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miércoles, 7 de febrero de 2018

Tener hijos, la mejor defensa de la identidad


Aceprensa, Por Ignacio Arechaga, 7.02.2018
El discurso del freno a la inmigración es rentable en la actual política europea, tanto para los partidos tachados de xenófobos como para los progresistas estilo Macron que deben demostrar su firmeza. Pero el problema demográfico más acuciante no es la llegada de inmigrantes, sino la escasa natalidad europea.
Aunque nadie propugna hoy una política de puertas abiertas, hay que cuidar el lenguaje y los motivos que se invocan. Por no tenerlo en cuenta, ha provocado un escándalo mediático el italiano Attilio Fontana, candidato de la Liga Norte a presidente de la rica región de Lombardía en las próximas elecciones del 4 de marzo. En un país que en los dos últimos años ha visto llegar a sus costas 300.000 inmigrantes –en muchos casos, hacinados en frágiles embarcaciones–, Fontana repitió lo que otros muchos dicen: “Italia no puede aceptar a todos”. Pero invocó un motivo incómodo: “Tenemos que elegir si nuestra etnia, si nuestra raza blanca, si nuestra sociedad deben continuar existiendo o deben ser eliminadas. Si los aceptásemos a todos, ya no seríamos nosotros la realidad social, la realidad étnica”.
Tarjeta roja. Lo de invocar la defensa de la raza y de la cultura frente al invasor está muy mal visto, a no ser que uno sea un indígena mapuche o una tribu amazónica. Pero si se trata de un europeo blanco de una región rica, el tema es tabú. En este mundo multicultural y mestizo uno no puede ver al “otro” como un peligro. Pero entre el electorado de la Liga Norte –que ya gobierna en Lombardía– esa preocupación está presente. Por eso el líder del partido, Matteo Salvini, defendió a su candidato y volvió a dar la misma nota: “Estamos amenazados, está en riesgo nuestra cultura, sociedad, tradiciones, modo de vivir. Hay una invasión en curso”.
Aunque esa invasión sea de gente más necesitada que conquistadora, los números son innegables. Italia está soportando el grueso de la carga de la inmigración irregular en el Mediterráneo, con escasa ayuda de los otros países de la UE. En 2016, según datos del Ministerio del Interior, fueron rescatados y desembarcados 181.436 inmigrantes. En 2017, gracias a la tarea preventiva y la colaboración con Libia, el flujo migratorio se redujo a 119.369 entradas. Así que no hay partido político italiano que propugne una política de puertas abiertas, aunque no comparta la idea de “invasión” que denuncia la Liga Norte.

Macron: orden sin xenofobia

También en la vecina Francia el presidente Emmanuel Macron ha optado por un endurecimiento de la política migratoria, a riesgo de empañar su aura de liberal progresista. El pasado 15 de enero visitó Calais, símbolo del descontrol de la política inmigratoria europea, donde a finales de 2016 las autoridades francesas desmantelaron el campamento de chabolas conocido como La Jungla, en el que 8.000 personas esperaban dar el salto a Gran Bretaña. Y allí dejó el mensaje de que no dará tregua a la inmigración irregular y respondió al fuego amigo que le ha llegado de algunos aliados por su firmeza en los controles y expulsiones de inmigrantes indocumentados. “Señor Macron, su política contradice el humanismo que usted promueve”, le han escrito algunos intelectuales afines en un artículo en Le Monde.
Pero en este tema a Macron le inquieta más el sentir popular que las tribunas críticas en Le Monde. No en vano tuvo que disputar la presidencia a Marine Le Pen, que enarbola el estandarte antiinmigración, y Macron necesita demostrar que puede haber orden en las fronteras sin xenofobia.
Sin grandes anuncios, dos circulares del Ministerio del Interior habían demostrado ya la mano dura contra la inmigración irregular: la primera ordenaba acelerar la expulsión de los peticionarios de asilo que habían visto denegada su solicitud; la segunda permitía a la policía entrar en los albergues para controlar la situación migratoria de los que allí residen.
En Calais, Macron ha querido dejar claro que su política migratoria distinguirá entre los refugiados demandantes de asilo por motivos políticos y los inmigrantes económicos. Los primeros verán examinada su petición conforme a las leyes, en menos de seis meses, según prometía su programa electoral. Pero los que no sean admitidos serán expulsados.

