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jueves, 23 de octubre de 2014

Una iniciativa de sumo interés.

Querido amigo,

Solo unas líneas para compartir contigo nuestra alegría por haber sido acreditados como organización no gubernamental en el Parlamento Europeo.

Con esta iniciativa reforzamos nuestra presencia en organismos internacionales en los que ya estamos muy activos desde hace tiempo. Nuestra asociación, que es también tuya, es miembro de la OSCE (Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa) y de la FRP(Plataforma de Derechos Fundamentales) de la European Union Agency for Fundamental Rights (la agencia de la UE especializada en asesorar en derechos humanos a los organismos de la UE y a los estados miembros).

Y en el ámbito de la sociedad civil, Profesionales por la Ética está asociada a Life is Beautiful, una plataforma de organizaciones no gubernamentales que trabajan por el derecho a la vida, la familia, la libertad de educación y conciencia y la salvaguarda de los derechos de los más vulnerables (enfermos, personas mayores, discapacitados).

Igualmente, Profesionales por la Ética es miembro fundador de EPCE (Euthanasia Prevention Coalition Europe), una coalición civil para prevenir la eutanasia en Europa protegiendo la vida de todas las personas, independientemente de sus condiciones y características.

Y, además de otro buen número de iniciativas menores a las que nos hemos adherido, en mayo de 2014 Profesionales por la Ética se incorporó a UN Family Rights Caucus, un foro de asociaciones civiles cuya misión es promover la familia natural como célula básica de la sociedad tal como la reconoce la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Nuestra asociación tienen claro su objetivo y vocación de participación en las instituciones internacionales y mantiene el rumbo fijo en  la vertebración y cooperación con entidades internacionales de los 5 continentes con especial atención a Europa e Hispanoamérica.

Las acciones que llevamos a cabo en España, se vierten fuera de nuestras fronteras en la misma medida en que nuestra colaboración internacional enriquece nuestra participación en la vida social española.

Hay mucho camino por recorrer, estamos deseando hacerlo y vamos dando pasos de gigante impulsados por el entusiasmo, la ilusión y la esperanza en la victoria que, sin duda, es nuestra.

Si quieres caminar con nosotros, escríbenos, estaremos encantados de recibirte.

Y si no tienen tiempo pero quieres ayudarnos a seguir luchando en defensa de los derechos fundamentales de todos, puedes hacerte socio o aportar un donativo puntual.

¡Contamos contigo!

Un abrazo,


Leonor Tamayo
Presidenta
PROFESIONALES POR LA ÉTICA
España

Tlf: 667564590
http://eledelengua.com/imagenes/twitter-logo.png@TamayoLeonor
     @profesionales
     @PpEint

miércoles, 22 de octubre de 2014

"La buena mentira"

The good lie
En Cartelera: Sí    

Dirección: Philippe Falardeau
Año: 2014
Público: Jóvenes-Adultos (2-3)
Contenidos: V
Valoración moral: Adecuada
Contenidos: Imágenes (algunas V)
Dirección: Philippe FalardeauPaís: USAAño: 2014.Duración: 110 min. Género: DramaInterpretación: Reese WitherspoonCorey Stoll, Thad Luckinbill, Sarah Baker, Sharon Conley. Guion: Margaret Nagle. Producción: Brian Grazer, Ron Howard, Thad Luckinbill, Trent Luckinbill, Molly Smith. Música:Martin Leon. Fotografía: Ronald Plante. Montaje: Richard Comeau.Diseño de producción: Aaron Osborne. Vestuario: Suttirat Anne Larlarb. Distribuidora: eOne Films SpainEstreno en USA: 3 Octubre 2014. Estreno en España: 3 Octubre 2014.
Reseña: 
Fraternidad
   Sudán es un país sacudido por una sangrienta guerra civil. Cuatro hermanos logran tras diversas penurias y muertes de familiares llegar a un campo de refugiados en Kenia, donde permanecen 13 años, hasta ser acogidos como refugiados en Estados Unidos, país donde las costumbres y estilo de vida son muy diferentes a lo que han conocido hasta entonces. Además se ven obligados a separarse, la chica se va a California, mientras que los tres chicos permanecen juntos en Kansas, donde una trabajadora social les consigue empleo y una vivienda.
   Después de lograr el reconocimiento internacional por la emotiva Profesor Lazhar, se esperaba con ganas el nuevo film de Philippe Falardeau, que rueda en inglés y con una estrella hollywoodiense de la categoría de Reese Witherspoon. Su película tiene interés por su dramatismo basado en hechos reales, y por el inteligente contraste que la trama ofrece entre personas procedentes del Tercer Mundo –que saben lo que es el dolor y la muerte, se ven sostenidos por su fe cristiana, estrechan sus lazos familiares, se preocupan de los otros, con sencillez distinguen entre lo que está bien y lo que está mal– y las de la sociedad opulenta –que aunque en algún caso pueden ayudar al prójimo y tener buenos sentimientos, van por la vida demasiado deprisa, lo que les ha hecho perder un poco el norte, no saber ver individuos concretos en la gente que tienen alrededor.
   A Whiterspoon le acompañan en el reparto actores que realmente son de Sudán, nada conocidos, lo que ayuda a dar autenticidad a la propuesta. Sin embargo, y a pesar de las buenas intenciones de abrir los ojos a un público que con frecuencia ignora tragedias como las de África, el ritmo de La buena mentira es desigual. Resulta algo brusco el salto de África a Estados Unidos, y en este país se repiten demasiado las escenas tipo Tarzán en Nueva York, donde los hermanos se sorprenden ante artilugios y actitudes habituales en las sociedades modernas. De todos modos es muy sugestiva la idea de fondo de que la felicidad y la bondad pueden surgir de la simple idea de que estamos vivos –la vida es un gran don por el que estar agradecido– y de que dar y recibir amor, hasta el sacrificio, satisface de un modo que no consiguen todas las posesiones y comodidades de las que estamos saturados en Occidente.

   El director canadiense rescata del olvido la tragedia de los Niños Perdidos del Sudán, remueve y conmueve al espectador con una poderosa historia, un elogio luminoso de la caridad cristiana, con especial énfasis en la fraternidad y la solidaridad. Invita la película a cuestionarse el verdadero sentido de la felicidad, alejado quizás de las ideas dominantes en Occidente.

Nuestra hija quiere bautizarse



James Harrington es un periodista agnóstico que en 2009 se trasladó con su familia al suroeste de Francia, donde trabaja como periodista freelance. La que reproducimos a continuación es una carta que publicó en el diario progresista británico The Guardian, en la que explica cómo su esposa, “atea ferviente”, y él, quien se confiesa agnóstico, reaccionaron cuando su hija les anunció que quería bautizarse y ser católica.

