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jueves, 6 de abril de 2017

Sobre la mediocridad

(Cómo no puedo asegurar su autoría, dejo constancia de ello)

Quienes me conocen saben de mis credos e idearios. Por encima de éstos, creo que ha llegado la hora de ser sincero. Es de todo punto necesario hacer un profundo y sincero ejercicio de autocrítica, tomando, sin que sirva de precedente, la seriedad por bandera.

Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo.

Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes, con una huelga general, o echándonos a la calle para protestar los unos contra los otros.

Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel.

Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un país mediocre.

Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente.

Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan, alguien cuya carrera política o profesional desconocemos por completo, si es que la hay. Tan solo porque son de los nuestros.

Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado natural de las cosas. Sus excepciones, casi siempre, reducidas al deporte, nos sirven para negar la evidencia.

- Mediocre es un país donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al día frente a un televisor que muestra principalmente
basura.

- Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un solo presidente que hablara inglés o tuviera unos mínimos conocimientos sobre política internacional.

- Mediocre es el único país del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir, incluso, a las asociaciones de víctimas del terrorismo.

- Mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo tres veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado.

- Mediocre es un país que tiene dos universidades entre las 10 más antiguas de Europa, pero, sin embargo, no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir.

- Mediocre es un país con una cuarta parte de su población en paro, que sin embargo, encuentra más motivos para indignarse cuando los guiñoles de un país vecino bromean sobre sus deportistas.

- Mediocre es un país donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada –cuando no robada impunemente- y la independencia sancionada.

- Mediocre es un país en cuyas instituciones públicas se encuentran dirigentes políticos que, en un 48 % de los casos, jamás ejercieron sus respectivas profesiones, pero que encontraron en la Política el más relevante modo de vida.

- Es Mediocre un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, por políticos que insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza.

- Mediocre es un país que ha permitido, fomentado y celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.

- Es Mediocre un país, a qué negarlo, que, para lucir sin complejos su enseña nacional, necesita la motivación de algún éxito deportivo.

Occidente, en busca de su brújula


Miguel Urmeneta, Aceprensa, 31 marzo 2017
La sociedad tiene problemas complejos que requieren soluciones complejas. Esta coyuntura podría ser la oportunidad para que la enseñanza superior volviera a ser relevante. La universidad –encallada en el debate sobre los límites de la libertad de expresión– busca su encaje social entre el pragmatismo y la herencia humanística.
Vivimos en tiempos líquidos. La ciudadanía critica que los políticos no saben dialogar para llegar a acuerdos. La democracia pasa por un mal momento, tensionada entre la legitimidad que otorgan los referéndums y la autoridad de los representantes electos. Se suceden episodios que fuerzan las costuras de la libertad de expresión. El diccionario Oxford declara posverdad como palabra del año 2016. El Brexit y el auge de los populismos replantean la misma idea de Europa. Muchos ciudadanos navegamos en este mar de incertidumbres. ¿Cómo podemos encontrar respuestas a preguntas tan fundamentales?

Laberinto universitario


Sobre el papel, la universidad podría ser la brújula que necesitamos: un ámbito de reflexión con potencial para sumergirse en problemas complejos y profundos. No obstante, ella misma parece estar buscando la salida a su propio laberinto. En los últimos 50 años, la universidad ha experimentado cambios importantes. Posiblemente por influencia de la revolución industrial, la dimensión práctica de los conocimientos ha acabado siendo la preponderante. Este giro debería haber acercado la universidad a las necesidades reales de la sociedad. No obstante, hay quien lamenta que “todas las disciplinas se han vuelto más y más especializadas, y más y más cuantitativas, por lo que cada vez son menos accesibles al gran público”.
Además, la sustitución de la reflexión profunda por cuestiones más instrumentales se ha dado de forma paralela a una creciente burocratización. Este proceso afecta a buena parte de la vida académica: los trámites administrativos, el proceso de acreditación del profesorado o el sistema para publicar en revistas científicas son algunos ejemplos. El funcionamiento de las universidades sigue –a juicio de muchos ciudadanos– una lógica demasiado endógena para que no se las considere una especie de mundo paralelo.

