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jueves, 6 de abril de 2017

Occidente, en busca de su brújula


Miguel Urmeneta, Aceprensa, 31 marzo 2017
La sociedad tiene problemas complejos que requieren soluciones complejas. Esta coyuntura podría ser la oportunidad para que la enseñanza superior volviera a ser relevante. La universidad –encallada en el debate sobre los límites de la libertad de expresión– busca su encaje social entre el pragmatismo y la herencia humanística.
Vivimos en tiempos líquidos. La ciudadanía critica que los políticos no saben dialogar para llegar a acuerdos. La democracia pasa por un mal momento, tensionada entre la legitimidad que otorgan los referéndums y la autoridad de los representantes electos. Se suceden episodios que fuerzan las costuras de la libertad de expresión. El diccionario Oxford declara posverdad como palabra del año 2016. El Brexit y el auge de los populismos replantean la misma idea de Europa. Muchos ciudadanos navegamos en este mar de incertidumbres. ¿Cómo podemos encontrar respuestas a preguntas tan fundamentales?

Laberinto universitario


Sobre el papel, la universidad podría ser la brújula que necesitamos: un ámbito de reflexión con potencial para sumergirse en problemas complejos y profundos. No obstante, ella misma parece estar buscando la salida a su propio laberinto. En los últimos 50 años, la universidad ha experimentado cambios importantes. Posiblemente por influencia de la revolución industrial, la dimensión práctica de los conocimientos ha acabado siendo la preponderante. Este giro debería haber acercado la universidad a las necesidades reales de la sociedad. No obstante, hay quien lamenta que “todas las disciplinas se han vuelto más y más especializadas, y más y más cuantitativas, por lo que cada vez son menos accesibles al gran público”.
Además, la sustitución de la reflexión profunda por cuestiones más instrumentales se ha dado de forma paralela a una creciente burocratización. Este proceso afecta a buena parte de la vida académica: los trámites administrativos, el proceso de acreditación del profesorado o el sistema para publicar en revistas científicas son algunos ejemplos. El funcionamiento de las universidades sigue –a juicio de muchos ciudadanos– una lógica demasiado endógena para que no se las considere una especie de mundo paralelo.

Bienestar emocional

La universidad y la sociedad en su conjunto están experimentando tensiones contrapuestas en materia de libertad de expresión, que es una de las bases tanto de una como de la otra. Recientemente parece que este debate ha ido intensificándose, de forma especial en el ámbito anglosajón. Por ejemplo, en 2014 tuvo eco la petición de unos alumnos de la Universidad de California en Santa Bárbara que se sintieron incómodos cuando se proyectó en clase un vídeo de una violación. A partir de aquí, pidieron que los profesores dieran avisos (trigger warnings) si pensaban utilizar contenidos que pudieran hacer revivir traumas a los alumnos. Ante demandas similares, otras universidades han optado por establecer espacios seguros (safe spaces). En este caso, se trata de evitar cualquier referencia a temas que –como el género, la religión o el origen étnico– pudiera dar pie a conductas discriminatorias. Esta misma sensibilidad ha llevado a suspender conferencias con ponentes potencialmente controvertidos.
La mayoría de la comunidad universitaria está de acuerdo en favorecer un ambiente inclusivo en las aulas, cosa que no siempre se logra. Las diferencias aparecen en la forma de conseguirlo. Mientras algunos defienden iniciativas como las antes mencionadas, otros piensan que la única forma de empatizar con los diferentes es el diálogo y que aplicar a toda la clase el trato que se debe dispensar a personas traumatizadas sería excesivo. También se han levantado voces en contra de vetar a conferenciantes que proponen una discusión racional sobre temas conflictivos. En este sentido, como se advierte en un artículo muy citado, la función de la corrección política podría haberse desvirtuado: “El movimiento contemporáneo es básicamente sobre el bienestar emocional”.
Además, por este camino, la universidad podría caer en la irrelevancia. Así lo cree un profesor que en 2011 dejó de impartir su asignatura sobre problemas morales contemporáneos: "Los estudiantes saben que hay una opinión políticamente correcta en muchos asuntos. Por lo tanto, cuando surge algo relacionado con la raza, el sexo, etc. veo que muchos estudiantes desconectan. Creo que lo ven así: o lo que viene después es políticamente correcto y ya lo han oído antes, en cuyo caso es inútil y aburrido; o presenta un desafío a esa perspectiva, en cuyo caso es peligroso”.

