lunes, 23 de diciembre de 2013

La decadencia del honor

Por Esperanza Aguirre, ABC digital, 23.12.2013
Muchas veces en mis intervenciones he citado las emocionantes palabras que Cervantes puso en boca de Don Quijote para ponderar la importancia de la libertad: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida». Estas palabras nos enseñan que sin libertad no vale la pena vivir o, lo que es lo mismo, que vivir sin libertad no es vivir. Otro alcalaíno como Cervantes,Manuel Azaña, que tantas cosas hizo mal como político, dijo y escribió algunas con las que es imposible no estar de acuerdo. Como cuando, en la misma línea, afirma que «la libertad no hace ni más ni menos felices a los hombres, los hace, sencillamente, hombres». Esas palabras del Quijote han sido citadas miles de veces y no por ello pierden su fuerza ni dejan de transmitir la emoción de ver cómo lo escrito hace cuatrocientos años sigue teniendo hoy toda su vigencia.
Sí, la libertad es el bien más precioso, y por la libertad se puede y debe aventurar la vida. Es verdad, y hay pocos que discutan esta solemne afirmación de Don Quijote. Además, la Historia nos demuestra cómo, a lo largo de los siglos, son muchos los que han dado su vida en defensa de la libertad, de su libertad. Hasta nuestros días. Pero, de tanto utilizar la cita para demostrar la importancia de la libertad como valor esencial de la persona, creo que no hemos prestado la debida atención a que Don Quijote, en sus palabras, pone junto a la libertad otro valor sustancial de la persona por el que también merece la pena aventurar la vida: la honra. Porque para él, si no merece la pena vivir sin libertad, tampoco la merece vivir sin honra.
De esto, de la honra, hoy se habla mucho menos. Y, lo que es peor, creo que la honra es un valor que puede estar desapareciendo en España. Precisamente en España, que es el país al que el resto de los países europeos reconocen como el país de la honra y del honor.
Si hacemos un recorrido por la literatura y la historia de España, desdeEl Cid y Guzmán el Bueno hasta el alcalde de Zalamea o el Conde de Benavente, encontramos miles de ejemplos de protagonistas que anteponen el honor a sus vidas. Y, desde luego, todo nuestro gran teatro del Siglo de Oro, con Calderón a la cabeza, tiene en el honor uno de sus ejes principales.
Pues bien, los españoles, que en el imaginario colectivo del resto de los europeos éramos reconocidos como personas orgullosas y de honor, estamos viviendo momentos de peligrosa decadencia de nuestro sentido de la honra. Si es que no se está perdiendo absolutamente. Empieza a ser normal que a delincuentes convictos y confesos se les tributen ovaciones como si fueran modelos para toda la sociedad. Financieros y hombres de negocios que han delinquido se atreven a dar clases de ética y de política y, aunque parezca increíble, hay gente que les escucha con admiración. Famosos que defraudan a Hacienda son aplaudidos cuando entran en los juzgados.
La telebasura que lo invade todo es, en el fondo, una exhibición del deshonor de unos y de otras, que comercian con su fama y con su buen nombre. Algo que hubiera resultado impensable en cualquier momento de la Historia de España en los novecientos años que han transcurrido desde El Cid hasta casi nuestros días. Esta pérdida del sentido del honor se hace especialmente grave en los casos de corrupción política. Porque los delitos de esta índole se cometen siempre aprovechándose de las ventajas que le ofrece al corrupto el cargo público que ocupa. Y, sin duda, deshonran gravemente a los que los cometen.
Si la honra es la «estima y respeto por la dignidad propia» (DRAE), resulta especialmente escandaloso contemplar cómo muchos de los que han sido condenados por delitos de corrupción se acostumbran a vivir sin honra hasta el punto de no tener siquiera el gesto de devolver lo que han robado. Sin contar cómo, durante la instrucción de sus casos, se instalan en la mentira, que es otra forma de deshonrarse, y no tienen siquiera el coraje de reconocer sus faltas y delitos.
La salud moral de la vida pública española no pasa por un buen momento. Esto es una manera muy suave de decir que está francamente degradada por los casos de corrupción, que han agrandado más aún la distancia que separa a los políticos de los ciudadanos. La imprescindible regeneración no puede esperar a que los jueces, con esa lentitud desesperante de nuestra Justicia, determinen las responsabilidades penales de los corruptos. Se hace necesaria una reivindicación inmediata y constante del sentido del honor, que es la «cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo» (también según el DRAE). Y para esta recuperación del sentido del honor bueno será tener siempre presentes las taxativas palabras de Don Quijote y recordar que la honra puede y debe estar por delante hasta de la propia vida.
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