viernes, 23 de mayo de 2014

Corrupción: la naturaleza del problema


Por Antonio Argandoña, IESE, Barcelona

Por gentileza de Fenin, la Federación de Empresas de Tecnología Sanitaria de España, me invitaron a participar en la sesión inaugural de la Global MedTech Compliance Conference 2014, el 20 de mayo, en Barcelona, para contestar las preguntas que nos hacía la profesora Kathleen Boozang al también profesor Philip Nichols, a la consultora Wim Weistra y a mí. Me encanta participar en estos actos, porque aprendo mucho. Pero hoy no os voy a contar lo que aprendí, sino algo de lo que dije allí.
¿Cuál es la naturaleza del problema de la corrupción? Hay tres maneras de verla:
  1. La manzana podrida. En toda empresa hay algunas personas que no reúnen las condiciones morales para estar en ella. Ahí está el problema de la corrupción.
  2. El cesto que pudre las manzanas. La gente es buena, pero es la cultura de la empresa la que las hecha a perder.
  3. El almacén que pudre los cestos y las manzanas. Es la cultura del sector o del país la que echa todo a perder.
Me parece que la mayoría de los expertos analiza el problema desde el primer punto de vista, por ejemplo cuando se preguntan si hay que despedir a los empleados corruptos, si hay que mejorar los sistemas de control, etc. Mi punto de vista es distinto. Me parece que es el cesto el que arruina las manzanas. No que una empresa en que se producen acciones contra la integridad sea toda corrupta, sino que en ella se dan “trozos” de cultura que producen aquellos efectos. Por ejemplo, incentivos perversos: si el jefe me dice que mi objetivo es aumentar las ventas un 10% este año, y no añade nada más, entenderé que “todo está permitido” para conseguir ese objetivo. Sí, ya sé que la empresa tiene su código de buena conducta, y que no quiere oír hablar de corrupción, pero entiendo eso, que no quieren oír hablar, no que la organización esté dispuesta a poner todos los medios (repito: todos los medios) para evitar que la corrupción se produzca.
Esto no es una disquisición académica. Si, cuando aparece un problema, la sospecha es que la empresa debe tener algo (o mucho) de culpa, el enfoque es radicalmente distinto. Y las soluciones, claro.
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