GPS sin rumbo

Así, parece que –de una parte– la universidad ha perdido la iniciativa y ya no es el motor de creación y difusión cultural en Occidente. De hecho, sucede al contrario: es la industria y los negocios quienes han impregnado de su lógica a la universidad. Por otro lado, con la tan denostada burocracia, la universidad ha quedado atrapada en procedimientos que ella misma ha generado. Finalmente, el debate sobre la libertad de expresión puede ser igualmente paralizante. De aquí se deriva la percepción de los ciudadanos, que ven el mundo académico cada vez más lejano; y la realidad de la universidad, cada vez menos preparada para dar respuestas a los grandes interrogantes de nuestro tiempo.
¿Cómo puede la universidad ayudar a la Unión Europea –por poner un ejemplo– cuando está atravesando por los mismos problemas? El histórico presidente de la Comisión Europea Jacques Delors comparaba Europa con una bicicleta: si paramos de pedalear, nos caemos. Ahora hay quien se pregunta: ¿se trata sólo de pedalear? ¿de dónde venimos y a dónde vamos? La universidad debería poder contestar. La Unión Europea –dicen– basa su poder en ser una inmensa máquina burocrática, lo que también produce desafección. A la universidad le sucede lo mismo. En el fondo, es un GPS que –a pesar de tener un mecanismo muy sofisticado– no guía a ninguna parte.

Cartografía del alma

Algunos apuntan que, para ser verdaderamente útil a la sociedad en la que se inserta, la universidad debería proponerse superar los problemas que la aquejan y recuperar su esencia. Por un lado, la universidad es una institución que surgió como la encarnación de la unidad del saber. Por lo tanto, en vez de multiplicar burocracias, los distintos centros deberían estructurarse de forma orgánica y fomentar la integración de los distintos estudios. Esto favorecería volver a su concepción humanista original y reconectar con las raíces de la cultura occidental, que son también las suyas propias: Jerusalén, Atenas y Roma. Es decir, la ética judeocristiana, la confianza en la razón y el respeto por el derecho.
“Las humanidades nos obligan a conjugar el mundo en primera persona,” afirma Arnold Weinstein, profesor de literatura comparada en la Universidad de Brown. El saber humanístico consiste –más que en el desarrollo de la erudición– en una forma de ver la realidad. “Un dispositivo como el GPS nos da la ruta más eficaz y directa a un destino concreto, pero presupone que nosotros sabemos a dónde nos dirigimos (...) se trata de trazar la cartografía del alma humana”. Es en este sentido que –como recuerda el intelectual británico Roger Scruton– la universidad había compaginado siempre la formación intelectual y humana de los alumnos con la ampliación del depósito cultural comunitario. Según Scruton, el impacto social y personal están íntimamente unidos y se requieren mutuamente.
Llegados a este punto, los miembros de la comunidad universitaria –entrenados en la honestidad y la comprensión del otro– estarían en condiciones de superar las limitaciones de lo políticamente correcto. Esta es la opinión de Juan Pablo Cannata, profesor de sociología de la comunicación en la Universidad Austral, para quien la gran aportación de la universidad sería desarrollar su capacidad de diálogo y luego trasladarla a toda la sociedad a través del discurso público. Haciendo esto la universidad no haría más que recuperar su esencia original. De hecho, la universitās magistrōrum et scholārium o comunidad de profesores y estudiantes medieval se fundamentaba en la discusión racional sobre diferentes puntos, las quaestiones disputatae.
A partir de esta corriente de pensamiento, se dibuja una universidad basada no tanto en la burocracia como en la unidad del saber y no tan focalizada en la especialización sino en los grandes problemas humanos y sociales. Sería un lugar donde se aprenderían las normas de la convivencia a partir del poso humanístico y ético de siglos de cultura y de las lecciones amargas de la historia. Esta universidad podría ser una gran promotora del diálogo a través de la revaloración del discurso público y del respeto a todas las personas. Y, en definitiva, la brújula que necesita Occidente.

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