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lunes, 25 de julio de 2016

Deuda pública, euro y otras historias

La conclusión es que los gestores de la política económica de la zona euro quisieron evitar no ya la crisis de los gobiernos, sino la crisis de los bancos, a diferencia de Estados Unidos, donde se aplicaron las medidas, dolorosas pero necesarias, para que cerrasen los bancos insolventes. En Europa esto no se hizo. Quizás con razón, porque la eurozona no estaba en condiciones de hacer frente a la crisis de la deuda de unos cuantos países, y de la banca de esos países y de otros más, también los más grandes.
Pero esto lo aprendieron los políticos, claro. Y tomaron medidas: la más patente, poner un límite al salvamento de los bancos por los gobiernos,exigiendo que una parte importante de ese coste lo asuman, en el futuro, los inversores privados. Esto está muy bien, si todos entienden que han cambiado las reglas, que los que prestan a los bancos europeos corren ahora un riesgo que antes no corrían, y que los bacos deben gestionarse teniendo en cuenta ese riesgo. Pero el problema renace ahora: unos cuantos bancos italianos están en situación comprometida (y no son los únicos en Europa); la Unión Europea exige que los acreedores privados sufran la mayor parte del coste de su salvamento, pero la banca europea, la italiana sobre todo, no puede ofrecer una rentabilidad mínimamente aceptable, en el corto y en el no tan corto plazo, a unos inversores, cuya contribución es necesaria para salvar a los bancos, pero que saben que tienen muchas probabilidades de sufrir pérdidas millonarias. De modo que, al final, será el gobierno, o la Unión Europea, quien se encargue de salvar a esos bancos. O sea, repetiremos los errores del pasado.

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