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jueves, 1 de diciembre de 2016

Populismos (I)


Por Antonio Argandoña, Universidad de Barcelona, IESE
En todos los continentes hay populismos de izquierdas y de derechas; algunos llegan al poder y otros aspiran a él. A menudo la palabra se utiliza como arma arrojadiza para desautorizar una política, también cuando los que la proponen no son populistas, porque el populismo es no solo un movimiento, sino también una estrategia, que acaban practicando todos los partidos, por convencimiento o por necesidad (yo diría que más bien por irresponsabilidad).
¿A qué se debe el reciente auge de los populismos? He aquí algunas razones:
  • La crisis y la sensación de crisis, representada por el desempleo y la desigualdad, pero que abarca otros fenómenos, como la globalización (“los de fuera nos roban los puestos de trabajo”), la tecnología (que favorece a unas minorías mejor situadas y más cualificadas), los recortes en el estado del bienestar y otros muchos.
  • Las frustraciones y ansiedades colectivas de los que tienen menos recursos y, cada vez más, de la clase media. “Hicimos lo que nos dijeron, estudiamos, nos pusimos a trabajar diligentemente, y ahora estamos en el paro, no podremos cobrar nuestras pensiones y nuestros hijos se quedarán lejos de lo que nuestra generación consiguió”.
  • El aumento de la desigualdad: “los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”; “los super-ricos crean barreras para que sus hijos sigan siéndolo, de modo que la movilidad social hacia arriba se ha interrumpido”. Esto quizás no es así, pero no cabe duda de que muchos lo piensan.
Parece que estamos ante un fenómeno transitorio, que acabará el día en que los políticos sean capaces de diseñar políticas que devuelvan el bienestar a todos. Pero… hay también causas más profundas:
  • La complejidad social ha aumentado, y los ciudadanos están desorientados. “En el pueblo nos conocíamos todos; en la gran ciudad estamos perdidos”. “No entendemos lo que pasa, no nos lo saben explicar, o no quieren hacerlo”.
  • La gestión pública se ha hecho tecnocrática: “los expertos están en todas partes, lo controlan todo y están siempre del lado de los que mandan. Los que tienen el poder económico y político y los que tienen el conocimiento se han adueñado de la situación, y nosotros nos quedamos fuera”.
  • Las instituciones de gobierno han perdido legitimidad por la corrupción, la opacidad en su comportamiento y el peso de la maquinaria de los partidos.
  • La gestión de los asuntos públicos se ha hecho poco transparente.Lo que se discute antes de las elecciones no tiene mucho que ver con el día a día posterior, quizás porque las decisiones importantes se toman en otros niveles, en Bruselas o en Washington, o se resuelven en el silencioso consenso de los partidos que controlan el poder.
  • Todo esto no es nuevo: es un proceso que se ha venido produciendo a lo largo de los años. Nuestra sociedad individualista ha ido erosionando los vínculos sociales: no tenemos objetivos comunes, sino cientos de objetivos privados, particulares, que defendemos contra los de otros ciudadanos.
En definitiva, no se trata de una catástrofe ocasional, sino de una deriva del sistema, que exige soluciones drásticas. Y aquí aparece la ideología populista. De esto hablaremos otro día.
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