viernes, 8 de agosto de 2014

El prefecto Müller despeja falsas expectativas

       En declaraciones a los periodistas durante el vuelo de regreso del viaje a Río, el Papa Francisco dijo unas palabras acogedoras respecto a los católicos divorciados vueltos a casar. Esto fue suficiente para que algunos asegurasen que pronto se les admitiría a la comunión eucarística. La convocatoria de un Sínodo de Obispos para 2014 dedicado a la pastoral de la familia se interpretó como el momento oportuno para hacerlo. Incluso alguna diócesis alemana anunció por su cuenta unas directrices para realizarlo. Ahora, como para disipar dudas y atajar falsas expectativas, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Gerhard Ludwig Müller, ha explicado en un documentado artículo publicado en L’Osservatore Romano(22-10-2013) que la Iglesia no piensa cambiar su doctrina ni su praxis.
El cardenal Müller reconoce que el fenómeno de los católicos divorciados y vueltos a casar “se trata de un problema pastoral de gran trascendencia, a causa del creciente número de afectados en países de antigua tradición cristiana”. De ahí que “hoy los creyentes se interrogan muy seriamente: ¿No puede la Iglesia autorizar a los cristianos divorciados y vueltos a casar, bajo determinadas condiciones, a recibir los sacramentos?”
Un deseo expreso de Cristo
La cuestión debe ser discutida “en conformidad con la enseñanza católica sobre el matrimonio”. Para hacerlo así, el cardenal recuerda que “Jesús se distancia expresamente de la práctica veterotestamentaria del divorcio, que Moisés había permitido a causa de la ‘dureza de corazón’ de los hombres y se remite a la voluntad originaria de Dios: “Desde el comienzo de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Mc 10,5-9, cfr Mt 19; Lc 16,18).
Por lo tanto, dice Müller, “el pacto que une íntima y recíprocamente a los cónyuges entre sí, ha sido establecido por Dios. Designa una realidad que proviene de Dios y que, por tanto, ya no está a disposición de los hombres”.
San Pablo confirma la prohibición del divorcio como un deseo expreso de Cristo. “A los casados, en cambio, les ordeno –y esto no es mandamiento mío, sino del Señor– que la esposa no se separe de su marido. Si se separa, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su esposo. Y que tampoco el marido abandone a su mujer” (1Cor 7,10-11). Al mismo tiempo, permite, en razón de su propia autoridad, que un no cristiano pueda separarse de su cónyuge, si se ha convertido al cristianismo. En este caso, el cristiano ‘no queda obligado’ a permanecer soltero (1Cor 7, 12-16). A partir de esta posición, la Iglesia reconoce que solo el matrimonio entre un hombre y una mujer bautizados es un sacramento en sentido real, y que solo a éstos se aplica la indisolubilidad en modo incondicional. El matrimonio de no bautizados, si bien está orientado a la indisolubilidad, bajo ciertas circunstancias –a causa de bienes más altos– puede ser disuelto” (es el llamado “privilegio paulino”).
El testimonio de la Tradición de la Iglesia
En la época de los Padres de la Iglesia, esta rechazó el divorcio y un segundo matrimonio. “En la época patrística, los creyentes separados que se habían vuelto a casar civilmente no eran readmitidos oficialmente a los sacramentos, aún cuando hubiesen pasado por un periodo de penitencia”.
En Oriente, sobre todo a causa de la creciente interdependencia entre el Estado y la Iglesia, se llegó a compromisos sobre el divorcio, que tras la separación de Roma condujeron “a una praxis cada vez más liberal”. Hoy existe en las iglesias ortodoxas una multitud de causas para el divorcio, que en su mayoría son justificados mediante la referencia a la indulgencia pastoral en casos particularmente difíciles, y abren el camino a un segundo o tercer matrimonio con carácter penitencial. “Esta práctica –afirma Müller– no es coherente con la voluntad de Dios, tal como se expresa en las palabras de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio”.
“En Occidente, la reforma gregoriana se opuso a la tendencia liberalizadora y retornó a la interpretación originaria de la Escritura y de los Padres”, doctrina confirmada por el Concilio de Trento.
