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domingo, 8 de mayo de 2011

“Con la beatificación de Juan Pablo II no se trata de hacer un juicio histórico sino de saber si vivió en grado heroico las virtudes”


Sábado 30 de abril de 2011, Entrevista a Joaquín Navarro-Valls, en "El Mundo"

Su rostro con los ojos llorosos, un día antes de la muerte de Juan Pablo II, dio la vuelta al mundo. Y, seis años después, Joaquín Navarro- Valls (Cartagena, 1936) aún se sigue emocionando visiblemente en algunos momentos cuando habla de KarolWojtyla, con quien trabajó codo con codo durante 21 años como su jefe de prensa. Este miembro numerario del Opus Dei, que llegó a ejercer como psiquiatra y como periodista antes de convertirse en el primero –y hasta ahora único– laico al frente de la oficina de prensa de la Santa Sede es sin duda alguna una de las personas que mejor conocieron a Juan Pablo II, quien mañana será elevado a los altares en una ceremonia de beatificación presidida por su sucesor, Benedicto XVI.

Durante las dos décadas que trabajó junto a Juan Pablo II, ¿tuvo en algún momento la sensación de estar ante un santo?
Estos días todo el mundo dice: «La Iglesia hace santo a Juan Pablo II». Y yo no estoy en absoluto de acuerdo. Porque una persona o es santa mientras vive o no lo será nunca... No es que la Iglesia ahora haga santo a Juan Pablo II, sino que certifica que en su vida fue santo. Y eso es algo que se le veía.

¿Y en qué se notaba?
Sería largo de explicar. Quizás sea una cosa muy subjetiva, pero para mí se le notaba sobre todo en su buen humor. Puede parecer una cosa paradójica, pero es así. Cuando se tienen 17 o 18 años tener buen humor es una cosa obligatoria, biológica. A los 40, cuando uno empieza a tener problemas con el trabajo, con la mujer, con los hijos, ya no... Y a los 80, cuando se tiene encima el peso de una vida, enfermedades y toda una serie de cosas, seguir teniendo buen humor resulta excepcional. Para mí el buen humor era uno de los rasgos definitivos de su santidad, ese modo positivo de ver las cosas, ignorando completamente sus propios problemas y viviendo para su misión, para la gente.

Imagino que fue tal vez en los últimos años, cuando Juan Pablo II ya estaba enfermo, cuando se acentuó esa capacidad de ponerle buena cara a la adversidad...
Efectivamente. Me acuerdo por ejemplo de una vez, cuando él ya llevaba bastón, que un cardenal, pensando que le iba levantar el ánimo, le dijo: «Santo Padre, lo veo muy bien». Y él, con cara de guasa, le respondió: «¿Pero es que usted cree que yo no veo en la tele la condición en que estoy?».

Una pregunta personal: ¿usted reza a Juan Pablo II?
Bueno… Yo trato de seguir en contacto con él. Antes, según el trabajo que teníamos,  pasábamos juntos dos o tres horas al día, dependía. En los viajes largos aún eran más horas. Ahora tengo la sensación de que he ganado: son 24 horas al día. Lo que le puedo decir es que la gente se imagina que para un creyente rezar es una obligación o simplemente una convicción. Para Juan Pablo II era una necesidad: no podía dejar de hacerlo.

¿Y sabe usted qué pedía Wojtyla en sus oraciones?
Muy frecuentemente, cuando iba a su apartamento, lo veía rezando durante horas en su pequeña capilla, con unos papelitos en la mano: pasaba uno, luego otro, luego otro... ¿Qué hacía? No me atreví a preguntárselo. Pero se lo pregunté a su secretario personal, Stanislaw Dziwisz. Me contó que a Juan Pablo II le llegaban cartas de todos los rincones del mundo, en todas las lenguas, de gente perfectamente desconocida que le pedía que rezara por esto o por aquello. Eran cartas del tipo: «Rece usted por mí porque soy una madre con cuatro hijos y me han diagnosticado un cáncer muy grave», o «Rece usted por mi hijo que se droga». En fin, todas las miserias imaginables del mundo. ¡Y el Papa se pasaba horas rezando por todo eso que le pedían, con las cartas en la mano! Su oración estaba llena de todas las necesidades de los demás. Estoy seguro que no le quedaba espacio en su oración para plantearle a Dios sus cosas.

¿Cuál cree que era su mayor virtud?
A veces uno tiene la impresión de que las distintas virtudes cristianas están en contraposición unas con otras. Así, la persona que es muy recta de pensamiento a veces peca de intransigente, de fría y distante. Y en el polo opuesto, aquel que por su carácter es comprensivo a veces cae en una especie de indeferencia, confunde el ser misericordioso con importarle todo un bledo. En Juan Pablo II no se producía esa locura de virtudes. Por ejemplo: era un hombre que no perdía un minuto, y al mismo tiempo nunca tenía prisa.

