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viernes, 16 de febrero de 2018

Peterson: "Hay una crisis de la masculinidad porque se culpa a los hombres por el mero hecho de serlo"




UNA ENTREVISTA DE CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO A 

JORDAN B. PETERSON, 13.II. 2018, "El Mundo"
Lo llaman "el intelectual más odiado por la izquierda", pero es mucho más que eso. Este psicólogo clínico canadiense se ha convertido en una figura de culto entre los 'millennials', sobre todo masculinos. Su reciente libro, 'Doce reglas para la vida', es un tratado de la responsabilidad frente a la cultura del victimismo. Y Jordan B. Peterson arrasa en ventas.

Dalí dijo que "los crustáceos son duros por fuera y blandos por dentro; o sea, lo contrario de los hombres". Usted también compara a los hombres con las langostas.
La izquierda posmoderna y sus guerreras feministas han logrado imponer la idea de que la jerarquía es una construcción social del malvado y corrupto patriarcadooccidental. Sepultan la biología bajo su ideología. Niegan la naturaleza para culpar al varón. Es absurdo. Sus ideas no tienen base fáctica alguna. La Biología evolutiva y la Neurociencia demuestran que las jerarquías son increíblemente antiguas. Más que los árboles.

Tanto como las langostas.
Para una langosta, un dinosaurio es un nuevo rico que llegó y, puf, desapareció. Ya hace 350 millones de años las langostas vivían en jerarquías. Su sistema nervioso hace que aspiren a un estatus elevado. Los machos tratan de controlar el territorio y las hembras de seducir a los machos más fuertes y exitosos. Es una estrategia inteligente, que utilizan las hembras de distintas especies, incluida la humana.

Somos blandas por fuera y duras por dentro...
¿Son machistas las langostas? Existe un hilo de continuidad entre las estructuras sociales de los animales y los humanos. Nuestro cerebro tiene un mecanismo que opera a base de serotonina: cuanto más elevada nuestra posición en el grupo, emociones más positivas. Las langostas tienen el mismo mecanismo. Pruebe a darle un Prozac a una langosta deprimida por una derrota: se pondrá como Clint Eastwood y volverá a la pelea.

¿De dónde viene la idea de la jerarquía como pura construcción social?
En parte, del pensamiento de la Ilustración. A muchos intelectuales y filósofos les cuesta asumir las lecciones de la Biología evolutiva: descubrir lo mucho que tenemos en común con los animales, que no todo es cultura o razón... Les escandaliza profundamente. Y se entiende. La revelación de que un antidepresivo funciona a lo largo de la cadena evolutiva sacude nuestra visión del hombre.

 Usted señala sobre todo a la izquierda.
La izquierda en general considera que las jerarquías son malas. Es normal: las jerarquías producen ganadores y perdedores. Y ser un perdedor o convivir con perdedores -gente que lucha pero malvive- es existencialmente doloroso. Además está demostrado que el exceso de desigualdad genera sociedades inestables. La izquierda tiene derecho a preocuparse. A lo que no tiene derecho -porque es científicamente falso- es a culpar de la desigualdad al capitalismo, a Occidente o al presunto patriarcado. Ocurre también con la riqueza. Dicen: es injusto que la riqueza se distribuya de forma desproporcionada y que pocas personas acumulen la mayor parte.

Lo cual es verdad.
Pero no es culpa de nadie. Es un fenómeno enraizado en la naturaleza: los que más tienen, más acumulan. Se ve en el tamaño de las ciudades. En las masas de estrellas. En la altura de árboles. Ahora hay unos señores que se hacen llamar "econofísicos". Estudian la Economía a partir de las leyes de la Física. Y han descubierto cosas fascinantes: las mismas leyes que rigen la distribución del gas en el vacío rigen la distribución del dinero en la economía. El problema de la desigualdad no tiene una explicación simple. Las cosas son complejas. Y la izquierda debe asumir esa complejidad y, a partir de ahí, iniciar una profunda renovación intelectual. La izquierda de hoy es tan previsible. Está tan obsesionada con la identidad, la raza, el género, la victimización... Lleva más de 30 años de retraso intelectual...

Desde que Derrida dijo: la verdad no existe, todo es interpretación.
La constatación del fracaso del comunismo, de su criminalidad estructural, fue un shock para la izquierda.

Archipiélago Gulag es su libro de cabecera.
Sí, después de Solzhenitsyn ni los más dogmáticos, ¡ni los intelectuales franceses!, pudieron seguir justificando el comunismo. ¿Qué hicieron entonces Derrida y los posmodernos? Una maniobra tramposa y brillante. Sustituyeron el foco del debate: de la lucha de clases a la lucha de identidades.

En la que seguimos enredados.
La premisa de los posmodernos era correcta: el mundo está sujeto a un número infinito de interpretaciones. Pero variedad no denota viabilidad. Lo corroboran a diario la Psicología del desarrollo, la Biología evolutiva, la teoría del juego, el estudio comparado de humanos y animales... hay infinitas interpretaciones potenciales, pero muy pocas interpretaciones viables.

Un ejemplo.
Vaya al Smithsonian Museum en Washington. Verá expuestos cientos de esqueletos de mamíferos. Son todos increíblemente parecidos. Las extremidades varían de longitud, pero el plan básico del cuerpo no ha variado. Lleva así decenas de millones de años porque no hay tantas configuraciones que funcionen. Y cuando una funciona, se conserva. Lo mismo ocurre con la jerarquía: es la solución evolutiva al problema de que muchos elementos del mismo tipo de una cosa convivan en un mismo lugar. Y hasta ahora no hemos dado con una alternativa. Si los posmodernos tuvieran razón, habría cientos de formas distintas de organizarse socialmente. Y no las hay.

¿Y qué sentido tiene negar la naturaleza?
Los posmodernos son tercamente ideológicos: fijan un axioma, que puede ser válido, y luego lo aplican indiscriminadamente hasta invalidarlo. Foucault, por ejemplo: todo lo explica en función del poder. No acepta la multicausalidad. El sexo, el hambre, el calor, estatus, el juego, la exploración, la esperanza, el dolor... También influyen.

Pero insisto: ¿por qué negar la biología?
Por política. En el fondo, la obsesión de los posmodernos con el poder y las relaciones de dominio refleja sus ansias de poder y su afán de dominio. Niegan la biología porque la biología desmiente su idea de que las personas son de plastilina. Y ellos las quieren de plastilina para poder moldearlas. La existencia de la naturaleza imposibilita la ingeniería social.

Se intentó en el Siglo XX.
Auschwitz. El Gulag. No podemos percibir el mundo sin una jerarquía ética. Lo demuestran la Psicología y la Biología, y lo saben hasta los ateos. Necesitamos un orden. Sin orden se impone el vacío ético y moral. El relativismo absoluto. El caos.

Hablemos del caos. Sus vídeos y conferencias arrasan entre adolescentes y millenials, sobre todo varones. ¿Por qué?
Hay una crisis de la masculinidad. La "tóxica masculinidad", dicen las feministas. Los chicos reciben de la sociedad moderna un mensaje devastador y paralizante. Primero, se les recrimina su agresividad, cuando es innata y esencial a su deseo de competir, de ganar, de ser activamente virtuosos. Luego se les dice que la sociedad es una tiranía falocéntrica corrupta de la que ellos, por supuesto, son culpables de origen por el mero hecho de ser hombres. Y finalmente se les advierte: «No se os ocurra intentar prosperar o avanzar, porque entonces además de culpables seréis cómplices activos de la tiranía feminicida». El resultado es que muchos varones, sobre todo jóvenes, tienen la moral por los suelos. Están empantanados, perdidos. No tienen rumbo ni objetivos.

Usted insiste en la diferencia entre poder y competencia.
Es esencial. Lo peor que han hecho los posmodernos es propagar la confusión entre poder y competencia, aptitud, habilidad. Las jerarquías no son de dominación sino de competencia. Lea la luminosa obra de Frans de Waal. Los chimpancés tiránicos acaban muy mal: destrozados a pedazos. Los chimpancés más exitosos -también sexualmente- son los que interactúan mejor. Los que hacen amigos y tratan bien a las hembras. La competencia es más eficaz que el poder puro y duro.