El Concilio Vaticano II ha enseñado lo mismo: “Mediante el acto personal y libre del consentimiento recíproco, se funda por derecho divino una institución estable ordenada al bien de los conyugues y de la prole, e independiente del arbitrio del hombre: ‘Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad’ (Gaudium et Spes, n. 48).
A través del sacramento, continúa Müller, “Dios concede a los cónyuges una gracia especial” y “permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad”. “Mediante el sacramento, la indisolubilidad del matrimonio contiene un significado nuevo y más profundo: Llega a ser una imagen del amor de Dios hacia su pueblo y de la irrevocable fidelidad de Cristo a su Iglesia”.
Müller advierte que esto no se entiende cuando el matrimonio se seculariza o se ve como una realidad meramente humana. “El matrimonio como sacramento se puede entender y vivir solo en el contexto del misterio de Cristo”.
Doble motivo
Después Müller se refiere al testimonio del Magisterio en épocas recientes. Juan Pablo II ya abordó el tema de los fieles divorciados vueltos a casar en la Exhortación ApostólicaFamiliaris consortio (1981), que recoge las propuestas del Sínodo de Obispos sobre la familia cristiana en el mundo de hoy. “El Papa manifiesta por tales fieles un alto grado de preocupación y de afecto”. El n. 84 contiene las siguientes afirmaciones fundamentales: .
1. Los pastores que tienen cura de ánimas, están obligados por amor a la verdad “a discernir bien las situaciones”. No es posible evaluar todo y a todos de la misma manera.
2. Los pastores y las comunidades están obligados a ayudar con solícita caridad a los fieles interesados. También ellos pertenecen a la Iglesia, tienen derecho a la atención pastoral y deben tomar parte en la vida de la Iglesia.
3. Sin embargo, no se les puede conceder el acceso a la Eucaristía. Al respecto se adopta un doble motivo:
a) “Su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía”;
b) “Si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio”. Una reconciliación a través del sacramento de la penitencia, que abre el camino hacia la comunión eucarística, únicamente es posible mediante el arrepentimiento acerca de lo acontecido y “la disposición a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio”. Esto significa, concretamente, que cuando por motivos serios la nueva unión no puede interrumpirse, por ejemplo a causa de la educación de los hijos, el hombre y la mujer deben “obligarse a vivir una continencia plena”.
4. A los pastores se les prohíbe expresamente, por motivos teológico sacramentales y no meramente legales, efectuar “ceremonias de cualquier tipo” para los divorciados vueltos a casar”, mientras subsista la validez del primer matrimonio.
Posteriormente, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó en 1994 una carta sobre la recepción de la Comunión eucarística por porte de estos fieles divorciados y vueltos a casar, confirmando la praxis de la Iglesia. Además, “se aclara que los fieles afectados no deben acercarse a recibir la sagrada comunión basándose en sus propias convicciones de conciencia” “Si existen dudas acerca de la validez de un matrimonio fracasado, éstas deberán ser examinadas por el tribunal matrimonial competente” (cfr n. 9).
La comprobación de la validez del matrimonio
En su artículo, Müller recuerda que Benedicto XVI trató también el tema tras el Sínodo de Obispos sobre la Eucaristía en la Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis. Allí reitera “la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cfr Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo”, pero también exhorta a los pastores a dedicar “una especial atención” a los afectados, “con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la adoración eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de caridad, de penitencia, y la tarea de educar a los hijos”.
Las dudas sobre la validez del matrimonio anterior pueden ser más comprensibles en la sociedad actual, por la incomprensión existente sobre la indisolubilidad del matrimonio y su apertura a la vida. Müller reconoce esta situación y sugiere que los tribunales eclesiásticos la tengan en cuenta: “Puesto que muchos cristianos están influidos por este contexto cultural, en nuestros días, los matrimonios están más expuestos a la invalidez que en el pasado. En efecto, falta la voluntad de casarse según el sentido de la doctrina matrimonial católica y se ha reducido la pertenencia a un contexto vital de fe. Por esto, la comprobación de la validez del matrimonio es importante y puede conducir a una solución de estos problemas”.
