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viernes, 2 de diciembre de 2016

Populismos (II)

Por Antonio Argandoña
En una entrada anterior expliqué muy brevemente por qué aparecen los populismos, de izquierdas o de derechas. ¿Qué es lo que les caracteriza? No es fácil ponerse de acuerdo, porque el fenómeno se ve desde posiciones distintas, pero unos cuantos trazos que pueden definirlo:
  • El análisis gira alrededor de dos categorías: el “pueblo” contra la “elite”, cada uno con nombres diferentes según los países. “Nosotros” somos el pueblo, “ellos” son los que nos engañan, nos dominan o nos sojuzgan, y los que apoyan a los que lo hacen. Los conceptos, claro, no pueden estar bien definidos, porque no son realidades objetivas.
  • La escisión es, sobre todo, sentimental e identitaria: es la separación entre “amigo” y “enemigo”.
  • El pueblo es una forma de personalizar el malestar de todos o de muchos. El pueblo son los que han perdido su vivienda, aquellos cuyos ingresos no les permiten llegar a final de mes, los que asisten a una escuela llena de hijos de inmigrantes… Los sentimientos negativos, de insatisfacción, se convierten en positivos, de pertenencia.
  • No hay una jerarquía en las demandas de los ciudadanos: son del pueblo y todos somos iguales. Cuando los políticos las pondrán en práctica de forma oportunista, según las posibilidades e intereses de cada caso. Esto distingue el populismo actual de, por ejemplo, el marxismo: la alienación del trabajador no es un tema dominante.
  • La voluntad general debe prevalecer. Y como la democracia representativa utiliza estructuras intermedias, como los representantes y los partidos, hay que superarla: hay que hacer lo que decide el pueblo. Las instituciones liberales –separación de poderes, neutralidad de las instituciones, defensa del pluralismo político e informativo- ya no sirven.
  • El populismo suele girar (aunque no siempre) alrededor de un líder carismático, que representa las ansiedades y las expectativas del pueblo.
  • Los intelectuales y los expertos están bajo sospecha, porque han estado al servicio de la elite. Sus consejos se ven como sesgados en contra del pueblo.
  • El movimiento actúa mediante la movilización permanente del pueblo. La acción se canaliza en la provocación y la protesta. El diálogo no tiene sentido, porque lo controla la elite.
  • Hay que rechazar al que discrepa, recurriendo a la intimidación, si hace falta. El que intenta estabilizar las instituciones políticas está dificultando el avance del populismo.
  • No importa que las palabras sean verdad: lo importante es el mensaje que llevan consigo. Lo que homogeneiza al pueblo es la comunicación: de ahí la importancia del control de los medios.
  • La política populista es emocional, para provocar la identificación afectiva del pueblo.
  • La conflictividad es central en la estrategia populista. El sistema liberal democrático ha disimulado siempre el conflicto, unas veces porque la elite no mostraba ningún interés en él, otras porque no sabía cómo hacerle frente, o porque no tenía relevancia mediática. Lo que hay que hacer ahora es denunciar el conflicto, todo conflicto, acentuarlo, hacerlo emocionalmente llamativo.
  • El populismo no es necesariamente xenófobo. Los problemas con las minorías étnicas o los inmigrantes pueden ser relevantes a veces, pero no siempre.
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