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lunes, 16 de abril de 2018

Para combatir la soledad

Antonio Argandoña
El gobierno inglés ha nombrado una Ministra encargada de resolver el terrible problema de la soledad. Según un informe de la Jo Cox Commission on Loneliness, más de nueve millones de británicos se han sentido solos, a menudo o siempre, en 2017.
Bueno, pensarán algunos: esto es inevitable. Cuando te haces mayor, se van muriendo tus parientes, tus amigos… acabas viviendo en un barrio o un pueblo de gente mayor, que no salen a la calle… Sí, puede ser una consecuencia de nuestra civilización, del progreso técnico, del desarrollo económico, del tipo de sociedad que hemos ido creando… Claro que también afecta a los jóvenes…
Perdón por traer aquí mis recuerdos de cuando era niño. Iba a menudo a casa de una tía, hermana de mi madre, y me la encontraba frecuentemente sentada en la puerta de su casa, cosiendo, leyendo o charlando; los vecinos que pasaban la saludaban, y sospecho que nunca se sintió sola. Su nivel de vida era mucho menor del que tenemos ahora, pero su calidad de vida era mayor. Eso ya no es posible: no te puedes sentar en la puerta de tu casa a ver pasar a los vecinos. Y así nos va…
Buena idea la de tener una Administración pública encargada de buscar soluciones al problema. Pero no sé si acertarán en sus diagnósticos y, por tanto, en los remedios. Yo no pienso ofrecer recomendaciones, pero se me ocurre algo que ya he dicho otras veces: si quieres resolver un gravísimo problema social de alcance mundial, empieza trabajando en tu entorno próximo. Cuando llegues a casa, da un beso a los tuyos, aparca el móvil, cierra la televisión y ponte a hablar con ellos. ¿Que no quieren? Insiste. Habla de lo que ellos quieran, déjales sacar los temas, no polemices, no juzgues (algo tendrás que hacerlo, claro, pero no te conviertas en la voz de la conciencia)… Al menos estás transmitiendo un mensaje: en esta casa, podéis contar conmigo para, como decía el chiste, coser un huevo o freír una corbata. No estáis solos, no estaréis nunca solos, mientras yo esté aquí, y luego ya haréis vosotros otro tanto en vuestro entorno.
Y luego repite la experiencia con tus vecinos, cuyos nombres probablemente no conoces, ni sus aficiones, ni sus problemas… Alarga un poco tus conversaciones en el ascensor: no te supondrá un grave coste de tiempo, y será algo muy positivo para ellos, porque les estarás transmitiendo el mensaje de que ellos son importantes para ti. ¿Un fastidio? Sí, claro, pero, ¿no querías solucionar el problema de la soledad de tus vecinos?


A esto, en la terminología hoy arcaica de la ética, se le llama amorAmar es preocuparse por el bien del otro. Preocuparse es no solo pensar, sino hacer. No es un mero sentimiento o un propósito, es una realidad: ¿qué he hecho hoy para mostrar mi amor hacia los de mi familia, mis vecinos, mis compañeros de trabajo (¡oh!, qué necesitados de amor están… ¡No te puedes hacer una idea!). Hacer el bien, que empieza por escucharles, dedicarles tiempo (que sí, que tienes tiempo, sobre todo si sabes prescindir del móvil durante un rato), hacerles un pequeño favor (¿has probado el terrible efecto de una sonrisa?), corregirles, si hace falta… ¿A quiénes? A todos. Prueba de ir por la calle con una cara sonriente, mirando a la gente a los ojos… C.S. Lewis decía que amar es decir al otro: “es bueno que vivas”. Empieza tú, y deja que la Ministra de la Soledad se ocupe de lo que quiera… Si, al final, sus propuestas tienen éxito, será porque las habrá aprendido de ti.
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