El último Sínodo de Obispos sobre “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana” (7-28 de octubre de 2012), volvió a ocuparse de la situación de estos fieles. En el mensaje conclusivo, los Padres sinodales se dirigieron a ellos con las siguientes palabras: “A todos ellos les queremos decir que el amor de Dios no abandona a nadie, que también la Iglesia los ama y es una casa acogedora con todos, que siguen siendo miembros de la Iglesia, aunque no puedan recibir la absolución sacramental ni la Eucaristía. Que las comunidades católicas estén abiertas a acompañar a cuantos viven estas situaciones y favorezcan caminos de conversión y de reconciliación”.

En resumen

– Los fieles divorciados y vueltos a casar pertenecen a la Iglesia, tienen derecho a la atención pastoral y deben tomar parte en la vida de la Iglesia.
– No se les puede conceder el acceso a la Eucaristía, porque su situación de vida contradice objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía.
– Si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.
– Los compromisos con el divorcio en las iglesias ortodoxas no son coherentes con la voluntad de Dios.
– Cuando por motivos serios la nueva unión no puede interrumpirse, el hombre y la mujer deben obligarse a vivir una continencia plena.
– La decisión de acercarse o no a la comunión eucarística por parte de los divorciados vueltos a casar no debe dejarse a la iniciativa de la conciencia personal.
– Cuando están en conciencia convencidos de que su matrimonio anterior no era válido, tal hecho deberá comprobarse objetivamente, a través de la autoridad judicial competente.
– En el contexto cultural actual, cuando falta la voluntad de casarse según el sentido de la doctrina católica, la comprobación de la validez del matrimonio anterior es importante y puede conducir a una solución de estos problemas.
–La Iglesia no puede responder a la creciente incomprensión sobre la santidad del matrimonio con una adaptación pragmática ante lo presuntamente inexorable.
– El valor antropológico del matrimonio indisoluble libera a los cónyuges de la arbitrariedad de sentimientos y estados de ánimo, y les ayuda a sobrellevar las dificultades y a vencer las experiencias dolorosas.
– La solicitud por los divorciados vueltos a casar no se debe reducir a la cuestión sobre la posibilidad de recibir la comunión sacramental, pues existen otras formas de comunión con Dios.

No vale una adaptación pragmática

En la parte final del artículo, Müller se refiere a la dificultad para entender la indisolubilidad de matrimonio en un ambiente secularizado. “Muchos se preguntan: ¿Cómo podré comprometerme para toda la vida con una única mujer o un único hombre? ¿Quién me puede decir cómo estará mi matrimonio en diez, veinte, treinta o cuarenta años?”.
Aunque la gran cantidad de uniones matrimoniales que hoy se rompen “refuerzan el escepticismo de los jóvenes”, la mayoría de ellos “anhela una relación estable y duradera, tal como corresponde a la naturaleza espiritual y moral del hombre”.
Y es que, desde el punto de vista antropológico, el matrimonio indisoluble “libera a los cónyuges de la arbitrariedad y de la tiranía de sentimientos y estados de ánimo, y les ayuda a sobrellevar las dificultades personales y a vencer las experiencias dolorosas. En particular, protege a los niños, que, por lo general, son los que más sufren con la ruptura del matrimonio”.
“El amor es más que un sentimiento o instinto. En su esencia, el amor es entrega”. En el amor matrimonial, dos personas se dicen consciente y voluntariamente: solo tú, y para siempre. A las palabras del Señor: “Lo que Dios ha unido” corresponde la promesa de los esposos: “Yo te acepto como mi marido… Yo te acepto como mi mujer… Quiero amarte, cuidarte y honrarte toda mi vida, hasta que la muerte nos separe”. El sacerdote bendice la alianza que los esposos han sellado entre si ante la presencia de Dios”.
Para los cristianos, recuerda Müller, “el matrimonio entre bautizados tiene una dimensión sacramental y representa así una realidad sobrenatural”. Por lo tanto, no puede ser juzgado con criterios mundanos y pragmáticos. “La Iglesia no puede responder a la creciente incomprensión sobre la santidad del matrimonio con una adaptación pragmática ante lo presuntamente inexorable (…). El matrimonio sacramental es un testimonio de la potencia de la gracia que transforma al hombre”. En vez de adaptarse a criterios del ambiente, “el evangelio de la santidad del matrimonio se anuncia con audacia profética. Un profeta tibio busca su propia salvación en la adaptación al espíritu de los tiempos, pero no la salvación del mundo en Jesucristo. La fidelidad a las promesas del matrimonio es un signo profético de la salvación que Dios dona al mundo”.