El periodista Andrew Sullivan asegura que las relaciones gays son tan "agresivas" como las relaciones heterosexuales. Niega que exista una voluntad de dominio específica del hombre sobre la mujer y advierte contra la idea de guerra de sexos por falsa y peligrosa.
Sólo los hombres débiles intentan dominar a las mujeres. Otra lectura imprescindible: Machos demoníacos, de Richard Wrangham. Hay tres géneros de orangutanes: las hembras; los machos dominantes, que cautivan a todas las hembras; y los machos débiles, que morfológicamente parecen adolescentes y que, como no logran aparearse, recurren a la violación. ¡Violan! La lección es evidente: sólo los perdedores recurren al poder para obtener más sexo del que, necesitándolo, pueden alcanzar.

¿Y qué pasa con los perdedores que aun así fracasan en sus propósitos?
Para eso existe la monogamia, que está enraizada en la biología y reafirmada culturalmente. Para evitar que los hombres rechazados acaben desarrollando conductas antisociales. En las relaciones humanas también funciona el patrón de distribución de Pareto: pocos hombres acaparan buena parte de las oportunidades sexuales. Esto es malo para los chicos que no ligan, claro. Pero tampoco es bueno para las chicas. Se ve en los campus universitarios americanos más progres, donde en los últimos años se ha producido una caída notable en el número de estudiantes varones precisamente por la presión ideológica. Las probabilidades que tiene una chica de trabar algo parecido a una relación estable son ínfimas. Alguno pensará: "¡Qué suerte para los chicos, el sueño de todo adolescente!" Falso. Porque las relaciones de pareja se convierten en una secuencia infinita de ligues de una noche sin continuidad ni perspectiva ni utilidad en el medio o largo plazo. Es un juego degenerativo, que devalúa a los participantes de ambos lados.

Usted denuncia el "intento de feminizar a los hombres".
Hemos pasado de intentar convertir a las mujeres en hombres a intentar convertir a los hombres en mujeres. Y eso no conviene a ninguno de los dos sexos. Tampoco a las mujeres. Las mujeres tienen tanto interés como los hombres en acabar con la crisis de la masculinidad.

Explíquelo.
Una mujer sensata no quiere un párvulo como pareja. Quiere un hombre. Y si es lista y competente, quiere un hombre incluso más listo y más competente que ella.

Veo ya a las feministas radicales rasgándose las túnicas.
Las feministas radicales se equivocan ¡radicalmente! No distinguen entre un hombre competente y un déspota. Su pánico cerval a cualquier exhibición de habilidad masculina es revelador de una pésima experiencia personal. Dicen: "¡Arranquemos a los hombres sus garras y sus colmillos! ¡Socialicémoslos! ¡Hagámoslos blandos, flácidos y femeninos, porque así no podrán hacernos más daño!" Es una manera patológica de contemplar el mundo y las relaciones humanas. Y es también un grave error estratégico. Porque cuando anulas a un hombre, aumentas su amargura y su resentimiento. Lo conviertes en un ser inepto, atormentado, carente de sentido. Y las vidas sin sentido son desdichadas. Y el hombre anulado se enfada. Y entonces sí se vuelve agresivo. El despotismo de los débiles es mucho más peligroso que el despotismo de los fuertes.

Usted vincula la crisis de la masculinidad con el auge de la extrema derecha.
Cuando las únicas virtudes sociales son lo fofo e inofensivo, la dureza y la dominación se vuelven fascinantes. Mire el fenómeno de Cincuenta sombras de Grey. Seis meses estuve riéndome cuando se publicó. Pensé: ¡Qué apropiado! La cultura entera arde en exigencias de que el hombre envaine las armas y el libro más vendido de la historia es una fantasía sadomasoquista. Es extraordinario. Freud estaría a la vez horrorizado y exultante.

¿Y las consecuencias políticas?
Son evidentes. No sé si se enteró del escándalo que provocó mi oposición a la ley C-16.

Sí.
La ley impone el uso de pronombres neutros para transexuales. En lugar de él, ella o ellos, palabras como ze, hir o zir. Yo dije, y repito, que no voy a usar esos términos. Primero, porque la imposición de palabras por ley es inaceptable y no tiene precedentes. Y, segundo, porque son neologismos creados por los neomarxistas para controlar el terreno semántico. Y no hay que ceder nunca el terreno semántico porque si lo haces, has perdido. Ahora, imagine que ya hubiésemos cedido. Que hubiésemos aceptado que una persona se define por su identidad colectiva, por cualquiera de sus fragmentos: género, raza, etnia, el que sea. ¿Qué pasaría? La narrativa opresor-oprimido se habría impuesto. Y los radicales de derechas dirían: "Vale, vamos a jugar el juego de la izquierda. Eso sí, nosotros no vamos a ser los culpables perdedores. Nosotros vamos a ser híperagresivos y vamos a ganar". Y entonces sí entraríamos en una lucha identitaria. En una guerra de sexos. En la polarización total.

Está ocurriendo.
La izquierda cree que puede ganar arrojando toneladas de culpa sobre los presuntos opresores. Quizá lo consiga, pero yo no apostaría mi dinero.

Hablemos ahora de las mujeres. Me da la impresión de que existe una brecha entre el discurso de las élites feministas -actrices, políticas ¡y políticos!- y las mujeres de verdad.
Claro que hay una brecha. Abismal.

¿Qué quieren de verdad las mujeres de verdad?
Lo mismo que querrían los hombres si los hombres fuesen los que paren: desplegar todo su potencial y competencia, pero también tener bebés.

¿En qué proporción?
A los 19 años, las mujeres anteponen su carrera a la familia. A los 28, ya no tanto. Es una realidad de la que nadie habla. Salvo algunas mujeres de 37 a 40 años que han desaprovechado la ventana de oportunidad reproductiva y se sienten infelices.

Bastaría con que los hombres ayudasen más con los niños.
Los hombres están peor configurados que las mujeres para el cuidado de niños de menos de dos años. Esto es así. Podemos aleccionarlos. Pero, ojo: también hay mujeres -inteligentes, fuertes, formadas- que libremente deciden ser ellas las que cuidan de los niños. Lo hacen porque quieren, no porque nadie se lo imponga. Y esa decisión les lleva a tomar otra, previa. Cada hijo exige unos tres años de intensa dedicación. Es mucho tiempo. Y para una madre, causa objetiva de vulnerabilidad. ¿Qué hacen entonces las mujeres? Practican la hipergamia: buscan pareja en el mismo o superior nivel competencial que ellas. Hablemos claro: de igual o más capacidad socioeconómica que ellas. Esto ocurre en todas las culturas. Es una de las revelaciones más notables de la Biología y la Psicología evolutivas. Y en el caso de las mujeres hípercompetentes, es un problema. Cuanto más alto el coeficiente intelectual de una mujer, más baja la probabilidad de que encuentre una pareja estable.

Los hombres no se atreven...
... Ni a invitarlas a salir. He trabajado durante décadas con abogadas altamente cualificadas. Me contrataban para mejorar su productividad laboral y sus relaciones afectivas. Sus vidas. Lo tenían durísimo para encontrar pareja. Fíjese en este dato del Pew Research Centre. En los últimos 15 años, el interés de las mujeres por el matrimonio ha subido muchísimo. En cambio el de los hombres se ha desplomado. Una pésima combinación.

Quiero preguntarle por la brecha salarial entre hombres y mujeres.
Para empezar, es menor de lo que dicen. Los que hacen las estadísticas suelen confundir la media y la mediana. Y la media se desfigura por la existencia de un segmento ínfimo de billonarios, que en su mayoría son hombres.

Bien. Pero existe.
Sí. Lo que no existe es lo que llaman la brecha salarial "de género". Es decir, una brecha fruto de un prejuicio machista. Para que el argumento feminista funcione habría que asumir que el empresariado mundial es masoquista, tonto, suicida: "¡Ajá! Les pagamos menos y también las contratamos menos". Es absurdo. La realidad es que la diferencia salarial tiene unas 20 causas, de las que apenas una sería atribuible al prejuicio.

¿Cuáles son esas causas?
La edad es una. La personalidad es otra, muy importante. Y la más importante son los intereses. Un dato contracorriente: las mujeres solteras de menos de 30 años cobran más que los hombres en esa misma franja de edad. La personalidad: las personas agradables cobran menos que las personas desagradables. Les cuesta más pedir un aumento de sueldo. Triste pero cierto. Y resulta que, de media, las mujeres son más agradables que los hombres. Dato científico, eh. Esto produce un ligero sesgo a favor de los hombres, que no es fruto de ningún prejuicio machista; si acaso es una injusticia con las personas amables del sexo que sean. Finalmente, los intereses: a los hombres les interesan más las cosas y a las mujeres, las personas. Y las profesiones relacionadas con las cosas están mejor pagadas que las profesiones relacionadas con las personas. Ingeniero y enfermera. Banquero y maestra.

