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viernes, 12 de marzo de 2010

El beso del sapo

Por Miguel Aranguren

Walt Disney es una compañía con fuerza para cambiar la tradición, que es el cobijo de los cuentos que pasan a la historia de la cultura popular. “Los tres cerditos” dejaron buena parte de su sabiduría por los recortes que exigió el guión de aquel corto que se llevó un Oscar. Nadie puede pensar hoy en los cochinillos anónimos sin las vestimentas con las que les disfrazaron los mercachifles de los estudios californianos. No fueron los únicos: “La sirenita” perdió buena parte de la melancolía propia de las criaturas marinas al ponerse dos caracolas a modo de bikini y enamorarse de un príncipe que parecía anunciar dentífrico. Exigencias del guión, claro, como a exigencias del guión se debe la pérdida de la inocencia de algunos de los personajes del nuevo largo de la factoría, “Tiana y el sapo”. Tenemos a otro príncipe, asalta alcobas, que no esconde sus pulsiones por el sexo opuesto, y a la protagonista, una niña negra de Nueva Orleáns, que pega unos besos de aquí no te menees, “besos de amor y en la boca”, como los catalogó mi hija en la sala de proyección, capaces de dejar sin aire al más pintado.

Tengo claro que Disney no se escapa al sino de los tiempos. Factura sus largometrajes con el propósito de gustar al mayor número de personas, papás y mamás incluidos, aunque echo en falta un poco más de intuición para llegar a quienes de verdad le importan, los niños, que son su público objetivo, aquel que después solicita con frenesí todos los cachivaches del merchandising que acompaña a cada película (y que me empuja a odiarlas, por empacho).

Entretener, divertir, hacer reír o provocar las lágrimas de un niño es mucho más complicado de lo que pudiera parecer. Son un público pequeño pero exigente. Quiero decir que tienen claro que los morreos de los monigotes de “Tiana y el sapo” les provocan una risa despectiva, como si sus héroes de pronto cayesen en las debilidades de esos adultos a los que tantas veces no comprenden.
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