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viernes, 1 de julio de 2011

ÉTICA UNIVERSAL

Felipe Pou Ampuero

La naturaleza

La ley natural que reconoce todo hombre en su conciencia le hace ver que la manera correcta de actuar no es caprichosa, sino que se impone al hombre de tal manera que se puede afirmar que la naturaleza humana es ley para el propio hombre. Ser hombres y no ser animales implica comportarse como hombres y no comportarse como animales.

Esta percepción de la ley natural no se realiza en cada hombre como consecuencia de una abstracción de ideas o una elaboración intelectual concreta y determinada, sino que se realiza de una manera natural, se podría decir que la ley natural interviene en el obrar del hombre de una manera espontánea. Otra cosa será que cada hombre, en ejercicio de su libertad, quiera hacer caso a la voz de su conciencia o no.

Tradicionalmente se distinguen en los seres vivos tres grandes conjuntos de dinamismos. El primero comprende la inclinación a conservar  la propia vida: es el instinto de supervivencia. Esta inclinación a vivir es la que nos hace capaces de superar las situaciones difíciles y evitar el peligro. Hasta huir de la muerte. Tan es así, que cuando un hombre desea la muerte nos hace ver que no está en su sano juicio. Amparadas en esta inclinación se encuentran todas las actuaciones del hombre que tienden a la integridad del cuerpo y de la vida, la búsqueda de la salud y el deseo de una vida saludable. La primera apreciación de la felicidad la podemos encontrar en la ausencia de enfermedades.

El segundo, es el instinto o inclinación a perpetuarse y a continuar la especie. Es la procreación y la tendencia a permanecer en el ser, a seguir existiendo por medio de las futuras generaciones y la prolongación de la memoria de cada hombre en la vida de sus descendientes. Es la memoria histórica de cada hombre que le hace no sentirse un ser aislado y sin pasado, sino una persona con una concreta explicación.

Consecuencia de esta inclinación natural a la procreación es la inclinación natural del hombre hacia la mujer y viceversa. También la inclinación natural al cariño hacia la prole —nadie se siente forzado a querer a sus hijos— y a su cuidado y educación como un bien para los propios hijos y no como una obligación.

Esta inclinación implica la fidelidad como un elemento necesario para el debido cumplimiento de la procreación y educación de la descendencia.

Y el tercero, que es propio solamente de los hombres por su naturaleza racional, es el instinto de saber y preguntarse por las cosas. Es el afán de conocer que descubrimos en todos los niños cuando comienzan la edad de los «por qués».

El afán de conocer la verdad presupone la capacidad de conocerla por nuestra naturaleza racional. Por esta capacidad podemos entrar en diálogo con nuestros semejantes y preguntarles y responderles y juntos buscar y encontrar la verdad común de todos los hombres.
 
Esta tercera inclinación presupone la inclinación natural a vivir en sociedad, con nuestros semejantes, y no ser unos ermitaños o seres aislados que evitan el roce con los demás hombres.
Esta inclinación natural a buscar la verdad le hace comprender al hombre, por medio de su razón, que el universo también está abierto a la verdad y no se explica por sí solo acudiendo a leyes materiales o físicas. La razón le hace ver al hombre que el origen del universo no puede ser el mismo universo puesto que no es capaz de darse el ser a sí mismo.
Así, el hombre también puede concluir que la ley natural que descubre en su naturaleza no tiene, tampoco, su origen en sí misma, sino que es una participación de otra ley superior que podemos denominar la ley eterna.

La naturaleza humana

La noción de naturaleza es compleja y no es unívoca. Desde luego la naturaleza no se identifica necesariamente con lo material. Naturaleza son las plantas, pero la naturaleza del hombre, la naturaleza humana, no se identifica con su cuerpo. El cuerpo es una parte del hombre: imprescindible y necesaria, pero una parte. En el cuerpo no está todo el hombre, por tanto, el cuerpo sólo no es el hombre.

   Sin embargo, el hombre no puede prescindir de su cuerpo. El hombre puede conocer y amar, dar y entrar en comunión con otros: puede trascender. El hombre es libre y puede decidir su destino. Incluso puede no obedecer la voz de su conciencia. Pero el hombre tampoco es su libertad. Si definiéramos al hombre por su libertad no hablaríamos de todo el hombre.

