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domingo, 21 de febrero de 2021

Del progresismo californiano, mejor pasar

San Francisco, California. Foto: Jared Erondu

 ACEPRENSA 17.FEB.2021

El estado de California, que desde 1992 se tiñe invariablemente de azul demócrata en cada elección presidencial en EE.UU., tiene un PIB per cápita de los más altos de la Unión (80.563 dólares) y es uno de los que empuña con mayor vigor las banderas del progresismo. Cabría esperar, por tanto, que tanta riqueza repercutiera generosamente en el bienestar de todos sus residentes. 

La realidad, sin embargo, es que algunos estados empecinadamente republicanos tienen, en proporción, menos población por debajo del nivel de pobreza. En este caso están Dakota del Norte y Nebraska, con mejores números (10,8% y 9,9% de personas en esa situación) que el Golden State(11,8%).

Pero hay bastante más razones por las que California, su administración, sus instituciones, no deben erigirse en modelo de gestión para el naciente gobierno del demócrata Joe Biden, en opinión de algunos analistas. Así lo recomienda Bret Stephens en el New York Times. En un reciente artículo (“Una carta para mis amigos liberales”), el comentarista disecciona el estado de cosas en ese territorio y aporta datos poco halagüeños.

“¿Os acordáis de California? La gente solía mudarse allí, montar empresas, crear familias, vivir el sueño americano. Pero en estos días no tanto. Entre julio de 2019 y julio de 2020 se marcharon del estado más personas (135.400, para ser exactos) de las que llegaron”.

Los destinos son variados. Texas en primer lugar, seguida por Arizona, Nevada y Washington. Un motivo es que estos estados gravan notablemente menos los ingresos. Arizona, por ejemplo, limita al 4,5% los tributos de las parejas casadas que ganen hasta 318.000 dólares al año. “En California, en cambio, las parejas casadas pagan más del doble de ese porcentaje al pasarse de los 116.000 dólares”, dice, y enumera además los altos impuestos a las ventas, a las empresas, a la gasolina.

Para Stephens no habría mayor problema si esas tasas se tradujeran después en servicios gubernamentales de alta calidad en el área de la educación, la seguridad pública, las infraestructuras, etc. Pero no parece que sea el caso.

“El estado se ubica en el puesto 21 a nivel nacional en gasto por estudiante en la escuela pública, y en el 37 en materia de resultados en educación primaria y secundaria. En ratio de personas sin techo, está en el tercer lugar, a la par de Oregón. ¿En infraestructura? En

2019 se postergó la ejecución de un presupuesto de 70.000 millones de dólares en labores de mantenimiento”.

El “laboratorio perfecto” de la gobernanza liberal

A las incongruencias económicas, Stephen suma otros desajustes provocados por la deriva “liberal” de los ayuntamientos de varias ciudades californianas.

El botón de muestra es San Francisco. En esa urbe, señala, la fiscal de distrito Chesa Boudin ha liderado los reclamos a despenalizar la prostitución y conductas tan poco cívicas como orinar o acampar en la vía pública, bloquear aceras o consumir drogas al aire libre.

“Predeciblemente –subraya– un resultado de la despenalización ha sido en realidad una mayor criminalidad. Tendencias recientes muestran un repunte del 51% de los robos en San Francisco, así como un 41% más de incendios provocados. En el área de la Bahía, los homicidios se han incrementado un 35%”.

El analista lo admite: este último tipo de delitos ha aumentado a nivel nacional, pero donde más lo ha hecho es precisamente en ciudades cuyos ayuntamientos se han imbuido del mismo espíritu de laissez faire que predomina en California. Como Seattle y Nueva York, en las que, desde los turbulentos días que siguieron a la muerte del afroamericano George Floyd a manos de la policía, se ha venido exigiendo con más énfasis que se desmovilice a la policía o que se le quite la financiación, que se despenalicen varios delitos y que se excarcele indiscriminadamente.

“Es gracioso, pero no oirás nada de esto en ninguno de los sitios a los que están escapando los californianos. Por ejemplo, el destino preferido: Austin (Texas), sigue siendo una de las ciudades más seguras de EE.UU. –y está gobernada por un demócrata”.

