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martes, 19 de enero de 2021

La Iglesia aclara algunas cuestiones morales sobre las vacunas


La Congregación para la Doctrina de la Fe publicó el pasado lunes un documento que examina algunas dudas en torno a la moralidad de las vacunas contra el coronavirus.

El núcleo del texto aborda la cuestión de si es lícito inmunizarse con una vacuna a base de líneas celulares procedentes de abortos provocados (ver Aceprensa, 15-06-2020), como la de Oxford-Astrazeneca –no así la de Moderna ni la de Pfizer, que será la distribuida en España–. Según el parecer de la Congregación, donde no estén disponibles vacunas moralmente irreprochables, resulta aceptable recibir estas otras puesto que “el tipo de cooperación al mal (cooperación material pasiva) del aborto provocado del que proceden estas mismas líneas celulares, por parte de quienes utilizan las vacunas resultantes, es remota. El deber moral de evitar esa cooperación material pasiva no es vinculante si existe un peligro grave, como la propagación, por lo demás incontenible, de un agente patógeno grave: en este caso, la propagación pandémica del virus SARS-CoV-2 que causa la covid-19”.

No obstante, el texto recuerda que la licitud de vacunarse no implica, ni directa ni indirectamente, legitimar el aborto o la producción de líneas celulares procedentes de fetos humanos. De hecho, el documento insta a las autoridades y a los laboratorios a buscar alternativas éticas a estas prácticas.

Por otro lado, el documento señala que “la vacunación no es, por regla general, una obligación moral y que, por lo tanto, debe ser voluntaria”. Con todo, la Congregación recuerda que sí es un deber ético protegerse y proteger a los demás, especialmente a los más vulnerables, frente a la propagación del virus. Por ello, quienes por motivos de conciencia no deseen vacunarse, deben cuidar las medidas profilácticas oportunas.

Por último, la Congregación recuerda el “imperativo moral” de que también los países pobres tengan acceso a vacunas seguras y éticamente irreprochables sin un coste excesivo para ellos. Lo contrario supondría una discriminación injusta.

sábado, 19 de diciembre de 2020

Impaciencia: la causa del fracaso occidental contra la pandemia

 

 
Por Branko Milanovic, en "Letras libres", 17.12.2020

Los gobiernos occidentales no estaban dispuestos a adoptar la estrategia asiática contra la pandemia por culpa de su cultura de la impaciencia y sus ganas de resolver todos los problemas rápidamente asumiendo muy pocos costes.



En octubre de 2019, la Universidad Johns Hopkins y el think tank The Economist Intelligence Unit publicaron un informe sobre la capacidad de respuesta a una epidemia global. Nunca antes un informe sobre un tema de importancia global fue tan pertinente; y nunca estuvo tan equivocado. El informe sostenía que los tres países mejor preparados eran Estados Unidos (a mediados de diciembre de 2020, alcanza cifras de 1.000 muertes por millón), Reino Unido (igual) y Países Bajos (casi 600). Vietnam estaba en el número cincuenta del ránking (cuando sus cifras de muertes por covid son de 0,4 por millón), China en el 51 (tres muertes por millón), Japón en el veintiuno (veinte muertes por millón). Indonesia (muertes: 69 por millón) e Italia (con casi 1.100 muertes por millón) estaban en la misma posición en el ránking; Singapur (con cinco muertes por millón) e Irlanda (con 428) estaban una al lado de la otra. Los que supuestamente estaban más cualificados para determinar quiénes estaban mejor preparados para una pandemia fracasaron estrepitosamente. 

Su error confirma lo inesperado y difícil que es explicar la debacle de los países occidentales (donde no solo incluyo a Estados Unidos y Europa sino también a Rusia y América Latina) en su gestión de la pandemia. No faltan explicaciones posibles, que han sido constantes desde que el fracaso se volvió obvio: gobiernos incompetentes (especialmente Trump), confusión administrativa, “libertades civiles”, una infravaloración del peligro, la dependencia de las importaciones de equipos de protección personal. El debate va a continuar durante años. 

Por usar una analogía militar: la debacle de la covid es como la debacle francesa en 1940. Si uno atiende a cualquier criterio objetivo (número de soldados, calidad del equipamiento, esfuerzo de movilización), la derrota francesa no debería haberse producido. Igualmente, si miramos los criterios objetivos con respecto a la covid, como hizo el informe de octubre, las tasas de mortalidad en EEUU, Italia o Reino Unido son imposibles de explicar: ni por el número de doctores o enfermeros per cápita, gasto en sanidad, nivel de educación de la población, renta total, calidad de los hospitales...

El fracaso se ve con mayor claridad cuando lo contrastamos con los países del sudeste asiático que, tanto los democráticos como los autoritarios, han tenido resultados que no han sido moderadamente mejores sino significativamente superiores a los de los países occidentales. ¿Cómo ha sido eso posible? Hay quienes han argumentado que quizá tiene que ver con la experiencia previa de los países asiáticos con epidemias como el SARS, o con el colectivismo asiático frente al individualismo occidental. 

