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domingo, 2 de febrero de 2014

La bomba demográfica de la despoblación

Habrá una bomba demográfica, pero de despoblación

Manipular la población puede suponer una bomba de relojería a largo plazo, que estallará en las manos de nuestros propios hijos dentro de treinta años. El profesor de origen canadiense don Alban D'Entremont, que actualmente enseña Geografía Humana en la Universidad de Navarra, comentó para Alfa y Omega los últimos datos de la ONU sobre la población mundial.
¿Qué se deduce a nivel mundial del último informe de la ONU sobre la población? ¿Nos estancamos, caminamos hacia una debacle de la población, o no hay motivo de alarma?
 
Por este informe, está claro que la ONU se ha dado cuenta, por fin, de los múltiples problemas que se derivan, no de la supuesta superpoblación del mundo, sino de la previsible infrapoblación y de los desequilibrios que van a ser el resultado directo del descenso de la natalidad, que conlleva necesariamente una penuria de juventud y un aumento de la proporción de población envejecida, sobre todo en los países del ámbito occidental, y notablemente en Europa.
        Esta dinámica a la baja acarrea muchos problemas, sobre todo el aumento de las proporciones de gente en edad avanzada, lo que hace dispararse los costes sociales. Es imposible que una población se estanque mediante el control de la natalidad; de forma inexorable, este control acelera el envejecimiento y, a la larga, hace aumentar las tasas de mortalidad. En ausencia de una fuerte natalidad o de otros factores, como por ejemplo la inmigración, a la postre la población no se estanca, sino que no se renuevan las generaciones y la población total decrece, ya que la mortalidad llega a superar a la natalidad.
         Estamos en camino hacia esa situación, que se puede producir en menos de 30 años en Europa, si no cambian las tendencias actuales. Hay motivo de alarma, puesto que las señales son inequívocas; pero no tiene por qué producirse una debacle, ya que estamos a tiempo para invertir las tendencias negativas actuales, aunque de momento no se está produciendo dicha inversión.

¿Por qué cree usted que los Gobiernos del primer mundo y las principales empresas multinacionales están tan interesados en el control de la población, sobre todo en el tercer mundo? ¿Por qué las presiones son cada vez mayores sobre Hispanoamérica?

        No me gusta hablar de estos aspectos, que no son estrictamente científicos, y menos enjuiciar las motivaciones de los demás, aunque sí parece que éstas sean poco éticas. Está bastante documentado el hecho de que hay muchos intereses económicos y políticos por parte de Gobiernos y empresas occidentales, que se benefician del mantenimiento del statu quo en cuanto al reparto de poder y de influencia en el mundo. Esto implica controlar, entre otras cosas, los efectivos de población en los países del tercer mundo, que según la mentalidad antinatalista son contemplados como competidores en los mercados mundiales.
En este sentido, Iberoamérica y Asia son vistas como las principales amenazas respecto de la estabilidad actual de la estructura económica y política mundial. Pero no hace falta recurrir a una intencionalidad supuestamente poco recta para advertir de los problemas derivados del control demográfico en el mundo; la misma demografía basta para alertarnos de las consecuencias altamente negativas de este control.
 
La preocupación por el control de la población, ¿es original de la era moderna, o ha sido una constante en la Historia? ¿Cree usted que hay relación entre los partidarios del control de la población y ciertos movimientos ecologistas?

        Thomas Robert Malthus, a principios del siglo XIX, intentó demostrar que el control de la población es una constante histórica desde los tiempos más antiguos, y que el control de la natalidad es una condición indispensable para la supervivencia de la Humanidad. Fracasó totalmente en sus apreciaciones y en sus premisas de partida. Puede ser cierto que los sujetos individuales hayan controlado su fecundidad a título personal en el ámbito íntimo desde los albores de la Humanidad, pero los intentos generalizados de control masivo son un fenómeno del siglo XX.
         Respecto de los ecologistas, yo tengo publicado un artículo titulado La ecología como excusa demográfica, así que queda bastante claro que yo pienso que hay mucha coincidencia entre los planteamientos neomalthusianos y el pensamiento de no pocos ecologistas, sobre todo de aquellos que militan en organizaciones no gubernamentales que preconizan abiertamente el control de la natalidad, o acaso la idea de que la especie humana se halla en una situación de igualdad, pero no de superioridad, respecto de las demás especies animales y vegetales. Esto no quiere decir que todos los ecologistas sean controlistas, pero sí hay muchas coincidencias, por regla general.