Esto no impide reconocer las dificultades que a veces pueden darse: “Existen ciertamente situaciones en que la convivencia matrimonial, por motivos graves, se torna prácticamente imposible, por ejemplo, a causa de violencia psicológica o física. En estas situaciones dolorosas la Iglesia ha siempre permitido que los cónyuges se separaran. Sin embargo, se debe precisar que el vínculo conyugal del matrimonio válidamente celebrado se mantiene intacto ante Dios, y sus integrantes no son libres para contraer un nuevo matrimonio mientras el otro cónyuge permanece con vida”.
La verdad y la misericordia
Finalmente el prefecto contesta a los que sugieren que “la decisión de acercarse o no a la comunión eucarística por parte de los divorciados vueltos a casar debería dejarse a la iniciativa de la conciencia personal”. Müller advierte aquí un concepto “problemático” de conciencia, ya que “los fieles tienen el deber de formar su conciencia y de orientarla a la verdad”, contando con el Magisterio de la Iglesia.
“Cuando los divorciados vueltos a casar están en conciencia convencidos de que su matrimonio anterior no era válido, tal hecho se deberá comprobarse objetivamente, a través de la autoridad judicial competente en materia matrimonial. El matrimonio no es incumbencia exclusiva de los cónyuges delante de Dios, sino que, siendo una realidad de la Iglesia, es un sacramento, respecto del cual no toca al individuo decidir su validez, sino a la Iglesia”.
“Igualmente, la doctrina de la epikeia, según la cual, una ley vale en términos generales, pero la acción humana no siempre corresponde totalmente a ella, no puede ser aplicada aquí, puesto que en el caso de la indisolubilidad del matrimonio sacramental se trata de una norma divina que la Iglesia no tiene autoridad para cambiar”. Pero sí tiene potestad para esclarecer qué condiciones se deben cumplir para que surja el matrimonio indisoluble, para lo cual ha establecido impedimentos matrimoniales y reconocido causas para la nulidad del matrimonio.
Otra tendencia a favor de la admisión de los divorciados vueltos a casar a los sacramentos es la que invoca el argumento de la misericordia. “Puesto que Jesús mismo se solidarizó con las personas que sufren, dándoles su amor misericordioso, la misericordia sería por lo tanto un signo especial del auténtico seguimiento de Cristo”. Müller responde que este argumento es cierto pero no suficiente, puesto que “todo el orden sacramental es obra de la misericordia divina y no puede ser revocado invocando el mismo principio que lo sostiene. Además, mediante una invocación objetivamente falsa de la misericordia divina se corre el peligro de banalizar la imagen de Dios, según la cual Dios no podría más que perdonar. Al misterio de Dios pertenece el hecho de que junto a la misericordia están también la santidad y la justicia”.
“Jesús recibió a la mujer adúltera con gran compasión, pero también le dijo: ‘vete y desde ahora no peques más’ (Jn 8,11). La misericordia de Dios no es una dispensa de los mandamientos de Dios y de las disposiciones de la Iglesia”.
Otras formas de comunión con Dios
Para terminar Müller reconoce que “el camino señalado por la Iglesia para estas personas no es sencillo. Sin embargo, ellas deben saber y sentir que la Iglesia, como comunidad de salvación, les acompaña en su camino”.
Advierte que “la solicitud por los divorciados vueltos a casar no se debe reducir a la cuestión sobre la posibilidad de recibir la comunión sacramental”. “Además de la comunión sacramental existen otras formas de comunión con Dios. La unión con Dios se alcanza cuando el creyente se dirige a Él con fe, esperanza y amor, en el arrepentimiento y la oración. Dios puede conceder su cercanía y su salvación a los hombres por diversos caminos, aún cuando se encuentran en una situación de vida contradictoria”.
“Como ininterrumpidamente subrayan los recientes documentos del Magisterio, los pastores y las comunidades cristianas están llamados a acoger abierta y cordialmente a los hombres en situaciones irregulares, a permanecer a su lado con empatía, procurando ayudarles, y dejándoles sentir el amor del Buen Pastor”.
Texto íntegro del artículo en castellano.
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