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viernes, 8 de julio de 2011

BUSCANDO UN CAMINO DE RETORNO

por Fernando Hurtado

A petición de varias personas, coloco en primera línea de mi blog la comunicación que hice hace cinco años a un Congreso promovido por una ONG de Estados Unidos, sobre la Educación en la adolescencia. El subtítulo que dí a este documento es más expresivo de su contenido: "Relación varón-mujer hoy". La situación que se recoge sigue en progresión y no desmiente ninguno de los pilares antropológicos del razonamiento. Por este motivo, el hecho de pasar unos años hace que tenga un valor mayor como testimonio. Soy profesor en un colegio de chicos, y los aspectos fenomenológicos de este estudio son absolutamente reales.

Recientemente tuve ocasión de ver la película italiana Caterina va in città. Una chica de 15 años se traslada a vivir desde un pueblo a Roma. En su diario va recogiendo el impacto que le produce el nuevo ambiente en que se desarrolla su vida. El film presenta un perfil psicológico y sociológico de los adolescentes italianos, un retrato sencillo y profundo de la sociedad: costumbres y relaciones entre chicos y chicas y con sus padres, estilos de vida de los padres, situaciones humanas en las diversas familias, ideales de unos y de otros.
La protagonista es una chica normal, no especialmente guapa ni inteligente. Destaca, sí, por ser natural, espontánea y reflexiva. Los compañeros de Liceo en Roma pertenecen a la clase más alta, y ella “es la que menos sabe de la vida”, y la más ingenua. Precisamente por esas “cualidades tan llamativas”, las demás chicas buscan su amistad.

Aunque los chicos aparecen constantemente en la película, no juegan papel alguno. No tanto porque el film se centre en personajes femeninos, sino porque, a igualdad de edades, representan como un grupo inferior aparte.

Es de destacar que, salvo Caterina, la actuación y decisión de las chicas es “casi masculina”. Sus expresiones vocales son muy fuertes. Sus sentimientos específicamente femeninos son pobres; el trato entre ellas es duro y hasta cruel.

Se advierte en rostros y formas, que, a pesar de su adolescencia, casi todas han pasado por clínicas de cirugía estética.

La afectividad específica entre chico y chica no aparece en ningún momento. Apenas se tratan, aunque se buscan ocasionalmente para mantener una relación física, que no crea entre ellos intimidad alguna. Curiosamente se da trato afectivo entre las chicas. Dos son lesbianas.

Después de esta descripción, llamémosla fenomenológica, perfilo algunas reflexiones complementarias:

-A esa edad, el rol del varón (no sabemos cuál será su desarrollo posterior en esta generación) es muy inferior al de la mujer; y su personalidad más pobre.

-La mujer se presenta autosuficiente en todos los ámbitos del vivir cotidiano y en su afectividad.

-En las relaciones de tipo sexual, la iniciativa y la sensualidad parecen predominar en la mujer.

-Puede parecer imposible (salvo con la “extraña” Caterina) que entre mujer y varón se de alguna clase de afecto, o algo distinto que un “rato de sexo”.

-Son personas con experiencias fuertes de desengaño respecto a sus padres, casi todos divorciados y conviviendo con otras personas. Se percibe como un fondo de soledad profunda de la que quieren como escaparse alocadamente. No se advierte felicidad. Lo superficial de la existencia se trata de compensar con un cúmulo de sensaciones fuertes.

Resumiendo, es como si la vida hubiera tomado de manera inconsciente un rumbo sin paradero, contra la misma naturaleza. No existen proyectos vitales; son todos accidentales, a corto plazo, y, en el fondo, no satisfacen ni atraen suficientemente.

El mundo que se ha configurado actualmente lo veo plasmado en las amigas de Caterina. Pero van en busca –por necesidad y por atractivo- del mundo y de la personalidad que presenta Caterina. La ternura, la ingenuidad, y el conjunto de ideales penas y amores reales que presenta Caterina, casi una niña, da un toque luminoso a cuantos la conocen. La verdadera persona humana es indicación para las demás.