¿Por qué en países de Europa, como Francia, donde la población envejece a marchas forzadas, se están liberalizando cada vez más los métodos antinatalistas? ¿Cree usted que los Gobiernos europeos no tienen todavía verdadera conciencia del peligro que supone el envejecimiento de la población, o es que las estrategias electorales están por encima de las preocupaciones por el bien común a largo plazo?

        Usted pone el dedo en la llaga de la incoherencia de los Gobiernos europeos ante los problemas de la penuria demográfica; es decir, reconocen que hay problemas derivados del descenso de la natalidad, pero no ponen los remedios, que en un principio sólo pueden ser fomentar la fecundidad o estimular la inmigración. Pero en ambos aspectos parece que los Gobiernos de la Unión Europea -también en España- se inhiben por razones que yo desconozco, aunque está claro que los dirigentes políticos conocen perfectamente los peligros del llamado invierno demográfico que se está gestando en nuestro continente.
         Causa auténtica sorpresa la inhibición de los políticos en este ámbito; tengo la impresión -¡ojalá me equivoque!- de que los dirigentes de todo el espectro político, como usted sospecha, tienen miedo a la hora de manifestarse con rotundidad en favor del estímulo de la natalidad o de la acogida de inmigrantes, por temor a expresar opiniones impopulares que harían perder votos. Yo, personalmente, creo que esto no sería cierto, es decir, que la verdad expuesta con sencillez no espantaría al electorado, mientras que las medias tintas y la política de avestruz no hacen más que exacerbar el problema y confundir a los ciudadanos.
         Yo opino que esta inhibición respecto de la verdad es un fraude, o en todo caso una vía equivocada, que sólo puede acarrear mayores disfunciones. Yo apostaría por una defensa coherente, inequívoca y rotunda del incremento de la natalidad, siempre -claro está- que venga acompañada de una política fuerte y generosa de fomento a la familia y a la procreación. Alternativamente, apostaría por una política fuerte y generosa de fomento y acogida de inmigrantes, lo que tampoco se está haciendo en el momento actual, y no deja de causar asombro en vista de lo que sabemos a ciencia cierta acerca de las consecuencias sumamente negativas de la desnatalidad en Europa.

Por último, usted definió hace tiempo el neomalthusianismo como una religión. ¿Podría explicar esto más detalladamente?

        Todas las religiones tienen una serie de elementos que las caracterizan, como por ejemplo un cuerpo de doctrina, creencias, dogmas, profetas, libros sagrados, mandamientos, liturgia, ritos, finalidad, etc. En este sentido, el neomalthusianismo, más que un movimiento basado en hechos reales comprobados científicamente, gira en torno a una serie de supuestos (doctrina, creencias) basados en el pensamiento de Malthus (profeta), que en su famoso Ensayo sobre el principo de la población (libro sagrado) dicta unas reglas fijas (mandamientos) y una serie de métodos (liturgia, ritos) para llevar a cabo el control de la natalidad, cuya aplicación es absolutamente necesaria e inamovible (dogma) para la supervivencia de la Humanidad (finalidad).
        Por esto digo que es una religión, que tiene millones de adeptos que han hecho un acto de fe en el pensamiento de Malthus, sin haber comprobado la falsedad de ese pensamiento, ni admitido la bondad de los argumentos contrarios, que no parten de creencias, sino de hechos científicamente comprobados. Esto explica, en parte, la gran cantidad de seguidores que tiene este movimiento, cuya adhesión no obedece a un raciocinio consciente, sino a una fe ciega, a una defensa del control de la natalidad, basada en una convicción que tiene dificultad a la hora de admitir la opinión contraria, a pesar de las pruebas. Con esto no quiero decir que los antinatalistas sean personas que obran de mala fe, y mi experiencia es que la mayoría siente un auténtico interés sincero en ayudar a los demás. Pero están equivocadas en sus planteamientos y en sus métodos: el neomalthusianismo no es un movimiento científico, sino una religión, pero falsa.
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