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lunes, 3 de abril de 2017

Mañana empieza todo


Demain tout commence
Contenidos: Imágenes (algunas X-)
Reseña: 
Samuel es un joven soltero y conquistador que vive en la costa francesa. Un día una antigua aventura se presenta con un bebé en brazos, le comunica que es su hija y desaparece. Incapaz de llevar una vida con un bebé intenta encontrar a la madre sin éxito. Pasa el tiempo y mientras la niña va creciendo llevan una vida divertida y maravillosa. 8 años más tarde la madre regresa para recuperar a su hija.
Comedia dramática poco elaborada: Hugo Gelin ha realizado un remake de No se aceptan devoluciones (2013) contando exclusivamente en el carisma y popularidad –y tiene mucho– de Omar Sy, el sonriente enfermero de la película Intocable; pero ha cuidado poco el resto de la historia, recurriendo constantemente a clichés. Con todo, la película funciona. La relación entre ese padre a la fuerza y una niña encantadora y precoz está hecha para seducir al público y jugar con sus sentimientos. Se entiende el éxito en taquilla…

Los pitufos: La aldea escondida


Smurfs: The Lost Village
Contenidos: ---
Reseña: 
Un misterioso mapa coloca a Pitufina y a sus mejores amigos Pitufo Filósofo, Pitufo Torpe y Pitufo Fortachón en una emocionante e intrigante carrera a través de El Bosque Prohibido, lleno de mágicas criaturas, para encontrar la misteriosa aldea escondida antes que el malvado mago Gargamel. Embarcados en un trepidante viaje lleno de acción y peligro, están a punto de descubrir uno de los mayores secretos de la historia de Los Pitufos.
Pitufina se siente perpleja. Cada uno de sus convecinos pitufos tiene un rol, pero a ella no se le da bien la repostería, como al Pitufo Panadero, no es tan leída como Filósofo; ni siquiera refunfuña tan bien como Gruñón, ni mete la pata como Torpe. Tendrá la oportunidad de demostrar su valía cuando el malvado Gargamel parta siguiendo pistas que indican la existencia de otra aldea pitufa. En su tarea de advertir a quienes vivan allí de la llegada del brujo –que la creó para capturar a sus semejantes– Pitufina contará con la ayuda de tres de sus compañeros.
A la tercera va la vencida, y este tercer largometraje de los pitufos que presenta Sony abandona la mezcla de humanos y personajes generados por ordenador, y opta por la animación pura y simple. El resultado es superior a las dos entregas anteriores: da más juego a los protagonistas y a la imaginación de los animadores.
La animación es buena y el ritmo intenso, no deja un momento de respiro. Muchas escenas han sido pensadas expresamente para el 3D. Hay que recordar que se trata de una historia destinada a los más pequeños, y tiene menos interés para los adultos que no sean aficonados en estos simpáticos personajes azules. 

Ghost in the Shell: El alma de la máquina

Ghost in the Shell

Contenidos: Imágenes (varias V, S)
Reseña: 
El guión desarrolla una historia completamente nueva, que acierta al apartarse del tono pretencioso pseudofilosófico de las anteriores de este director. Incluso se le puede acusar de lo contrario, pues al tratar de fabricar un producto asequible para un público amplio, acaba resultando demasiado ligero, pues apenas desarrolla el tema central, la búsqueda de la identidad, y otros que se apuntan, como la ética en la utilización de la tecnología.
Esta película de Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador) se basa en la homónima saga y retoma la clásica relación entre la criatura –en este caso cibernética– y el creador, que tan magistralmente plasmó Blade Runner, de Ridley Scott. Pero esta lo hace muy pegado a la estética posmoderna y al universo ciberpunk, y sin llegar a la hondura antropológica de aquella. Visualmente es valiosa, dentro de esas claves, pero narrativamente se enfanga a menudo y pierde fuelle.
La cinta da importancia sobre todo a las secuencias de acción. Todas ellas logran la suficiente espectacularidad, sin resultar demasiado revolucionarias.

domingo, 26 de marzo de 2017

Vocación

 25.03.2017 |Por Higinio Marín, "La Opinión", de Murcia.