MUTACIONES ANTROPOLÓGICAS

Al hablar de mutación no quiero ni siquiera recordar la evolución darviniana, con su determinismo que comporta. Cada persona es distinta y libre, pero comparte la misma naturaleza. Las tendencias fundamentales del hombre son semejantes: el varón y la mujer sienten atracción física y afectiva; el uno por el otro tienen inclinación al enamoramiento. También son iguales los sentimientos hacia los hijos, ante la fidelidad, la vida o la muerte.

Llamo mutación de la conducta habitual a un fenómeno no natural y que, por tanto, en un primer momento ha de ser inducido contra naturaleza, presentándose como defecto o carencia. Forzador de nuevos comportamientos, no admitidos o asimilables de entrada; generador de conductas extrañas, incómodas, que sobreviven por acostumbramiento, después de experimentadas por el sujeto numerosas veces. Ese nuevo hábito, generador de acciones, no puede mutar la naturaleza humana, pero sí la personalidad individual. Incluso podría generalizarse, y mostrarse como “lo verdadero”

De este modo se pueden inducir cambios en la sociedad, en la personalidad humana, incidiendo previamente en las conductas, presentando una actuación como buena y natural y, por tanto, aceptable por muchos… Mediante imágenes, vía cine o televisión, se puede presentar con naturalidad una conducta no natural. Aunque no sea verdadera, puede tomar la apariencia de verdad, y por tanto de bondad. Para poder realizar una empresa semejante, se ha de poseer una profunda claridad ideológica y un gran poderío económico. En este momento, sólo los Estados y algunos grupos disponen de la fuerza capaz de sacar adelante ideologías.

Pretendo llamar la atención sobre la necesidad de agentes poderosos para inducir “mutaciones” en la conducta de la persona humana a nivel planetario. En estos momentos de la historia no podemos pecar de ingenuos. Por ejemplo, todos sentimos respeto hacia las personas con tendencia homosexual, pero muy pocos creen que es “natural” que esas tendencias generen uniones equiparables al matrimonio. Quién podría pensar, además, que se llegaría a aprobar en diversos Parlamentos. Menos aún, pienso que la representación del amor homosexual, encierre en sí tal belleza y atractivo, que películas con ese guión ganen oscares.

Aunque lo presento sólo como una hipótesis, es lógico pensar en un poder, tan fuerte en lo económico y político, que asusta. Es evidente que es una ideología: está moviendo la cultura, el arte, los medios de comunicación, la industria; llega a todos los rincones de la tierra. Ideología común, suma sus fuerzas, actuación eficaz y sin levantar sospechas hacia nadie concreto. Y lo que está en mente es un proyecto de hombre o de humanidad distintos, que ya se está implantando.

Por ejemplo, desde hace unos cuarenta años, aprovechando la justa batalla que se está batiendo por la igualdad de la mujer, entraron para moldear otro tipo de mujer. Lo desarrollaremos de manera más extensa en las páginas que siguen. No es natural, ni posible, que la libertad –que tanto sabe de la diversidad- marche sobre unos raíles tan concretos en lo accidental y en lo esencial. ¿Cómo conseguir sin poder ni manipulación que las chicas del mundo vistan del mismo modo? Como el estilo común se marca a nivel mundial por la televisión y el cine, no cabe más conclusión que ésta: ciertos grupos con pretensiones ideológicas y de poder mundial (no excluyo, lo económico: se necesita) han escogido y se han hecho dueños del cine, de las cadenas de televisión y de publicidad de medio mundo. Tanta concordancia nos llena de sospecha. Y es tan sagaz, y repito a propósito, tan poderoso, que consigue el milagro de que casi nadie acierte a saber “quién está detrás”.

Los biólogos sabemos que un cambio fisiológico es imposible que se transmita (a eso llamamos mutación), a no ser que proceda o derive en una alteración cromosómica. La alteración sí que puede transmitirse por generación. Lo normal es que un cambio fisiológico no responda a un cambio cromosómico y sea corregido por el mismo cromosoma, precisamente al no encontrarse dirigido por él. Para saber si se da una mutación ha de permanecer el cambio y transmitirse por generación.