Las mujeres holandesas son las que más trabajan a tiempo parcial. Y eso a pesar de una intensa política de incentivos para que lo hagan a tiempo completo. Parece que les gusta.
Es su elección. Incluso para mujeres que no tienen hijos ni quieren tenerlos. Pero nadie lo dice. Unos por ideología. Otros por miedo.

¿Miedo? Se refiere a los sectores liberales y conservadores.
Claro. No se atreven a decir nada que contravenga el relato feminista por pánico a ser linchados por la turba.

En España, el presidente del Gobierno se opuso a la intervención en las empresas para imponer la igualdad salarial. Lo llamaron machista y se retractó.
Lo explicó hace años Thomas Sowell: "Si le das al Gobierno el suficiente poder como para imponer la igualdad efectiva de resultados le habrás dado el suficiente poder como para convertirse en una tiranía".

¿Pero podría hacerse?
 Habría que crear una estructura burocrática monstruosa. El libre mercado existe precisamente porque es imposible llevar a la práctica la fórmula "a igual trabajo, igual salario". ¿Quién y cómo determina que dos trabajos son idénticos? Ya se intentó bajo la Unión Soviética. Y así acabó.

¿Por qué hay tan pocas mujeres al frente de grandes empresas?
Tengo un amigo que dirigía una de las principales empresas tecnológicas de Canadá. No cogió vacaciones en 20 años. Ni un sólo día. Y no eran jornadas de ocho horas, la mitad en el yate. Eran de 18 horas. Todo el día en un avión. Ya, en primera clase. Pero lejos de casa. De su familia. En hoteles anónimos. Nada de juerga y tequila. Para vivir así hay que estar configurado de una manera muy particular. Hay gente así, claro. Y la mayoría son hombres. ¿Son mejores? No. Son distintos. Incluso podríamos decir que sus prioridades son peores que las de las mujeres que optan por una vida más equilibrada, trabajando media jornada y cuidando de sus hijos. En todo caso, es su elección. ¿Usted qué haría?

Humm...
Ya.

Bajas de paternidad: hay oferta pero no hay demanda. ¿Por qué?
Cuando tienes un negocio del que depende tu familia no te coges cuatro meses de baja. Lo mismo pasa en las profesiones muy competitivas. Los despachos de abogados, por ejemplo. La mayoría de los socios son hombres. ¿Machismo? No. Hacen lo posible por fichar y mantener a los mejores. Del sexo que sea. El problema es que, a partir de cierta edad, las mujeres se marchan o reducen su nivel de compromiso. De nuevo, es una elección legítima. ¿Vamos a criticarlas por ello? ¿Vamos a llamarlas falocéntricas?

Susan Pinker cuenta que en la Unión Soviética muchas mujeres estudiaban carreras relacionadas con las Ciencias y en cuanto llegó la democracia, y pudieron escoger libremente, se produjo un trasvase hacia las Humanidades.
Y fíjese en la última gran sorpresa.

¿Cuál?
Los países escandinavos han hecho lo imposible por imponer una igualdad formal entre hombres y mujeres. De la cuna hasta la tumba, han eliminado todos los elementos culturales que pudieran condicionar o acentuar las diferencias de género. Hasta los juguetes son neutros. ¿Y qué ha pasado? Exactamente lo contrario de lo previsto: ¡las diferencias de personalidad entre hombres y mujeres se han acentuado! Es un descubrimiento científico impresionante: si erradicas las diferencias culturales, maximizas las diferencias biológicas.

¿Es todo hombre un agresor sexual en potencia?
¡Tanto como la mujer una manipuladora caza-ricos en potencia! En todo individuo existe una capacidad muy elevada de hacer el mal. La pregunta es: ¿por qué se difunden estas ideas sobre los hombres?

¿Por qué?
El 95% de los delitos son cometidos por el 5% de la población. La mayoría de esos criminales actúa una o dos veces. Pero existe un pequeño segmento que actúa de forma serial. Depredadores sexuales. Pederastas. Psicópatas que dejan un reguero de víctimas. A partir de ahí, cualquiera puede convertir a todos los hombres en depredadores al manipular la definición de "violencia sexual". Porque no hay un hombre en el planeta que no haya hecho alguna vez un avance sexual no correspondido. En parte por torpeza o falta de sofisticación. En parte porque no sabía cuál iba a ser la respuesta.

Hoy eso basta para forzar la dimisión de un ministro o liquidar la carrera de un actor.
La izquierda posmoderna exige a la vez expresión sexual ilimitada, de cualquier gusto o color -ahí está el Orgullo Gay- y seguridad sexual absoluta. A ver cómo cuadran ese círculo. Su última ocurrencia es una maravilla: el consentimiento afirmativo. Cada paso y etapa de un encuentro amoroso o sexual debe quedar debidamente registrado para evitar equívocos. ¡Es tan orwelliano! Sólo un pobre ingenuo de 13 años puede considerar que esto es no ya positivo, sino viable. A veces da la impresión de que nuestra cultura ha sido tomada por gente con graves trastornos de personalidad. Lo digo seriamente. Clínicamente.

¿Cómo definiría el #MeToo?
Actrices vestidas de riguroso negro... Eso sí, de forma sexualmente provocadora... Hollywood, quejándose de manipulación sexual... ¡Hollywood, que se erigió literalmente sobre la manipulación sexual! Parece una broma. Pero vamos a hablar en serio. Existe un fenómeno que he visto en mi consulta... A ver, esto podría causarme un problema... Algunas mujeres no saben decir que no. Son mujeres vulnerables o dañadas, que se exponen una y otra vez. Tienen relaciones anómalas, no sólo con los hombres. Una mujer está en casa. Llega el repartidor. Es amable y simpático. Y acaba teniendo con él una relación sexual que no supo cómo evitar y de la que al minuto se arrepiente gravemente. No es culpa suya. Ni del repartidor. Ni de nadie. Es un fenómeno más frecuente de lo que parece y en las universidades se agrava por el consumo de alcohol.

¿A veces decir que no es decir que sí?
¿Cómo?

Un no es casi siempre un no rotundo. Pero alguna vez puede ser un quizás. O incluso un sí. Depende de muchos factores.
Yo no me atrevería a decir eso.

Lo digo yo.
Si usted dijera eso en el típico campus progre americano sería denunciada ante un comité de discriminación, sometida a una investigación, linchada y despedida.

¿Y de que me acusarían exactamente? ¿De promover la violación?
Probablemente.

La verdad es compleja. Salvo que aceptemos que todas las mujeres, y todos los hombres por cierto, somos débiles, incapaces de expresar nuestra voluntad y sentimientos, o incluso de jugar con las palabras y los tiempos.
Creo que fue Mike Pence el que dijo que no se reuniría a solas con una mujer a puerta cerrada. La gente se escandalizó. A mí me han aconsejado lo mismo cientos de veces. Yo paso, porque me parece ofensivo, para mí y desde luego para las mujeres. Para eso, pongamos una cámara en cada despacho. O mejor aún: impongamos la obligación de que todo encuentro sexual sea grabado y colgado en YouTube, así nadie podrá tener la más mínima duda de que cada fase del acto se desarrolló de forma perfectamente cordial, civilizada y consentida.

¿Qué le pareció el manifiesto de las actrices francesas en respuesta al #MeToo?
No lo conozco.

Se lo enviaré. Distingue entre el acoso sexual y el derecho a importunar.
El derecho a importunar es elemental. Como el derecho a ofender. Se lo dije a la entrevistadora de Channel 4 con la que tuve una discusión, digamos, intensa.

Viral.
No hay derecho a pensar sin derecho a ofender. Porque nada de lo que yo pueda decir será universalmente aceptado y asumido. ¿Y quién decide qué es ofensivo? Tu interlocutor. ¿Y si hablas con mil personas? Como mínimo una de ellas se ofenderá. ¿Y entonces qué haces? Dejas de hablar. Te limitas a decir obviedades: "este suelo parecería ser de color gris". Con un agravante: cuando acaba el debate empieza la bronca.

¿Y qué papel juegan los medios?
Lo que necesitamos en los medios es pocas personas súperinteligentes dispuestas a decir la verdad. Lo que tenemos son hordas de columnistas de segunda poseídos por el miedo y la ideología. Y pronto dejarán de ser leídos y escuchados.