Criba de solicitantes de asilo

El frenazo a la inmigración se advierte ya en las cifras del año pasado sobre expulsiones y rechazos en la frontera. Según las estadísticas del Ministerio del Interior, las deportaciones de “extranjeros en situación irregular” fueron 14.859, un 14,6% más que en 2016; la no admisión de extranjeros en las fronteras afectó a 85.408 personas, un 34% más que el año anterior.
A pesar de todo, Francia alcanzó en 2017 el máximo hasta la fecha de peticiones de asilo, con 100.412, lo que supone un 17% más que en 2016. En el mismo periodo se aprobaron 43.000. Los que ven su petición rechazada engrosan a menudo la suma de inmigrantes indocumentados, que se estima en 300.000 en un país de 67 millones de habitantes. Y lo que Macron persigue es asegurar que los rechazados no se instalen en la ilegalidad y vuelvan a sus países de origen.
“Yo no puedo dar papeles a todos los que no los tienen”, ha dicho Macron, lo cual no es muy distinto del “Italia no puede aceptar a todos los inmigrantes”, de Fontana. Cómo distinguir entre solicitantes de asilo e inmigrantes económicos es la cuestión, quizá irresoluble. No pocas veces ser perseguido por la pobreza es tan dramático como ser perseguido por el tirano.
Para la próxima primavera, Macron ha anunciado una ley que supondrá “una refundación completa de la política de asilo y de inmigración”. Todo indica que irá en la línea de un mayor control de las salidas en los países de origen, un filtro más selectivo del asilo con expulsiones forzosas y un intento de mejor integración de los admitidos.

Lo que amenaza la identidad nacional

El endurecimiento de la política de inmigración nos muestra a una Europa envejecida, que teme tanto como necesita a una población joven inmigrante. Los que, como la Liga Norte, claman contra una invasión de extranjeros que puede arruinar las esencias de la raza y la tradición cultural, deberían apoyar la solución que mejor garantiza la continuidad: que las italianas tengan más hijos.
Sin embargo, el número de nacimientos y la fecundidad están de capa caída desde hace años. Con una población de 60,6 millones, en 2016 Italia registró un saldo natural negativo de 150.000 personas, un déficit más grave que en años anteriores. La fecundidad ha ido bajando hasta un mínimo de 1,35 hijos por mujer, y el fenómeno de la insuficiente natalidad se consolida por el descenso del número de mujeres en edad de tener hijos. Según datos del Instituto Italiano de Estadística, de los 11 millones de mujeres en edad de concebir, la mitad no tienen hijos todavía.
Las estadísticas muestran también que cuanto más se retrasa la primera maternidad, menos hijos se tienen. Testigos, los dos países mediterráneos en peor situación: Italia, con 30,8 años de edad de primera maternidad y una tasa de fecundidad de 1,35, y España, con 30,7 años y una tasa de fecundidad de 1,33, en 2015. Sin llegar a eso, la media europea está en casi 29 años.
Ante estos datos, la mayor amenaza para la pervivencia de la cultura y de la prosperidad italiana –y lo mismo puede decirse de otros países europeos– es la falta de nacimientos nacionales. De ahí que, ante las próximas elecciones, el Foro de las Familias, presidido por Gigi De Palo, haya pedido a los partidos que, por encima de sus divergencias, apoyen un “pacto por la natalidad”, concretado en ayudas por hijo y medidas para que las madres puedan conciliar trabajo y hogar.
Si la escasez de hijos y el envejecimiento de la población pone en riesgo el futuro, una inyección de población joven como suele ser la inmigrante es un reconstituyente para la disponibilidad de mano de obra, la financiación de las pensiones y el cuidado de los mayores.
Según las proyecciones de Eurostat (ver gráfico), para 2050 solo en Francia, Irlanda, Noruega y Reino Unido crecería la población, aun sin necesidad de inmigrantes. En cambio, sin la aportación de los llegados de fuera, Alemania e Italia verían descender su población en un 18% y 16% respectivamente.