En este sentido, el mundo de lo humano, del pensamiento, de los sentimientos, modos de actuación, tendencias, etc., resultaría a primera vista más moldeable… Pero sucede lo contrario. La naturaleza humana sólo admite cambios (y es bueno que sea así) en lo accidental. Si, aparentemente, se produce un cambio estructural, en realidad se ha debido a una imposición temporal. Y la naturaleza, el ser humano, se liberará antes o después, de ese encorsertamiento a su libertad. Deseemos que la caída de lo falso o degradado no ocurra con violencia, como en otros momentos de la historia, sino del mismo modo que el aparentemente irremovible “telón de acero”, cuando cientos de millones de seres humanos se liberaron del dirigismo político y moral.

También hemos de esperar, y procurar, que se haga lo suficientemente pronto, para que no se generalice el pensamiento de que, al cambiar de modo tan rápido leyes esenciales, se puede inferir que no exista ninguna con carácter absoluto, y que por tanto estén de más las leyes como los estados que las promulgan. La naturaleza humana rehuye las imposiciones a medio y a largo plazo y no acepta las leyes, sin coherencia interna, que se apoyan exclusivamente en el poder del legislador. Esta pérdida de valoración cívica desencadenaría el caos.

Situación actual de la relación varón-mujer, especialmente en la adolescencia, con algunas propuestas educativas

Espero y deseo que este rodeo que he dado hasta aquí, nos introduzca más fácilmente en el tema de este trabajo sobre la sexualidad humana.

La sexualidad es el componente más determinante de la personalidad. Determina al sujeto a ser persona masculina o persona femenina; es decir, varón o mujer. Estructuralmente –no de modo moral- es la diferenciación mayor que se da en el individuo. Este modo de definición que abarca connotaciones fisiológicas, afectivas y de relación, es determinante para la realización personal de los individuos singulares. Las distinciones que comporta entrañan al mismo tiempo una complementariedad tal, que sólo en ella el ser humano alcanza el amor y, por tanto, la felicidad, y por ella, la plenitud de la personalidad.

Presenta la sexualidad tres componentes constitutivos. La diferencia sexual física entraña funciones y órganos distintos y complementarios en la mujer y en el varón, que actualizan la atracción física (aunque no sólo física, porque no hay nada realmente humano que sea sólo físico, material), la admiración, la consideración perfeccionadora de la duplicidad de presentación del ser humano.

La afectividad es otro componente. Cuando hablamos de afectividad del hombre y de la mujer, nos estamos refiriendo a dos modos distintos, pero complementarios, de apreciarse, de valorarse, de sentir la personalidad, la presencia “del otro”, “al otro”. Con mayor o menos intensidad se da en cualquier relación entre hombre y mujer, aunque sea accidental. Nadie trata ni es tratado(a) de modo igual por un hombre que por una mujer; ni siquiera mira de modo igual ni es mirado(a) de igual modo por un hombre que por una mujer. Sobre la tendencia a la maternidad y a la paternidad -tercera dimensión de la sexualidad- hablaremos con extensión más adelante; pero ya advertimos que son la parte esencial de la cuestión que nos hemos planteado.

Trataremos más adelante con detalle el componente de tendencia a la maternidad y a la paternidad. Adelantamos que, en el caso de la mujer, es el que mas consecuencias ha tenido en la relación con el varón.

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Tanto el elemento fisiológico como el afectivo son interiorizados en la persona, en dos dimensiones: en relación con uno mismo, y en relación con el varón o con la mujer.

En la mujer:

1. En relación a sí misma, la mujer percibe su propio cuerpo en su forma anatómico-esponsal. Su estructura llama a relaciones maternales y esponsales dinámicas. A la niña preadolescente le adviene la llegada de la menstruación y el crecimiento de sus pechos; no le acaece de un modo simplemente físico, sino en relación a una tendencia a la maternidad, que capta.