Higinio Marín
Los únicos en el mundo que son realmente afortunados, decía Churchill, son los que disfrutan con su trabajo». Se trata, en efecto, de una exageración, pero que no distorsiona sino que acierta a señalar la importancia decisiva de la relación que tenemos con nuestro trabajo. De hecho, los sociólogos coinciden en señalar que se trata, junto con las relaciones familiares, del aspecto en el que más comúnmente ciframos nuestra identidad.
Sin embargo, encontrar el propio camino en la vida no es fácil. A veces porque no resulta interiormente clara la dirección a tomar, a veces porque los impedimentos que se enfrentan a nuestras preferencias son inamovibles, y a veces porque implican un esfuerzo que no se puede afrontar. Además no siempre lo que se desea con preferencia está al alcance de nuestra elección, y con frecuencia aunque haya diversas opciones, no sentimos por ninguna de ellas la suficiente predilección.
Y no obstante, buena parte de la vida nos va en acertar a preferir lo que realmente somos y a persistir en esa dirección, aunque también sea del todo preciso saber abandonar los espejismos de un yo preferido pero irreal. Distinguir entre lo uno y lo otro es más bien algo que nos pasa cuando ya se ha superado la dificultad, es decir, cuando la vida discurrida nos ha dado pruebas al respecto. Por eso la juventud es el periodo donde se concentran todas esas incertidumbres y desorientaciones.
Pero también es el tiempo de lo prometedor por excelencia. Y en ese atolladero de perplejidades puede sobrevenirnos un auxilio externo: la admiración que nos causa la perfección con la que alguien realiza su labor, o bien la fascinación sentida ante la encarnación que hace de una misión u oficio. Es el atractivo interior que nos suscita el desenvuelto dominio de alguien en su tarea, lo que acierta a descubrir nuestros gustos y nos pone sobre la pista de lo que quisiéramos ser. Si ese deslumbramiento se traduce en una sentida invitación a su emulación, el sujeto puede considerarse afortunado porque ha encontrado un maestro con el que hacerse aprendiz de un oficio.
Es cierto que todavía quedará por afrontar la incertidumbre principal, a saber, el alcance de la propia capacidad. Pero ese descubrimiento estará pendiente de que se ponga el suficiente empeño y abnegación para averiguar si esa emoción apunta a un quehacer cuya perfección se nos puede convertir en una pasión duradera. Una pasión cuya certificación la da el gusto y la inclinación a procurar incansablemente la perfección posible en lo que se hace.
Tener una vocación es poder decir aquello que la cocinera del cuento de Karen Blixen, El festín de Babette, le dijo a quienes preferían no dejarle preparar una cena por todo lo alto: «¡Dejadme que lo haga tan bien como soy capaz!». Aspirar y ser capaz de dicha perfección, al menos en cierta medida, es la confirmación de que entre esa tarea y nuestra persona hay una relación esencial, decisiva para nosotros y lo que somos.
Además, experimentar que el propio destino está asociado a la perfección en lo que se hace, suele inducir a poner un empeño que probablemente terminará por producir el reconocimiento ajeno. Y no me refiero solo ni principalmente al prestigio profesional que suele acompañar a quienes se dedican a algo con pasión, sino a un reconocimiento más elemental pero decisivo: los demás te llaman para que hagas lo que has aprendido a hacer llevado de una pasión por la perfección que seguramente desconocen. Y en realidad da igual que la desconozcan, porque cuando te llaman llevados de su necesidad te dejan volver a intentar hacerlo tan bien como sea posible.
De hecho, que otros nos llamen porque necesitan algo debería ser tomado como un indicio estimable del camino a tomar. Por algo ´vocación´ procede del latín vocare que significa ´llamar´, así que la vocación está tanto en aquello para lo que te llaman como en lo que te llama atrayendo tu interés. Y no siempre uno de esos aspectos tiene que preceder al otro, porque hay muchas personas que no tienen una vocación definida en la forma de una tarea específica, pero sienten la inevitable necesidad de tener algo que ofrecer a los demás, de ser útiles y estimables para ellos.
La verdadera tragedia del paro en nuestras sociedades no está en la imposibilidad de obtener un determinado nivel de renta, sino en la experiencia que se hace sentir al desocupado de que nadie espera que tenga nada que ofrecer de valor para los demás. Poder ofrecer algo valioso en donde los demás nos reconozcan es una necesidad esencial sin cuya experiencia nuestra dignidad queda desasistida. Incluso en el trabajo más oneroso y realizado por la más estricta necesidad, la búsqueda afanosa de la perfección por parte de quien lo hace, introduce un elemento de gratuidad, de ofrecimiento generoso, libérrimo y benigno para los demás, sin el que cualquier labor se vuelve un suplicio, por bien pagada y reputada que esté.
De ahí que el reconocimiento de la obra bien hecha y su alabanza formen parte esencial de un orden social justo, en el que a cada uno se le da lo que merece y con holgura. En España deberíamos ejercitar con peculiar constancia el hábito de alabar a quien lo merece para contrarrestar nuestra oscura afición a celebrar lo vergonzoso de los demás escarneciéndolo, por no hablar de los sinuosos pliegues de la envidia que niega lo valioso en el otro por el dolor de no tenerlo.
De hecho, lo que Caín envidió en Abel no fueron sus posesiones sino sus ofrendas, es decir, lo que tenía para ofrecer según una perfección interior que le hacía reconocible. Sin esa pasión por la perfección como un exceso libérrimamente procurado en lo que se hace por un decisivo interés interior, las sociedades y las civilizaciones languidecen entre chapuzas y una mediocre y triste melancolía de lo valioso. Me temo que las crisis económicas y sociales tienen mucho más que ver con la miseria cainita de quienes no tienen nada perfecto que ofrecer de lo que las teorías económicas son capaces de advertir.
Tener vocación es, pues, presentir el cumplimiento del propio destino mediante la perfección posible de lo que se hace convertida en ofrecimiento, en la gratuidad del exceso apasionado tras la perfección. Un rasgo lo delata: quien tiene la perfección como pasión de su oficio se cansa pero no se fatiga, pues ésta es la pena de los que recorren la vida sin descubrir qué ni quiénes les llaman.