“Doy un consejo sin que me lo pidan: como los republicanos, los demócratas lo hacen mejor cuando gobiernan desde el centro”

Luego está el revisionismo histórico, que ve en cada escultura o en cada palabra de un texto literario una reminiscencia de racismo u opresión de cualquier índole. Stephen lo ejemplifica con la decisión de una junta de educación de San Francisco de quitarles a tres colegios los nombres de Abraham Lincoln, George Washington y Paul Revere (este último, menos conocido, fue un notable participante de la guerra de independencia americana).

“Nada de esto importa –ironiza el comentarista–, pues todos estos colegios están cerrados a la enseñanza presencial, gracias a la resistencia de los sindicatos de maestros”.

Stephens se gira, por último, hacia la clase política y describe el poder que tiene ahora mismo el Partido Demócrata en California: los dos asientos de ese estado en el Senado nacional están ocupados por políticos de dicho partido, y asimismo 42 de sus 53 escaños en la Cámara de Representantes. También dominan el Congreso estadual, controlan todos los grandes ayuntamientos y, como guinda, hace una década que los californianos tienen gobernadores demócratas. “Si alguna vez hubo un laboratorio perfecto para la gobernanza liberal, es este. Así que, ¿cómo podéis explicar estos resultados?”.

“Si California –concluye– es la visión del tipo de futuro que la administración Biden desea para los estadounidenses, esperemos que estos la rechacen. Doy un consejo sin que me lo pidan: como los republicanos, los demócratas lo hacen mejor cuando gobiernan desde el centro. Así que olvídense de California y piensen en Colorado”.

Mucho pin de Bernie Sanders, pero…

Otro que, también desde el New York Times, disecciona las contradicciones del progresismo californiano, es el columnista Ezra Klein, cuyo historial de activismo pro-demócrata impide que se pose sobre él la mínima sospecha de conservador.

En su último análisis –“California provoca que los liberales se retuerzan”–, Klein retoma algunos de los temas ya abordados por Stephens. Como el del cambio de nombre de varias escuelas públicas de San Francisco, algo menos importante que lograr la reapertura de los colegios para no perjudicar a los niños de las familias más vulnerables.

“San Francisco –dice– tiene un 48% de población blanca, pero, de la población infantil blanca, solo un 15% está matriculado en la escuela pública. A pesar del cacareado progresismo de la ciudad, esta tiene uno de los mayores números de matriculaciones en colegios privados de todo el país, muchos de los cuales han permanecido abiertos. Siento que se ha priorizado el ataque a los símbolos antes que las políticas necesarias para reducir la desigualdad racial”.

Klein apunta que el estado ha devenido referente mundial en áreas como la tecnología o la cultura. Sin embargo, sus gobernantes no han logrado aminorar el continuo éxodo de población por razones económicas. “California está dominada por los demócratas, pero mucha de la gente por la que los demócratas dicen preocuparse mayormente, no pueden permitirse vivir ahí”, señala.

En la izquierda, “muy a menudo se prefieren los símbolos del progresismo antes que los sacrificios y riesgos que demandan los ideales”

El analista aborda una de las razones: el altísimo precio de la vivienda, que va de la mano con las enormes dificultades que encuentra quien desee construir en el estado. En 2018, Gavin Newsom, entonces candidato a gobernador, prometió en campaña que se edificarían 3,5 millones de viviendas para 2025. Desde entonces, se han levantado menos de 100.000 casas al año.

Puede ser interesante conocer, en este punto, de qué signo son quienes ponen los mayores obstáculos: “En la mayor parte de San Francisco, no puedes caminar seis metros sin ver un cartel multicolor con las frases “Black lives matter”, “La amabilidad lo es todo” y “Ningún ser humano es ilegal”. Ves esas proclamas en parcelas acotadas para núcleos unifamiliares, en comunidades que se organizan para parar en seco los esfuerzos para edificar nuevas casas que pondrían esos valores mucho más cerca de hacerse realidad. Las familias más pobres, desproporcionadamente no blancas e inmigrantes, son así obligadas a hacer largos desplazamientos, a vivir en casas sobresaturadas y a quedarse viviendo en la calle. Esas inequidades se han vuelto letales durante la pandemia”.