Más tarde, por un desarrollo más espiritual que material, advierte su genitalidad, acompañada de una fuerte tendencia a la afectividad por el varón. Esa genitalidad se integrará también, ahora más fuertemente, con la tendencia a la maternidad (ser madre por medio del varón al que llegue a amar).

Como se puede ver, su tendencia a la maternidad, la afectividad y la unión física, tienden a integrarse en la persona, enriqueciéndola y preparándola para el amor. Más tarde veremos el efecto de des-integrar estos aspectos.

2. En relación “al otro”, la percepción de sí misma se enriquece aún más. La unión de los tres componentes de la sexualidad la conducen a una mirada sobre el varón de un calado que supera el orden físico. Por eso, la mujer tiene tendencia a valorar las virtudes morales del varón, sublimando y alcanzando el valor espiritual de lo material. Le complace más en el varón el rostro, la voz, el modo de mirar. La sensualidad de la mujer se concentra más en esos aspectos y, al ser de carácter menos físico, hace que en un primer momento tenga una riqueza afectiva más intensa que el hombre. Por eso será ella la que “enseñará” al varón a vivir de un modo más afectivo.

En el varón

1. En relación a sí mismo, se le hace presente el componente de unión física con la mujer con más fuerza. Constitutivamente es así. Su cuerpo reacciona fisiológica y visiblemente ante el cuerpo de la mujer (por eso lo cubre más; tiene más pudor); en cierto modo “reclama la unión con la mujer”. Durante la preadolescencia, la liberación involuntaria de espermatozoides en el sueño, junto a un intenso placer, aunque le despiertan el sentido de paternidad, llaman más fuertemente al encuentro físico con el cuerpo de la mujer.

2. En relación a las chicas, su más elevada sensualidad le inclina a valorarlas más en sus proporciones físicas –más suavizadas y bellas que en él mismo-, y en la percepción de los elementos de la mujer en los que está inscrita la maternidad y la unión esponsal, pero más desligados del afecto y de la paternidad.



INTERACCIÓN DE LAS DOS RELACIONES.


1. En casos normales, es decir, sin alteraciones, la mujer:

a) Piensa en el varón con un cierto romanticismo, consecuencia de la apreciación más espiritual que sensual que tiene de él. La conciencia de la riqueza de expresividad de su propio cuerpo, le lleva no a ocultarlo, pero sí a velarlo de tal modo que los valores sexuales físicos y la forma más esponsal -de acogida al varón- de su cuerpo, no concentren su mirada de modo casi exclusivo, sino que la alcance a toda su persona, cuerpo y espíritu.

b) Siempre corre el riesgo de pensar que al no sentir una sensualidad tan fuerte hacia el varón, la de éste por ella sea del mismo tenor. Esto supone a veces –incluso de manera inconsciente- que presente su cuerpo de modo provocativo para el varón.

2. En las mismas condiciones, el varón:

a) Advierte que la donación de la mujer no se va a dar si no nace el amor mutuo entre los dos. Sabe que la insinuación de un trato meramente físico, le haría ser descartado por ella como pretendiente serio.

b) Necesita la conquista amorosa; y precisamente en ella, su modo de ser se va a ir acoplando progresivamente al modo de ser de la mujer, consiguiendo la complementariedad afectiva y el instinto paternal que anteriormente poseía de modo más pobre.

Podríamos asegurar, en líneas generales, que la “protagonista principal” del amor humano es la mujer. Cuando no lo ha sido, o se ocultó su protagonismo, acaecieron males a la sociedad. Es cierto que una cultura “masculina” redujo en determinados ambientes a la mujer en el mejor de los casos a ser una buena “madre y criadora” de hijos (absolutización del elemento procreativo del matrimonio); o un objeto de placer (absolutización del elemento fisiológico). Pero supuso la velación, durante tiempo, no sólo de la dignidad de la mujer, sino de la grandeza del amor humano.

CAMBIOS DE CONDUCTA TRASCENDENTALES. SUS CAUSAS.