¿Tú también tienes sueño?

Más del 80% de la población española padece algún tipo de trastorno del sueño en algún momento de su vida y hasta un 4% lo sufre de forma crónica. En concreto, el insomnio es el problema más frecuente que, en grados variables, afecta a más del 25% de la población española.
El especialista en Neurología de la Clínica Universidad de Navarra en Madrid, Javier Cabanyes Truffino, aborda este trastorno en su nuevo libro “Dormir y Soñar”, una obra que explica desde el concepto del sueño hasta sus fases, más trastornos y relación con la personalidad de cada individuo.
“Decidí escribir este libro porque el sueño ocupa más de 1/3 de nuestro día y de nuestras vidas, además de que las repercusiones en la salud y en la enfermedad son enormes. Además se trata de uno de los temas que más cuestiones plantea a la mayoría de mis pacientes”, asegura el neurólogo de la Clínica Universidad de Navarra.
Publicado por la editorial EUNSA, en sus páginas destaca la teoría de la siesta como beneficio o como perjuicio para la salud y una interpretación de las ensoñaciones o actividad onírica. Entre sus capítulos más extendidos, el autor hace referencia a los cuidados del sueño y los factores que influyen en este, como piscobiológicos, socioambientales, de temperatura, luminosidad o consumo de tabaco, entre otros. “Es de enorme importancia evitar el acúmulo de estrés y no solo eso, sino que debemos manejar métodos para liberar tensiones”, asegura el especialista.
Licenciado en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid, Javier Cabanyes Truffino se especializó en Neurología e imparte clases de Psicopatología. Tiene un doctorado por la Universidad Autónoma de Madrid y trabaja en la sede madrileña de la Clínica Universidad de Navarra.

Quién es ultra, quién es ultracatólico: ¿o todas las ideas no son libres en tiempos democráticos?

Por Javier Aranguren

Últimamente, y para mi sorpresa, aprendo nuevas palabras que al parecer todo el mundo usa con naturalidad. Una de ellas es tránsfobo: una fobia de la que nunca había oído hablar, palabra que mi ordenador subraya en rojo diciendo que no existe, y que resulta que es uno de los mayores males que hay aunque, según parece, se trate de un trastorno muy minoritario –no el de los trans, que es dogma que no se debe calificar de trastorno, sino el de los transfóbicos, que es dogma que sí–.