El senador demócrata Scott Wiener así se lo reconoce: “Lo que vemos a veces es a personas que, con un pin de Bernie Sanders y una pancarta de Black Lives Matter en su ventana, se oponen a que se levante un proyecto de viviendas asequibles o un complejo de apartamentos más abajo en su misma calle”.

Por casos como estos, Klein observa que las estructuras de toma de decisiones en el estado “progresista” siguen ancladas en el pasado, privilegiando a los que se benefician del actual sistema de cosas y no a los que necesitan que se modifiquen de alguna manera. Y ve además un peligro: que la política sea más un asunto de estética que de programas.

Lo ha sido para la derecha, dice, “pero también para la izquierda, donde muy a menudo se prefieren los símbolos del progresismo antes que los sacrificios y riesgos que demandan los ideales. California, por ser el mayor estado de la nación y uno en el que los demócratas tienen el control total del gobierno, tiene una responsabilidad especial. Si el progresismo no puede funcionar aquí, ¿por qué el país debe creer que puede funcionar en el resto del territorio?”.

domingo, 14 de febrero de 2021

« Yo doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39): el drama de la eutanasia. San Juan Pablo II





Números de la Encíclica Evangelio de la vida, de Juan Pablo II, sobre la Eutanasia.


64. En el otro extremo de la existencia, el hombre se encuentra ante el misterio de la muerte. Hoy, debido a los progresos de la medicina y en un contexto cultural con frecuencia cerrado a la trascendencia, la experiencia de la muerte se presenta con algunas características nuevas. En efecto, cuando prevalece la tendencia a apreciar la vida sólo en la medida en que da placer y bienestar, el sufrimiento aparece como una amenaza insoportable, de la que es preciso librarse a toda costa. La muerte, considerada « absurda » cuando interrumpe por sorpresa una vida todavía abierta a un futuro rico de posibles experiencias interesantes, se convierte por el contrario en una « liberación reivindicada » cuando se considera que la existencia carece ya de sentido por estar sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior más agudo.

Además, el hombre, rechazando u olvidando su relación fundamental con Dios, cree ser criterio y norma de sí mismo y piensa tener el derecho de pedir incluso a la sociedad que le garantice posibilidades y modos de decidir sobre la propia vida en plena y total autonomía. Es particularmente el hombre que vive en países desarrollados quien se comporta así: se siente también movido a ello por los continuos progresos de la medicina y por sus técnicas cada vez más avanzadas. Mediante sistemas y aparatos extremadamente sofisticados, la ciencia y la práctica médica son hoy capaces no sólo de resolver casos antes sin solución y de mitigar o eliminar el dolor, sino también de sostener y prolongar la vida incluso en situaciones de extrema debilidad, de reanimar artificialmente a personas que perdieron de modo repentino sus funciones biológicas elementales, de intervenir para disponer de órganos para trasplantes.

En semejante contexto es cada vez más fuerte la tentación de la eutanasia, esto es, adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y poniendo así fin « dulcemente » a la propia vida o a la de otros. En realidad, lo que podría parecer lógico y humano, al considerarlo en profundidad se presenta absurdo e inhumano. Estamos aquí ante uno de los síntomas más alarmantes de la « cultura de la muerte », que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar, caracterizadas por una mentalidad eficientista que presenta el creciente número de personas ancianas y debilitadas como algo demasiado gravoso e insoportable. Muy a menudo, éstas se ven aisladas por la familia y la sociedad, organizadas casi exclusivamente sobre la base de criterios de eficiencia productiva, según los cuales una vida irremediablemente inhábil no tiene ya valor alguno.

65. Para un correcto juicio moral sobre la eutanasia, es necesario ante todo definirla con claridad. Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. « La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados ».76

De ella debe distinguirse la decisión de renunciar al llamado « ensañamiento terapéutico », o sea, ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para él o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en conciencia « renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares ».77 Ciertamente existe la obligación moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligación se debe valorar según las situaciones concretas; es decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante al muerte. 78

En la medicina moderna van teniendo auge los llamados « cuidados paliativos », destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vida. En efecto, si puede ser digno de elogio quien acepta voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor, tal comportamiento « heroico » no debe considerarse obligatorio para todos. Ya Pío XII afirmó que es lícito suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, « si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales ».79 En efecto, en este caso no se quiere ni se busca la muerte, aunque por motivos razonables se corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar el dolor de manera eficaz, recurriendo a los analgésicos puestos a disposición por la medicina. Sin embargo, « no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo »: 80acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios.

Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores 81 y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. 82

Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio.

66. Ahora bien, el suicidio es siempre moralmente inaceptable, al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como decisión gravemente mala. 83 Aunque determinados condicionamientos psicológicos, culturales y sociales puedan llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente la inclinación innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad subjetiva, el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general. 84 En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte, proclamada así en la oración del antiguo sabio de Israel: « Tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y de allí subir » (Sb 16, 13; cf. Tb 13, 2).

Compartir la intención suicida de otro y ayudarle a realizarla mediante el llamado « suicidio asistido » significa hacerse colaborador, y algunas veces autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificación, ni siquiera cuando es solicitada. « No es lícito —escribe con sorprendente actualidad san Agustín— matar a otro, aunque éste lo pida y lo quiera y no pueda ya vivir... para librar, con un golpe, el alma de aquellos dolores, que luchaba con las ligaduras del cuerpo y quería desasirse ».85 La eutanasia, aunque no esté motivada por el rechazo egoísta de hacerse cargo de la existencia del que sufre, debe considerarse como una falsa piedad, más aún, como una preocupante « perversión » de la misma. En efecto, la verdadera « compasión » hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes —como los familiares— deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos —como los médicos—, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas.

La opción de la eutanasia es más grave cuando se configura como un homicidio que otros practican en una persona que no la pidió de ningún modo y que nunca dio su consentimiento. Se llega además al colmo del arbitrio y de la injusticia cuando algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder de decidir sobre quién debe vivir o morir. Así, se presenta de nuevo la tentación del Edén: ser como Dios « conocedores del bien y del mal » (Gn 3, 5). Sin embargo, sólo Dios tiene el poder sobre el morir y el vivir: « Yo doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39; cf. 2 R 5, 7; 1 S 2, 6). El ejerce su poder siempre y sólo según su designio de sabiduría y de amor. Cuando el hombre usurpa este poder, dominado por una lógica de necedad y de egoísmo, lo usa fatalmente para la injusticia y la muerte. De este modo, la vida del más débil queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la justicia en la sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca, fundamento de toda relación auténtica entre las personas.

67. Bien diverso es, en cambio, el camino del amor y de la verdadera piedad, al que nos obliga nuestra común condición humana y que la fe en Cristo Redentor, muerto y resucitado, ilumina con nuevo sentido. El deseo que brota del corazón del hombre ante el supremo encuentro con el sufrimiento y la muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en la desesperación y casi de abatirse en ella, es sobre todo aspiración de compañía, de solidaridad y de apoyo en la prueba. Es petición de ayuda para seguir esperando, cuando todas las esperanzas humanas se desvanecen. Como recuerda el Concilio Vaticano II, « ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su culmen » para el hombre; y sin embargo « juzga certeramente por instinto de su corazón cuando aborrece y rechaza la ruina total y la desaparición definitiva de su persona. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se rebela contra la muerte ».86

Esta repugnancia natural a la muerte es iluminada por la fe cristiana y este germen de esperanza en la inmortalidad alcanza su realización por la misma fe, que promete y ofrece la participación en la victoria de Cristo Resucitado: es la victoria de Aquél que, mediante su muerte redentora, ha liberado al hombre de la muerte, « salario del pecado » (Rm 6, 23), y le ha dado el Espíritu, prenda de resurrección y de vida (cf. Rm 8, 11). La certeza de la inmortalidad futura y la esperanza en la resurrección prometida proyectan una nueva luz sobre el misterio del sufrimiento y de la muerte, e infunden en el creyente una fuerza extraordinaria para abandonarse al plan de Dios.