Mi esposa y yo somos ateos, pero nuestra hija quiere bautizarse y convertirse al catolicismo
Durante décadas, Dios y la religión no han tenido ningún lugar en mi vida. Fui bautizado de niño, pero no fui más allá de la primera comunión. Esto, oficialmente, podría hacer de mí un católico en el sentido amplio del término, pero aun así soy una persona que, más que no practicar, se detuvo antes de empezar.

Aparte de las asambleas matutinas y los ensayos semanales de cantos en la escuela primaria, seguidos de un par de años de clases de religión en el instituto (que abandoné en cuanto tuve posibilidad de elegir las materias), apenas he tomado en consideración mi alma inmortal, y mucho menos la dirección que ésta debe tomar cuando muera.

A lo largo de los años, cuando me preocupaba de pensar en todo ello, llegaba a la conclusión que prefería la teoría científica de la vida y el universo a la teoría espiritual. Lo más probable es que sea ateo, pero inclinado hacia el lado agnóstico del espectro. Sé que soy escéptico en el sentido verdadero del término. O superficial. Una de las dos cosas.

Estaba de acuerdo con mi esposa, que es una atea ferviente, cuando dijo que podría soportar cualquier decisión que nuestros hijos tomaran, con la excepción de que quisieran enrolarse en el ejército o en el clero. Por tanto, ¿qué ocurrió cuando nuestra hija decidió que no solo creía en Dios (con D mayúscula). sino que también quería bautizarse y convertirse al catolicismo?

Esto no debería haber sido un motivo de gran sorpresa para nosotros. Más o menos hace cinco años, el trabajo nos llevó a mi esposa, también periodista, a nuestra hija, que entonces tenía tres años, y a mí del este de Inglaterra al suroeste de Francia. Matriculamos a nuestra hija en la escuela católica local, elegida sólo por recomendación de una compañera que nos habló de la calidad de su educación. Y, siendo sinceros, la escuela tenía plaza cuando nosotros la necesitábamos. Ella había frecuentado la misma escuela y no teníamos motivo de queja. Todo lo contrario. Teníamos todos los motivos para agradecer a nuestra compañera por haber dado en el clavo.

Al ser una escuela católica, cada semana había una hora de clase de catequesis. Técnicamente, nuestra hija no debería haber empezado estas clases al no ser (aún) católica, pero no pensamos en impedirlo y nunca fue un problema.

Una amiga da la clase. A menudo nos decía que a nuestra hija le gustaba aprender y se emocionaba visiblemente en los días festivos y en las vacaciones, cuando los alumnos iban a la iglesia. Pero una cosa son las catequesis en el colegio (es un poco como la “Catholic-centric RE”, la educación religiosa para los que no usan ese término), y muy distinto es querer todo el paquete y ser bautizado. Y, aparentemente, otra cosa es querer ser bautizado a sabiendas.

Con el riesgo de disgustar a mis padres, tengo que decir que no tenía elección: fui bautizado antes de que pudiera expresar mi opinión sobre ello. No es que importe. Fui bautizado. Pero, aparte de hablar sobre ello aquí y ahora, este hecho casi no ha tenido ningún impacto en mi vida. Final de la historia.

Sin embargo, nuestra hija tomó sola una decisión que define la propia vida. No podría estar más orgulloso de ella. Pero no puedo negar que lo que nos dijo a mi esposa y a mi detuvo nuestro desinterés en la religión, ligeramente engreído, y nuestra trayectoria de progresistas de causas perdidas.

¿De dónde cogió el valor para decirnos lo que quería? Estaba claro que nuestra valiente y dulce hija había reflexionado seriamente y durante mucho tiempo sobre su fe.

Mirando atrás, nos dimos cuenta de que habíamos discutido con una cierta regularidad sobres nuestras distintas creencias. Nuestra hija nos trajo el Génesis. Nosotros le dimos el Big Bang. Ella nos trajo la Natividad, la paz y nos felicitó la Navidad. Nosotros le dimos la familia, los amigos y buena comida. Ella nos trajo la crucifixión. Nosotros le dimos el conejito de Pascua. Ella nos trajo el cielo, Dios y el paraíso. Nosotros le dimos la vida del siglo XXI y un breve futuro como pienso para los gusanos.

Después de todo esto, y a pesar de nuestra amable antipatía hacia Dios y la creación, ella seguía teniendo el valor de sus convicciones y nos dijo a ambos, a la cara y ante el sacerdote, que nuestra visión del mundo no era suficiente para ella. Ella cree. Quiere ser bautizada y quiere ser católica.

Para mí significa asiduos viajes a la parroquia para clases extra de religión católica. Significa ir a la iglesia para la misa familiar de los domingos y no saber cuándo tengo que sentarme o estar de pie. Y esperar que el sacerdote no venga hacia mí con el micrófono cuando esté dando su sermón (no creo que lo haga).

Significa un esfuerzo extra por mi parte y una no pequeña frustración para mi esposa, que intenta –y a menudo fracasa– entender la atracción que tiene todo esto. Pero significa todo para mi hija. Ella ha dado el primer paso en un camino que, en última instancia, tendrá que recorrer sola. Iré con ella tan lejos como pueda, pero ella sabe, incluso ahora, que es su viaje. Está yendo hacia donde yo no puedo seguirla.

Sólo espero que la próxima vez que se enfrente a una decisión que defina su vida se acuerde de este momento, cuando nos dijo que tenía fe en algo en lo que nosotros no creemos. Y que creímos en ella.

(Traducción de Helena Faccia Serrano.)