Bienestar emocional

La universidad y la sociedad en su conjunto están experimentando tensiones contrapuestas en materia de libertad de expresión, que es una de las bases tanto de una como de la otra. Recientemente parece que este debate ha ido intensificándose, de forma especial en el ámbito anglosajón. Por ejemplo, en 2014 tuvo eco la petición de unos alumnos de la Universidad de California en Santa Bárbara que se sintieron incómodos cuando se proyectó en clase un vídeo de una violación. A partir de aquí, pidieron que los profesores dieran avisos (trigger warnings) si pensaban utilizar contenidos que pudieran hacer revivir traumas a los alumnos. Ante demandas similares, otras universidades han optado por establecer espacios seguros (safe spaces). En este caso, se trata de evitar cualquier referencia a temas que –como el género, la religión o el origen étnico– pudiera dar pie a conductas discriminatorias. Esta misma sensibilidad ha llevado a suspender conferencias con ponentes potencialmente controvertidos.
La mayoría de la comunidad universitaria está de acuerdo en favorecer un ambiente inclusivo en las aulas, cosa que no siempre se logra. Las diferencias aparecen en la forma de conseguirlo. Mientras algunos defienden iniciativas como las antes mencionadas, otros piensan que la única forma de empatizar con los diferentes es el diálogo y que aplicar a toda la clase el trato que se debe dispensar a personas traumatizadas sería excesivo. También se han levantado voces en contra de vetar a conferenciantes que proponen una discusión racional sobre temas conflictivos. En este sentido, como se advierte en un artículo muy citado, la función de la corrección política podría haberse desvirtuado: “El movimiento contemporáneo es básicamente sobre el bienestar emocional”.
Además, por este camino, la universidad podría caer en la irrelevancia. Así lo cree un profesor que en 2011 dejó de impartir su asignatura sobre problemas morales contemporáneos: "Los estudiantes saben que hay una opinión políticamente correcta en muchos asuntos. Por lo tanto, cuando surge algo relacionado con la raza, el sexo, etc. veo que muchos estudiantes desconectan. Creo que lo ven así: o lo que viene después es políticamente correcto y ya lo han oído antes, en cuyo caso es inútil y aburrido; o presenta un desafío a esa perspectiva, en cuyo caso es peligroso”.

GPS sin rumbo

Así, parece que –de una parte– la universidad ha perdido la iniciativa y ya no es el motor de creación y difusión cultural en Occidente. De hecho, sucede al contrario: es la industria y los negocios quienes han impregnado de su lógica a la universidad. Por otro lado, con la tan denostada burocracia, la universidad ha quedado atrapada en procedimientos que ella misma ha generado. Finalmente, el debate sobre la libertad de expresión puede ser igualmente paralizante. De aquí se deriva la percepción de los ciudadanos, que ven el mundo académico cada vez más lejano; y la realidad de la universidad, cada vez menos preparada para dar respuestas a los grandes interrogantes de nuestro tiempo.
¿Cómo puede la universidad ayudar a la Unión Europea –por poner un ejemplo– cuando está atravesando por los mismos problemas? El histórico presidente de la Comisión Europea Jacques Delors comparaba Europa con una bicicleta: si paramos de pedalear, nos caemos. Ahora hay quien se pregunta: ¿se trata sólo de pedalear? ¿de dónde venimos y a dónde vamos? La universidad debería poder contestar. La Unión Europea –dicen– basa su poder en ser una inmensa máquina burocrática, lo que también produce desafección. A la universidad le sucede lo mismo. En el fondo, es un GPS que –a pesar de tener un mecanismo muy sofisticado– no guía a ninguna parte.