El apóstol Pablo expresó esta novedad como una pertenencia total al Señor que abarca cualquier condición humana: « Ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos » (Rm 14, 7-8). Morir para el Señor significa vivir la propia muerte como acto supremo de obediencia al Padre (cf. Flp 2, 8), aceptando encontrarla en la « hora » querida y escogida por El (cf. Jn 13, 1), que es el único que puede decir cuándo el camino terreno se ha concluido. Vivir para el Señor significa también reconocer que el sufrimiento, aun siendo en sí mismo un mal y una prueba, puede siempre llegar a ser fuente de bien. Llega a serlo si se vive con amor y por amor, participando, por don gratuito de Dios y por libre decisión personal, en el sufrimiento mismo de Cristo crucificado. De este modo, quien vive su sufrimiento en el Señor se configura más plenamente a El (cf. Flp 3, 10; 1 P 2, 21) y se asocia más íntimamente a su obra redentora en favor de la Iglesia y de la humanidad. 87 Esta es la experiencia del Apóstol, que toda persona que sufre está también llamada a revivir: « Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia » (Col 1, 24).

... Y seréis como dioses


Loggia di Psiche, 1518-19, fresco de Rafael. En imagen, sección del techo donde se representa el concilio de los dioses.

Justo García de Yébenes

Premio Rey Jaime I de Medicina, año 2000

    Nos dijeron que seríamos inmortales. O al menos, centenarios (multi?). Hace un año había una euforia desmedida tanto en los relatos de los divulgadores tan exitosos, como Noel Yuval Harari, como en las declaraciones de científicos súper stars, de los que piensan que el último experimento realizado en su laboratorio es el acontecimiento más importante ocurrido en la galaxia desde el Big Bang. Los recientes ava    nces científicos y tecnológicos iban no solo a alargar nuestras vidas sino librarnos del envejecimiento y de la enfermedad (al menos, para quien pudiera pagarlo).  Se consideraba que el uso masivo de la terapia génica, la inteligencia artificial, el big data, la telemedicina y otros avances nos iban a llevar a una especie de Arcadia feliz en la que ni ganaríamos el pan con el sudor de nuestra frente, ni pariríamos hijos con dolor, ni sufriríamos los estigmas de la vejez ni la enfermedad, ni recibiríamos la visita de la muerte, al menos durante un tiempo mucho mayor de una centuria y con tendencia a alargarse de forma indefinida.


    Se nos dijo que las enfermedades de los distintos órganos eran pequeños problemas técnicos fáciles de resolver con la tecnología disponible en el momento o a la vuelta de la esquina. Nos contaron que las enfermedades del aparato cardiovascular eran un pequeño problema de fontanería, las del riñón un mero asunto de depuración de aguas, y así sucesivamente con el resto. Resultaba más complicado el tratamiento de las enfermedades del sistema nervioso pero los avances en prótesis inteligentes y exoesqueletos, los resultados de la terapia génica en atrofia muscular espinal y en distrofia muscular progresiva tipo Duchenne y Becker, y las promesas de eliminación de enfermedades tan terribles como las de Alzheimer, Parkinson y Huntington mediante el control de la expresión de los genes de las proteínas patógenas, proteína tau, sinucleína y huntingtina, respectivamente, nos prometían el paraíso. 

        Un año más tarde somos víctimas de una pandemia que ha infectado a 200 millones de personas, ha matado a más de 2 millones de forma directa y quizás a otros tanto de forma indirecta, ha reducido nuestra esperanza de vida y ha arruinado nuestras economías. Y todo ello por un virus insignificante cuya transmisión, si no su generación, esta favorecida por nuestra forma de vivir y de consumir, por la frivolidad e hipocresía de gobernantes y gobernados, por nuestras contradicciones de pretender evitar los contagios pero, eso sí, sin cambiar nuestras costumbres festivas. Le especie humana debería ser más consciente de su fragilidad

        ¿Vamos a superar esta epidemia? Si, en gran parte gracias a los avances enormes de la ciencia ¿Vamos a aprender de esta experiencia? Es menos probable. La humanidad ha sufrido epidemias parecidas o peores que la actual y no ha aprendido. Hace apenas un siglo la epidemia de encefalitis letárgica produjo bastantes más muertos que la presente. Y, sin embargo, apenas esa epidemia se desvanecía vinieron la “Belle Epoque”, la crisis de la bolsa del año 29 y los totalitarismos de izquierda y de derecha. Esperemos que ahora aprendamos a ser menos consumistas y más solidarios. 