Carta a sí misma, para abrir 10 años después




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El domingo 5 de enero, la pequeña Taylor Smith, de 12 años, falleció en Johnson City (Tennessee, Estados Unidos), por complicaciones en una neumonía. Sus padres Tim y Ellen y su hermano mayor, Judah, acostumbrados al carácter alegre y feliz de la niña, apenas podían creerlo. “Entre el choque y la depresión, tu esperanza es que no sea algo real. Cada vez que te echas una siesta o te vas a dormir esperas descubrir al despertar que no es algo real“, explicaba Tim a NewsChannel 11.
“Es la hora de Dios, es la hora de Dios…”, añadía, “y Él la amaba más de lo que nadie podía amarla, tanto como para decirle ´Ven conmigo´. Muchos se preguntarán por qué es tan fácil para un padre que ha perdido a su hija decir algo así en vez de acusar a Dios u odiarle, pero lo único que puedo decir es que es fácil para mí confiar ahora en Dios porque mi niña confiaba en Él“.
Impacto creciente

La muerte de Taylor conmocionó al vecindario y a su colegio y luego empezó a tener resonancia nacional y ya mundial, a raíz de conocerse la carta que, sin saber el drama que le aguardaba en la Navidad, se escribió a sí misma en abril para abrirla diez años después.
Es la última de las historias de la pequeña que están descubriendo, pues desde su muerte no paran de consolarles de todas partes con cosas que ignoraban. “Cosas que ella había hecho y no lo sabíamos, en su grupo juvenil, en la escuela… Cosas que afectaron a la vida de la gente en formas increíbles”, cuenta su padre, orgulloso: “Ahora estoy aún más decidido a encontrar cuál es la voluntad de Dios, porque ahora que ves un destello de lo que es la voluntad de Dios, ahora que ves cuánta gente se está viendo transformada por lo que está pasando, sé que sólo con que la vida de una persona cambiase Taylor diría que había valido la pena“.
“Ella es un perfecto ejemplo de lo que es amar a Dios y amar a los demás. Ella me enseñó cómo ama Dios, no veía nada de lo exterior, ella sólo miraba en el interior y qué era lo mejor para ti”, concluye.
Una carta llena de inocencia y amor a Dios

Cuando Ellen y él empezaron a revisar las cosas de su hija, se encontraron, entre otros escritos de Taylor, una carta que ella se escribió a sí misma el 13 de abril con una indicación en el sobre: “Confidencial. Sólo para los ojos de Taylor Smith. Para ser abierta por Taylor Smith sólo el 13 de abril de 2023″. En el interior, los consejos que ella le daba a una Taylor que para entonces tendría ya 22 años. Su padre ha publicado en su página de Facebook la carta íntegra, que arranca con un “Querida Taylor, ¿cómo es la vida?” y donde, entre otras cosas, pregunta a la Taylor ya joven si terminó el bachillerato, y la anima a hacerlo si no fue así.

Pero, entre otros comentarios de índole doméstica o infantil, en los que revela que quería ser abogada, la niña incluye un párrafo de emotiva religiosidad que empieza explicando por qué no pudo ir a la fiesta de cumpleaños de una amiga: “Estaba en Cranks (Kentucky), para mi primer viaje de misión. Por cierto, ¿cómo es tu relación con Dios? ¿Has rezado, Le has dado culto, has leído la Biblia o has servido al Señor recientemente? Si no es así, levántate y hazlo AHORA. No me importa en qué momento de nuestra vida estamos ahora, ¡hazlo! Él fue insultado, golpeado, torturado y crucificado por ti. Un hombre sin pecado, que nunca le había hecho daño ni a ti ni a nadie… Y otra cosa: ¿has ido a más viajes de misión?”.
Tras esta muestra del profundo amor a Jesús que profesaba la pequeña y alguna otra cosa más, Taylor concluye: “Bueno, creo que esto es todo. Pero recuerda que lo escribí hace diez años. Mucho ha pasado desde entonces, bueno y malo. Así es la vida, y tienes que asumirlo. Cordialmente, Taylor Smith”.
La Hosanna Fellowship Church, comunidad evangélica local a la que pertenecía la familia,ha abierto en su página web un espacio para Taylor, ante el impacto que ha tenido su muerte y, sobre todo, la difusión de su carta. Sus padres decidieron darla a conocer con una misión muy concreta: “La esperanza que Taylor compartió en su carta es lo que ella hubiera querido compartir con el mundo. Así que, como su padre, siento que es lo menos que puedo hacer para honrarla, compartir su carta con el mundo para que el amor de Dios y la esperanza encontrada en Jesús, la misma esperanza que ella encontró, se extienda a vosotros”.

Entrevista a Jokin de Irala, médico experto en educación sexual y afectiva


Jokin de Irala nació en Donibane Lohitzun (St. Jean de Luz, Lapurdi) el 9 de junio de 1958. Está casado y tiene 5 hijos. Es Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra, donde ejerce la docencia. Realizó un Máster de Salud Pública en la Universidad de Dundee (Escocia) en 1987. Obtuvo el grado de Doctor en Medicina en la Universidad de Navarra en 1990 y, en el año 2000, un segundo doctorado en Salud Pública en la Universidad Estadounidense de Massachusetts. En la actualidad trabaja en la docencia e investigación de las asignaturas de Epidemiología General, Reproducción Humana y Medicina Preventiva en la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra. Es un alto conocedor de temas relacionados con la fertilidad, la educación sexual y afectiva de los jóvenes y la orientación familiar, a la que se ha dedicado desde 1983. Además, en la actualidad, es miembro de la Academia Pontificia para la Vida, cuya sede está en Roma.
El doctor de Irala será uno de los ponentes del Coloquio Familia y Vida, que se celebrará en Pamplona el próximo 14 y 15 de noviembre y el equipo de Cultura de la Vida de Arguments ha tenido oportunidad de hablar con él.
1. ¿Qué tareas desempeña un miembro de la Academia Pontificia para la Vida?
La Academia Pontificia para la Vida fundada por el Papa Juan Pablo II en 1994, tiene como objetivo promover el progreso de los estudios y la información y formación sobre los principales temas de la bioética, y del derecho, relativos a la promoción y defensa de la vida. En mi caso participo, como miembro correspondiente y con mi formación en Medicina y Salud Pública, en las sesiones de trabajo y las asambleas generales que elaboran textos que tienen que ver con la defensa de la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.
2. En los últimos tiempos, es innegable que el aborto está siendo uno de los temas más polémicos en la opinión pública. ¿Cómo podría la Iglesia explicar mejor que no quiere “condenar” a las mujeres de ninguna forma?
Creo que la Iglesia de manera oficial desde su magisterio ya ha mostrado claramente que se preocupa por la mujer embarazada que se plantea abortar o por la mujer que ha abortado ya y que sufre por haber tomado esa decisión. También se preocupa por los chicos que no se hacen cargo de las consecuencias de su sexualidad. Quienes podemos hacer más por estos jóvenes somos todos los que formamos la Iglesia. Por ejemplo, podemos hacer más intentando explicar mejor la belleza de la sexualidad humana cuando se vive en el contexto del amor estable entre un hombre y una mujer. Intentando acoger mejor a los jóvenes, chicas y chicos, que se encuentran ante la decisión del aborto para que vean realmente que sus vidas pueden salir adelante a la vez que dejan seguir viviendo a los no nacidos. Suelen estar confundidos y asustados. Si no acogemos de verdad a estos jóvenes, poniéndonos en su lugar y entendiendo sus temores, poco podremos hacer para defender la vida del no nacido.
3. Usted es miembro correspondiente de la Academia Pontificia para la Vida, en Roma. ¿Cuáles son los principales retos que la Iglesia católica tiene en la actualidad para mantener su defensa de la vida?
Entendiendo por “Iglesia Católica” a todos nosotros, los que formamos parte de esta Iglesia, pienso que tenemos los retos siguientes: no utilizar nuestra convicciones como armas arrojadizas para juzgar a quien no piense como nosotros; saber querer de verdad a quien intentamos explicar la verdad sobre la defensa de la vida; superar lo que puede haber de sentimiento e ideología en el debate del aborto y para esto hay que entender mejor a quien no piensa como nosotros; ofrecer alternativas factibles al aborto para proteger la maternidad, sobre todo cuando tiene lugar en jóvenes poco preparados para ello.
4. Como profesor universitario, ¿cree tenemos que cambiar nuestro modo de explicarnos al defender la vida? ¿Cuál es la mejor manera de hablar temas como la fecundación in vitro, la eutanasia, etc., cuando se habla con la gente joven? ¿Qué preocupa a los estudiantes, no solo universitarios?
En el ámbito universitario me parece muy interesante poder mantenernos en el discurso científico (tanto antropológico como desde la biomedicina). Todos estos temas se pueden explicar muy bien utilizando un lenguaje científico. Afortunadamente, la ciencia no es opuesta a una verdadera defensa de la vida.
5. La defensa de la vida tiene tiene manifestaciones muy concretas y cada vez más enrevesadas: eutanasia, selección embrionaria, experimentación con embriones… ¿Hace falta ser católico para defender la vida en coherencia con la dignidad humana?
Claramente no. Hay muchos no católicos, incluso no creyentes, que defienden estas cuestiones como nosotros. Como he dicho antes, esto no se riñe con un discurso totalmente científico donde todos podemos encontrar acuerdos comunes.

