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lunes, 23 de enero de 2017

¿Es posible que Dios no exista? ¿Cómo existe el mundo?


Por Fernando Hurtado

"Fin" es un concepto lleno de profundos significados. Significa "término": no hay nada más. Se identifica con "meta", y cobra un nuevo sentido: culminación de aspiraciones. Cada significación nos dará luz sobre la determinación y estudio racional de nuestro último fin, que por ahora no vamos a adelantar; deseo que seamos conducidos hacia ella. Fin nos lleva al concepto "descanso": quietud sosegada que se produce cuando se ha alcanzado lo que se aspiraba. "Aspirar": el concepto "Fin" se enriquece marcando una "dirección hacia algo" . El fin nos explica la naturaleza del ser, el modo de ser de un ser; así decimos que el fin de una lavadora es lavar.

En el aspecto operativo, la noción de fin cobra nuevas dimensiones. Fin es aquello que mueve a actuar. Una definición que parece simple pero que está llena de consecuencias: fin es aquello por lo que algo se hace. Toda operación se lleva a cabo porque el que obra tiene un fin concreto en ella. Sin un fin, predeterminado en la mente del sujeto, éste no obraría: es previo y necesario tener un fin para actuar: si no, se permanece en la inmovilidad. El fin pone en marcha la causalidad del sujeto; le hace actuar y al mismo tiempo le hace conocer por qué actúa. Toda acción se realiza por un fin; y ese fin se refleja en lo realizado. Examinando la naturaleza de la obra realizada, se descubre el fin que se propuso el sujeto al realizarla.

Todo agente obra por un fin. El fin es lo primero en la intención: y puesto en la intención, mueve a la ejecución. Fin es lo que se busca, y una vez conseguido, cesa la operación.

Parece que hay muchas repeticiones en lo que he dicho; pero no hay repetición, hay riqueza conceptual. Remarco uno: todo el que obra lo hace por un fin, y el fin deja su impronta en lo que se ha obrado.

Esta noción el materialismo la intenta desvirtuar; y es "lógico", entre comillas, que sea así, porque un hombre que sólo tiene aspiración a cosas materiales o instintivas, aunque sea muy duro decirlo, está actuando contra su naturaleza que tiene una finalización de un orden más perfecto. La finalidad instintiva y material es algo que el hombre comparte con los irracionales. El hombre que actúa con esos únicos fines ha renunciado a su racionalidad.

 La impronta, el sello, que queda en lo obrado, puede denominarse finalidad. Observemos la naturaleza y preguntémonos por su finalidad. Hay que saber responder a esa pregunta; debemos emplear atentamente nuestro entendimiento. Analicemos un animal irracional: su proceso de reproducción sigue unos tiempos concretísimos. Han sido previamente concretados en él ya que él a sí mismo no se los ha fijado. El hombre, principalmente el hombre de ciencia –yo también soy biólogo-, tiene la obligación de rendirse ante esta realidad. En la actuación de un animal hacia un fin, es guiado ciegamente -por parte del animal-, e inteligentemente, por otra parte. Existe una finalidad en ese proceso, que ha sido dispuesta de una manera certera; y en la finalidad siempre se descubre una inteligencia. Una planta se desarrolla ciega e inteligentemente al mismo tiempo.

Un átomo. Las leyes de movimiento de sus partículas son exactísimas y ordenadas. Alguien las ha prefijado. Einstein, ante la armonía de los movimientos atómicos, afirmaba que había que admitir sin condicionamientos la existencia de un ser lleno de perfecciones y omnipotente: Dios.

Pero no nos olvidemos de la finalidad. El ácido desoxirribonucleico rige la formación y disposición de todas las proteínas del organismo. Es como un capataz que ciega -es una estructura química- e inteligentemente, da órdenes. Si el ácido nucleico no tiene inteligencia, y por lo tanto no puede darse a sí mismo una finalidad, ¿quién lo ha determinado, ¿quién ha marcado en él esa precisión y perfección profundas, que denotan una inteligencia perfecta, ontológicamente superior a la inteligencia humana? Remarco ahora que, además de inteligente, es necesario que quien ha prefijado esas leyes tenga un poder de causalidad sobre todo lo material.

Millones de bastoncitos ordenados en el ojo. ¿Los ha ordenado la naturaleza? La naturaleza no ordena, está ordenada. ¿Quién los ha ordenado? ¿Quién ha marcado esa ordenación? Más aún; algo mucho más grandioso: ¿quién ha hecho que esa ordenación de bastoncitos con otras estructuras esté dirigida al acto de la visión. En el cálculo de posibilidades, aunque con una probabilidad infinitésima, se podría admitir una cierta ordenación. Pero nadie puede dar una finalidad a una ordenación.