Desde mediados del siglo XX, comienza con fuerza una reacción esperada y necesaria: la lucha por la recuperación de la dignidad que es propia a la mujer, que es la misma, exactamente la misma y en todos los aspectos, que la del varón. El predominio de lo masculino era evidente, incluso dentro de la misma familia. La mujer interviene más que el varón en todos los aspectos de la formación y desarrollo de la familia. Ella tiene más conciencia de la vida, que se forma en su cuerpo. De modo natural tiene un concepto más elevado que el varón de la unión conyugal, y también, siguiendo la misma lógica, del amor maternal al hijo que nace de ella, al hijo que se alimenta de ella, al que cuida, educa… ¡Qué relación mayor podría existir! El varón, en bastantes ocasiones se mantenía como fuera de la familia: no concibe, no siente el desarrollo de la vida, su cercanía al hijo es más tardía y de menor intensidad. Precisamente, el hombre es introducido en el círculo de la vida, y descubre su paternidad, por la maternidad de la mujer.

A pesar de esto, se hablaba del varón como del protagonista familiar, el cabeza, el responsable… Y no. Hasta la terminología de “matrimonio” (“munus matris”, oficio de la madre) y “patrimonio” (“munus patris”, oficio del padre) es significativa… A pesar de la sobrevaloración de la figura del varón, la familia era lo más importante para los dos (también para el Estado).

Y llegó el gran cambio de rol y de conducta.

Creo que todos estamos de acuerdo en que uno de los mayores cambios –si no, el más definitivo- que se produce en el siglo XX (por tanto el acontecimiento principal, según la estimación de muchos) es el de la noción primero ideológica, y progresivamente más real, del papel y de la conducta de la mujer. Es un cambio ciertamente de la mujer en sí misma. Pero se ha de añadir: un cambio respecto al varón, pues en su relación con el varón radicaba su desigualdad y la falta de valoración de su dignidad.

Si deseaba adquirir formación universitaria, que el varón ya recibía, en el fondo debía enfrentarse a él; lo mismo sucedía con los puestos de trabajo; su antagonista era el varón, etc. La defensa por su dignidad se convirtió no sólo en encontrar su sitio propio, sino que manipulada, se transformó en una lucha contra el varón para conseguir la independencia del varón. Es verdad que el varón le impedía ser ella misma, pero no en todos los campos. La lucha, sin embargo, alimentada por el feminismo radical, abarcó todos los campos, también aquellos en los que la mujer y el varón tienen una relación de dependencia esencial. Pero hasta ahí llegó la liberación. La manipulación le hizo asimilar características internas y externas del varón, que oscurecían su personalidad. Aunque es un botón de muestra, y en un terreno accidental, en un determinado momento comienza a generalizarse en la mujer el uso de pantalones, vestimenta hasta ese momento masculina. Cabría esperar, que en aras de la misma igualdad, el varón alternara la falda y el pantalón (no hubiera supuesto algo llamativo). Pero el hombre no hizo ni esa concesión en su expresión corporal. Continuó siendo férreamente él mismo.

LA SUPERPOBLACIÓN, LOS ANTICONCEPTIVOS Y LA MUJER.

De modo cercano, el comienzo del problema lo situamos –repetimos- con la manipulación de la esperada liberación de la mujer en los años 60. Progresivamente se va incidiendo en su personalidad que llega a adoptar conductas contrarias a las naturales. Sitúo como elemento clave de esa manipulación la propaganda –falsa, como se ha demostrado después- sobre la posibilidad de la superpoblación mundial, que ponía en peligro la supervivencia en la tierra. Con la misma fuerza destaco la introducción de la píldora anticonceptiva como reguladora de la población.

El razonamiento más en boga en esas fechas sobre la bondad de la píldora anticonceptiva, nos muestra la validez de nuestra opinión. El acto sexual matrimonial –se argumentaba- es “acechado” siempre en su biología por la posible llegada de un nuevo hijo, quitándole la espontaneidad necesaria para expresar todo su significado. Dominada la biología por la píldora, ese acto sería más humano y dejaría camino libre a la afectividad. Cuando se deseara tener un hijo, este hijo procedería de un querer más afectivo y al mismo tiempo menos biológico, más humano.