 


martes, 19 de enero de 2021

La Iglesia aclara algunas cuestiones morales sobre las vacunas


La Congregación para la Doctrina de la Fe publicó el pasado lunes un documento que examina algunas dudas en torno a la moralidad de las vacunas contra el coronavirus.

El núcleo del texto aborda la cuestión de si es lícito inmunizarse con una vacuna a base de líneas celulares procedentes de abortos provocados (ver Aceprensa, 15-06-2020), como la de Oxford-Astrazeneca –no así la de Moderna ni la de Pfizer, que será la distribuida en España–. Según el parecer de la Congregación, donde no estén disponibles vacunas moralmente irreprochables, resulta aceptable recibir estas otras puesto que “el tipo de cooperación al mal (cooperación material pasiva) del aborto provocado del que proceden estas mismas líneas celulares, por parte de quienes utilizan las vacunas resultantes, es remota. El deber moral de evitar esa cooperación material pasiva no es vinculante si existe un peligro grave, como la propagación, por lo demás incontenible, de un agente patógeno grave: en este caso, la propagación pandémica del virus SARS-CoV-2 que causa la covid-19”.

No obstante, el texto recuerda que la licitud de vacunarse no implica, ni directa ni indirectamente, legitimar el aborto o la producción de líneas celulares procedentes de fetos humanos. De hecho, el documento insta a las autoridades y a los laboratorios a buscar alternativas éticas a estas prácticas.

Por otro lado, el documento señala que “la vacunación no es, por regla general, una obligación moral y que, por lo tanto, debe ser voluntaria”. Con todo, la Congregación recuerda que sí es un deber ético protegerse y proteger a los demás, especialmente a los más vulnerables, frente a la propagación del virus. Por ello, quienes por motivos de conciencia no deseen vacunarse, deben cuidar las medidas profilácticas oportunas.

Por último, la Congregación recuerda el “imperativo moral” de que también los países pobres tengan acceso a vacunas seguras y éticamente irreprochables sin un coste excesivo para ellos. Lo contrario supondría una discriminación injusta.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Impaciencia: la causa del fracaso occidental contra la pandemia

 

 
Por Branko Milanovic, en "Letras libres", 17.12.2020

Los gobiernos occidentales no estaban dispuestos a adoptar la estrategia asiática contra la pandemia por culpa de su cultura de la impaciencia y sus ganas de resolver todos los problemas rápidamente asumiendo muy pocos costes.



En octubre de 2019, la Universidad Johns Hopkins y el think tank The Economist Intelligence Unit publicaron un informe sobre la capacidad de respuesta a una epidemia global. Nunca antes un informe sobre un tema de importancia global fue tan pertinente; y nunca estuvo tan equivocado. El informe sostenía que los tres países mejor preparados eran Estados Unidos (a mediados de diciembre de 2020, alcanza cifras de 1.000 muertes por millón), Reino Unido (igual) y Países Bajos (casi 600). Vietnam estaba en el número cincuenta del ránking (cuando sus cifras de muertes por covid son de 0,4 por millón), China en el 51 (tres muertes por millón), Japón en el veintiuno (veinte muertes por millón). Indonesia (muertes: 69 por millón) e Italia (con casi 1.100 muertes por millón) estaban en la misma posición en el ránking; Singapur (con cinco muertes por millón) e Irlanda (con 428) estaban una al lado de la otra. Los que supuestamente estaban más cualificados para determinar quiénes estaban mejor preparados para una pandemia fracasaron estrepitosamente. 

Su error confirma lo inesperado y difícil que es explicar la debacle de los países occidentales (donde no solo incluyo a Estados Unidos y Europa sino también a Rusia y América Latina) en su gestión de la pandemia. No faltan explicaciones posibles, que han sido constantes desde que el fracaso se volvió obvio: gobiernos incompetentes (especialmente Trump), confusión administrativa, “libertades civiles”, una infravaloración del peligro, la dependencia de las importaciones de equipos de protección personal. El debate va a continuar durante años. 