Se me ocurría, todo inocente, que si se trata de una fobia(esto es, de un miedo irracional e injustificado) no hay razón para lapidar públicamente a esos pobres tránsfobos, pues a fin de cuentas –dicen los ideólogos de género– nadie elige sus miedos, ni sus tendencias, ni sus inclinaciones (sexuales ni, supongo, morales): las siente y lo auténtico es aceptarlas. Me pregunto si ser tránsfobo-fobo no será tan grave –o tan inocuo– como ser solamente tránsfobo: puestos a temer, temer a los que temen a los trans debería ser tan malo (o bueno, o inocuo) como simplemente sentir un único nivel de fobia. Y si traducimos “fobia” no por “miedo” sino por “odio”, ¿no son entonces igualmente odiadores?, ¿no son entonces igualmente culpables de hacer algo inaceptable –odiar la inclinación de otros, aunque sea una inclinación presuntamente contraria a otra inclinación–?
Otro de los términos novedosos con los que me topo es el de ultracatólico. Digo novedoso porque al parecer representa a unos pocos católicos que se han vuelto majaretas y se han convertido en unos fanáticos peligrosísimos. La expresión ultra, no podemos negarlo, tiene siempre connotaciones ultranegativas, bien sea en forma de hinchadas violentas en los estadios de fútbol o de jóvenes nazis (¿o comunistas?) persiguiendo al disidente. Aunque a lo mejor ocurre que ultracatólico acaba siendo cualquier tipo/tipa que acepta el mensaje de la Iglesia (desde el Papa Francisco hasta la feligresa anciana del banco de delante que insiste en ir a Misa cada mañana).
Como siempre pasa con el lenguaje, lo necesario será definir la palabra antes de usarla. ¿Quién es un ultracatólico? ¿Alguien que se ha salido del tiesto de la Iglesia, o alguien que porque sigue la doctrina de la Iglesia no lo podemos soportar en nuestra sociedad abierta? (¿o deberíamos decir “cerrada” –a los que no son o piensan como “nosotros”–?).
Veamos un ejemplo para ver cómo se aplica esta etiqueta: en la maternidad subrogada, se trata de vender como normal el pago a mujeres para realizar la gestación de alguien del que tienen que renegar como hijo, y luego se pretende que sea normal afirmar que ese niño tiene dos papás, o un solo papá. Uno se niega a aceptar la normalidad de ambas conductas (la primera le recuerda radicalmente al comercio con seres humanos, la segunda es biológicamente insostenible). ¿Es eso ser ultracatólico? ¿La objetividad biológica es ideológica? ¡Caramba!
O se defiende que la adopción de niños debería ser prioritaria (y, por números de posibles adoptantes, exclusiva) de parejas heterosexuales, que además deberían ser estables –públicamente comprometidas a ser estables– porque lo que se defiende es el bien del niño. ¿Seré ultracatólico también en esto? Yo pensaba que tenía una cosa llamada sentido común, porque con ambas cuestiones también sería judío (¿ultra?), musulmán (¿ultra?, ¿yihadista?), budista (¿ultra?) o ateo (¿ultraateosuperateo?). La biología no depende de las creencias, sino de los hechos. Y el bien de los niños es el que es.
Resulta impresionante la agenda: se lanza una palabra que no se entiende, y se declara que apoyarla (a la palabra, y a todas las pretensiones de los que la usan) es lo mismo que militar en el “partido de la Verdad”. Se impone como pensamiento único (un nuevo dogma, una nueva inquisición, una nueva intolerancia) esa doctrina. Y quien se sale de la ortodoxia se convierte en el “mentiroso”, en el “odiador”, en el “fóbico”, en el “Otro”, en el “enemigo”. Y si los católicos no se adaptan a la nueva fe, deberán perder su cátedra, su profesión como educador, su palabra en los medios, su trabajo de médico o enfermera, o ir con los drag queens de Canarias, que al parecer no son fóbicos porque contra lo ultracatólico (¿o era lo simplemente católico?) no se pueden cometer falta o pecado, sino que se vive la casta virtud de la libertad de expresión.
El juego con las palabras, la “neolengua” mencionada por George Orwell en su novela 1984, es una constante de las sociedades en las que la ideología ha acallado a la razón. Ya nada significa nada, se han perdido las referencias objetivas (todo son definiciones decididas democráticamente), de modo que nada se puede defender de modo absoluto (ni la dignidad, ni la biología, ni el sentido común). Tampoco se puede analizar desde la crítica racional lo que la mayoría (la corrección política) impone: no se piensa, se acepta, se sonríe, se asiente a las lecciones de adoctrinamiento escolar y televisivo. Si alguien no piensa como está previsto se le reduce a una etiqueta (tránsfobofascistaultracatólico…), y en nombre del relativismo total se defiende de modo fanático dogmas construidos desde la agenda de los ideólogos del mercado de las ideas. Quienes no comulgan con “la Verdad” son considerados indignos de participar en el juego social, y son reducidos a la condición de odiadores, de ultras, aunque ellos ni lo sientan así ni lo sepan.
El totalitarismo no viste solo con los bigotes de Stalin.

La trama más buscada o la elevación de Putin al gobierno mundial.