lunes, 20 de octubre de 2014

Discurso del Papa Francisco en el Sínodo sobre la Familia (19 octubre 2014)

Recogemos a continuación el discurso del Papa Francisco en el Sínodo sobre la Familia, tras finalizar esta primera fase. Viendo todo lo que ha aparecido publicado en los medios acerca del Sínodo, las cinco tentaciones que recoge el Papa son de una clarividencia extraordinaria. 
«Queridos: Eminencias, Beatitudes, Excelencias, hermanos y hermanas:
¡Con un corazón lleno de reconocimiento y de gratitud quiero agradecer junto a ustedes al Señor que nos ha acompañado y nos ha guiado en los días pasados, con la luz del Espíritu Santo!
Agradezco de corazón a S. E. Card. Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo, S. E. Mons. Fabio Fabene, subsecretario, y con ellos agradezco al Relator S. E. Card. Peter Erdö y el Secretario Especial S. E. Mons. Bruno Forte, a los tres Presidentes delegados, los escritores, los consultores, los traductores, y todos aquellos que han trabajado con verdadera fidelidad y dedicación total a la Iglesia y sin descanso: ¡gracias de corazón!
Agradezco igualmente a todos ustedes, queridos Padres Sinodales, Delegados fraternos, Auditores, Auditoras y Asesores por su participación activa y fructuosa. Los llevaré en las oraciones, pidiendo al Señor los recompense con la abundancia de sus dones y de su gracia.
Puedo decir serenamente que –con un espíritu de colegialidad y de sinodalidad– hemos vivido verdaderamente una experiencia de “sínodo”, un recorrido solidario, un “camino juntos”.
Y siendo “un camino” –como todo camino– hubo momentos de carrera veloz, casi de querer vencer el tiempo y alcanzar rápidamente la meta; otros momentos de fatiga, casi hasta de querer decir basta; otros momentos de entusiasmo y de ardor. Momentos de profunda consolación, escuchando el testimonio de pastores verdaderos (Cf. Jn. 10 y Cann. 375, 386, 387) que llevan en el corazón sabiamente, las alegrías y las lágrimas de sus fieles.
Momentos de gracia y de consuelo, escuchando los testimonios de las familias que han participado del Sínodo y han compartido con nosotros la belleza y la alegría de su vida matrimonial. Un camino donde el más fuerte se ha sentido con el deber de ayudar al menos fuerte, donde el más experto se ha prestado a servir a los otros, también a través del debate. Y porque es un camino de hombres, también hubo momentos de desolación, de tensión y de tentación, de las cuales se podría mencionar alguna posibilidad:
– La tentación del endurecimiento hostil, esto es, el querer cerrarse dentro de lo escrito (la letra) y no dejarse sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); dentro de la ley, dentro de la certeza de lo que conocemos y no de lo que debemos todavía aprender y alcanzar. Es la tentación de los celantes, de los escrupulosos, de los apresurados, de los así llamados “tradicionalistas” y también de los intelectualistas.
– La tentación del “buenismo” destructivo que, bajo la apariencia de una misericordia engañosa, venda las heridas sin curarlas y medicarlas primero; que trata los síntomas y no las causas y las raíces. Es la tentación de los “buenistas”, de los temerosos y también de los así llamados “progresistas y liberalistas”.
– La tentacion de transformar la piedra en pan para romper el largo ayuno, pesado y doloroso (Cf. Lc 4, 1-4) y también de transformar el pan en piedra, y tirarla contra los pecadores, los débiles y los enfermos (Cf. Jn 8,7), de transformarla en “fardos insoportables” (Lc 10,27).
– La tentación de descender de la cruz para contentar a la gente, y no permanecer para cumplir la voluntad del Padre; de ceder al espíritu mundano en vez de purificarlo e inclinarlo al Espíritu de Dios.
– La tentación de descuidar el “depositum fidei”, considerándose no custodios, sino propietarios y patrones, o, por otra parte, la tentación de descuidar la realidad utilizando una lengua minuciosa y un lenguaje pomposo para decir muchas cosas y no decir nada.
Queridos hermanos y hermanas, las tentaciones no nos deben ni asustar ni desconcertar, ni mucho menos desanimar, porque ningún discípulo es más grande de su maestro; por lo tanto si Jesús fue tentado –y además llamado Belcebú (Cf. Mt 12,24)– sus discípulos no deben esperarse un tratamiento mejor.
Personalmente, me hubiera preocupado mucho y entristecido si no hubiera habido estas tentaciones y estas discusiones animadas; este movimiento de los espíritus, como lo llamaba San Ignacio (EE, 6), si todos hubieran estado de acuerdo o taciturnos en una falsa y quietista paz.
En cambio, he visto y escuchado –con alegría y reconocimiento– discursos e intervenciones llenos de fe, de celo pastoral y doctrinal, de sabiduría, de franqueza, de coraje y parresía. Y he sentido que ha sido puesto delante de sus ojos el bien de la Iglesia, de las familias y la “suprema lex”: la “salus animarum” (Cf. Can. 1752).
Y esto siempre sin poner jamás en discusión la verdad fundamental del Sacramento del Matrimonio: la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad y la procreatividad, o sea la apertura a la vida (Cf. Cann. 1055, 1056 y Gaudium et Spes, 48).
Esta es la Iglesia, la viña del Señor, la Madre fértil y la Maestra premurosa, que no tiene miedo de arremangarse para derramar el aceite y el vino sobre las heridas de los hombres (Cf. Lc 10,25-37); que no mira a la humanidad desde un castillo de vidrio para juzgar y clasificar a las personas.
