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domingo, 3 de mayo de 2015

la verdad sobre la condena a Galileo.

Por Alfonso Aguiló
      —¿Y se ha reconocido el gran sufrimiento que padeció Galileo por parte de hombres e instituciones de Iglesia?
        Juan Pablo II reconoció la grandeza de Galileo, y lamentó profundamente los errores de aquellos teólogos. Aunque, siendo objetivos, hay que decir que en torno a estos sufrimientos se ha creado un gran mito. Según una amplia encuesta realizada por el Consejo de Europa entre estudiantes de ciencias de todo el continente, casi el 30 % tienen el convencimiento de que Galileo fue quemado vivo en la hoguera por la Iglesia; y el 97 % están seguros de que fue sometido a torturas. Durante tres siglos, pintores, escritores y científicos han descrito con todo lujo de detalles las mazmorras y torturas sufridas por Galileo a causa de la cerrazón de la Iglesia. Y en eso no hay nada de verdad.
        Es indudable que Galileo sufrió mucho, pero la verdad histórica es que fue condenado solo a "formalem carcerem", una especie de reclusión domiciliaria. No pasó ni un día en la cárcel, ni sufrió ningún tipo de maltrato físico. No hubo por tanto mazmorras, ni torturas, ni hoguera. También es incuestionable que varios jueces se negaron a suscribir la sentencia, y que el Papa tampoco la firmó. 
        Galileo pudo seguir trabajando en su ciencia, siguió recibiendo visitas y publicando sus obras, hasta que murió pacíficamente nueve años después en su domicilio, en Arcetri, cerca de Florencia, como ya hemos dicho. Viviani, que le acompañó durante su enfermedad, testimonia que murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad, en su cama, con indulgencia plenaria y la bendición del Papa. Galileo vivió y murió como un buen creyente.
        —De todas formas, reconocer ahora ese error significa que el Magisterio de la Iglesia puede equivocarse...
        Ya hemos dicho que las resoluciones judiciales de un tribunal de esas características no comprometen el Magisterio de la Iglesia. Juan Pablo II, al término de los trabajos de la citada comisión, recordó la famosa frase de Baronio: "La intención del Espíritu Santo fue enseñarnos cómo se va al cielo, no cómo está estructurado el cielo". La asistencia divina a la Iglesia no se extiende a los problemas de orden científico-positivo. 
        La infeliz condena de Galileo está ahí para recordárnoslo. Este es su aspecto providencial. Es cierto que se ha tardado quizá demasiado tiempo en abordar a fondo este asunto. Por eso la Iglesia ha deplorado en diversas ocasiones ciertas actitudes que a veces no han faltado entre los mismos cristianos, que no han entendido suficientemente la legítima autonomía de la ciencia. De todos modos, hay que recordar que Galileo Galilei, como científico y como persona, ya estaba rehabilitado desde hacía mucho tiempo. De hecho, cuando en 1741 se alcanzó la prueba óptica del giro de la Tierra alrededor del Sol, Benedicto XIV mandó que el Santo Oficio concediera el "imprimatur" a la primera edición de las obras completas de Galileo. Y en 1822 hubo una reforma de la sentencia errónea de 1633, por decisión de Pío VII.
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