martes, 2 de febrero de 2016

Multitudes que deben ser escuchadas.

Una multitud marchó el sábado en Roma hasta el Circo Máximo para pedir al Senado que atienda el interés de los niños en ser criados por un padre y una madre. Hasta dos millones de personas se reunieron en la manifestación del Día de la Familia, celebrada en medio del debate político sobre el derecho de adopción en las parejas del mismo sexo.

La nueva ley de uniones civiles o “ley Cirinnà” –así llamada por la ponente del proyecto, la senadora del Partido Demócrata Monica Cirinnà– se someterá esta semana a la deliberación definitiva en la Cámara Alta italiana. El proyecto reconoce parcialmente la adopción de niños en las parejas del mismo sexo. Los grupos de presión homosexualistas han exigido una plena equiparación de estas uniones con el matrimonio natural. 

La presencia en la manifestación del ministro de Medio Ambiente, Gianluca Galletti, es una muestra de la falta de acuerdo en el Gobierno, en el Partido Demócrata y en la sociedad italiana ante la experimentación con menores de la adopción por dos hombres o dos mujeres. 

Las uniones civiles homosexuales son una prioridad en el programa de gobierno del primer ministro Mateo Renzi, volcado en las guerras culturales como último signo de distinción de una izquierda fracasada en las políticas económicas. La resistencia en la sociedad italiana a la ingeniería política de la familia está siendo mayor de la que el propio Renzi esperaba. 

La masiva respuesta del sábado en Roma ni siquiera se explica, esta vez, por la influencia de la Iglesia Católica en Italia. Tanto el Papa Francisco –obispo de Roma– como la Conferencia Episcopal Italiana adoptaron un perfil bajo ante la manifestación, organizada por entidades de la sociedad civil. 

Italia no es una excepción cultural en el reconocimiento de la naturaleza singular, insustituible, de la familia. El movimiento ciudadano La Manif por Tous, en Francia, ha sacado a la calle a cientos de miles de personas de todo el espectro ideológico, creyentes y no creyentes, para reivindicar el derecho de los niños a crecer con la referencia de un padre y una madre. Gobiernos como los de Polonia o Hungría se resisten a adoptar la tendencia a las leyes del aborto o la equiparación del matrimonio a las uniones homosexuales, que siguen sus colegas de España, Reino Unido o Francia. 

Se trata de una batalla cultural desigual, escorada por la fuerte presión de las instituciones europeas y los prescriptores ideológicos –medios de comunicación, industria del cine y la televisión, escuelas y universidades,…– para que Europa termine de abrazar la perspectiva del género en sus legislaciones. Las élites del Viejo Continente parecen complacidas con el colapso demográfico en ciernes, y no dudan en recetar nuevas dosis del veneno. Y aun así, contra todo pronóstico, una parte de las sociedades europeas siguen diciendo “no” a la invitación a suicidarse.– V. Gago 

[Con información de Actuall, El Mundo y CNBC, en inglés]
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