Vemos unos sillares gastados por el tiempo. Pero se advierte en ellos la huella de una inteligencia porque descubrimos que han sido tallados y colocados con una cierta disposición: ¡ha sido un hombre!, de aquel siglo, de aquella época, exclamamos. Y no nos equivocamos: esa ordenación se distingue claramente de la que, al azar, hallan podido producir los accidentes atmosféricos. Nadie lo duda.

Nadie dotado de conocimiento y que sepa hasta dónde llega el poder del hombre, puede negar la impronta de Dios en la naturaleza. No es científico. ¡La naturaleza canta a gritos la existencia de Dios! De un Dios, inteligente y rector, omnipotente y perfectísimo; no solamente actúa sobre la materia, sino que le impone leyes, y la materia obedece, y todos los seres obedecen. Su dominio es total. La materia que es irracional, obedece; y en la materia se ve la racionalidad divina.

Miramos al universo; está puesto al servicio del hombre. El fin de las cosas se agota en la manifestación de la gloria de Dios y en el servicio del hombre.

¿Qué es el hombre? Si mirando el resto del universo vemos tanto de Dios, para comprenderle mejor tenemos que mirar al hombre. El hombre es la criatura más perfecta del universo; por tanto, manifestará de una manera más perfecta -al observar sus fines- al Dios creador, omnipotente e inteligente.

En otro momento  estudiábamos la inteligencia y la voluntad del hombre: dos operaciones con una capacidad cuasi-infinita. Por supuesto, son capaces de elevarse y trascender la naturaleza creada. ¿Hasta dónde puede llegar el hombre en su conocimiento?, nos podemos preguntar. ¿Llegará a conocer de un modo perfecto la naturaleza?, se preguntan a veces los hombres. Sin duda irá avanzando hasta límites insospechados; es cuestión de tiempo. Pero tenemos que hacernos una pregunta más interesante: su entendimiento agotará su capacidad al conocer la realidad. No: el conocimiento es mucho más rico. Por ejemplo, conocer a una persona es algo mucho más grande que conocer la naturaleza y es un conocimiento más adecuado al ser del hombre. El otro día hablábamos también de los valores éticos como constitutivos de la persona; es un conocimiento más perfecto, pero debemos afirmar que ni siquiera con ese conocimiento se agota la capacidad de la razón. Mi entendimiento llega a más, su operación alcanza más lejos, está "ordenado" para conocer al mismo Dios. Hasta que no lo conozca se sentirá insatisfecho. Su insatisfacción se reduce en la medida en que conoce a Dios. Podríamos decir que el fin último y principal de nuestro entendimiento, por su misma naturaleza, es conocer a Dios. Una precisión: el fin de una operación es el fin del sujeto de esa operación. El fin del hombre, sujeto de la operación de conocer, es conocer a Dios. De hecho, aunque no lo quiera, va conociendo a Dios continuamente al contemplar sus obras. Contemplación, que muchas veces no va acompañada de reflexión.

Veamos ahora la segunda potencia específica del hombre, propiamente específica suya: la voluntad. Su acto es el amor. El amor nos hace casi salir del mundo. El amor deja solo al hombre frente a los seres semejantes a él. Es de experiencia que no se puede amar a una piedra, a un átomo, a un perro... Se ama a personas, y, al mismo tiempo, trasciende a la persona. Es profunda la intuición de una cantante italiana: "el amor no se explica; es algo, que, si se ama, se explica por sí mismo" Esa misma cantante afirma en otra ocasión algo de un contenido metafísico: " el amor que tengo es más grande que yo misma".

Siempre se puede crecer en el amor a una persona, si el amor se deja crecer, porque por su misma naturaleza está llamado a crecer. Nunca se puede decir -parece casi un insulto- que a una persona se la quiere suficiente; parece que es imposible que se dé un amor en plenitud y el hombre ansía un amor en plenitud. En la medida en que crece su amor descubre la grandeza y finitud de la persona amada. Y es que su amor tiende a lo infinito. Ya podemos afirmar que el hombre sólo sacia su sed y posibilidades de amar amando a Dios; porque es semejante a nosotros, porque es perfecto, porque es bueno, porque Él nos ama.

Recojo otras palabras de la ya citada cantante italiana: "tengo que ser inmortal; no puedo morir, porque mi amor me trasciende". No encuentro a mi alcance seres que me sacien en plenitud. Cuanto más amo más tensión hacia el amor hay en mí.

Mi naturaleza, mis capacidades, mis potencialidades me llevan hacia Dios, sacándome de mi finitud. Mi Creador ha dejado la impronta de su infinitud en mí, y esa impronta desea superar mi naturaleza limitada, inclinándome a la infinitud divina.

Mi conocimiento, aunque imperfectamente, conoce y descubre a Dios; mi capacidad de amar desea devolverle mi ser y poseerle al mismo tiempo. Un darse y una posesión generosas, como son todas las obras del amor puro, real, auténtico.

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