   Algunos piensan que el cuerpo es como una cárcel para la persona porque le limita y encierra en su manera de ser. Pero cuerpo y persona no se oponen, más bien, se necesitan y se complementan. Entre otras razones, porque mi libertad parte de que soy varón y no mujer, alto y no bajo, delgado y no gordo, y dentro de estas circunstancias que conforman mi manera de ser ejerzo mi libertad que nunca se ejerce en abstracto, sino en concreto, en un «aquí y ahora» existencial.
   
El hombre, por su razón, descubre que su naturaleza humana no es mecánica, ni solo material, ni anónima, ni mucho menos animal. Descubre que es un ser racional que conoce y descubre la vida desde un cuerpo que le sitúa en un tiempo y en un espacio concreto.

   El conocimiento de su propia naturaleza humana le manifiesta al hombre su propia ley natural y su manera correcta de actuar como un ser vivo que protege la vida, que se perpetúa en fidelidad y que aspira a ser poseído por la verdad.

La libertad humana
  
La libertad del hombre es una libertad para el cumplimiento de las inclinaciones naturales del hombre: vida, procreación y verdad. No es una libertad antojadiza y banal cuya única finalidad fuera permitir la autodestrucción del hombre. Esto no sería lógico ni racional. La libertad del hombre es para el bien del hombre y no para su mal.

   El derecho aparece cuando dos personas entran en relación. Es el paso de la persona a la sociedad. Pero la persona está en el centro de la sociedad porque es un fin y no es un medio. La persona es anterior a la sociedad y no al revés, pero la persona es un ser social por naturaleza, no por elección libre o por afición.

   Por la vocación social cada hombre tiene en común con los demás hombres un conjunto de bienes a conseguir y unos valores a defender en la sociedad: es lo que se llama el «bien común».

   La sociedad que se organiza con la mirada puesta en el bien común de sus miembros responde a una exigencia de la naturaleza humana del hombre. La ley natural aparece, entonces, como el horizonte normativo de todas las normas del derecho positivo en el que debe desenvolverse el orden político.

   La persona es anterior a la sociedad y la sociedad solamente puede ser humana si responde a las expectativas de la ley natural inscrita en el corazón del hombre.

La justicia es anterior

   Porque el derecho no es arbitrario. El derecho debe ser justo. La exigencia de la justicia deriva de la ley natural. No es el derecho el que decide que una cosa es justa. Las normas de la justicia no son el resultado de un acuerdo humano o de poderes. La justicia es anterior y porque las cosas son justas se aceptan como conformes a derecho.

   La justicia para el hombre no viene de un contrato social de los hombres que forman una sociedad o comunidad política concreta y determinada, sino que la justicia para el hombre viene de su  misma manera de ser, de su propia naturaleza y así cuando algo es conforme a la naturaleza humana podemos decir que es humano y no animal y por eso mismo es justo.

   Al contrario, cuando el legislador no reconoce la justicia derivada de la ley natural e impone su propio criterio de justicia pretendiendo que su sola voluntad haga la ley entonces el legislador no es el intérprete de lo justo sino que pretende apropiarse de la verdad.

 Por esta razón, que es natural y de justicia, el estado no puede erigirse en poseedor del sentido último de la vida del hombre, no puede imponer una ideología ni un pensamiento único.

   El estado debe procurar a los ciudadanos aquello que les es necesario para su propia realización y esto incluye algunos valores espirituales y religiosos, así como la libertad para que puedan decidir en relación a lo eterno y absoluto y los bienes supremos. Pero el estado no puede proporcionar los bienes sobrenaturales que son de otro orden distinto del temporal.

   La organización del estado y la política derivan del orden natural del hombre a la sociedad y a vivir en común y deben actuar en un debate racional abierto a la trascendencia. Pero esta convicción es racional, no es religiosa o de fe, porque deriva de la comprensión racional de la naturaleza del hombre y no de un credo religioso.

   Al mismo tiempo, también es posible llegar a comprender por medio de la razón que algunos hombres se encuentran limitados para comprender su verdadero sentido por las pasiones, intereses contradictorios y prejuicios que les oscurecen la razón y de los que necesitan liberarse.

El descubrimiento de la ley natural responde a la búsqueda de una humanidad que siempre se ha esforzado en darse reglas para la vida moral y para la vida en sociedad, que para poder ser reconocidas por todos los hombres de todas las culturas deben tener su fuente en la misma persona, en sus necesidades, en sus inclinaciones.
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