Al desintegrar los tres componentes de la sexualidad, cuando al hijo –aunque sólo fuera mentalmente- se le consideró “un producto biológico”, se “biologizó” toda la relación. No sólo no aumentó la afectividad, sino que desapareció, al multiplicarse el valor y la casi exclusividad del aspecto físico. La afectividad quedó sin apoyos, y su falta generó –como era lógico- una atracción incontrolada hacia los cuerpos de todas las mujeres; es decir de aquellas mujeres que muestran más un mejor cuerpo. La consecuencia fue el aumento de la infidelidad en el matrimonio; y el aumento de la promiscuidad entre chicos y chicas. El olvido del hijo se hizo también muy patente con la caída de los coeficientes de natalidad.

Estas y otras consecuencias fueron generadas por la mentalidad anti-baby. Los hijos de esa generación recibieron de sus padres, junto a la falta del amor paterno-materno, el recién estrenado amor-libre. Estos últimos son hoy los padres de los chavales problemáticos de esta generación. Difícilmente encontrarán ellos las soluciones morales.


LA MODA: EL PODER Y LA DEBILIDAD DEL CUERPO.


Aunque a lo largo de los siglos se habían dado grandes cambios en la presentación física de la mujer, desde lejos, sin prisa, comienza a ponerse por obra un proyecto que supera el orden de la moda. Mentes conocedoras de la psicología y la antropología humana, y llenas de astucia y malicia, van a envenenar la relación varón y mujer hasta un límite difícil de imaginar. Por esta causa, junto a la liberación de la mujer, se ponía en marcha el movimiento que esclavizaría aún más a la mujer, y del modo más vil, pues la convertía en objeto placentero para el varón, y “artículo decorativo” para la humanidad.

La superioridad en belleza y significado del cuerpo serán ahora la clave de independencia. Comienza una nueva atención hacia el modo de expresión física de la mujer: parece como algo intrascendente, pero va a alterar de modo progresivo el modo de relación entre varón y mujer, por tanto de amor entre hombre y mujer. Y todos sus derivados: familia, hijos, etc. En estos momentos, a comienzos de este tercer milenio está culminando este nuevo modo de relación.

No es viable; es decir, no podrá ser permanente, pero dejará muchas víctimas en el camino antes de que comience a debilitarse y la naturaleza lo neutralice y regenere.

El cuerpo de la mujer está siendo cada vez más el verdadero protagonista en la relación con el varón, precisamente por mostrarse más la persona femenina como cuerpo, o en relación al atractivo físico de su cuerpo. El varón está desarrollando una fuerte sensualidad en su vida diaria, hasta un grado nunca alcanzado. Pero el cuerpo, presentado sin el alma, es sólo material; y lo material es medible, cuantificable, comparable, utilizable. Desde que comenzó la búsqueda de la liberación de la mujer, algunos la hicieron compatible con una nueva explotación de la mujer –y del varón, por medio de ella- que se ha dado en los dos últimos milenios; una explotación del cuerpo de muchas mujeres, que se someten y se venden. Tantas veces habría que decir: que son sometidas y vendidas (baste pensar en el turismo y tráfico sexual existente en Europa y en Asia en estos momentos).

El predominio de la fisiología comenzó a ser la mejor clave expresiva femenina. Nació el culto al cuerpo, y el sometimiento al cuerpo. En ese culto, el cuerpo femenino sacrificó la afectividad y la tendencia a la maternidad (aunque, no quedara ya mucha). Lo fisiológico pasó a ser trascendente; mientras, la maternidad se convirtió “en el aspecto reproductivo”, y por tanto lo menos noble del cuerpo. Con este panorama, la afectividad, los sentimientos, sucumbieron ante el placer y pasaron a ser algo secundario y olvidado: se intercambió el oro por el oropel.