Esta es la Iglesia Una, Santa, Católica y compuesta de pecadores, necesitados de Su misericordia. Esta es la Iglesia, la verdadera esposa de Cristo, que busca ser fiel a su Esposo y a su doctrina. Es la Iglesia que no tiene miedo de comer y beber con las prostitutas y los publicanos (Cf. Lc 15).
La Iglesia que tiene las puertas abiertas para recibir a los necesitados, los arrepentidos y ¡no sólo a los justos o aquellos que creen ser perfectos! La Iglesia que no se avergüenza del hermano caído y finge no verlo. Al contrario, se siente comprometida y obligada a levantarlo y a animarlo, a retomar el camino y a acompañarlo hacia el encuentro definitivo con su Esposo, en la Jerusalén celeste.
¡Esta es la Iglesia, nuestra Madre! Y cuando la Iglesia, en la variedad de sus carismas, se expresa en comunión, no puede equivocarse: es la belleza y la fuerza del ‘sensus fidei’, de aquel sentido sobrenatural de la fe, que viene dado por el Espíritu Santo, para que juntos podamos todos entrar en el corazón del Evangelio y aprender a seguir a Jesús en nuestra vida, y esto no debe ser visto como motivo de confusión y malestar.
Tantos comentadores han imaginado ver una Iglesia en litigio donde una parte está contra la otra, dudando hasta del Espíritu Santo, el verdadero promotor y garante de la unidad y de la armonía en la Iglesia. El Espíritu Santo, que a lo largo de la historia ha conducido siempre la barca, a través de sus ministros, también cuando el mar era contrario y agitado, y los ministros infieles y pecadores.
Y, como he osado decirles al inicio, era necesario vivir todo esto con tranquilidad y paz interior también, porque el sínodo se desarrolla ‘cum Petro et sub Petro’, y la presencia del Papa es garantía para todos.
Por lo tanto, la tarea del Papa es garantizar la unidad de la Iglesia; recordar a los fieles su deber de seguir fielmente el Evangelio de Cristo; recordar a los pastores que su primer deber es nutrir a la grey que el Señor les ha confiado y salir a buscar –con paternidad y misericordia y sin falsos miedos– a la oveja perdida.
Su tarea es recordar a todos que la autoridad en la Iglesia es servicio (Cf. Mc 9,33-35), como ha explicado con claridad el Papa emérito Benedicto XVI con palabras que cito textualmente: “La Iglesia está llamada y se empeña en ejercitar este tipo de autoridad que es servicio, y la ejercita no a título propio, sino en el nombre de Jesucristo… a través de los Pastores de la Iglesia, de hecho, Cristo apacienta a su grey: es Él quien la guía, la protege y la corrige, porque la ama profundamente”.
“Pero el Señor Jesús, Pastor supremo de nuestras almas, ha querido que el Colegio Apostólico, hoy los Obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro (…) participaran en esta misión suya de cuidar al pueblo de Dios, de ser educadores de la fe, orientando, animando y sosteniendo a la comunidad cristiana, o como dice el Concilio, ‘cuidando sobre todo que cada uno de los fieles sean guiados en el Espíritu Santo a vivir según el Evangelio su propia vocación, a practicar una caridad sincera y operativa, y a ejercitar aquella libertad con la que Cristo nos ha librado’ (Presbyterorum Ordinis, 6)”
… “Y a través de nosotros –continua el Papa Benedicto– el Señor llega a las almas, las instruye, las custodia, las guía. San Agustín en su Comentario al Evangelio de San Juan dice: ‘Sea por lo tanto un empeño de amor apacentar la grey del Señor’ (123,5); esta es la suprema norma de conducta de los ministros de Dios, un amor incondicional, como el del buen Pastor, lleno de alegría, abierto a todos, atento a los cercanos y premuroso con los lejanos (Cf. S. Agustín, Discurso 340, 1; Discurso 46,15), delicado con los más débiles, los pequeños, los simples, los pecadores, para manifestar la infinita misericordia de Dios con las confortantes de la esperanza (Cf. Id., Carta 95,1)” (Benedicto XVI Audiencia General, miércoles, 26 de mayo de 2010).
Por lo tanto, la Iglesia es de Cristo –es su esposa– y todos los Obispos y el Sucesor de Pedro tienen la tarea y el deber de custodiarla y de servirla, no como patrones sino como servidores. El Papa en este contexto no es el señor supremo, sino más bien el supremo servidor –“Il servus servorum Dei”; el garante de la obediencia, de la conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, al Evangelio de Cristo y a la Tradición de la Iglesia, dejando de lado todo arbitrio personal, siendo también –por voluntad de Cristo mismo– “el Pastor y Doctor supremo de todos los fieles” (Can. 749) y gozando “de la potestad ordinaria que es suprema, plena, inmediata y universal de la iglesia” (Cf. Cann. 331-334).
Queridos hermanos y hermanas, ahora todavía tenemos un año para madurar, con verdadero discernimiento espiritual, las ideas propuestas, y para encontrar soluciones concretas a las tantas dificultades e innumerables desafíos que las familias deben afrontar; para dar respuesta a tantos desánimos que circundan y sofocan a las familias; un año para trabajar sobre la “Relatio Sinodi”, que es el resumen fiel y claro de todo lo que fue dicho y discutido en este aula y en los círculos menores.
¡El Señor nos acompañe y nos guie en este recorrido para gloria de Su Nombre con la intercesión de la Virgen María y de San José! ¡Y por favor no se olviden de rezar por mí!».