¿Y su punto débil?
¿Su punto débil? Yo me pregunto hasta qué punto no se pueden aprovechar algunos de la gran bondad de una persona que amaba mucho a todos los que tiene a su alrededor, como era su caso…

¿En ese sentido hay quienes consideran que el proceso de beatificación de Juan Pablo II ha sido excesivamente rápido, que no ha habido tiempo de analizar en profundidad su papel ante los graves y numerosos casos de abusos a menores cometidos por sacerdotes durante su Pontificado y su relación con Marcial Maciel, el pederasta en serie y fundador de los Legionarios de Cristo que disfrutó del apoyo personal de Juan Pablo II…
Es un asunto largo, pero que voy a tratar de resumir. Había por aquellos años una carta autógrafa de Maciel dirigida a un periódico americano en la que juraba ante Dios que todas las cosas que se decían de él eran falsas y que no pensaba defenderse, que lo llevaba como una cruz, etcétera. Esa carta está ahí, en internet, yo la tengo en el archivo. Y no obstante todo eso, el procedimiento canónico contra Maciel se empezó en el pontificado de Juan Pablo II. Se terminó en los primeros meses del pontificado de Benedicto XVI, y de hecho fui yo quien informó de aquello. Y todo ello, le repito, a pesar de los juramentos de esa persona. Pero, además, permítame recordarle que en aquella época hubo dos cardenales de la Iglesia –uno era Bernardin, de Chicago, y el otro Pell, de Sydney– que fueron acusados públicamente de abusos sexuales. Pues bien: en menos de un mes se demostró que las dos acusaciones eran falsas. Hay que recordar ese contexto. Pero insisto: en el caso concreto de Maciel el proceso canónico se inició en el pontificado de Juan Pablo II.

Sí, pero Juan Pablo II tardó mucho en abrir el proceso contra Maciel. ¿Cree que ese retraso pudo ser fruto de su excesiva bondad?
No, lo que ocurrió es que no había jurídicamente los datos que se obtuvieron luego.

Pero Maciel gozó de la protección de colaboradores de Juan Pablo II, porque a pesar de que desde hacía tiempo había muchas denuncias contra él pasaron años hasta que se inició el proceso…
Le he citado los casos de Pell y de Bernardin y le podría citar otros… Usted me habla de denuncias. Pero una persona, también en el derecho canónico, es inocente hasta que no se demuestre su culpabilidad..

Como jefe de prensa de Juan Pablo II, ¿hubo momentos difíciles de comunicación entre usted y el Papa?
No. Una de las cosas que siempre me ha ayudado profesionalmente, y que también me ha impresionado humanamente, es que él contaba todo: audiencias con personajes del mundo, jefes de Estado, lo que fuera… O cosas personales, como por ejemplo sus enfermedades. Nunca, ni una sola vez en más de 20 años, le he oído decir: «Pero esta información que le doy es sólo para usted, no la haga pública». Él se fiaba de la profesionalidad de los demás. Era un hombre que desde ese punto de vista tenía una mentalidad muy laica, muy profesional. Yo era el jefe de prensa y él dejaba en mis manos la responsabilidad de decidir lo que hacía público y lo que no.

¿Pero podía levantar el teléfono y llamarle en cualquier momento?
Siempre.

¿Y alguna vez lo hizo?
Naturalmente. Los últimos días de su vida, por ejemplo, mi jornada cotidiana se dividía en dos períodos muy distintos: estar en la habitación donde él estaba muriendo, algo que me resultaba muy difícil, y luego estar con vosotros, los periodistas, en la sala de prensa. Pero eso no fue una cosa excepcional del final, sino que fue así desde el principio. Juan Pablo II valoraba mucho el legítimo interés de la gente, no sólo por su enfermedad sino por todas las cosas.

La de Juan Pablo II va a ser la beatificación más rápida de la historia moderna de la Iglesia. ¿Cree que está justifica esta velocidad?
No sé si va a ser el personaje que más rápidamente ha sido beatificado… Durante muchos siglos los santos eran canonizados por clamor popular. Es decir, era el pueblo que conocía la vida de aquella persona y decía: «Este hombre es santo». Desde este punto de vista lo que ocurrió el día de su funeral, cuando la gente comenzó a gritar «santo súbito», ya resulta en algún modo indicativo. No obstante, Benedicto XVI decidió que se hiciera el proceso de beatificación. Yo considero, aunque entiendo las razones contrarias, que sería una cosa magnífica poner a disposición de la gente los seis volúmenes del proceso de beatificación, que son una maravilla. Ver la vida de Juan Pablo II contada no ya por documentos históricos sino por testigos oculares es magnífico. Incluso, y es muy interesante, allí dentro están los testimonios de algunas personas seriamente contrarias a su beatificación.

Pero cree que, tan solo seis años después de la muerte de Juan Pablo II, ¿hay la suficiente perspectiva histórica sobre su persona como para elevarle a los altares?
Yo a eso le respondería que no se trata de hacer un juicio histórico, sino de saber si Juan Pablo II tenía virtudes en grado heroico. Eso es lo que significa un proceso de beatificación. Los historiadores luego escribirán volúmenes y contarán además con el material histórico de los archivos vaticanos, que ahora están cerrados y que no han sido tenidos en cuenta para el proceso de beatificación porque no tienen valor desde el punto de vista de evaluación de la santidad de la persona. La pregunta que se hace en el proceso de beatificación es: ¿vivió esta persona las famosas siete virtudes cristianas –tres teologales y cuatro morales– y las vivió en grado heroico? Y eso es algo a lo que se puede responder ahora, recurriendo sobre todo a los testimonios directos.

¿Recuerda la última vez que habló con Juan Pablo II?
No recuerdo cuándo fue la última vez, pero desde luego fue en el último período, probablemente días antes de su muerte. Si se refiere a mi despedida de él, fue sin palabras, ya no había necesidad. Él estaba perfectamente consciente, nos miramos a los ojos sufriendo, porque el final fue doloroso, y le besé la mano. Recuerdo que era una mano muy fría, porque en esos últimos días tenía la tensión arterial bajísima. Pero no tuve ningún deseo de decirle nada... ¿Qué le iba a decir? ¿Qué esperaba yo que él me dijese? Eran veintitantos años trabajando juntos día y noche, viajando juntos, descansando juntos en la montaña... Cualquier palabra hubiera resultado insuficiente.

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