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sábado, 29 de marzo de 2014

¿Científicos pontificando sobre filosofía?

 Por Alfonso Aguiló       



Los científicos sensatos –además de vigilarse a sí mismos para no convertirse en personajes dogmatizantes– procuran basar siempre sus afirmaciones científicas en comprobaciones que sigan con rigor el método científico. Así se guardan de imponer como científicas afirmaciones que, en el fondo, se apoyan más bien en razones de orden filosófico.
        —Me imagino que, si son científicos, lo que digan estará basado en el método científico, que es el que conocen, ¿no?
        Ciertamente, la mayoría de los científicos así lo hacen, y con gran honestidad. Pero hay algunos que son menos honrados en sus afirmaciones, aunque a veces –para desprestigio de la verdadera ciencia– sean más conocidos en los medios de comunicación. Son personajes que tienen una cierta habilidad para saltar furtivamente al vecino campo de la filosofía. Y no hay que extrañarse de que esto suceda, pues ya decía Einstein que todo investigador científico es una especie de metafísico oculto, por muy positivista que se crea.
        —Pero tienen todo el derecho del mundo a hacer filosofía si les apetece, ¿no?
        Por supuesto. Ni las ciencias especulativas ni las experimentales entienden de exclusivismos. Están abiertas a todos. Pero en todas debe exigirse que se cumplan las reglas y el método propios de la ciencia en la que se está trabajando. No es legítimo que pretendan imponer especulaciones filosóficas en nombre del método científico.
        Si alguien, como científico experimental, hace una afirmación científica, debe aportar datos empíricos que avalen esa afirmación. Si la afirmación no es experimental, sino especulativa, debe aportar las razones necesarias conforme a las normas del buen hacer filosófico. Pero no goza de ningún privilegio en ese campo, por muy buen científico que sea. Lo que no sería lícito es que hiciera conjeturas de razón y las presentara como demostradas experimentalmente. Y eso es lo que hacen algunas personas, que, de un sigiloso salto, se cuelan de rondón en campo ajeno y hablan desde allí queriendo hacernos ver que hablan desde otro sitio.
        —O sea, es como un regate al método científico.
        Exacto. Y no es que lo hagan continuamente. Lo hacen solo algunos, y solo en algunas ocasiones, y a veces inadvertidamente incluso para ellos mismos. Lo malo es que suelen moverse torpemente en el campo de la filosofía, y pasan por él como caballo por cacharrería, haciendo conjeturas filosóficas sumamente curiosas.
        —De todas formas, tampoco es malo hacer conjeturas de vez en cuando. No vamos a estar siempre limitados a lo estrictamente demostrado.
        Por supuesto, pero entonces hay que distinguir bien entre las conjeturas y las afirmaciones de la ciencia. Igual que, por ejemplo, un principio ético elemental exige a los profesionales de los medios de comunicación distinguir lo que es propiamente la noticia de lo que es su opinión sobre esa noticia, los científicos están obligados a hacer también esa diferenciación entre lo que han comprobado científicamente y lo que es una especulación de su pensamiento.
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