La iniciativa social en la educación

Alfonso Aguiló, Nueva Revista nº 149, 1.X.2014

Hoy, el núcleo principal del debate sobre la libertad de enseñanza está en la pluralidad y  igualdad de oportunidades. Y eso nos lleva de inmediato a la cuestión de la financiación, pues la igualdad de oportunidades en la financiación es la única forma de lograr una efectiva igualdad de oportunidades para todos, no solo para los que tienen más recursos. Y esa igualdad de oportunidades en la financiación, para que sea justa, plantea de inmediato la necesidad de una adecuada rendición de cuentas.

¿Libertad o igualdad? 

El debate sobre la libertad de enseñanza ha ido evolucionando bastante, a mi modo de ver, durante los últimos años. Hoy casi nadie se plantea demasiados problemas respecto a lo que hagan con su dinero los centros educativos privados no concertados. Mientras se respeten las condiciones básicas generales y los planes de estudio establecidos, nadie muestra demasiado interés en ello. 

Hoy, el núcleo del debate en la libertad de enseñanza está en la financiación. El interés no está centrado tanto en qué asignaturas estudian, o qué titulaciones han de tener los profesores, o qué instalaciones requiere un colegio. Las normativas establecidas en torno a esos puntos generan algo de debate, pero de muy baja intensidad. 

El núcleo del debate está en la igualdad de oportunidades y en la pluralidad. Y, como veremos, eso nos lleva enseguida a la cuestión de la financiación, pues la igualdad de oportunidades en la financiación es la única forma de lograr una efectiva igualdad de oportunidades para todos, no solo para los que tienen más recursos. 

Muchas veces, al hablar de libertad de enseñanza, parece que se abre un debate entre dos polos opuestos. Unos, “más conservadores”, con una posición supuestamente más desahogada, que insisten en la libertad. Y otros, “más progresistas”, en una posición supuestamente más desfavorecida, que insisten en la igualdad. La percepción de muchos es que aquellos que hablan desde una posición de ventaja, insisten más en la libertad, quizá como un modo de asegurarse su posición, que lograrán mantener si se impone una dinámica más liberal, puesto que ellos están en una posición de dominio. Mientras, los que están en una posición más vulnerable, por poseer menos medios económicos o menor fuerza para acceder a la educación de calidad, insisten más en la igualdad, puesto que si el marco que establecen los poderes públicos pone más el acento en la igualdad, ellos tendrán más oportunidades. 

El debate no es sencillo ni obvio. Bajo muchos aspectos, en mi opinión, esa percepción tiene bastante fundamento. No soy nada partidario de sacralizar las leyes del mercado, ni de considerar que la simple libre concurrencia lo mejora todo. Precisamente, la obligación de los poderes públicos es establecer marcos normativos que faciliten, dentro de ellos, que las leyes del mercado fomenten realmente la igualdad de oportunidades, preserven la pluralidad y no reduzcan el libre mercado a un contemplar impasiblemente cómo el fuerte se impone “libremente” sobre el débil. En una sociedad verdaderamente humana, el imperio de la ley y de los valores sociales debe sustituir al imperio de la fuerza, propio del reino animal. 

En ese sentido, me posiciono como un convencido de la necesidad de promover la igualdad de oportunidades en la educación, en vez de insistir demasiado en la libertad, para evitar que debate actual quede viciado por los motivos antes expuestos. 


¿Igualdad y/o pluralidad? 

Igualdad de oportunidades de acceso, pero… ¿acceso a qué? ¿Todos a lo mismo? En una democracia moderna, ¿podemos contentarnos con que todos reciban la misma educación, decidida, planificada e impartida siempre y solo por quienes manejan los resortes de los poderes públicos? ¿No corre entonces el peligro de convertirse en una palanca de uniformización, en una fácil tentación de establecer dinámicas de adoctrinamiento, al haber concentrado en ellos una responsabilidad tan enorme? 

Es obvio que todos los ciudadanos deben tener una igualdad de oportunidades en el acceso a la enseñanza, a la cultura, al saber, a sus posibilidades de llegar a un empleo digno en el que se realicen como personas. Pero parece obvio también que la igualdad de oportunidades debe ir ligada a la pluralidad de caminos que tomar. Una igualdad de oportunidades que se limite a que todos hagan lo mismo sería una caricatura de la igualdad, un señuelo propio de regímenes autoritarios ya felizmente desenmascarados en sus promesas de igualación. 

Siempre he pensado que para que una democracia continúe siendo siempre una democracia, ha de poner especial cuidado en que haya un gran respeto a la pluralidad en dos grandes ámbitos: en la educación y en los medios de comunicación. Si no hay un sistema plural de medios de comunicación y un sistema educativo plural, será muy difícil preservar una efectiva pluralidad de pensamiento, que es obviamente fundamental para que una democracia realmente lo sea. 

Hemos superado felizmente los tiempos del partido único, del modelo único, de la censura previa, de la falta de libertad de expresión o de asociación. Es fundamental que nadie se arrogue, retorciendo la realidad de las cosas, el derecho a imponer un modelo único. Y, por ejemplo, decir que solo puede haber enseñanza pública sería al menos tan ridículo como decir que solo puede medios de comunicación públicos. 


¿El que la quiera, que se la pague? 

En este punto del debate surge con frecuencia ese fácil descarte. No hay objeción ninguna a la enseñanza privada, pero… “el que la quiera, que se la pague; con dinero público, no; con mi dinero, no.” 

Podemos acudir entonces a una sencilla comparación. Los sindicatos y los partidos políticos son organizaciones privadas y se financian con dinero público. Los poderes públicos facilitan financiación a todos ellos, de acuerdo con su nivel de demanda e implantación (número de votos, escaños, concejales, representantes sindicales, etc.), pero desde luego no según la simpatía o cercanía ideológica o política que tengan con el gobierno de turno. Son, o al menos deberían ser, criterios objetivos de financiación, marcados por las leyes. 

Se entiende que esos partidos y sindicatos prestan servicios esenciales, y que por eso conviene financiarlos en régimen de igualdad de oportunidades, para enriquecer la pluralidad de opciones y hacer más libre y democrática la sociedad. 

Pues bien, la enseñanza es también un servicio esencial, y es lógico que reciba financiación pública según sea demandada por las familias, y desde luego no según la cercanía a las ideas políticas o ideológicas de quien gobierna en cada momento. 

Quienes dicen lo de que “el dinero público, para la escuela pública”, ¿deberían también entonces decir que un partido o un sindicato ha de ser de titularidad pública para poder recibir dinero público? Desde luego, eso sería volver a los tiempos de la dictadura, con sindicatos verticales y partido único, y no creo que sea lo que quieran. Hay en ellos, sin duda, una seria contradicción. 