Por usar una analogía militar: la debacle de la covid es como la debacle francesa en 1940. Si uno atiende a cualquier criterio objetivo (número de soldados, calidad del equipamiento, esfuerzo de movilización), la derrota francesa no debería haberse producido. Igualmente, si miramos los criterios objetivos con respecto a la covid, como hizo el informe de octubre, las tasas de mortalidad en EEUU, Italia o Reino Unido son imposibles de explicar: ni por el número de doctores o enfermeros per cápita, gasto en sanidad, nivel de educación de la población, renta total, calidad de los hospitales...

El fracaso se ve con mayor claridad cuando lo contrastamos con los países del sudeste asiático que, tanto los democráticos como los autoritarios, han tenido resultados que no han sido moderadamente mejores sino significativamente superiores a los de los países occidentales. ¿Cómo ha sido eso posible? Hay quienes han argumentado que quizá tiene que ver con la experiencia previa de los países asiáticos con epidemias como el SARS, o con el colectivismo asiático frente al individualismo occidental. 

Me gustaría proponer otra causa de esta debacle. Es superficial. Es una especulación. No puede comprobarse empíricamente. No ha sido nunca medida y quizá es imposible de medir de manera exacta. Esa explicación es la impaciencia. Los países impusieron confinamientos, a menudo a regañadientes, cuando la pandemia estaba en su clímax en primavera, y levantaron las restricciones en cuanto se produjo una mejora. La ciudadanía percibió esta mejora como el fin de la epidemia. Los gobiernos participaron alegremente en ese autoengaño. Entonces, en otoño, la pandemia volvió vengativa, y los gobiernos impusieron de nuevo medidas a medias, bajo presión, y con la esperanza (ya refutada una vez) de que podrían levantarlas durante las vacaciones. 

¿Por qué no impusieron desde el principio medidas estrictas cuyo objetivo no fuera simplemente “aplanar la curva” sino erradicar el virus o expulsarlo, como ha ocurrido en Asia, para que solo haya brotes esporádicos? Esos rebrotes podrían evitarse de nuevo usando medidas drásticas; en junio Pekín cerró su mercado más grande, que abastecía a millones de personas, después de detectar que varios casos de covid provenían de allí. 

El público, y por lo tanto los gobiernos, no estaban dispuestos a adoptar la estrategia asiática contra la pandemia por culpa de su cultura de la impaciencia, sus ganas de resolver todos los problemas rápidamente, asumiendo muy pocos costes. Esta ilusión no funcionó contra la covid. 

Creo que esta impaciencia se relaciona con una ideología, y su correspondiente aplicación política, que ha convertido el éxito económico, que uno ha de obtener si es posible rápidamente (make a quick buck), en el objetivo más importante de la vida de cada uno. Lo vemos en la financiarización que se ha producido en Reino Unido y Estados Unidos y que luego se ha extendido a otros países. En lugar de fomentar un proceso de construcción lento y paciente, la financiarización a menudo depende de “trucos”, como se pudo ver antes y durante la crisis financiera de 2007-2008. Sus principales fuerzas motrices son la inteligencia y la velocidad, no la durabilidad ni la constancia. Ansiamos un éxito rápido y ¿qué hay más rápido que hacerse rico a través de la manipulación financiera?

También vemos impaciencia detrás de los enormes niveles de deuda privada, especialmente en Estados Unidos. Un hogar con ingresos medios en Tailandia y China ahorra casi un tercio de ellos. Un hogar con unos ingresos medios mucho mayores en Estados Unidos tiene a menudo ahorros negativos. Esto es algo inesperado desde un punto de vista económico: se supone que los hogares más ricos tienen que ahorrar más (como porcentaje de sus ingresos y por supuesto en cantidades absolutas). 

No ahorrar es otra manera de decir que el consumo de hoy es preferible al de mañana. Esto por su parte muestra lo que los economistas llamamos “preferencia de tiempo puro”, una preferencia por el ahora en sí mismo incluso cuando uno es consciente de la incertidumbre del futuro. Entre dos consumos iguales, pero uno hoy y otro mañana, la gente prefiere el de hoy. La preferencia de tiempo puro no es otra cosa que impaciencia. 

En sus diarios, Kafka escribe que hay dos vicios cardinales de los que se derivan los demás vicios: la impaciencia y la pereza. Pero como la pereza proviene de la impaciencia, escribe, solo hay un vicio: la impaciencia. Quizá sea momento de tenerlo en cuenta.