Una inyección de juventud para Alemania

La aportación de los inmigrantes puede ser también una ayuda para Alemania, cuyo empuje económico está limitado por una creciente escasez de trabajadores jóvenes. En Alemania hay ya más ataúdes que cunas, con un saldo natural negativo de 187.000 en 2015. Pero empiezan a sentirse los efectos de una política de apoyo a la familia, puesta en práctica durante el primer mandato de Angela Merkel. Entre el abanico de ayudas, destaca la prestación parental, para compensar el salario perdido por dedicarse al cuidado de los hijos, y el subsidio por hijo (en torno a 200 euros mensuales), además del aumento del número de plazas en guarderías.
Con esta política, la tasa de fecundidad ha crecido de 1,35 en 2011 a 1,50 en 2015, y el número de nacimientos ha alcanzado un nuevo pico de 792.000. Pero muchos demógrafos piensan que la fuerte alza de la inmigración desde 2009 ha sido decisiva para el relanzamiento de la natalidad. En 2015, Alemania tuvo un saldo migratorio neto de 1.151.000. Y la tasa de fecundidad de las mujeres de origen extranjero era de 1,95 en 2015.
Esto tiene dos lecturas. Para los que destacan la dificultad de integración de una inmigración masiva de personas de otras raíces culturales y mayor fecundidad, esto será una fuente de problemas. Para los que prefieren fijarse en el dinamismo que puede aportar una población joven con ganas de trabajar, esta inyección migratoria puede ser una oportunidad.

La inmigración no bastará

Los peticionarios de asilo se dirigieron en 2014 y 2015 sobre todo hacia los países que tenían una política de acogida más abierta y más oportunidades de empleo, como Alemania y Suecia. Pero esto tiene poco que ver con la situación demográfica de los países de acogida.
En 2015, los dos países de la UE con una tasa de fecundidad más cercana al 2,1 –tasa requerida para la renovación de la población– eran Francia (1,96) e Irlanda (1,92), seguidas de Suecia (1,85) y el Reino Unido (1,80). Estos países, que tienen un saldo natural positivo y una tasa de fertilidad comparativamente alta, no necesitan un refuerzo de población inmigrante.
Pero aunque Francia haya sido durante años una excepción en Europa por su alta natalidad –favorecida por una generosa política de subsidios familiares–, en los últimos tiempos se aprecia un cambio. La tasa de fecundidad ha caído a 1,88 hijos por mujer en 2017, y la diferencia entre nacimientos y muertes (164.000) está al nivel más bajo desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Empieza el fin de la singularidad francesa?
En sentido contrario, las más bajas tasas de fecundidad en 2015 se daban en Italia (1,35), Grecia y España (ambas con 1,33), Polonia (1,32) y Portugal (1,31). Pero, excepto en el caso de Italia por ser el primer país en que han puesto el pie, los refugiados no han permanecido en estos países, que están saliendo de su propia crisis económica y no ofrecen muchas oportunidades de empleo.
En Polonia, a pesar de una amplia adhesión al catolicismo, la tasa de fecundidad es una de las más bajas de Europa, y el país tuvo un crecimiento natural negativo de 25.600 en 2015. Preocupado por la situación, el gobierno del partido Ley y Justicia ha aumentado las plazas de guardería y de la escuela maternal, y ha creado un subsidio de 120 euros mensuales a partir del segundo hijo, sin condiciones de renta familiar. Algún efecto empieza a notarse, pues en 2016 la fecundidad tuvo un ligero repunte hasta 1,36 hijos por mujer. Pero hay otros obstáculos estructurales a la natalidad, como la escasez de viviendas, la tasa de empleo temporal más alta de Europa (27%) y la amplitud del permiso por maternidad (hasta un año), que puede disuadir a las empresas de contratar a mujeres en edad de concebir.
Los demógrafos nos dicen que, aunque se mantuviera la inmigración en Europa al nivel actual, sería insuficiente para compensar el déficit de nacimientos nacionales, con lo que la mayoría de los países mediterráneos y de Europa del Este perderían población (ver gráfico). Pero entonces tiene poco sentido ver como “invasores” a los inmigrantes, cuando la cuestión es que las parejas nacionales se decidan a tener esos hijos tantas veces aplazados.
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