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lunes, 9 de noviembre de 2015

No hagas nunca crítica negativa

Del libro "El poder oculto de la amabilidad" de Lawrence G. Lowasik
  
La crítica destructiva es una de las peores formas de faltar a la caridad: quien la lleva a cabo desprestigia, ataca, destruye y lo arruina todo. Va en contra de todo y de todo desconfía. Es la víctima de un orgullo y una envidia ocultos: embiste contra lo que hacen otros porque él no es capaz de hacerlo, o porque puede restarle la estima de los demás.
Haces crítica destructiva cuando te apresuras a echar un jarro de agua fría sobre planes y proyectos; cuando eres incapaz de reconocer que alguna tarea se está haciendo bien; y cuando no descubres ni un solo rayo de esperanza en la situación de este mundo. Tu pesimismo deja poco espacio a la esperanza y la alegría. Si solo respondes a una parte de esta descripción, acabarás convirtiéndote en una compañía ingrata aunque no expreses en voz alta tu opinión.
Restar importancia a los logros, la reputación o las habilidades de otros es una de las formas más insidiosas que adoptan el orgullo y la vanidad en el carácter de los hombres. Este defecto suele ir unido a una pretendida humildad.
No es lo mismo la costumbre de minusvalorar a los demás que la discusión rigurosa y crítica acerca de los méritos o el carácter de otros. La crítica objetiva, así como la expresión de las opiniones personales acerca de los logros ajenos, amplían la mente del hombre.
Minusvaloras a los demás si acostumbras a buscar qué cosas criticar en ellos antes de pensar en qué decir de bueno; si tiendes a encontrar más defectos a algo cuantos más elogios recibe de otros; si consideras inteligente oponerte siempre a todo, dejando ver que lo que te interesa no es la crítica sincera, sino atraer la atención sobre ti.
Benjamín Franklin, algo escaso de tacto en su juventud, llegó a ser tan diplomático en su trato con la gente que le nombraron embajador de Estados Unidos en Francia. El secreto de su éxito residía en su política de «no hablar mal de nadie, y sí de lo bueno que conozco de cada persona».
La crítica destructiva es una necedad, porque bastante tenemos con superar nuestras limitaciones para preocuparnos de que a Dios no le haya parecido conveniente repartir equitativamente el don de la inteligencia. Y es inútil, porque pone al hombre a la defensiva y suele llevarlo a intentar justificarse. Cuando estés tentado de criticar a alguien, recuerda que la crítica es como las palomas, que siempre regresan a donde las alimentan. Probablemente la persona a quien vayas a corregir y condenar se justificará y, a su vez, te condenará a ti. Noventa y nueve veces de cada cien el hombre no se critica a sí mismo, por mucho que se haya equivocado. Quien hace algo mal culpa a todo el mundo menos a él. Así actúa la naturaleza humana.
Quejarse es una forma de crítica airada que se manifiesta en una constante protesta, en un rencor y un resentimiento insistentes o en repetidas reivindicaciones. Es una de las señales infalibles de la autocompasión, de la falta de una sana generosidad de espíritu que disculpe las limitaciones ajenas. Quienes se quejan se defienden diciendo que cualquiera haría lo mismo si tuviera que soportar lo que ellos soportan.
Eres una persona quejosa si, al menos una vez al día, reivindicas lo mismo con palabras acusadoras; o si sacas a relucir el pecado o la falta cometidos hace mucho tiempo por otros cada vez que surge una disputa o un malentendido; o si rara vez pasa un día sin que te quejes de algo que te desagrada. Si tienes tendencia a quejarte, debes aprender a ser humilde, agradecido y clemente.
En tu trato con los demás, recuerda que las personas no son criaturas de la lógica, sino criaturas de la emoción, erizadas de prejuicios y movidas por el orgullo y la vanidad. No te permitas la más pequeña crítica hiriente, por muy convencido que estés de que es justificada. Despertarás un resentimiento que puede durar toda una vida.

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