Su libro es un tratado de responsabilidad contra la cultura de la sobreprotección.
Otro legado de la progresía: una generación de mimados y quejicas, cero preparados para encarar la vida. Esos padres edípicos, que hacen un pacto con su niño: "No nos abandonarás jamás y a cambio nosotros haremos todo por ti". Puro egoísmo envuelto en mimos. El resultado es que los niños crecen sin madurar. No tienen sentido de la responsabilidad. Son victimistas. Se vuelven inútiles y acaban resentidos.

¿Y cómo se inculca el sentido de la responsabilidad?
 Mi mensaje a los jóvenes es sencillo. Espabilad. Dejad de pudriros en casa. Dejad de quejaros y de culpar a los demás. Sed honrados, rectos y disciplinados. Haced algo útil. Asumid vuestra responsabilidad. Buscad sentido a la vida. Haced como las langostas: caminad erguidos con los hombros hacia atrás.

Lo que no dicen los políticos.
Lo que deberían decir. Porque al mundo le sobran niños. Lo que necesita son hombres adultos.

jueves, 15 de febrero de 2018

¿Cómo se determinan los salarios?

Por Antonio Argandoña, Profesor del IESE

Esta entrada no es una lección de economía, sino de perplejidad. O quizás mejor, de realismo. Empiezo por lo que motiva estas líneas. Una, la noticia, del pasado 2 de febrero, de que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) está preparando una proposición de ley de igualdad salarial, que sancionará a las empresas que paguen a las mujeres salarios más bajos que los de los hombres. Otra, del 7 de febrero, en la que Google España comunica que la retribución de sus empleados “tiende a no discriminar entre hombres y mujeres”, determinando los salarios mediante un algoritmo en que el sexo del empleado no figura, pues tiene en cuenta solo variables como el puesto de trabajo, el nivel profesional y el logro de objetivos (luego, las decisiones del ordenador las revisan humanos, para evitar que, pese a todo, se cuelen diferencias).
La economía neoclásica sostiene que a las personas se les paga por el valor marginal de su contribución a la producción, que viene dado por su productividad marginal (aumento del producto resultante de un aumento del número de horas trabajadas) y el ingreso marginal que la empresa deriva de ese trabajo (aumento esperado de los ingresos de la empresa cuando venda lo producido). Claro que esto es la teoría; luego resulta que no conocemos la productividad marginal de un trabajador, ni siquiera la de todos; que esa productividad debe ser muy variable en el tiempo; que el ingreso marginal viene determinado por muchos factores; que el ajuste del número de horas no es sencillo y tiene costes elevados, para el trabajador y para la empresa (sobre todo cuando, como ocurre en España, lo que se ajusta no es el salario sino el empleo, o sea, el despido). Por eso, las empresas aplican reglas relativamente sencillas, sobre todo para equipos o grupos de trabajadores: por ejemplo, comparan el coste laboral total de una fábrica o una sección con el importe esperado de las ventas, y cuando el primero aumenta más de lo previsto, llevan a cabo un ajuste, que puede ser mediante reducción de horas extras, despido de trabajadores con contrato temporal, reducción de plantilla (con o sin sustitución por máquinas) o moderación de salarios (al menos en otros países). Porque, además, los salarios vienen regidos por el convenio colectivo, en la mayoría de los casos.
Lo del algoritmo quiere decir, en definitiva, que la empresa establece unos criterios que pretenden medir la aportación marginal esperada del trabajador, de uno en uno, aunque luego los criterios sean comunes a todos los empleados, según el puesto de trabajo o el nivel profesional. Y deja un margen para el ajuste personal, vía logro de objetivos (o bonus, o reparto de beneficios, etc.). Esto es más lógico en empresas con mucho capital humano, como las tecnológicas, donde no puedes remunerar con “café para todos”; probablemente, en empresas con mano de obra poco cualificada, ese ajuste no es necesario, o se reduce a una compensación extra para todos los de la planta o del equipo; esta es la práctica que se deriva de la negociación colectiva, al menos tal como se practica en España.
La igualdad salarial entre hombres y mujeres se entiende así como la aplicación, dentro de un departamento o una categoría profesional, para adecuar la necesidad que la empresa tiene de horas de sus empleados con la aportación de estos: a igualdad de aportación, igualdad de remuneración. Esto viene requerido por criterios de justicia, y también por eficiencia: si al final la remuneración del empleado es superior a su aportación, personal o en equipo, su empleo no podrá sostenerse mucho tiempo, y si una recesión reduce las ventas, al final la empresa reducirá el coste salarial, sea despidiendo trabajadores (la vía dura, menos justa y más ineficiente), o reduciendo horas, o acomodando los salarios. Pero, en todo caso, hay que dejar un margen para la valoración del desempeño de cada uno, hombre o mujer, en el pasado reciente y en el futuro esperado, así como otras circunstancias importantes en la relación laboral, como las necesidades de la persona concreta, sus responsabilidad familiares, la conveniencia de un horario flexible, etc. (también porque, habitualmente, las relaciones laborales tienen un horizonte largo, que incluye aprendizajes, cambios de categoría, ascensos, etc.). Si se pretende la igualdad de salarios a golpe de legislación, el resultado podrá ser políticamente aceptable, pero también es probable que sea menos eficiente, y más injusto. Sin olvidar, para acabar, que la empresa puede idear mecanismos de discriminación no incluidos en el algoritmo o en el convenio colectivo.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Oscuras profecías

Por Alfonso Aguiló

Desde que Thomas Malthus se equivocara, hace ya muchos años, al pronosticar que Inglaterra jamás podría soportar una población superior a diez millones de habitantes, han sido muchos los que continúan repitiendo periódicamente sus mismas y agoreras predicciones. El argumento siempre ha sido el mismo: si la población mundial continúa creciendo, el planeta camina inexorablemente hacia su ruina.
        Sin embargo, si echamos una mirada a la historia, deberíamos ser comprensivos con Malthus. Hagamos un supuesto, remontándonos veinticinco o treinta siglos.
        Si a los íberos que poblaban la ribera del río Manzanares antes de la llegada de los romanos, alguien les hubiera preguntado por la población máxima que podrían admitir aquellas tierras que ellos ocupaban, es muy probable que hubieran asegurado que allí no había caza para alimentar más que a unos pocos miles de personas; y que si hubiera más, se exterminaría a los elefantes y bisontes de que se alimentaban; y no habría madera para construir sus viviendas; y los pequeños campos cultivables serían insuficientes; etc.
        Y si les hubieran dicho que allí, en esa zona en la que apenas había unos cuantos asentamientos dispersos a la orilla del río, tres mil años después iba a haber una ciudad de más de cuatro millones de habitantes -la actual Madrid-, lo más probable es que lo tomaran a broma. Pensarían que habría que estar loco para pensar que de aquellas tierras pudiera salir carne, frutas y cereales para alimentar a esa ingente multitud.
        Y sin necesidad de remontarnos tanto, si en 1950 le hubieran preguntado a alguien qué ocurriría si se duplicara la población mundial, probablemente habría dicho que sería una tremenda catástrofe.
        Sin embargo, eso es lo que ha sucedido -con creces-, y se supone que vivimos algo mejor que entonces. Es más -paradojas de la vida-, resulta que bastantes de los problemas actuales de Occidente provienen de los excedentes alimentarios, y es frecuente que se subvencione a los agricultores para que no cultiven determinadas tierras o para que disminuyan el número de cabezas de ganado.
        Los pronósticos aterradores han sido moneda corriente durante los últimos cuarenta o cincuenta años. Se han vaticinado catástrofes tremendas que estaban ya a la vuelta de la esquina, si alguien no hacía algo inmediatamente para contener el amenazador boom demográfico.
        Una de las más famosas predicciones fue la de los hermanos Paddock, que aseguraron que veríamos millones de muertos de hambre en los Estados Unidos. Sin embargo, sus profecías se toparon con una superproducción agraria sin precedentes.
        Tampoco parece que se cumplieran los cálculos de Paul Ehrlich -cuyas tesis fueron durante años un auténtico dogma en todo el mundo-, cuando predijo que en los años setenta estallaría un conflicto a escala mundial, producido por el agobiante avance de la superpoblación, que causaría cientos de millones de muertes, provocaría guerras y violencia, y destruiría los recursos necesarios para mantener la vida sobre el planeta.
        Todas esas negras predicciones han demostrado tener una fuerte carga de ciencia-ficción, pero muy poco de ciencia. Por ejemplo -como señala Robert L. Sassone-, es curioso que los veinte países con mayor escasez de alimentos sean países con poca población; o que la mayor parte del terreno potencialmente agrícola siga sin utilizarse; o que las grandes fases de desarrollo de los países hoy más industrializados hayan coincidido con fuertes crecimientos de población.
        Frente a tantos progresos innegables que han acompañado al crecimiento de la población, los profetas del desastre solo pueden esgrimir hipotéticos riesgos futuros. Pero los fallos de pronósticos anteriores nos advierten de lo poco fiable de ese tipo de profecías. No se puede negar que hay bolsas de pobreza en torno a las grandes ciudades del mundo, y que hay regiones en las que se padece hambre, desnutrición, problemas de salud, mortalidad infantil, etc., pero hay que comprender que se trata de problemas complejos y que sus causas no son la simple presión demográfica.

