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martes, 11 de julio de 2017

A la boda, que vengan muchos y que echen una mano

Por Luis Luque, Aceprensa , Julio 2017

Casarse es necesariamente caro. O no. Lo es si la contrayente es, por ejemplo, la rica heredera de una transnacional de la metalurgia y sus parientes pretenden gastarse unos cuantos millones en rocambolescas escenografías y 300 botellas de Dom Perignon. No lo es si, como narra una joven estadounidense en un blog sobre el matrimonio, la familia y los amigos se vuelcan de corazón y ayudan con el vestido, el buqué, las flores, la tarta… “Esa perspectiva: que lo más importante es que estemos juntos, sigue marcando nuestras decisiones”, dice sobre su boda April, hoy una feliz madre de cuatro hijos.
El problema, sin embargo, es que en el imaginario colectivo, caro es sinónimo de éxito, de prosperidad, y en el tema de las celebraciones nupciales el nivel de gasto suele relacionarse con las perspectivas de la relación en sí. El listón está muy alto, advierte la articulista e investigadora Amber Lapp en la web del Institute for Family Studies.

Lapp ha explorado el asunto y, según cuenta, la mayoría de los jóvenes que ha entrevistado le han asegurado que no les interesa tener una boda cara, y que las celebraciones grandiosas se les antojan “pomposas y ridículas”. En opinión de los consultados, casarse puede ser un proceso bastante más sencillo, “pero las parejas –dice–, a menudo por respeto a ese ‘gran acuerdo’ que es el matrimonio, desean, comprensiblemente, marcar sus uniones con una ceremonia y una celebración”.
Estaría funcionando, además, un mecanismo de progreso social detrás del deseo de remarcar el momento. Las parejas de clase trabajadora, señala Lapp, se están esforzando por entrar en la clase media y gozar de su estabilidad, por lo que son muy sensibles a las normas que les rodean. El punto sería, pues, ayudar a esas parejas que no pueden permitirse grandes alegrías presupuestarias a celebrar una boda “como Dios manda”, que cumpla con los estándares de aceptabilidad por parte de la cultura reinante, sin tener que tirar la casa por la ventana.

Arrimar el hombro para abaratar costos

En su artículo, Lapp apunta algunas ideas que ayudarían a reforzar esta concepción. Una, para empezar, sería intentar modificar en algo las normas culturales. “La próxima vez que vayas a una boda, resístete a la tentación de compararla con otras, o de especular sobre su presupuesto. En lugar de alzar las cejas ante un presupuesto bajo, ¿no deberíamos comenzar a ver como de mal gusto que una pareja se gaste en un solo día más que lo que perciben los trabajadores de bajos salarios en todo un año laboral?”.
Por otra parte, menciona la posibilidad de que iglesias, negocios y organizaciones sin ánimo de lucro, nucleados en una suerte de cooperativas nupciales, ayuden a las parejas de economía modesta. Unos espacios cedidos gratuitamente para la fiesta por una iglesia local, un catering light –que no el banquete de las bodas de Camacho–, un fotógrafo que arrima el hombro y solidariamente toma vídeo e imagen, unos recién casados que fueron previamente apoyados y que acuden a la boda de estos otros a limpiar el sitio o a servir la comida a los invitados… De todo puede hacerse si hay gente dispuesta.
Por fortuna, lo de colaborar para reducir costos está cada día yendo más allá del “algo azul, algo viejo, algo prestado” que dicta la tradición, y el exclusivismo parece estar cediendo espacio a lo práctico. Marta, una psicóloga que se casó una mañana de junio de 2013, relataba un año después a El Paísque compartió el gasto de los adornos florales de la iglesia con una pareja que pasaría por el altar ese mismo día por la tarde, y que un amigo, muy diestro con la cámara fotográfica, le echó una mano. El vestido, de 2.400 euros, no quedó para alimentar polillas en su armario: la recién casada colgó la oferta en el portal Nuptialista y otra chica se lo llevó por 1.200 euros. Para esta, una ganga; para aquella, un alivio.

