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martes, 12 de febrero de 2013

La renuncia del Papa: un gesto humilde de fe



   "La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud".

   Benedicto XVI escribió estas palabras en su reciente mensaje para la Cuaresma que comenzara el miércoles.  Y con la misma fe, ha escrito el primer párrafo de su comunicación a los Cardenales:

"Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando".


   Y después de esta afirmación neta, la explicación de su gesto:
"Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el  vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado".

Surgirán enseguida los comentarios, las interpretaciones, las consideraciones variadas sobre los motivos,  lo que pueda haber detrás de un gesto así, repetido solamente cuatro veces en la historia de 2.000 años de la Iglesia antes de ahora.  En mi cabeza han sonado las palabras de Moisés, al despedirse de su pueblo:

"Yo tengo ciento veinte años, ya no puede andar de un lado para otro; además, el Señor me ha dicho que no cruzaré el Jordán. Es el Señor, tu Dios, quien lo pasará delante de ti".
Benedicto XVI, consciente de su pérdida de vigor; y después de haber gobernado la Iglesia desde 2005 con mano  fuerte y decidida; después de haberse enfrentado con problemas graves internos dentro de la Iglesia, en los que ha tenido que cortar cosas mal hechas, pedir perdón por faltas graves de eclesiásticos; destituir a personas de sus cargos, etc., etc. , deja su "ministerio", humildemente, en las manos de Aquel que un día se lo otorgó:

"Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia". Benedicto XVI es hombre de oración, y, sólo ante Dios, en diálogo de "tú a Tú con Dios", como Moisés, le dice a Dios: confía tu pueblo, tu Iglesia, a otro a Quien tu elijas.

Todas las cábalas humanas sobre este gesto de un hombre de Fe, como Benedicto XVI, son pérdidas de tiempo, y divagaciones inútiles. Una decisión así, un hombre como él, solo la toma mirando a los ojos a Cristo Resucitado; y consciente de que quien gobierna la Iglesia, es Quien la fundó: Nuestro Señor Jesucristo, no "un tal Jesús"; sino Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre.  Y que Quien vela por ella, para que  "las fuerzas del infierno no prevalezcan" es el Espíritu Santo.

Benedicto XVI ha dado una señal de Fe, en la línea de los grandes santos y patriarcas. Y no deja de reconocer que el ministerio petrino, el Papado, se ha de llevar también "sufriendo y rezando". Juan Pablo II terminó su pontificando arrastrando su cuerpo, y anhelando  llegar a la "casa del Padre".  Benedicto XVI, ¿cómo lo termina?; reconoce su "incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado"; pide perdón por sus "defectos";  reza por la persona que el Espíritu Santo elija para regir la Iglesia, y lo encomienda a la materna bondad de la Santa Madre Dios.

Un gesto de Fe, de Humildad, que enriquece todavía más la gran Catequesis de Fe con la que había iniciado  este Año de la Fe.

Ernesto Juliá Díaz
Religión confidencial
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