y estilos de vida contrarios a los de sus padres y que debe imponer lo que ellos llaman “educación en la diversidad” en todas las escuelas, también en el caso de que los padres tengan objeciones religiosas o morales contra estos contenidos.
En Canadá se ha aprobado una ley que obliga a los colegios a permitir clubs de alumnos en favor del homosexualismo
Y, una vez más, no se trata de una mera especulación: en Alberta, Canadá, se ha aprobado recientemente una ley que prohibe que los padres saquen a sus hijos de las clases en las que se explica la homosexualidad y que obliga a absolutamente todos los colegios a permitir clubs de alumnos en favor del homosexualismo.
Es imposible no escuchar aquí los ecos de la República de Platón o, mejor aún, la concepción que de la familia tienen los totalitarismos, que niega que los padres posean una autoridad primaria y pre-política sobre la educación de sus hijos.
Tanto estos regímenes totalitarios como los actuales promotores del homosexualismo sabían y saben bien que el modo más eficaz de inculcar una ideología de Estado en las mentes de la gente es educar a toda una generación en esta ideología desde la infancia y minimizar al máximo (eliminar si fuese posible) las influencias contrarias que se puedan dar en el seno de la familia.
Al considerar el matrimonio y la familia como meras construcciones del Estado, negando que sea una institución natural y anterior a éste, la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo consagra también una visión estatista de la educación de los hijos.
La visión de la familia como una comunidad natural y pre-política, que en consecuencia no debe sufrir coerción externa (excepto en casos claros de maltrato o descuido), es uno de los frenos más sólidos al afán expansivo del Estado, un freno que no por casualidad está siendo atacado en nuestras sociedades occidentales de manera agresiva.
Nos dijeron que redefinir el matrimonio para que no fuera más que un nombre que engloba cualquier cosa que el Estado desee era un gesto generoso que no iba a tener mas consecuencias. Era mentira.
Las organizaciones dedicadas a las adopciones han sido las primeras en experimentarlas. Ahora somos todos los padres quienes descubrimos que el Estado se arroga la propiedad de nuestros hijos y nos dice qué criterios morales se les debe inculcar. Bienvenidos al nuevo totalitarismo soft.
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