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domingo, 11 de agosto de 2013

La castidad, afirmación del amor


Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios  (Mat. V, 8).

       Con estas palabras aparentemente tan sencillas, Jesucristo nos explica el secreto de la felicidad -bienaventuranza, dicha- del hombre: ver a Dios. El término verán no se refiere exclusivamente al futuro eterno al que estamos destinados;  también al tiempo de nuestro caminar terreno. Además, como consecuencia de ver a Dios como Creador, Fundamento, Sentido y Redentor de nuestras vidas, podremos comprender al hombre y a las realidades humanas en su insigne grandeza.

        La condición es la limpieza de corazón. ¿Qué significa esta limpieza? Por su imagen y semejanza con Dios con que fue creado (Cfr. Génesis, I, 26-27), las operaciones propias del hombre son conocer y amar. Aunque no pueden separarse entre sí, amar es la esencial. El conocimiento está en función del amor, un amor que, por la misma naturaleza humana, sólo puede dirigirse a personas. Las cosas son siempre objeto de uso, y su grandeza se mide en cuanto sirven a la persona.

       Limpieza de corazón significa, pues, que éste se encuentra en condiciones de ejercitar su función amorosa; y su contrario -podríamos denominarlo suciedad de corazón-, expresa sobre todo, pérdida de la capacidad de querer. Qué significativas son las siguientes palabras de Juan Pablo II: El hombre no puede vivir sin amor. El permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente  (Encíclica Redemptor hominis, n.10).

       Desde esta perspectiva hemos de mirar la virtud de la pureza o castidad. San Josemaría Escrivá la llamaba afirmación gozosa (Forja, n.92),una trinfante afirmación del amor (Surco, n.831).

       En cambio, escuchamos tantas veces decir que la pureza es cosa “de otros tiempos” cerrados a la libertad humana, que vivirla conlleva una represión y violencia a la naturaleza. Está afirmación es desmentida sin vacilaciones por el marido enamorado de su mujer, por la mujer enamorada de su marido, por los novios que se quieren y caminan hacia el matrimonio, por cualquier persona de corazón grande. No ofrece duda; como tampoco la ofrece afirmar que en el corazón de quien no es casto reina una  intensa carencia -quizá ausencia total- de amor. ¿Qué tiene de humano quien no es capaz de querer? ¿Cómo ve a las personas, su propio cuerpo, su alma?  Sencillamente no las ve. El impuro contempla cuerpos sin alma, es decir en su  exclusiva dimensión animal, medible por eso -es lo que suele hacer- cuantitativamente. Se extasia ante una persona como ante un objeto cualificado,  y siente hacia ella el deseo de posesión y de uso. Claro está, como todo objeto de uso se gasta, cambia de objeto -es comprobable- o busca nuevas formas de extraerle fruto hasta que lo agote, y él se agote en esa tarea, definitivamente.

       En esta cosificación del hombre por el hombre por medio de la sensualidad y manipulando la participación del poder creador que ha recibido de Dios, se encuentra la raíz natural y sobrenatural de la malicia de los pecados de sensualidad y de lujuria.

       La impureza pervierte la natural atracción entre masculinidad y feminidad -dones específicos del hombre y de la mujer- en una buscada provocación, regida sólo por el instinto animal. Las cualidades personales ya no importan; sólo las extrictamente corpóreas. La persona puede llegar a degradarse hasta el punto de convertirse en producto de mercado. No es de extrañar, por tanto, que los ejemplares de animal humano se ofrezcan a la venta o se expongan en revistas, programas de TV, etc. En la misma calle u otros lugares públicos, -esto afecta especialmente en estos momentos, de una manera bastante generalizada, a la mujer-, el vestido ya no es elemento que realza y protege la personalidad en su dimensión de masculinidad y feminidad, sino todo lo contrario: busca sobre todo la manifestación de los atributos físicos.

       En 1983, Juan Pablo II dirigiéndose a miles de jóvenes ingleses alertaba con claridad y fortaleza: Estáis llamados a mirar fijamente a Jesús, poner la confianza en su modo de vida y no en el estilo de vida del mundo, por mucha oposición que encontréis (...).  El mundo os llamará retrógrados,  ignorantes  y hasta  reaccionarios cuando aceptéis el mandato de Cristo de ser puros;  mientras él os ofrecerá, por el contrario, la fácil opción del sexo antes del matrimonio. Pero la palabra de Dios y su verdad son para siempre y Jesús seguirá proponiéndoos el valor de las relaciones humanas castas y la satisfacción real que se encuentra en el amor conyugal cristiano preparado con pureza. Y que la pureza sigue siendo una expresión positiva de la sexualidad  humana y del amor auténtico.  
 
       Y es que la visión humana y cristiana de la sexualidad es muy realista. Recojo otros dos textos del Juan Pablo II, bien expresivos.

       Es Dios el que ha creado el ser humano, hombre o mujer, introduciendo así en la historia aquella singular 'duplicidad', merced a la cual el hombre y la mujer, en la igualdad sustancial de los derechos, se caracterizan por el maravilloso complemento  de los atributos, que fecunda la atracción recíproca. En el amor que desemboca del encuentro de la masculinidad con la feminidad se encarna la llamada de Dios, quien ha creado al hombre “a su imagen y semejanza”, exactamente como “hombre y mujer” (Beato Juan Pablo II,  Monte del Gozo, 19.8.89).

       Jóvenes, que os encontráis precisamente en la edad en la cual se tiene tanto afán de ser hermosos o hermosas para agradar a los otros. Un joven, una joven, deben ser hermosos ante todo y sobre todo interiormente. Sin esta belleza interior, todos los demás esfuerzos dedicados sólo al cuerpo no harán -ni de él ni de ella- una persona verdaderamente hermosa. ¡Yo os deseo, hijos queridísimos, que irradiéis siempre la belleza interior!  (Beato Juan Pablo II,  Roma, 22-XI-1978).

        Hoy, el mundo necesita de manera particular de esa irradiación. Procuremos experimentar en nuestra vida aquellas expresiones del Fundador del Opus Dei. La pureza, una afirmación gozosa, una triunfante afirmación del amor. Aquí encontraremos el aliento cuando tengamos que luchar, no tanto, si nos alejamos del peligro que presentan determinados incentivos externos: merece la pena mantener íntegra la ilimitada capacidad de querer que nos ha concedido Dios.

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