viernes, 9 de febrero de 2018

“Ningún grupo de personas con discapacidad apoya el suicidio asistido”

Juliet Marlow, de Not Dead Yet UK, organización en favor de los discapacitados, en ACEPRENSA

La disyuntiva entre ofrecerles a las personas cuidados que atenúen su sufrimiento cuando están aquejadas de enfermedades incurables, o darles un sutil empujón hacia la muerte mediante la regulación de la eutanasia y el suicidio asistido, se decanta en algunos países por la segunda opción. Para que eso no ocurra en el Reino Unido trabaja la organización Not Dead Yet, explica su portavoz Juliet Marlow.
En España, Podemos presentó en marzo de 2017 un proyecto de ley de eutanasia que no fraguó mayorías parlamentarias. Pero la teatral defensa de la iniciativa por parte de una de sus diputadas, que citó con voz lastimera los nombres de enfermos graves o ya fallecidos que estarían pidiendo con toda urgencia la aprobación de esa norma, revela que la idea está ahí y que en cualquier momento vuelven a la carga.

Hay que darles voz a los defensores de la vida. Precisamente en el Congreso de los Diputados sesionó en días pasados el seminario “Cuidados paliativos y sociales vs. eutanasia”, al que estuvo invitada a participar por videoconferencia la británica Juliet Marlow, miembro del equipo de comunicación de Not Dead Yet UK (“Todavía no estamos muertos – Reino Unido”, NDYUK), organización que coordina los esfuerzos de los discapacitados de su país contra los intentos de legalizar la eutanasia o el suicidio asistido, pues, de aprobarse, ellos estarían entre los más propensos a ser víctimas de los “errores” de su aplicación.
Sobre este tema, Marlow accedió a responder a unas preguntas de Aceprensa.

Servir al paciente al final de su vida

— ¿En qué momento se encuentra el debate sobre la eutanasia y el suicidio asistido en Gran Bretaña? ¿Cuál es la opinión más extendida entre la gente?
— Como Ud. sabe, la opinión pública está actualmente dividida. Mientras NDYUK, junto con grupos como Care Not Killing [“Cuidar, no matar”] y Living and Dying Well [“Vivir y morir bien”] apoyan los cuidados paliativos, el mensaje del servicio al paciente en el final de su vida no está llegando al público de un modo suficientemente fuerte.
Cada año debemos salir a defender nuestra posición contra los llamamientos a aprobar el suicidio asistido. A pesar de que el Parlamento votó decididamente contra la legalización en 2015 [ver Aceprensa, 11-09-2015], ahora mismo vemos casos de personas que acuden al sistema judicial para reclamar que se les autorice el suicidio asistido bajo supervisión médica en el momento que ellas decidan.
El lobby pro suicidio asistido tiene bastante más financiación y un alcance más amplio que nosotros. NDYUK es la única organización, dirigida por personas discapacitadas y para ellas, que se fundó para luchar contra ello, y contamos con una experiencia única en cuanto a discapacidad, dolor y sufrimiento, que debe ser consultada y escuchada. Seguiremos, pues, oponiéndonos a esa práctica y luchando a favor de que se implemente un servicio de paliativos al que las personas con discapacidad y los enfermos terminales puedan acceder cuando lo necesiten.
— ¿Existe la percepción de que esos modos de poner fin a la existencia de una persona son una puerta para cometer abusos y acabar con vidas que no hayan pedido su final?
— El público general todavía tiene que recorrer un largo camino para darse cuenta de eso. Pero debe notar que ningún grupo dirigido por personas con discapacidad apoya los llamamientos a legalizar el suicidio asistido.
Una de nuestras principales razones para oponernos es que tenemos constancia de que se ha abusado de los servicios sociales y médicos. Tenemos todavía mucho trabajo por hacer para llevar el mensaje ahí fuera y hacer que la gente entienda que el abuso puede pasar inadvertido para las personas ajenas a la situación. Creemos, además, que los discapacitados tienen que alcanzar todavía la verdadera igualdad, pues ha habido retrocesos en años recientes en el Reino Unido. Hasta que logremos el éxito y alcancemos esa igualdad en la vida, nunca la tendremos tampoco en la muerte.

Tarea para los políticos: hablar con las personas con discapacidad

— ¿Cuán sólido es el apoyo a los cuidados paliativos entre los políticos y los que toman las decisiones?
— Pues la última vez que esto [un proyecto de legalización del suicidio asistido] llegó al Parlamento, fue derrotado. Sin embargo, no podemos asumir que será así siempre, pues el lobby pro suicidio asistido es poderoso. Los políticos, como se les dieron las razones para oponerse a esto, votaron con prudencia, pero no sabemos cuánto durará esto. Desafortunadamente, los medios británicos están prejuiciados cuando informan de estos asuntos, o crean una ficción sobre la realidad. Nuestro trabajo es intentar cambiar esa situación.
— En un artículo reciente, la baronesa Ilora Finlay apunta que Gales se ha convertido en un territorio líder en cuanto a cuidados paliativos y terminales. ¿Qué hay en la raíz de ese éxito? ¿Hay diferencias muy pronunciadas entre los servicios de cuidados paliativos de los cuatro países del Reino Unido?
— Sí, el sistema de salud británico está fracturado y varía de país a país, de región a región. Hasta que se cree un Sistema Nacional de Salud propiamente dicho, hay poca esperanza de que se repita a nivel nacional el éxito de Gales. Lo que han alcanzado merece aplausos.
Hasta donde puedo decirte, la principal diferencia entre el sistema galés de paliativos y el del resto del Reino Unido es que ellos escuchan a aquellos que lo utilizan. Esto es primordial: para lidiar correctamente con el fin de la vida necesitas tener una conversación honesta y detallada con el paciente que está cercano a morir. No se debe articular nada sin consultarlo y escuchar sus respuestas.
— ¿Cómo trabaja NDYUK para difundir y mejorar este tipo de servicios en el Reino Unido?
— Nuestra red está creciendo lentamente, pero gradualmente estamos marcando la diferencia al participar en los debates, en las conferencias, y lo hacemos sin miedo a hablar sobre la muerte y todo lo que ella implica. Tenemos a muchos activistas haciendo ese trabajo. Y en la medida en que crezcamos, desarrollaremos nuevas maneras de ser escuchados. Esta es una labor “en progreso”.
— Como Ud. sabe, algunas fuerzas políticas españolas están tratando de convertir en ley la eutanasia y el suicidio asistido. Como miembro de uno de los colectivos sociales para los que esa medida afectaría más, ¿cuál sería su mensaje a esos políticos?
— Que se detengan. Que hablen con la gente que tiene una mayor experiencia con la discapacidad. Se supone que los políticos deben representar los deseos de la gente; por tanto, necesitan asegurarse de haber discutido un asunto tan importante con esas mismas personas, particularmente con aquellas a las que esto afectará más. Por definición, las únicas personas que no pueden terminar con su propia vida, los que necesitan asistencia, son aquellos con discapacidad. De modo que deben hablar con ellos y estar preparados para escuchar lo que les dirán.
Y por favor, que no sigan ciegamente a otros países europeos en su “moderno” modo de ver las cosas. Esta es una decisión que afectará a toda persona con discapacidad, y una vez que den el paso, ya no se podrán deshacer los errores. Las equivocaciones ocurren; la falibilidad humana es un hecho. Además, también estarán enviando el mensaje, a todos sus compatriotas discapacitados, de que sus vidas son de alguna manera menos valiosas y de que no merecen protección por ley. Es un paso muy peligroso, y toda sociedad civilizada debe evitarlo.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Tener hijos, la mejor defensa de la identidad