Los partidos y sindicatos son organizaciones privadas, y el hecho de que sean organizaciones privadas es algo básico para garantizar la pluralidad y la igualdad de oportunidades en democracia. De la misma manera, sin una oferta educativa plural, adaptada a los deseos reales y demostrados de las familias, el futuro de la democracia quedaría en entredicho. Una educación que no fuera plural, que se impusiera a todos según un modelo único, poco a poco dejaría se der propiamente educación para deslizarse progresivamente en diversas formas de adoctrinamiento, de la misma manera que una información que no fuera plural poco a poco derivaría en propaganda. Por eso, una educación e información plurales son claves para la pluralidad de pensamiento y para la preservación de la democracia. 

Facilitar financiación pública a las escuelas privadas no debe ser una liberalidad ni una discrecionalidad de los gobiernos, sino un derecho de iniciativas civiles que crean espacios de pluralidad democrática. Lo natural es que se financien los proyectos educativos que funcionen bien y tengan demanda por parte de las familias, pues es el modo más sencillo de incentivar la mejora de la educación en un país. 

Las familias que eligen un tipo u otro de enseñanza pagan impuestos igualmente todas ellas, y por tanto tienen completo derecho a acceder a la financiación pública en igualdad de oportunidades con todos los demás. 

Y el hecho de que se reciba financiación pública no justifica imponer criterios pedagógicos, ni políticos, ni ideológicos. Solo unos parámetros mínimos de calidad en la prestación de esos servicios, como se exigen en cualquier otro servicio similar. El hecho de recibir un concierto educativo no debe suponer más que una rendición de cuentas sobre el empleo de los fondos públicos recibidos. 

La financiación pública no debe cercenar la pluralidad de modelos educativos, que es tan fundamental para evitar imposiciones ideológicas contrarias a la democracia. Y a quien dice que no está dispuesto a que con el dinero de sus impuestos se financien centros de enseñanza que no le gustan, quizá hay que hacerle ver que con los impuestos de todos (los de él y los de quien lleva a sus hijos a un colegio que a él no le gusta) se financian muchas cosas que a ninguno de los dos les interesará o gustará (sean determinados partidos, sindicatos, obras públicas, manifestaciones culturales, etc.), pero que son perfectamente legales y tienen todo el derecho de poder ser financiados, nos caigan mejor o peor. 


Financiación y autonomía 

El siguiente gran punto de debate es en qué medida el hecho de recibir dinero público limita la autonomía de un centro educativo. 

La Constitución Española, en su artículo 27, reconoce la libertad de enseñanza y el derecho de todos a la educación, e insiste en que los poderes públicos deben garantizar el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación que esté de acuerdo con sus propias convicciones. 

Por fortuna, se trata de un principio poco cuestionado en la actualidad. Pocos hablan hoy de hurtar a los padres el derecho a decidir sobre la educación de sus hijos, salvo aquellos pocos casos en que hayan de ser privados de la patria potestad mediante resolución judicial. 

Pero, volviendo a ese derecho de los padres a decidir sobre qué educación reciben sus hijos, es obvio que, para que eso sea posible, debe haber una pluralidad de oferta educativa, pues de lo contrario ese derecho fundamental quedaría en papel mojado. Deben existir centros docentes que desarrollen proyectos plurales y diversos, como garantía de una verdadera democracia, igual que debe haber partidos políticos o sindicatos o periódicos o televisiones plurales. 

Y es claro que, para que existan esos proyectos educativos plurales, debe haber libertad para crear centros docentes, como reconoce en el apartado 6º de dicho artículo, y debe haber también derecho a dirigirlos, como pronto reconoció a ese respecto el Tribunal Constitucional (STC 77/1985, ll.20), así como el derecho a definir el carácter propio de estos centros (STC 5/1981, ll.8-10 y STC 77/1985, ll.7-10), y el derecho de los padres a escoger libremente entre centros públicos o privados (STC 5/1981, ll.8 y STC 77/1985, ll.5). 

Las leyes orgánicas de educación de las últimas décadas, han establecido una serie de limitaciones a la autonomía a los centros privados que reciben financiación pública, y esas limitaciones se han centrado en tres cuestiones principales. 

Una es que deben incorporarse al sistema público de escolarización y emplear por tanto los mismos criterios de admisión que los centros públicos. Esto se ha implantado sin apenas debate, y hay que decir que los centros concertados se encuentran bastante cómodos en ese sentido. Las familias eligen con libertad el centro que prefieren, marcando un orden de prioridades, y los centros poco tienen que objetar, pues cuando una familia quiere un centro porque lo considera el mejor para su hijo, lo habitual es que el centro también quede satisfecho con la incorporación de esa familia. 

Otra segunda limitación de autonomía para los centros concertados es el Consejo Escolar. Se trata de un órgano colegiado de participación en el funcionamiento y gobierno de los centros públicos y concertados, mediante el que las administraciones educativas garantizan la intervención de la comunidad educativa en el control y gestión de dichos centros. La experiencia de estos últimos treinta años es que los centros concertados se encuentran también bastante cómodos en ese modelo, pues, aunque suponga una efectiva pérdida de autonomía, también es cierto que les obliga a implicar más a todos (profesores, padres, personal no docente y alumnos) en la marcha del centro, y eso a largo plazo suele ser un beneficio también para el titular y para todo el centro. 

La tercera de esas limitaciones se refiere a la prohibición de establecer cuotas obligatorias a las familias. Como la financiación pública suele ser muy ajustada o insuficiente, eso hace que la necesaria obtención de fondos para la buena marcha del centro acabe sometida a la voluntariedad de las familias. El titular tiene que ofrecer actividades y servicios añadidos que permitan la supervivencia económica del centro, y solo si son atractivos para las familias llevarán a estas a pagarlos. Todo ello lleva a los centros a elevar su calidad, como sucede por ejemplo, salvando las distancias, cuando las universidades han de prestar servicios externos para financiar sus proyectos de investigación: solo si son buenos reciben el dinero que necesitan, y eso les aleja de planteamientos ineficientes, o de públicos cautivos, nada positivos para la mejora de la educación. 

No es que estas tres limitaciones sean las únicas de los centros concertados, pero sí las principales, y a mi modo de ver bastante sensatas si las administraciones públicas las gestionan sin sectarismos. Es lógico que quien recibe dinero público esté abierto a todos y se someta a un sistema de rendición de cuentas, y dentro de las muchas formas de plantearlo, la actual es una de las posibles. La diversidad en cuanto a su aplicación real en las distintas comunidades autónomas se refiere sobre todo al último punto, a la mayor o menor flexibilidad en cuanto a las cuotas de las familias, y también en otro más, que es precisamente la apertura al establecimiento de nuevos conciertos, es decir, a la planificación educativa según la demanda real por parte de las familias. 


