jueves, 21 de julio de 2016

Reformar la UE, ¿sin cambiar los europeos?


JUAN MESEGUER

La idea de refundar la UE ha tomado cuerpo a raíz de la victoria del Brexit. Pero no está claro que los cambios en las reglas de funcionamiento en Europa vayan a frenar a los populistas o a traer un mayor entusiasmo por el proyecto europeo, si no cambia también la mentalidad de los ciudadanos.
A grandes rasgos, las propuestas para renovar la UE se mueven en dos direcciones. Por un lado, están los que propugnan una Europa más flexible, con distintas velocidades, y que se centre en atender mejor las necesidades de los ciudadanos. Tal es el espíritu de las medidas presentadas tras el Brexit por el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, y por el ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean-Marc Ayrault.

Por otro, están los que piden seguir profundizando en una “unión cada vez más estrecha”, la obligación contemplada en los Tratados constitutivos de la UE de la que quedó eximida el Reino Unido tras el acuerdo logrado por el ex primer ministro británico, David Cameron, el pasado febrero. Los partidarios de la profundización no la ven como una exigencia; al revés, creen que esta vía debería reservarse a un núcleo de países (la llamada “core Europe”) que de verdad quieran cooperar y avanzar en la integración europea. A su juicio, la buena colaboración entre los convencidos sería un acicate para el resto de países.
Esta es la posición que defiende Jürgen Habermas en una larga entrevista realizada por Die Zeit y traducida al inglés por la web Social Europe. Para el filósofo alemán, “profundizar en la cooperación europea es la única forma de conseguir democracia en Europa” y, de paso, de lograr contener a los populismos. La UE será creíble en la medida en que los Estados más comprometidos con el proyecto europeo consigan demostrar a los ciudadanos que se toman en serio “los problemas sociales y económicos que subyacen a su inseguridad, al temor ante la fragmentación social y al sentimiento de pérdida de control”.
Actualmente, opina Habermas, esta vía se ve frustrada por la tendencia de Alemania –sobre todo– y de Francia a liderar la UE pensando en sus propios intereses nacionales. “¿Cómo deben de sentirse un español, un portugués o un griego que han perdido su trabajo como consecuencia de una política de recortes decidida en el Consejo Europeo? Ninguno puede hacer rendir cuentas a los ministros alemanes que lograron que esta política triunfase en Bruselas: no pueden votar ni a favor ni en contra”.

¿Post-democracia?

Para Habermas, el sentimiento de que las instituciones europeas no representan al conjunto de la ciudadanía europea, junto con la percepción de la creciente desigualdad social, son dos factores que están alimentando el populismo en Europa. De ahí que haya que “tomarse en serio el llamamiento a recuperar el control” lanzado por los partidarios del Brexit.
El resultado del referéndum británico es un síntoma claro de “post-democracia”, dice el pensador alemán. Y la culpa no es solo de quienes mandan en Bruselas: en su opinión, los medios británicos han fallado al no haber sabido informar al público sobre la trascendencia de la decisión ni sobre los datos más relevantes, “menos aún de los argumentos a favor y en contra de las posturas en conflicto”.
Pero la acusación de Habermas es injusta. Sobre todo, cuando a renglón seguido lamenta la baja participación en el referéndum de los jóvenes de 18 a 24 años, que eran, según las encuestas, los más partidarios de la permanencia. Lo cierto es que no es difícil encontrar en la prensa británica el tipo de análisis que Habermas echa en falta: por ejemplo, en su sección dedicada al referéndum británico, The Guardianhace una oferta informativa para todos los gustos. Hay análisis de fondo, noticias breves, artículos dedicados a comprobar hechos y afirmaciones (“reality check”), vídeos explicativos… Cualquier interesado en el debate tenía a su alcance abundante material para formarse una opinión fundada.

Una Unión de conveniencia

El diagnóstico de Habermas contiene reflexiones interesantes. Pero la fórmula de culpar a las instituciones –sea el Consejo Europeo, el gobierno de Merkel o los medios de comunicación– parece insuficiente. Llevado hasta el extremo, su planteamiento podría llevar a la paradoja de exigir demasiados cambios a la UE y ninguno a los populistas o a los indiferentes. Por eso, es preciso preguntarse también por la parte de responsabilidad que han tenido los ciudadanos en su desencanto con el proyecto europeo.
Es lo que planteaba hace poco el constitucionalista Joseph Weiler, presidente del Instituto Universitario Europeo en Florencia, en un lúcido artículo: “Somos como accionistas de una sociedad (…) Frente a cualquier cosa que no funciona en el espacio público (y a veces en el espacio privado también) nos volvemos a nuestros dirigentes como si estuviésemos en una empresa privada –¡hemos pagado (los impuestos) y ved, qué servicio pésimo dan! Es siempre el Estado, el servicio público –ellos– el responsable. Nunca nosotros”.
Lo paradójico de esta “democracia clientelar” es que “nos desresponsabiliza frente a nuestra sociedad y nuestra patria”, que es precisamente de lo que se quejan los partidarios delBrexit: Bruselas nos ha arrebatado el control y la soberanía.
La UE, dice Weiler, firme defensor de las raíces cristianas de Europa, “fue concebida como comunidad de destino”. Hoy, sin embargo, “Europa se ha convertido en una Unión de conveniencia, de cálculo de ventajas y desventajas. La solidaridad existe en periodos de prosperidad, cuando no es puesta a la prueba, pero desaparece en periodos de necesidad. Una Unión de derechos, nunca de deberes”.

Bienes colectivos y comportamiento gorrón

A un problema parecido apuntaba Carmen González Enríquez, investigadora del Real Instituto Elcano, a propósito de la crisis que generó el cierre unilateral de fronteras por parte de varios países europeos ante la llegada de los refugiados. Para González, los países que han ido por libre en esta crisis se comportan como los “gorrones que confían en que sean otros los que cumplan las normas y ellos pueden disfrutar gratis” de ese bien colectivo que es Schengen.

Igual que Weiler pone el acento en el equilibrio entre derechos y obligaciones, González recuerda que “sin un mínimo de compromiso individual de la mayoría, el bien colectivo se hunde y desparece”. Es el viejo dilema que afecta a los bienes públicos: “aunque todos o la inmensa mayoría reciben sus beneficios, su mantenimiento exige un coste individual, ya sea económico por la vía de los impuestos o de comportamiento por la vía de acatar normas que no siempre son las preferidas en cada momento por los individuos”.
La investigadora de Elcano critica especialmente a los países del Este, que fueron quienes comenzaron los cierres el pasado verano. “Resulta paradójico que sean precisamente los países del Este –los que más se han beneficiado de la libertad de movimiento dentro de la UE por el alto número de migrantes económicos que han desplazado al Oeste– los que menos están haciendo para sostener Schengen”.
El comportamiento gorrón que denuncia González –que paguen o que cumplan las normas otros– también ha sido patente entre algunos partidarios del Brexit que sueñan con la posibilidad de mantener el acceso al mercado único europeo, pero sin la libre circulación de trabajadores.
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