Aceprensa, Por Ignacio Arechaga, 7.02.2018
El discurso del freno a la inmigración es rentable en la actual política europea, tanto para los partidos tachados de xenófobos como para los progresistas estilo Macron que deben demostrar su firmeza. Pero el problema demográfico más acuciante no es la llegada de inmigrantes, sino la escasa natalidad europea.
Aunque nadie propugna hoy una política de puertas abiertas, hay que cuidar el lenguaje y los motivos que se invocan. Por no tenerlo en cuenta, ha provocado un escándalo mediático el italiano Attilio Fontana, candidato de la Liga Norte a presidente de la rica región de Lombardía en las próximas elecciones del 4 de marzo. En un país que en los dos últimos años ha visto llegar a sus costas 300.000 inmigrantes –en muchos casos, hacinados en frágiles embarcaciones–, Fontana repitió lo que otros muchos dicen: “Italia no puede aceptar a todos”. Pero invocó un motivo incómodo: “Tenemos que elegir si nuestra etnia, si nuestra raza blanca, si nuestra sociedad deben continuar existiendo o deben ser eliminadas. Si los aceptásemos a todos, ya no seríamos nosotros la realidad social, la realidad étnica”.
Tarjeta roja. Lo de invocar la defensa de la raza y de la cultura frente al invasor está muy mal visto, a no ser que uno sea un indígena mapuche o una tribu amazónica. Pero si se trata de un europeo blanco de una región rica, el tema es tabú. En este mundo multicultural y mestizo uno no puede ver al “otro” como un peligro. Pero entre el electorado de la Liga Norte –que ya gobierna en Lombardía– esa preocupación está presente. Por eso el líder del partido, Matteo Salvini, defendió a su candidato y volvió a dar la misma nota: “Estamos amenazados, está en riesgo nuestra cultura, sociedad, tradiciones, modo de vivir. Hay una invasión en curso”.
Aunque esa invasión sea de gente más necesitada que conquistadora, los números son innegables. Italia está soportando el grueso de la carga de la inmigración irregular en el Mediterráneo, con escasa ayuda de los otros países de la UE. En 2016, según datos del Ministerio del Interior, fueron rescatados y desembarcados 181.436 inmigrantes. En 2017, gracias a la tarea preventiva y la colaboración con Libia, el flujo migratorio se redujo a 119.369 entradas. Así que no hay partido político italiano que propugne una política de puertas abiertas, aunque no comparta la idea de “invasión” que denuncia la Liga Norte.

Macron: orden sin xenofobia

También en la vecina Francia el presidente Emmanuel Macron ha optado por un endurecimiento de la política migratoria, a riesgo de empañar su aura de liberal progresista. El pasado 15 de enero visitó Calais, símbolo del descontrol de la política inmigratoria europea, donde a finales de 2016 las autoridades francesas desmantelaron el campamento de chabolas conocido como La Jungla, en el que 8.000 personas esperaban dar el salto a Gran Bretaña. Y allí dejó el mensaje de que no dará tregua a la inmigración irregular y respondió al fuego amigo que le ha llegado de algunos aliados por su firmeza en los controles y expulsiones de inmigrantes indocumentados. “Señor Macron, su política contradice el humanismo que usted promueve”, le han escrito algunos intelectuales afines en un artículo en Le Monde.
Pero en este tema a Macron le inquieta más el sentir popular que las tribunas críticas en Le Monde. No en vano tuvo que disputar la presidencia a Marine Le Pen, que enarbola el estandarte antiinmigración, y Macron necesita demostrar que puede haber orden en las fronteras sin xenofobia.
Sin grandes anuncios, dos circulares del Ministerio del Interior habían demostrado ya la mano dura contra la inmigración irregular: la primera ordenaba acelerar la expulsión de los peticionarios de asilo que habían visto denegada su solicitud; la segunda permitía a la policía entrar en los albergues para controlar la situación migratoria de los que allí residen.
En Calais, Macron ha querido dejar claro que su política migratoria distinguirá entre los refugiados demandantes de asilo por motivos políticos y los inmigrantes económicos. Los primeros verán examinada su petición conforme a las leyes, en menos de seis meses, según prometía su programa electoral. Pero los que no sean admitidos serán expulsados.

Criba de solicitantes de asilo

El frenazo a la inmigración se advierte ya en las cifras del año pasado sobre expulsiones y rechazos en la frontera. Según las estadísticas del Ministerio del Interior, las deportaciones de “extranjeros en situación irregular” fueron 14.859, un 14,6% más que en 2016; la no admisión de extranjeros en las fronteras afectó a 85.408 personas, un 34% más que el año anterior.
A pesar de todo, Francia alcanzó en 2017 el máximo hasta la fecha de peticiones de asilo, con 100.412, lo que supone un 17% más que en 2016. En el mismo periodo se aprobaron 43.000. Los que ven su petición rechazada engrosan a menudo la suma de inmigrantes indocumentados, que se estima en 300.000 en un país de 67 millones de habitantes. Y lo que Macron persigue es asegurar que los rechazados no se instalen en la ilegalidad y vuelvan a sus países de origen.
“Yo no puedo dar papeles a todos los que no los tienen”, ha dicho Macron, lo cual no es muy distinto del “Italia no puede aceptar a todos los inmigrantes”, de Fontana. Cómo distinguir entre solicitantes de asilo e inmigrantes económicos es la cuestión, quizá irresoluble. No pocas veces ser perseguido por la pobreza es tan dramático como ser perseguido por el tirano.
Para la próxima primavera, Macron ha anunciado una ley que supondrá “una refundación completa de la política de asilo y de inmigración”. Todo indica que irá en la línea de un mayor control de las salidas en los países de origen, un filtro más selectivo del asilo con expulsiones forzosas y un intento de mejor integración de los admitidos.

Lo que amenaza la identidad nacional

El endurecimiento de la política de inmigración nos muestra a una Europa envejecida, que teme tanto como necesita a una población joven inmigrante. Los que, como la Liga Norte, claman contra una invasión de extranjeros que puede arruinar las esencias de la raza y la tradición cultural, deberían apoyar la solución que mejor garantiza la continuidad: que las italianas tengan más hijos.
Sin embargo, el número de nacimientos y la fecundidad están de capa caída desde hace años. Con una población de 60,6 millones, en 2016 Italia registró un saldo natural negativo de 150.000 personas, un déficit más grave que en años anteriores. La fecundidad ha ido bajando hasta un mínimo de 1,35 hijos por mujer, y el fenómeno de la insuficiente natalidad se consolida por el descenso del número de mujeres en edad de tener hijos. Según datos del Instituto Italiano de Estadística, de los 11 millones de mujeres en edad de concebir, la mitad no tienen hijos todavía.
Las estadísticas muestran también que cuanto más se retrasa la primera maternidad, menos hijos se tienen. Testigos, los dos países mediterráneos en peor situación: Italia, con 30,8 años de edad de primera maternidad y una tasa de fecundidad de 1,35, y España, con 30,7 años y una tasa de fecundidad de 1,33, en 2015. Sin llegar a eso, la media europea está en casi 29 años.
Ante estos datos, la mayor amenaza para la pervivencia de la cultura y de la prosperidad italiana –y lo mismo puede decirse de otros países europeos– es la falta de nacimientos nacionales. De ahí que, ante las próximas elecciones, el Foro de las Familias, presidido por Gigi De Palo, haya pedido a los partidos que, por encima de sus divergencias, apoyen un “pacto por la natalidad”, concretado en ayudas por hijo y medidas para que las madres puedan conciliar trabajo y hogar.
Si la escasez de hijos y el envejecimiento de la población pone en riesgo el futuro, una inyección de población joven como suele ser la inmigrante es un reconstituyente para la disponibilidad de mano de obra, la financiación de las pensiones y el cuidado de los mayores.
Según las proyecciones de Eurostat (ver gráfico), para 2050 solo en Francia, Irlanda, Noruega y Reino Unido crecería la población, aun sin necesidad de inmigrantes. En cambio, sin la aportación de los llegados de fuera, Alemania e Italia verían descender su población en un 18% y 16% respectivamente.

Una inyección de juventud para Alemania

La aportación de los inmigrantes puede ser también una ayuda para Alemania, cuyo empuje económico está limitado por una creciente escasez de trabajadores jóvenes. En Alemania hay ya más ataúdes que cunas, con un saldo natural negativo de 187.000 en 2015. Pero empiezan a sentirse los efectos de una política de apoyo a la familia, puesta en práctica durante el primer mandato de Angela Merkel. Entre el abanico de ayudas, destaca la prestación parental, para compensar el salario perdido por dedicarse al cuidado de los hijos, y el subsidio por hijo (en torno a 200 euros mensuales), además del aumento del número de plazas en guarderías.
Con esta política, la tasa de fecundidad ha crecido de 1,35 en 2011 a 1,50 en 2015, y el número de nacimientos ha alcanzado un nuevo pico de 792.000. Pero muchos demógrafos piensan que la fuerte alza de la inmigración desde 2009 ha sido decisiva para el relanzamiento de la natalidad. En 2015, Alemania tuvo un saldo migratorio neto de 1.151.000. Y la tasa de fecundidad de las mujeres de origen extranjero era de 1,95 en 2015.
Esto tiene dos lecturas. Para los que destacan la dificultad de integración de una inmigración masiva de personas de otras raíces culturales y mayor fecundidad, esto será una fuente de problemas. Para los que prefieren fijarse en el dinamismo que puede aportar una población joven con ganas de trabajar, esta inyección migratoria puede ser una oportunidad.