INTERACCIÓN ENTRE MASCULINIDAD Y FEMINIDAD EN ESTAS CONDICIONES.


La mujer capta en estos momentos con clarividencia que su cuerpo atrae con fuerza, subyuga al hombre. Le hace admirarla, desearla, y sacrificarse por ella. No es el cuerpo sin más, sino el cuerpo en actitud de oferta de sus valores fisiológico-sexuales, para satisfacerse en ellos, al menos en su contemplación. Así lo presenta la moda, y lo difunden los mass-media. La búsqueda de la perfección, en aras a ese ensalzamiento, se impone gustosa, incluso como necesaria.

Conseguida la perfección y proporción física en el mayor grado posible, presentándola como en oferta de la manera más real desde una tierna edad (más o menos a partir de los 12 años) se consigue que el varón ya sólo mire y desee el cuerpo de la mujer como lo más placentero de su vida. La moda, con sus novedades anuales, es esperada por significar siempre un complemento en la expresividad corporal.

Fenomenología de la moda actual, en la mujer.

-la mujer mostrará casi plenamente su cuerpo; o bien el contorno exacto (ropa ajustada);

-la moda se pondrá al servicio de esta causa. Cobran importancia capital las insinuaciones, como una presentación limitada: escotes, ropa ajustada, mostrar parte y color de las prendas íntimas, etc. (se funda en la asociación de ideas que obra la imaginación en el varón);

-se procura que la mujer sienta una gran autosatisfacción, por la admiración que suele despertar;

-se la induce a pensar que de este modo conseguirá fácilmente “el afecto” del varón. Y la mujer confunde con frecuencia el carácter afectivo o de ternura que parecen tener las caricias del varón a su cuerpo. Se da a partir de los 12-13 años entre chicos y chicas en España;

-progresivamente, la relación se va haciendo completamente física, con cuidado sólo de su dimensión de placer, sin atención al afecto. Promiscuidad en colegios, donde cada chico y chica tiene experiencias sexuales con casi todos sus compañeros.

-el valor del su cuerpo es rebajado a objeto de placer. La herida en la conciencia femenina es prácticamente irreparable;

-en este proceso, por la edad tan temprana en que comienza el culto al cuerpo, no da tiempo a la preadolescente y a la adolescente de experimentar la tendencia a la maternidad y el componente afectivo. Menos aún el varón.

Impacto en el varón

Quizá en estos momentos, a través de la moda femenina, el varón está sufriendo la “hipersensualidad” mayor de la historia, con resquebrajamiento en los tres componentes de la sexualidad. Curiosamente, la moda masculina no ha tenido prácticamente evolución.

El chico experimenta hoy:

-reacciones muy fuertes en su fisiología desde la preadolescencia;

-es reclamado al trato sexual (es novedoso) por ellas de manera indirecta o directa;

-a veces –y es lo más pernicioso- las chicas les buscan para el contacto físico cuando aún es un niño, no se ha despertado en él la sensualidad, pero su cuerpo está desarrollado. Es como una violación, o al menos, como un abuso sexual de menores;

- se producen alteraciones psicológicas que le mantienen en un estado de inmadurez y de falta de interés;

-así, el componente afectivo de su sexualidad no es ni lejanamente experimentado; en él acaba desarrollándose un instinto fuerte de placer… La tendencia a la paternidad ni llega a aparecer.

-ese hombre es el que tiene después más posibilidades de esclavizar y vejar a la mujer por medio del sexo.



LOS REMEDIOS


Se ha deshacer el terreno y reconstruir lo que fue amputado de la personalidad humana. La naturaleza tiende a reconstruirse –con su favor contamos- pero hace falta que los medios se den a conocer también del mismo modo a como se difundieron los contrarios a la dignidad humana. Y las vueltas hacia atrás cuesta trabajo tomarlas. Por ejemplo, si por el cine y la televisión, se mostraron las conductas contrarias, y el modelo nuevo de relación entre varón y mujer, ahora se debería emplear la misma máquina del cine y de la televisión. De este modo se requeriría mucho menos tiempo, y probablemente llevaría a un enriquecimiento del mundo cinematográfico y televisivo, hasta económicamente, por el atractivo del amor humano. Porque la naturaleza humana juega a favor de lo verdadero y auténticamente bello. La mayor parte de los chicos de hoy, al degustar por primera vez lo que es el amor… ya no querrán dejarlo escapar.