Cartografía del alma

Algunos apuntan que, para ser verdaderamente útil a la sociedad en la que se inserta, la universidad debería proponerse superar los problemas que la aquejan y recuperar su esencia. Por un lado, la universidad es una institución que surgió como la encarnación de la unidad del saber. Por lo tanto, en vez de multiplicar burocracias, los distintos centros deberían estructurarse de forma orgánica y fomentar la integración de los distintos estudios. Esto favorecería volver a su concepción humanista original y reconectar con las raíces de la cultura occidental, que son también las suyas propias: Jerusalén, Atenas y Roma. Es decir, la ética judeocristiana, la confianza en la razón y el respeto por el derecho.
“Las humanidades nos obligan a conjugar el mundo en primera persona,” afirma Arnold Weinstein, profesor de literatura comparada en la Universidad de Brown. El saber humanístico consiste –más que en el desarrollo de la erudición– en una forma de ver la realidad. “Un dispositivo como el GPS nos da la ruta más eficaz y directa a un destino concreto, pero presupone que nosotros sabemos a dónde nos dirigimos (...) se trata de trazar la cartografía del alma humana”. Es en este sentido que –como recuerda el intelectual británico Roger Scruton– la universidad había compaginado siempre la formación intelectual y humana de los alumnos con la ampliación del depósito cultural comunitario. Según Scruton, el impacto social y personal están íntimamente unidos y se requieren mutuamente.
Llegados a este punto, los miembros de la comunidad universitaria –entrenados en la honestidad y la comprensión del otro– estarían en condiciones de superar las limitaciones de lo políticamente correcto. Esta es la opinión de Juan Pablo Cannata, profesor de sociología de la comunicación en la Universidad Austral, para quien la gran aportación de la universidad sería desarrollar su capacidad de diálogo y luego trasladarla a toda la sociedad a través del discurso público. Haciendo esto la universidad no haría más que recuperar su esencia original. De hecho, la universitās magistrōrum et scholārium o comunidad de profesores y estudiantes medieval se fundamentaba en la discusión racional sobre diferentes puntos, las quaestiones disputatae.
A partir de esta corriente de pensamiento, se dibuja una universidad basada no tanto en la burocracia como en la unidad del saber y no tan focalizada en la especialización sino en los grandes problemas humanos y sociales. Sería un lugar donde se aprenderían las normas de la convivencia a partir del poso humanístico y ético de siglos de cultura y de las lecciones amargas de la historia. Esta universidad podría ser una gran promotora del diálogo a través de la revaloración del discurso público y del respeto a todas las personas. Y, en definitiva, la brújula que necesita Occidente.

lunes, 3 de abril de 2017

Redención 2017


Southpaw
Contenidos: Imágenes (algunas V)
Reseña:
Billy “El Grande” Hope, campeón del mundo de los pesos semipesados de boxeo (Jake Gyllenhaal) lo tiene todo: una impresionante carrera, una hermosa y enamorada esposa Maureen Hope (Rachel McAdams), una hija adorable (Oona Lawrence) y un estilo de vida con todo tipo de lujos. Pero cuando su mánager y amigo de toda la vida Jordan (50 Cent) le abandona, Hope toca fondo y se presenta ante un inusual salvador en un decadente gimnasio local: Tick Willis (Forest Whitaker), un bombero retirado y entrenador de los boxeadores amateur más duros de la ciudad. Con su futuro dependiendo de la dirección y la tenacidad de Tick, Billy se enfrenta a la batalla más dura de su vida, en la que luchará por su propia redención y por recuperar la confianza de los que ama.
Una muesca más en el tan hollywoodiense subgénero de las películas de boxeo, cuya temática tanto se presta a dar perfecto cumplimiento al gran sueño americano, con cuestiones como la superación de los obstáculos y la consecución del éxito, aunque no se limite únicamente al mero deporte. En el film que nos ocupa, el propio título –Redención– no esconde por dónde va a discurrir la trama, que muestra el itinerario clásico del éxito, la fama, la caída y la recuperación, aunque dentro de un argumento familiar altamente dramático y no sólo deportivo.
Ayuda a que Redención funcione más que bien que detrás está Antoine Fuqua (The Equalizer), un director con pulso narrativo contrastado, que más allá de las excelentes imágenes sobre el ring, sabe contar una historia sin dejarse llevar por efectismos. Las interpretaciones son buenas.  

David Lynch: The Art Life


David Lynch: The Art Life
Contenidos: ---
Reseña: 
Un documental correcto, destinado a los conocedores del cine y "la" serie de David Lynch, que quieran profundizar en su background, raíces familiares y formación artística, que invita a especular sobre qué habría pasado si... el cineasta no hubiera obtenido una beca del American Films Institute para sus estudios, y se hubiera dedicado plenamente a la pintura.
Quien quiera conocer un poco más al que es denominado "ángel de la totalidad", y saber de la familia normal, numerosa y feliz, con la que creció en Montana, de su aprendizaje en el taller de pintura de Bushnell Keeler, de sus singulares cuadros con personajes de brazos muy estirados y algunas de sus pesadillas oníricas recurrentes, o de la familia que él crea, sí encontrará abundante información.