La inmigración no bastará

Los peticionarios de asilo se dirigieron en 2014 y 2015 sobre todo hacia los países que tenían una política de acogida más abierta y más oportunidades de empleo, como Alemania y Suecia. Pero esto tiene poco que ver con la situación demográfica de los países de acogida.
En 2015, los dos países de la UE con una tasa de fecundidad más cercana al 2,1 –tasa requerida para la renovación de la población– eran Francia (1,96) e Irlanda (1,92), seguidas de Suecia (1,85) y el Reino Unido (1,80). Estos países, que tienen un saldo natural positivo y una tasa de fertilidad comparativamente alta, no necesitan un refuerzo de población inmigrante.
Pero aunque Francia haya sido durante años una excepción en Europa por su alta natalidad –favorecida por una generosa política de subsidios familiares–, en los últimos tiempos se aprecia un cambio. La tasa de fecundidad ha caído a 1,88 hijos por mujer en 2017, y la diferencia entre nacimientos y muertes (164.000) está al nivel más bajo desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Empieza el fin de la singularidad francesa?
En sentido contrario, las más bajas tasas de fecundidad en 2015 se daban en Italia (1,35), Grecia y España (ambas con 1,33), Polonia (1,32) y Portugal (1,31). Pero, excepto en el caso de Italia por ser el primer país en que han puesto el pie, los refugiados no han permanecido en estos países, que están saliendo de su propia crisis económica y no ofrecen muchas oportunidades de empleo.
En Polonia, a pesar de una amplia adhesión al catolicismo, la tasa de fecundidad es una de las más bajas de Europa, y el país tuvo un crecimiento natural negativo de 25.600 en 2015. Preocupado por la situación, el gobierno del partido Ley y Justicia ha aumentado las plazas de guardería y de la escuela maternal, y ha creado un subsidio de 120 euros mensuales a partir del segundo hijo, sin condiciones de renta familiar. Algún efecto empieza a notarse, pues en 2016 la fecundidad tuvo un ligero repunte hasta 1,36 hijos por mujer. Pero hay otros obstáculos estructurales a la natalidad, como la escasez de viviendas, la tasa de empleo temporal más alta de Europa (27%) y la amplitud del permiso por maternidad (hasta un año), que puede disuadir a las empresas de contratar a mujeres en edad de concebir.
Los demógrafos nos dicen que, aunque se mantuviera la inmigración en Europa al nivel actual, sería insuficiente para compensar el déficit de nacimientos nacionales, con lo que la mayoría de los países mediterráneos y de Europa del Este perderían población (ver gráfico). Pero entonces tiene poco sentido ver como “invasores” a los inmigrantes, cuando la cuestión es que las parejas nacionales se decidan a tener esos hijos tantas veces aplazados.

domingo, 4 de febrero de 2018

Pensar, amar.

Primeras líneas de la Introducción a

"El arte de la fragilidad" (Spanish Edition)
Alessandro D'Avenia. 

Pienso que su lectura
puede abrirte horizontes.

“Querido lector:

Cuando cruzo una ciudad en transporte público, me gusta recolectar rostros y miradas de la gente porque es ahí donde me inspiro para crear a los personajes de mis historias y es ahí donde anida la felicidad de un tiempo y de un lugar. A veces sonrío a alguien, aunque no lo conozca, provocando el desconcierto inicial del infeliz o la infeliz; luego, sin embargo, noto que algo se relaja y que los rasgos de su rostro, hasta ese momento contraídos en una expresión adusta, revelan, luminosamente, que se emplean más músculos de la cara en expresar tristeza que en sonreír (lo dicen también los científicos). Me parece que se nos está olvidando el arte de ser felices y que, cuando lo somos, por miedo a que ese estado de gracia sea una mera ilusión, lo dejamos morir, como si un jardinero no se fiase de la semilla de la rosa porque es muy pequeña y muy débil y decidiese no cuidarla.


Cuando miro una rosa, me doy cuenta de que la finalidad de las cosas del universo no es ser bellas y, sin embargo, lo son. ¿Por qué no conseguimos alcanzar la belleza de una rosa u olvidamos cómo se hace? Estamos excesivamente concentrados en obtener resultados, en vez de ocuparnos de las personas, y no cuidamos de nosotros mismos como los seres vivos que somos, llamados a sentir la vida con más intensidad cada día que pasa, a ser capaces de cumplir un destino inédito, y nos conformamos con cruzar, cansinamente, una repetitiva sucesión de días sin alegría. Y esto ocurre, creo, porque, con frecuencia, preferimos el envoltorio de la vida a la vida misma, como si alguien, al recibir un regalo, se conformase con el paquete porque le da miedo que el contenido le desilusione.

La infelicidad generalizada de nuestra época, y de todas las épocas, pasadas y futuras, está causada por la carencia de pasiones «felices», que son la clave de una vida «vivaz». De la pasión —entendida como algo que nos transporta hacia quien o hacia lo que amamos y también como la capacidad para hacernos cargo de quien o de lo que amamos— depende el destino de una persona. La época de las pasiones tristes, como alguien ha definido la nuestra, ebria de emociones superficiales pero sedienta de amores profundos, es exangüe, está apagada por falta de destinos encaminados a convertirse en destinaciones, es decir, en la condición por la que influimos en nuestra vida, la poseemos, así, tal y como es, y la hacemos florecer, transformando el azar en elección; lo que nos ha sido dado, en deseo; lo que tenemos, en pasión; el camino que estamos recorriendo, en inspiración para alcanzar una meta. En vez de eso, entre los rostros de mi colección una de las expresiones más frecuentes es la de estar totalmente perdido. ¿Qué hace que perdamos el rumbo, qué obstaculiza la vida?”

viernes, 2 de febrero de 2018

Ser padre es cosa de hombres

Aceprensa,       Por Álvaro Rojas


Entrevista a María Calvo


El empeño puesto durante años en la emancipación de la mujer ha provocado, como efecto colateral, el eclipse de la paternidad y un oscurecimiento de lo masculino. Esto no beneficia ni a la mujer ni a la familia. La profesora María Calvo reflexiona sobre la necesidad de revalorizar la figura paterna, a propósito de su más reciente libro: Padres destronados.


