jueves, 19 de marzo de 2015

LOS MODISTOS MISERICORDIOSOS

Por Juan Manuel de Prada, en ABC.es, 16 de marzo
Es por completo falso que nuestras miserias, en sí mismas, nos hagan merecedores de una predilección especial a los ojos de Dios
DECÍA Chesterton que el mundo moderno está infestado de virtudes cristianas que se han vuelto locas. Así ocurre con la justicia cuando se desgaja de la misericordia, que se vuelve crueldad; pero también con la misericordia cuando se desgaja de la justicia, que bajo máscara piadosa se vuelve complacencia sentimentaloide. Vivimos una época, sin embargo, en que la misericordia sin justicia, virtud loca por antonomasia, se pavonea con el aplauso del mundo, aderezada además con el excipiente almibarado de una condescendencia burdamente demagógica. Escribía el Buey Mudo que ser misericordioso «es como decir que alguien tiene miseria en el corazón, que le entristece la miseria ajena como si fuese propia, y por eso quiere desterrarla como si fuese propia». Se ha puesto ahora de moda decir que no somos quiénes para condenar; pero que no debamos condenar a nadie no significa que no se deban enjuiciar moralmente las conductas en que se halla inmerso el prójimo, para ayudarlo a hacer su discernimiento moral, pues en esto consiste la auténtica misericordia.
Es por completo falso que nuestras miserias, en sí mismas, nos hagan merecedores de una predilección especial a los ojos de Dios, como hoy pretende la versión loca de la misericordia que se pretende imponer. En la parábola de los obreros de la viña se nos dice que se pagó un jornal idéntico a todos los que fueron a laborarla, con independencia de que se incorporaran al comienzo o al final de la jornada; no se nos dice, en cambio, que se pagase el jornal a quienes no doblaron el espinazo. Tampoco en la parábola del Hijo Pródigo se nos dice que el padre abrazara al hijo en la cochiquera, mientras comía las algarrobas de los cerdos. Sin embargo esta misericordia loca y devaluada pretende pagar el jornal a los que no pegaron ni chapa; o pierde el culo por abrazar al que está en la cochiquera, revolcándose en el cieno. Cuando esta versión loca de las virtudes alcanza a las testas mitradas, que se ponen a hacer posturitas y a ensartar paparruchas y empalagos para que no los acusen ante el tribunal del mundo, podemos echar a temblar; pero, como leemos en el Evangelio, «si estos callan, gritarán las piedras». Y, para cumplir estas terribles palabras, los modistos Doménico Dolce y Stefano Gabanna, unos mariconazos de genio y con unos cojones como el caballo de Espartero, henchidos de auténtica misericordia (que es la que empieza por ser justa, dando a cada uno lo suyo), han gritado lo que, medrosos, callan quienes tendrían que hablar. Ha afirmado Gabanna que «la familia no es una moda pasajera»; y que «hay en ella un sentido de pertenencia sobrenatural». A lo que Dolce ha añadido sin rebozo:
—No hemos inventado nosotros la familia: tiene su icono en la Sagrada Familia. Y no es cuestión de religión o estado social, no hay vuelta de hoja: tú naces y hay un padre y una madre. O al menos debería ser así. Por eso no me convencen los que yo llamo «hijos de la química», niños sintéticos. Úteros de alquiler, semen elegido por catálogo. ¡Luego vete a explicar a estos niños quiénes son sus padres! Procrear debe ser un acto de amor. (…) Soy gay, no puedo tener un hijo. Creo que no se puede tener todo en la vida. Es también bello privarse de algo. La vida tiene un recorrido natural, hay cosas que no se deben modificar. Una de ellas es la familia.
Hay otras, en cambio, que deberían modificarse. En un mundo infestado de virtudes locas convendría, por ejemplo, que unos mariconazos de genio como Dolce y Gabanna llevasen mitra; y que algunos mitrados se metiesen a modistos, para poder colmar plenamente su más íntima y recóndita vocación en la pasarela de las vanidades.
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