Publicado originalmente en el blog del autor.

Traducción de Ricardo Dudda.

sábado, 12 de diciembre de 2020

La vida es un don, la eutanasia un fracaso




Nota de la Conferencia Episcopal Española ante la aprobación en el Congreso de los Diputados de la ley de la eutanasia 

 1.- El Congreso de los Diputados está a punto de culminar la aprobación de la Ley Orgánica de regulación de la eutanasia. La tramitación se ha realizado de manera sospechosamente acelerada, en tiempo de pandemia y estado de alarma, sin escucha ni diálogo público. El hecho es especialmente grave, pues instaura una ruptura moral; un cambio en los fines del Estado: de defender la vida a ser responsable de la muerte infligida; y también de la profesión médica, «llamada en lo posible a curar o al menos a aliviar, en cualquier caso a consolar, y nunca a provocar intencionadamente la muerte». Es una propuesta que hace juego con la visión antropológica y cultural de los sistemas de poder dominantes en el mundo. 

 2.- La Congregación para la Doctrina de la Fe, con la aprobación expresa del papa Francisco publicó la Carta Samaritanus bonus sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida. Este texto ilumina la reflexión y el juicio moral sobre este tipo de legislaciones. También la Conferencia Episcopal Española, con el documento Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de esta vida, ofrece unas pautas clarificadoras sobre la cuestión. 

 3.- Urgimos a la promoción de los cuidados paliativos, que ayudan a vivir la enfermedad grave sin dolor y al acompañamiento integral, por tanto también espiritual, a los enfermos y a sus familias. Este cuidado integral alivia el dolor, consuela y ofrece la esperanza que surge de la fe y da sentido a toda la vida humana, incluso en el sufrimiento y la vulnerabilidad. 

 4.- La pandemia ha puesto de manifiesto la fragilidad de la vida y ha suscitado solicitud por los cuidados, al mismo tiempo que indignación por el descarte en la atención a personas mayores. Ha crecido la conciencia de que acabar con la vida no puede ser la solución para abordar un problema humano. Hemos agradecido el trabajo de los sanitarios y el valor de nuestra sanidad pública, reclamando incluso su mejora y mayor atención presupuestaria. La muerte provocada no puede ser un atajo que nos permita ahorrar recursos humanos y económicos en los cuidados paliativos y el acompañamiento integral. Por el contrario, frente a la muerte como solución, es preciso invertir en los cuidados y cercanía que todos necesitamos en la etapa final de esta vida. Esta es la verdadera compasión. 

 5.- La experiencia de los pocos países donde se ha legalizado nos dice que la eutanasia incita a la muerte a los más débiles. Al otorgar este supuesto derecho, la persona, que se experimenta como una carga para la familia y un peso social, se siente condicionada a pedir la muerte cuando una ley la presiona en esa dirección. La falta de cuidados paliativos es también una expresión de desigualdad social. Muchas personas mueren sin poder recibir estos cuidados y sólo cuentan con ellos quienes pueden pagarlos. 

 6.- Con el Papa decimos: «La eutanasia y el suicidio asistido son una derrota para todos. La respuesta a la que estamos llamados es no abandonar nunca a los que sufren, no rendirse nunca, sino cuidar y amar para dar esperanza». Invitamos a responder a esta llamada con la oración, el cuidado y el testimonio público que favorezcan un compromiso personal e institucional a favor de la vida, los cuidados y una genuina buena muerte en compañía y esperanza. 

 7.- Pedimos a cuantos tienen responsabilidad en la toma de estas graves decisiones que actúen en conciencia, según verdad y justicia. 

 8.- Por ello, convocamos a los católicos españoles a una Jornada de ayuno y oración el próximo miércoles 16 de diciembre, para pedir al Señor que inspire leyes que respeten y promuevan el cuidado de la vida humana. Invitamos a cuantas personas e instituciones quieran unirse a esta iniciativa. Nos acogemos a Santa María, Madre de la Vida y Salud de los enfermos y a la intercesión de San José, patrono de la buena muerte, en su año jubilar. 

 Madrid 11 de diciembre de 2020

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