“Madre no hay más que una”, suele decirse, y algunos añaden: “padre es cualquiera”, un signo de menosprecio que estaría en la raíz de la renuncia de muchos hombres a implicarse en la educación de los hijos. La doctora María Calvo Charro, profesora titular en la Universidad Carlos III de Madrid, es autora de varios libros sobre las diferencias entre niños y niñas en el aprendizaje, y madre de cuatro hijos. Ahora acaba de publicar Padres destronados (Toromítico, 2014), donde estudia a fondo este repliegue de los hombres del plano familiar, donde un feminismo mal entendido se encarga de socavar su imprescindible papel.
Cuando falta el padre
—Usted establece una conexión directa entre la ausencia del padre y un conjunto de fenómenos negativos en la educación de los hijos. ¿No existían acaso estos problemas en la sociedad de antaño?.
—Son problemas que se han disparado. El padre ha sido dejado en un rincón oscuro, como si no tuviera ningún valor de referente para el hijo. Pero recientes estudios publicados en EE.UU. demuestran que su ausencia tiene unos efectos negativos fortísimos sobre los hijos y las hijas. Estadísticas del Departamento de Bienestar social confirman, con unas cifras absolutamente abrumadoras, que los niños internados en centros de desintoxicación, los que han abandonado el colegio, los que experimentan el fracaso escolar, los que padecen patologías como la hiperactividad, trastornos de personalidad o mayores problemas con drogas, son, en un 85 o 90 por ciento, los que carecen de la figura del padre en casa.
Antes, cuando el padre estaba ausente del hogar por motivos de trabajo o por guerras, su presencia simbólica se daba por medio de la madre. El niño crecía sabiendo que había una figura paterna a la que había que respetar. Sin embargo, ahora se ha producido un desprestigio de esta figura. Desde la revolución del 68, con esa famosa expresión de las mujeres de “mi cuerpo es mío”, la maternidad depende absolutamente de la madre. Con los medios anticonceptivos y con el aborto, la mujer es quien decide cuándo y cómo tiene al hijo, con lo que el padre pasa a un segundo plano. Las técnicas de reproducción asistida le permiten a la mujer incluso prescindir físicamente de él.
Un modelo de masculinidad
—¿Es realmente necesario el modelo paterno? ¿No será mejor a veces la falta de modelo que un mal modelo?
—Un no-modelo, en ningún caso. El niño, sobre todo el varón, necesita un modelo de masculinidad adecuada. Si el padre falta, es muy recomendable que exista un patrón alternativo —un tío, un profesor, un sacerdote— que le dé un modelo de masculinidad equilibrada. Se ha demostrado que cuando este falta, los niños tienden curiosamente a radicalizar los estereotipos machistas, a tener una masculinidad exagerada. No saben comportarse como chicos y entonces, para reafirmarse, tienden a actitudes muy machistas, exacerbadas, radicalizadas, lo cual no es bueno, porque puede dar lugar a esas cifras elevadas de violencia doméstica que tenemos actualmente.
Sí: un padre es necesario porque todas las virtudes de una madre en la educación del hijo pueden convertirse en un defecto si no hay un padre que las equilibre. Ella posee una tendencia natural a darlo todo por el hijo, que es una especie de apéndice suyo, y en ese amor desmesurado que le profesa tiende a evitarle el esfuerzo, el sacrificio, el sufrimiento.
Es una actitud profundamente limitativa para el niño, que no adquiere autonomía. Y muchas veces, cuando llega a la adolescencia, de hecho puede volverse agresivo contra la madre, en busca de su independencia. La madre que lo ha dado todo desmesuradamente, al no contar con los límites de la función paterna, puede encontrar ese desequilibrio en los hijos.
El papel del padre es fundamentalmente el de separación de la madre respecto al hijo. Esa unión, en ausencia del padre, se vuelve insana para ambos. ¿Cuántos niños hay que son el paño de lágrimas de sus madres, sus confidentes, y que crean un universo cerrado que es malo para ambos?
Pues bien: el padre viene a romper ese universo cerrado, a hacer un puente con el mundo exterior. Él le muestra al hijo el mundo de lo público, de lo profesional, el del sufrimiento, la exigencia y la fortaleza. El amor de madre suele ser más físico, más proteccionista, más sustitutivo: si el hijo no sabe o tarda en abrocharse los cordones, la madre lo hace. La actitud del padre es la contraria: le anima a hacerlo él solo, lo cual le genera una mayor autonomía y una personalidad más fuerte.
Nosotras tendemos a meter a nuestros hijos en una especie de útero virtual, donde no hay sufrimiento, no hay problemas, y luego, cuando llegan a la realidad de la vida, pueden sentir mucha frustración si no ha habido un padre que les enfrente con ella, lo que, por supuesto, ha de hacerse con mucha afectividad.
Dejar ejercer al padre
—En su libro, usted habla de una retirada del padre, arrinconado por la ideología de género imperante. ¿Le parece que el hombre está en una franca huida pese a su deseo, o que le es una retirada “grata”?
—No, grata en ningún caso. Actualmente, por suerte, cada vez hay más padres que quieren implicarse. Sorprende la asistencia paterna a las reuniones en los colegios, y que cada vez más hombres piden permiso de paternidad, o jornadas partidas para poder disfrutar de sus hijos. Pero sí es verdad que hay una actitud femenina que los lleva a la frustración y a acabar huyendo. Han sido muchos siglos de dominación femenina del hogar, y queremos seguir mandando en él, ¡a pesar de que trabajamos fuera!
Muchas veces las mujeres nos quejamos de que el hombre no ayuda en casa, en la crianza de los hijos, y sin embargo, no le dejamos entrar en el hogar porque ponemos nuestras pautas como si fueran las únicas válidas. Queremos que actúe a nuestra manera femenina, maternal, por lo que es imposible que él se adapte. Lo único que conseguiremos es que se frustre, que no nos guste cómo lo hace, y que acabe retirándose, sintiéndose un estorbo.
La mujer tiene que comprender que la ideología de género, que nos ha hecho muchísimo daño en la relación de pareja y en la relación familiar, es falsa. Cuando partimos de que hay una identidad entre los sexos y les pedimos a nuestros maridos que actúen como si fueran mujeres, les generamos frustración y desencanto. Los tratamos como si fueran mujeres defectuosas, madres defectuosas y no padres.
Pero su forma de actuar es distinta. Un ejemplo: muchas veces las madres bañamos a nuestros bebés con caricias, con aceites, con música de fondo, y estamos dos horas con el baño. El padre, en cambio, sumerge al bebé en el agua tres segundos, le pasa la esponja en un minuto, y ya está. A pesar de esa aparente brusquedad, el niño está bien lavado, bien querido. Por eso, censurarles, tacharles de inútiles en tareas que ellos hacen a su manera, es un arma arrojadiza, porque acaba perjudicándonos a nosotras.
La influencia del profesor
—Miremos un momento a la escuela: según explica usted, las mujeres son mayoría en la docencia, pero el estudiante también necesita ver delante de sí al profesor, a la figura masculina que le pone límites.
—Ahora mismo en España tenemos, en educación infantil y primaria, más de un 90% de profesorado femenino. Y es verdad que muchos niños viven en un mundo absolutamente feminizado, porque después de estar en casa con sus madres, en la escuela están con mujeres. Viven en un mundo en que el ideal femenino es el válido.
Volvamos un momento a la ideología de género: los niños, cuando se consideran idénticos a las niñas en la escuela, sufren muchísima frustración, porque se les exige que vayan al mismo ritmo de ellas, lo cual es imposible, porque ellas maduran cerebralmente antes, es un hecho biológico. Exigirles a los chicos el mismo ritmo es una fuente de frustración.
Por otra parte, para las profesoras, los niños llegan a ser un poco agotadores, porque ellos, como consecuencia de la influencia de la testosterona en su cuerpo y en su cerebro, experimentan un crecimiento muscular que no tienen las niñas y que les induce a moverse más, a estar más inquietos, y son más indisciplinados porque la capacidad de autocontrol no llega a desarrollarse del todo en el varón hasta aproximadamente los 25 años (el córtex frontal también lleva un retraso respecto al de la niñas).
Una figura masculina los va a comprender mejor. Es curioso el efecto balsámico que tiene la presencia de un profesor sobre los muchachos, mientras que a una profesora acaban desbordándola. Los niños necesitan más autoridad y disciplina que las niñas, y en un marco de afectividad, un hombre puede garantizarlas mejor que una mujer.
—Entonces, ¿es hora de implantar cuotas masculinas en el profesorado?
—Yo soy contraria a las cuotas en la política, en la educación y en todos los sitios. Que adquiera un puesto aquel que se lo merezca y el que, en ejercicio de su libertad, lo haya alcanzado y lo quiera tener. Tampoco podemos poner cuotas en las ingenierías: sigue habiendo solo un 24 por ciento de mujeres en carreras técnicas, y los responsables de la educación se dan de cabezazos porque quieren que estas accedan en mayor medida a las ingenierías. Hay que tener en cuenta la libertad de la mujer: si quiere ser ingeniera, tiene todas las dotes de cualquier hombre para llegar tan lejos como él. Las cuotas son imposiciones, y las imposiciones nunca son buenas.
Recuperar al hombre
—Por último, ¿le parece que queda tiempo y disposición para revertir el ninguneo social de la figura paterna y masculina en general?.
—¡Tiene que haberlos!, en beneficio de la sociedad y del futuro de las generaciones actuales. En EE.UU. y Australia se está prestando una gran atención al tema, porque se han dado cuenta de que la sociedad, ante la carencia de la figura paterna, está yendo por derroteros que nos perjudican a todos. El hecho de que la ausencia paterna provoque mayores índices de drogodependencia, mayor agresividad en los muchachos, mayores cifras de delincuencia, es un problema social muy grave, y hay que adoptar medidas cuanto antes.
Estamos viviendo una época en la que, como consecuencia de toda la lucha por la emancipación de la mujer, las políticas siguen centrándose en ella, como si no existiera una necesidad de políticas a favor del hombre. Es algo erróneo: si el hombre sale perdiendo, salimos perdiendo todos; las mujeres también. La mejor defensa de la maternidad y la mujer es una inteligente política de defensa del hombre y la paternidad.

Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...