Mañana empieza todo


Demain tout commence
Contenidos: Imágenes (algunas X-)
Reseña: 
Samuel es un joven soltero y conquistador que vive en la costa francesa. Un día una antigua aventura se presenta con un bebé en brazos, le comunica que es su hija y desaparece. Incapaz de llevar una vida con un bebé intenta encontrar a la madre sin éxito. Pasa el tiempo y mientras la niña va creciendo llevan una vida divertida y maravillosa. 8 años más tarde la madre regresa para recuperar a su hija.
Comedia dramática poco elaborada: Hugo Gelin ha realizado un remake de No se aceptan devoluciones (2013) contando exclusivamente en el carisma y popularidad –y tiene mucho– de Omar Sy, el sonriente enfermero de la película Intocable; pero ha cuidado poco el resto de la historia, recurriendo constantemente a clichés. Con todo, la película funciona. La relación entre ese padre a la fuerza y una niña encantadora y precoz está hecha para seducir al público y jugar con sus sentimientos. Se entiende el éxito en taquilla…

Los pitufos: La aldea escondida


Smurfs: The Lost Village
Contenidos: ---
Reseña: 
Un misterioso mapa coloca a Pitufina y a sus mejores amigos Pitufo Filósofo, Pitufo Torpe y Pitufo Fortachón en una emocionante e intrigante carrera a través de El Bosque Prohibido, lleno de mágicas criaturas, para encontrar la misteriosa aldea escondida antes que el malvado mago Gargamel. Embarcados en un trepidante viaje lleno de acción y peligro, están a punto de descubrir uno de los mayores secretos de la historia de Los Pitufos.
Pitufina se siente perpleja. Cada uno de sus convecinos pitufos tiene un rol, pero a ella no se le da bien la repostería, como al Pitufo Panadero, no es tan leída como Filósofo; ni siquiera refunfuña tan bien como Gruñón, ni mete la pata como Torpe. Tendrá la oportunidad de demostrar su valía cuando el malvado Gargamel parta siguiendo pistas que indican la existencia de otra aldea pitufa. En su tarea de advertir a quienes vivan allí de la llegada del brujo –que la creó para capturar a sus semejantes– Pitufina contará con la ayuda de tres de sus compañeros.
A la tercera va la vencida, y este tercer largometraje de los pitufos que presenta Sony abandona la mezcla de humanos y personajes generados por ordenador, y opta por la animación pura y simple. El resultado es superior a las dos entregas anteriores: da más juego a los protagonistas y a la imaginación de los animadores.
La animación es buena y el ritmo intenso, no deja un momento de respiro. Muchas escenas han sido pensadas expresamente para el 3D. Hay que recordar que se trata de una historia destinada a los más pequeños, y tiene menos interés para los adultos que no sean aficonados en estos simpáticos personajes azules. 

Ghost in the Shell: El alma de la máquina

Ghost in the Shell

Contenidos: Imágenes (varias V, S)
Reseña: 
El guión desarrolla una historia completamente nueva, que acierta al apartarse del tono pretencioso pseudofilosófico de las anteriores de este director. Incluso se le puede acusar de lo contrario, pues al tratar de fabricar un producto asequible para un público amplio, acaba resultando demasiado ligero, pues apenas desarrolla el tema central, la búsqueda de la identidad, y otros que se apuntan, como la ética en la utilización de la tecnología.
Esta película de Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador) se basa en la homónima saga y retoma la clásica relación entre la criatura –en este caso cibernética– y el creador, que tan magistralmente plasmó Blade Runner, de Ridley Scott. Pero esta lo hace muy pegado a la estética posmoderna y al universo ciberpunk, y sin llegar a la hondura antropológica de aquella. Visualmente es valiosa, dentro de esas claves, pero narrativamente se enfanga a menudo y pierde fuelle.
La cinta da importancia sobre todo a las secuencias de acción. Todas ellas logran la suficiente espectacularidad, sin resultar demasiado revolucionarias.

Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...