Cuotas de las familias 

Cuando una administración educativa se sobrepasa en su celo para limitar los cobros a las familias por actividades o servicios complementarios en los centros concertados, el resultado es que logra una igualación a la baja en el servicio educativo prestado. Si la financiación es finalista y es escasa –que lo es–, y además se dificulta que se haga cualquier mejora añadida, es obvio que eso obstaculiza su funcionamiento. Por el otro extremo, si hay un exceso de manga ancha en cuanto a esos cobros, hasta el punto de ser casi obligatorios, se resentiría la igualdad de oportunidades a la hora de elegir centro, pues algunos centros podrían en la práctica seleccionar a sus alumnos y quedarse solo con los que tienen más recursos. 

A su vez, las familias que eligen centros privados sin ninguna financiación pública, ahorran al erario público cantidades importantes, y lo hacen muchas veces con un importante sacrificio por su parte. Parece lógico que los poderes públicos establezcan un modo de financiación parcial también para esos centros, que, además de ahorrar dinero público, suponen un incremento de la pluralidad de oferta. 

Pienso que debe buscarse una solución satisfactoria para la red totalmente privada y para la red concertada, sin establecer oposición entre una y otra, ni entre ellas y la red pública. Debe buscarse una solución que no sea defensa de un interés de grupo, sino una solución de consenso, de respeto a la pluralidad de modelos consagrada en la Constitución. 

Una opción es elevar la financiación de la enseñanza concertada de modo que no necesite de cuotas a las familias. El problema es que nuestro nivel económico no permite hoy por hoy grandes incrementos, y, por otra parte, sería bueno que ese incremento económico se produjera en la medida que mejora la oferta de actividades y servicios. Por tanto, una solución práctica y barata es flexibilizar el cobro de cuotas a las familias, como se hace, con respeto a las leyes actuales vigentes, en muchos lugares. Esto hace que haya una financiación compartida entre la administración pública y la familia, que incentiva la calidad y que no lesiona la igualdad, pues esas actividades son añadidas y voluntarias, y además están sometidas a aprobación por parte del Consejo Escolar. 

Falta añadir, como ya se hace en algunas comunidades autónomas, una ayuda para quienes eligen centros totalmente privados, que bien puede ir por medio de una desgravación fiscal por esos gastos en educación por parte de la familia. Es una solución coherente con lo anterior. La enseñanza concertada es más barata para la familia, pero está más sometida a control en su financiación y en su gobierno, y está obligada a estar en el sistema público de escolarización. Quienes eligen una enseñanza no concertada pagan más, pero también tienen derecho a una ayuda, por ejemplo mediante una desgravación fiscal, como las hay para tantas otras cosas. 

Hay o ha habido desgravaciones fiscales por planes de pensiones, por inversión en vivienda, por ascendientes a cargo, por discapacidad, por nacimiento o cuidado de hijos, etc. Pienso que si un puesto escolar privado ahorra un puesto escolar público, y está demostrado que además lo hace muchas veces con un coste menor, tiene toda la lógica que ese gasto tenga un buen tratamiento fiscal, pues en conjunto supone un ahorro económico y a la vez aumenta la pluralidad en la educación y la satisfacción de las familias.


Tres redes complementarias 

Pienso que el día que se logre llegar a un debate sereno sobre este tema, un debate que permanezca ajeno a luchas políticas o ideológicas, ese día se verá con bastante claridad que no tiene demasiado sentido ese enfrentamiento entre la red pública, la red privada concertada y la red privada no concertada. Hay que encontrar un equilibrio en cuanto a los mecanismos de cálculo de las ayudas a cada red, pero partiendo de que todas satisfacen un servicio esencial que se ofrece a los ciudadanos, y que el dinero invertido en una u otra no tiene por qué ir en detrimento de las demás. Todas han de ofrecerse a los ciudadanos en un régimen de libre concurrencia, y han de competir noblemente por atraer alumnos con un marco económico claro y transparente, aceptado por todos. 

Creo que no es tan difícil. Ese marco abierto del que hablo mejorará a unos y a otros, pues quizá hoy la enseñanza es todavía un sector demasiado regulado y dependiente de públicos cautivos zonificados. Todo ciudadano responsable debería alegrarse de que la red pública de enseñanza sea cada vez mejor, y uno de los modos de lograrlo es que haya un régimen de mayor igualdad de oportunidades: para las familias, para los profesores y para quienes promueven y dirigen esos centros, sean públicos o privados. 

Con ese enfoque, lo ideal es que cualquiera que desee promover un nuevo centro y acredite un número suficiente de familias que lo demandan, tuviera acceso a un concierto educativo. En buena parte, se trata de un planteamiento ya ensayado en algunas comunidades autónomas españolas y por supuesto en el mundo anglosajón. 

Me preocupa también que haya demasiados que se inquietan demasiado ante cualquier posibilidad de competencia. No pienso que la competencia sea el único ni el mejor motor de la mejora de la enseñanza, pero sí pienso que algunos de los que tienen tanto temor a la competencia quizá esconden en esos miedos un mal disimulado deseo de que se prohíba cualquier movimiento de pudiera desenmascarar su propia mediocridad. 

¿De dónde proviene tanto enconamiento? Quizá porque el debate está contaminado por intereses políticos o ideológicos. La educación es uno de los puntos donde unos y otros buscan su diferenciación frente a sus oponentes, y es precisamente la educación quien sale más perjudicada en esas luchas. 

O quizá proviene de esa vieja idea de que la iniciativa privada siempre defiende intereses oscuros y egoístas, mientras que lo público persigue objetivos altruistas y nobles. Un axioma tan falso como pensar que las leyes de mercado lo arreglan todo. La enseñanza no es buena por ser pública ni por ser privada. La igualdad en la enseñanza no es mayor o menor por el mero hecho de acceder a un centro público o privado. La neutralidad no se garantiza por ser público o privado: es más, la neutralidad es casi imposible, y por eso la forma de evitar el adoctrinamiento es que haya un carácter propio del centro bien definido (también en los centros públicos) y que las familias puedan elegir sabiendo a dónde mandan a sus hijos. Los centros públicos también deben ser plurales, como lo debe serlo la oferta deportiva o cultural promovida por la autoridad pública. 

¿Cuándo la política fiscal es injusta? (artículo póstumo)

  Por Carlo Caffarra, Cardenal Arzobispo de Bolonia. Recientemente fallecido. El sistema fiscal es una parte relevante del pacto social, en ...