A apoyar a los novios, cuantos más mejor

Sea que el vestido haya sido de primera mano o de segunda, lo que verdaderamente habrá importado, pasado el momento, es haber estado rodeado de las personas indicadas. ¿Muchas? ¿Pocas? Aun sobre esto hay división.
Un estudio del National Marriage Project (NMP) de la Universidad de Virginia, citado por el Washington Post, trazó una línea de conexión entre los niveles de asistencia a las bodas de una muestra de 418 parejas y el grado de satisfacción conyugal de estas, medida según sus respuestas a preguntas sobre cómo marchaba la relación, si surgían o no pensamientos de divorcio, con qué frecuencia se hacían confidencias mutuas, etc. Asimismo, los investigadores establecieron una distinción entre quienes celebraron bodas tradicionales –con ceremonia, banquete, tarta y demás aderezos– y quienes sencillamente acudieron al ayuntamiento a firmar el contrato matrimonial “y adiós, muy buenas”.
El hallazgo fue que los contrayentes según el formato tradicional, aquellos a cuyo enlace acudieron más personas, revelaron mayores niveles de satisfacción en su vida conyugal. Los autores opinan que esto sucede porque el compromiso suele fortalecerse cuando se declara públicamente. Las personas –apuntan– se esfuerzan por mantener la coherencia entre lo que han declarado y lo que hacen, máxime si las palabras se han pronunciado en presencia de otros. Un argumento que, por otra parte, no sirve para generalizaciones, pues una simple ojeada al ¡Hola!, a los fastuosos casorios que allí se describen y que tiempo después acaban como el rosario de la aurora, lo desbarataría inmisericordemente.
Una opinión semejante a la de los expertos del NMP es la que sostienen los autores de otro estudio al que alude un despacho de CNN. Los investigadores, dos profesores de Economía de la Universidad de Emory, EE.UU., entrevistaron a 3.151 adultos y llegaron a la conclusión de que aquellos que habían celebrado bodas económicamente más discretas mantenían matrimonios más sólidos y presentaban menores tasas de divorcio.
Ahora bien, también ellos se apuntan a la abundancia de invitados. Los autores estiman que el éxito posterior de quienes han celebrado bodas económicamente “discretas” no está reñido con que vaya cuanta más gente mejor. Por una parte, refieren que quienes eligen un casamiento con un presupuesto ajustado suelen ser personas que encajan “perfectamente”, a las que, además, un casamiento frugal les ahorra unas cargas financieras que terminarían ejerciendo presión sobre el matrimonio. Por otra, explican que a mayor número de invitados, menor tasa de divorcio. “Ello puede ser una prueba del efecto de la comunidad: tener mayor apoyo de familiares y amigos puede ayudar a la pareja a vencer los retos del matrimonio”, añaden.

Una ceremonia cada vez más cara y personalizada

Amber Lapp, sin embargo, no se apunta a ciegas a la boda con asistencia multitudinaria. “Conozco bien –explica a Aceprensa– el estudio del NMP, y es realmente fascinante que dos realidades aparentemente contradictorias sean ciertas en relación con los casamientos. Es verdad que una boda con más invitados se asocia con una alta calidad del matrimonio, pero también lo es que el mayor gasto de dinero en ella se relaciona con un mayor riesgo de divorcio. Algo habrá que decir sobre las bodas con muchos asistentes y no demasiado caras, porque una celebración muy concurrida sugiere que los contrayentes tendrán más apoyo social por parte de la familia y los amigos, lo que es importante para la felicidad conyugal”.
Reconoce, sin embargo, que los deseos de tener una celebración de alto standing han ganado espacio, particularmente entre las parejas de bajos ingresos, en la misma medida en que los costos se han disparado. “Como reportó recientemente The USA Today, en los 10 últimos años el costo ha aumentado significativamente: de los 16.000 dólares por cada 110 invitados en 2006, a los 28.000 en 2016 (…). El tiempo promedio de preparación de la boda ha pasado de los ocho a los 13 meses, quizás para dar tiempo a la mayor planificación que requiere una boda a su medida”. Y cita literalmente al diario: “Hoy, las parejas quieren diferenciar sus bodas de las de otras con temas musicales y eventos más personalizados. Si hace diez años solo el 17% de las parejas tenían un tema musical para su boda, hoy el 50% cuentan con uno, mientras que una de cada 4 tiene un cóctel personalizado’”.
Para Amber, el cambio no es para bien: “Mis padres, que se casaron a principios de los 80, recuerdan que casi todos sus conocidos se habían casado en su iglesia, a lo que había seguido una pequeña recepción allí mismo con sándwiches y tarta. Las señoras de la iglesia ayudaban con la comida, y los costos eran mínimos. En la época de mis abuelos se discutía incluso menos sobre la celebración, y algunas parejas sencillamente se casaban al final del servicio dominical. Es una vergüenza que las normas culturales en torno a las bodas hayan cambiado tanto en una generación”.

¿Quién invita más en España?

El coste promedio de una boda en España se ha ido incrementando en los últimos años. Según el informe“Tópicos, retos, realidad y ficción. Estudio 360º del sector nupcial”, realizado por el profesor Carles Torrecilla, del ESADE, el costo actual está en el entorno de los 21.000 euros, mientras que en 2014 la Federación de Usuarios y Consumidores Independientes lo ubicaba en los 16.500 euros. Si para los contrayentes de renta baja el presupuesto inicial estimado es de unos 14.057 euros y el final de 14.870 (un 6% de diferencia), la desviación de los de renta media-alta es de los 20.296 euros a los 23.311 (un 15%).
Entre otros datos de la investigación sobresale que los motivos para casarse son, en primer lugar, el querer dar un paso más en la relación (70,8%), seguido por el deseo de formalizar el vínculo por los hijos (8,4%) y el tener hijos pronto (6,9%). Además, se ha detectado que el 91% de las parejas busca ideas para su enlace en sitios de Internet, un 68% utiliza la red para dar con proveedores de productos y servicios, y un 62% lo hace para ver opiniones. Un aspecto más, el del número de invitados, revela que la crisis ha ayudado a reajustar la cifra en unos 130. Entre las parejas de mayores ingresos el número es aún más bajo: 109.
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