Los pasos han de ser firmes, y en el mismo orden en que fueron dados los contrarios. Si los ataques a la maternidad como algo fisiológico empobrecían la afectividad humana, y ambos la llevaban a fijarse sólo en lo físico o corporal, los pasos se deben dar en sentido opuesto.

1) Rehabilitación de la maternidad.

a) Para conseguirlo se requiere una educación específica, sobre todo con las niñas, sin recelos, dentro de la familia. Las niñas de hoy deberían ver el amor a la maternidad especialmente en sus madres, que en parte lo han perdido. Se ha de eliminar el término reproducción humana, y recuperar el concepto cooperación en la procreación de un ser humano.

El momento más apropiado es la infancia y cuando comienzan los signos de maduración sexual en la preadolescencia de las niñas.

b) Educación en la paternidad a los varones. No existirá apenas inconveniente si se da la educación previa en las chicas; como dijimos anteriormente, por medio de ellas, el varón adquiere conciencia de su tendencia a la paternidad.

c) Hablar a los hijos en familia de la procreación a la que están llamados los hombres. El hijo, después del amor conyugal, conlleva el amor humano más grande.


2) Rehabilitación de la castidad y del pudor.

a) Se debe a dar a conocer la diferencia entre pudor masculino y femenino, con la distinta reacción sensual de ambos, y el distinto modo afectivo de relacionarse y de tratarse. Si la chica conoce bien el alcance de la presentación de su cuerpo en la percepción del varón, podrá preservar a éste.

b) Explicación antropológica y fenomenológica del alcance provocativo de ciertas prendas de vestir o de la desnudez de ciertas partes del cuerpo. Veo como especial dificultad para esta enseñanza, que el impudor ha sido aceptado en parte, aunque inconscientemente, por las mismas madres. El pudor femenino es defendido, en buena parte, por los varones. Dentro de una familia, el pudor del vestido de la madre y de las hijas lo detecta el padre (y los hijos varones). A mi juicio es inexacto hacer recaer la pérdida del pudor en las propias mujeres; porque las mujeres, aunque sean madres, ven con ojos de mujer (y eso las confunde a veces). El varón, por muy padre o esposo que sea, mira siempre con ojos de hombre.

c) Cultivo de la feminidad, de la belleza femenina en sí misma. Es belleza del cuerpo –limitada- pero junto a la de todo el ser personal femenino… En el cuerpo, aparece la feminidad como belleza física junto a riqueza afectiva, ternura,…; tantos elementos específicos de la personalidad femenina, que son espirituales y físicos al mismo tiempo.

3) Rehabilitación del enamoramiento, destacando:


a) Que es la relación de más valor en el ser humano, en la que se implican los seres humanos, con toda su persona, cuerpo y alma. Una relación fuerte, emocionante, que permite el desarrollo pleno de ambas personalidades y crea la felicidad personal y la de las personas de alrededor.

b) Sin el enamoramiento, la vida humana queda sin su sentido verdadero, que es apreciado sólo por quien ejercita sus potencialidades más excelentes: conocer y amar.

c) Enseñar a conocer la interioridad de las personas. Costará más ahora este nuevo camino, por habernos desviado demasiado a la exterioridad. Pero un poco de experimentación es suficiente para desear crecer.

d) Fomentar un cierto romanticismo. Hablar del amor; no temer ni siquiera a los amores –imperfectos- que se dan en la adolescencia. Son base de los demás; y preparan y preservan al chico y a la chica para el amor maduro.

e) Saber que a esas edades, la clave está en la mujer, porque los aprecia mucho más por la riqueza de su afectividad.
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