Me gustaría proponer otra causa de esta debacle. Es superficial. Es una especulación. No puede comprobarse empíricamente. No ha sido nunca medida y quizá es imposible de medir de manera exacta. Esa explicación es la impaciencia. Los países impusieron confinamientos, a menudo a regañadientes, cuando la pandemia estaba en su clímax en primavera, y levantaron las restricciones en cuanto se produjo una mejora. La ciudadanía percibió esta mejora como el fin de la epidemia. Los gobiernos participaron alegremente en ese autoengaño. Entonces, en otoño, la pandemia volvió vengativa, y los gobiernos impusieron de nuevo medidas a medias, bajo presión, y con la esperanza (ya refutada una vez) de que podrían levantarlas durante las vacaciones. 

¿Por qué no impusieron desde el principio medidas estrictas cuyo objetivo no fuera simplemente “aplanar la curva” sino erradicar el virus o expulsarlo, como ha ocurrido en Asia, para que solo haya brotes esporádicos? Esos rebrotes podrían evitarse de nuevo usando medidas drásticas; en junio Pekín cerró su mercado más grande, que abastecía a millones de personas, después de detectar que varios casos de covid provenían de allí. 

El público, y por lo tanto los gobiernos, no estaban dispuestos a adoptar la estrategia asiática contra la pandemia por culpa de su cultura de la impaciencia, sus ganas de resolver todos los problemas rápidamente, asumiendo muy pocos costes. Esta ilusión no funcionó contra la covid. 

Creo que esta impaciencia se relaciona con una ideología, y su correspondiente aplicación política, que ha convertido el éxito económico, que uno ha de obtener si es posible rápidamente (make a quick buck), en el objetivo más importante de la vida de cada uno. Lo vemos en la financiarización que se ha producido en Reino Unido y Estados Unidos y que luego se ha extendido a otros países. En lugar de fomentar un proceso de construcción lento y paciente, la financiarización a menudo depende de “trucos”, como se pudo ver antes y durante la crisis financiera de 2007-2008. Sus principales fuerzas motrices son la inteligencia y la velocidad, no la durabilidad ni la constancia. Ansiamos un éxito rápido y ¿qué hay más rápido que hacerse rico a través de la manipulación financiera?

También vemos impaciencia detrás de los enormes niveles de deuda privada, especialmente en Estados Unidos. Un hogar con ingresos medios en Tailandia y China ahorra casi un tercio de ellos. Un hogar con unos ingresos medios mucho mayores en Estados Unidos tiene a menudo ahorros negativos. Esto es algo inesperado desde un punto de vista económico: se supone que los hogares más ricos tienen que ahorrar más (como porcentaje de sus ingresos y por supuesto en cantidades absolutas). 

No ahorrar es otra manera de decir que el consumo de hoy es preferible al de mañana. Esto por su parte muestra lo que los economistas llamamos “preferencia de tiempo puro”, una preferencia por el ahora en sí mismo incluso cuando uno es consciente de la incertidumbre del futuro. Entre dos consumos iguales, pero uno hoy y otro mañana, la gente prefiere el de hoy. La preferencia de tiempo puro no es otra cosa que impaciencia. 

En sus diarios, Kafka escribe que hay dos vicios cardinales de los que se derivan los demás vicios: la impaciencia y la pereza. Pero como la pereza proviene de la impaciencia, escribe, solo hay un vicio: la impaciencia. Quizá sea momento de tenerlo en cuenta.

Publicado originalmente en el blog del autor.

Traducción de Ricardo Dudda.

sábado, 12 de diciembre de 2020

La vida es un don, la eutanasia un fracaso




Nota de la Conferencia Episcopal Española ante la aprobación en el Congreso de los Diputados de la ley de la eutanasia 

 1.- El Congreso de los Diputados está a punto de culminar la aprobación de la Ley Orgánica de regulación de la eutanasia. La tramitación se ha realizado de manera sospechosamente acelerada, en tiempo de pandemia y estado de alarma, sin escucha ni diálogo público. El hecho es especialmente grave, pues instaura una ruptura moral; un cambio en los fines del Estado: de defender la vida a ser responsable de la muerte infligida; y también de la profesión médica, «llamada en lo posible a curar o al menos a aliviar, en cualquier caso a consolar, y nunca a provocar intencionadamente la muerte». Es una propuesta que hace juego con la visión antropológica y cultural de los sistemas de poder dominantes en el mundo. 

 2.- La Congregación para la Doctrina de la Fe, con la aprobación expresa del papa Francisco publicó la Carta Samaritanus bonus sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida. Este texto ilumina la reflexión y el juicio moral sobre este tipo de legislaciones. También la Conferencia Episcopal Española, con el documento Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de esta vida, ofrece unas pautas clarificadoras sobre la cuestión. 

 3.- Urgimos a la promoción de los cuidados paliativos, que ayudan a vivir la enfermedad grave sin dolor y al acompañamiento integral, por tanto también espiritual, a los enfermos y a sus familias. Este cuidado integral alivia el dolor, consuela y ofrece la esperanza que surge de la fe y da sentido a toda la vida humana, incluso en el sufrimiento y la vulnerabilidad. 