Por Ignacio Arechaga, Aceprensa, 21.III

Comités parlamentarios que llaman a declarar a personajes públicos para que demuestren que no tienen lazos con Rusia. Políticos que son descalificados por haber tenido conversaciones con el embajador ruso. Medios de comunicación que crean un clima de sospecha de actividades antiamericanas por parte de quienes no se declaran adversarios de Moscú. Exigencias de que el FBI investigue y busque pruebas de la influencia rusa en la política y en la administración de EE.UU. Este flashback del clima de sospecha de la Guerra Fría recuerda demasiado el episodio del macarthismo en los años cincuenta, solo que esta vez es atizado por la izquierda liberal en nombre de la “defensa de la democracia” en la época de Trump.
La narrativa de la “trama rusa” (un nombre que lleva en sí mismo la condena) es muy sencilla: Putin quería que ganase Trump; los servicios secretos rusos se dedicaron a “hackear” los e-mails del Comité Nacional Demócrata y del jefe de campaña de Hillary Clinton, John Podesta; los filtraron a Wikileaks, y su publicación dañó tanto a Hillary Clinton que le hizo perder las elecciones. Así, Rusia manipuló a los electores norteamericanos.
Putin debe de sentirse muy orgulloso de que se le reconozca tanto poder. Pero, aunque esto fuera cierto (cosa que hasta ahora nadie ha demostrado), solo revelaría la ingenuidad del partido demócrata, incapaz de defenderse ante los piratas informáticos, y las propias maniobras ocultas del Comité Nacional para favorecer a Clinton frente a Sanders. También resultaría bastante humillante que la primera potencia mundial fuera tan fácilmente manipulable por un poder extranjero.
Pero, en realidad, el efecto de estas revelaciones en el resultado electoral fue mínimo frente a otros factores. Es muy discutible que la gente votase en función de lo que escribiera o dejara de escribir en sus e-mails John Podesta, que sigue siendo un perfecto desconocido para la gran mayoría. Desde luego, nada comparable al efecto de las recetas simplistas de Trump, su apelación al orgullo nacional con el “America first” y su desinhibido estilo populista.
Que Putin prefería la victoria de Trump es claro, y que haya hecho lo que estuviera a su alcance para favorecerlo, también. Pero de ahí a demostrar que Trump se puso de acuerdo con Putin para sabotear a su rival y que esto bastó para  cambiar el signo de las elecciones hay un trecho que por el momento solo lo ha recorrido la imaginación.
No hace falta ser ningún fan de Trump para advertir que desde el primer momento sus adversarios no se han limitado a criticar sus políticas, sino que buscan deslegitimarlo, atribuyendo su triunfo a maniobras fraudulentas. Y esto da origen también a un doble rasero en la calificación de hechos.
Si una filtración de informaciones proviene de Wikileaks y beneficia a Trump, es una maniobra orquestada por los rusos para subvertir la democracia americana. Pero si se filtran documentos del FBI que pueden perjudicar a Trump es una útil y legítima fuente de información.
La falta de pruebas no descalifica del mismo modo según quien la esgrima. Aunque no haya pruebas, los demócratas y la prensa afín pueden dictaminar que la hipótesis de la colusión entre Trump y Putin es “seria” y merece ser investigada. Como también fue seria en otro momento la tesis –por el momento aparcada– de que Moscú tenía material comprometedor que podía utilizar contra Trump. Pero si Trump responde a este juego con otra denuncia sin pruebas, como que Obama le espió, entonces no es más que una cortina de humo sin base.
Si Trump denuncia a parte de la prensa como “enemigos del pueblo” es una prueba de su retórica extremista; pero basta calificar a Trump de “fascista” para tener carné de defensor de la democracia.
Haber tenido algún contacto con el embajador ruso en EE.UU., el dinámico Serguéi Kisliak, admite también diversas lecturas. Si se trataba de un candidato al gobierno de Trump, haber hablado con el embajador equivale a una reunión de compinches para sabotear la democracia, lo que le descalifica para el puesto; pero si luego resulta, como ha resultado, que también se entrevistó con destacados políticos demócratas, esto no es más que un ejemplo de relaciones habituales. Por otro lado, ¿no es normal que un embajador procure hablar con políticos de todos los lados para recabar información y saber qué opinan?
La pista de la supuesta “trama rusa” debería llevar a decisiones de Trump que favorezcan los intereses de Putin. Sin embargo, su primer presupuesto prevé un aumento del 10% en un ya abultado capítulo de Defensa, lo que no debe de haber hecho muy feliz al presidente ruso. En vez de la paloma de la paz ruso-americana, nos encontramos con un halcón que quiere que “EE.UU. vuelva a ganar guerras”.
Hasta ahora, los halcones americanos buscaban la confrontación con Rusia, mientras que la izquierda liberal subrayaba las virtudes del diálogo y la influencia del soft power. En cambio, ahora parece que para los críticos de Trump, la Guerra Fría no ha terminado y cualquier entendimiento con la Rusia de Putin es anatema.
Si algo enseña el episodio del macarthismo es a no confundir los hechos con las sospechas, a no perseguir a los adversarios políticos en nombre de la seguridad nacional, y a evitar los linchamientos mediáticos que crean un clima de histeria.
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Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...