 4.- La pandemia ha puesto de manifiesto la fragilidad de la vida y ha suscitado solicitud por los cuidados, al mismo tiempo que indignación por el descarte en la atención a personas mayores. Ha crecido la conciencia de que acabar con la vida no puede ser la solución para abordar un problema humano. Hemos agradecido el trabajo de los sanitarios y el valor de nuestra sanidad pública, reclamando incluso su mejora y mayor atención presupuestaria. La muerte provocada no puede ser un atajo que nos permita ahorrar recursos humanos y económicos en los cuidados paliativos y el acompañamiento integral. Por el contrario, frente a la muerte como solución, es preciso invertir en los cuidados y cercanía que todos necesitamos en la etapa final de esta vida. Esta es la verdadera compasión. 

 5.- La experiencia de los pocos países donde se ha legalizado nos dice que la eutanasia incita a la muerte a los más débiles. Al otorgar este supuesto derecho, la persona, que se experimenta como una carga para la familia y un peso social, se siente condicionada a pedir la muerte cuando una ley la presiona en esa dirección. La falta de cuidados paliativos es también una expresión de desigualdad social. Muchas personas mueren sin poder recibir estos cuidados y sólo cuentan con ellos quienes pueden pagarlos. 

 6.- Con el Papa decimos: «La eutanasia y el suicidio asistido son una derrota para todos. La respuesta a la que estamos llamados es no abandonar nunca a los que sufren, no rendirse nunca, sino cuidar y amar para dar esperanza». Invitamos a responder a esta llamada con la oración, el cuidado y el testimonio público que favorezcan un compromiso personal e institucional a favor de la vida, los cuidados y una genuina buena muerte en compañía y esperanza. 

 7.- Pedimos a cuantos tienen responsabilidad en la toma de estas graves decisiones que actúen en conciencia, según verdad y justicia. 

 8.- Por ello, convocamos a los católicos españoles a una Jornada de ayuno y oración el próximo miércoles 16 de diciembre, para pedir al Señor que inspire leyes que respeten y promuevan el cuidado de la vida humana. Invitamos a cuantas personas e instituciones quieran unirse a esta iniciativa. Nos acogemos a Santa María, Madre de la Vida y Salud de los enfermos y a la intercesión de San José, patrono de la buena muerte, en su año jubilar. 

 Madrid 11 de diciembre de 2020

sábado, 21 de noviembre de 2020

La educación en libertad y como derecho social


CAROLINA UGARTE | FACULTAD DE EDUCACIÓN Y PSICOLOGÍA. UNIVERSIDAD DE NAVARRA Sábado, 14 noviembre 2020

Estos días la sociedad sigue el desarrollo de una ley educativa que se está tramitando en el Congreso, y que va acompañada de polémica desde el pasado 15 de febrero de 2019, cuando el Consejo de Ministros aprobó este Proyecto de Ley Orgánica, que modifica la LOE.

Desde diferentes sectores se debate su contenido y, al mismo tiempo, se exponen sus puntos fuertes y se alerta sobre sus deficiencias. Uno de los temas que está sobre la mesa es la libertad de elección de los padres una dimensión que, en conjunto con otras que menciono más adelante, integra el derecho a la educación.

Personalmente me asombra que esta libertad se trate en una reforma legal pues ya está, desde 1948 y en adelante, amparada por la normativa internacional de derechos humanos, así como por nuestra Constitución que recoge este y otros derechos ampliamente.

Concretamente, en la regulación internacional, se reconoce en el artículo 26 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, en el artículo 13 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y en el artículo 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, ambos de 1966.

Según estos textos base, y otros redactados posteriormente, el derecho a la educación supone: implantar la enseñanza primaria gratuita, garantizar la obligatoriedad de la enseñanza, determinar su contenido mínimo y respetar la libertad de los padres para elegir una educación que esté de acuerdo con sus propias convicciones.

En esta normativa internacional también se expone que el derecho a la educación tiene una doble dimensión social y de libertad, y por ello indica que son los estados los que deben garantizar su cumplimiento. En el citado artículo 13 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales se señala: «Los Estados se comprometen a respetar la libertad de los padres de escoger para sus hijos escuelas distintas de las creadas por las autoridades públicas». En definitiva, la educación en libertad y la educación como derecho social es parte del contenido del derecho a la educación.

Considero que, con el fin de contribuir a la mejora y a la calidad educativa, más que centrarse en este aspecto, sería necesario plantear otras medidas de reforma e impulso educativo. En primer lugar propondría avanzar en el aumento de la autonomía pedagógica, organizativa y de gestión de los centros educativos, vinculándola a la rendición de cuentas. De forma muy resumida, aspectos como la toma de decisiones sobre recursos humanos, recursos materiales y financieros, son los que, en conjunto, muestran la capacidad de autonomía de dichos centros.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) señala un déficit de los centros educativos de España en esta cuestión. Asimismo, este organismo en sus informes, entre ellos el programa PISA en sus sucesivas ediciones, señala la relación que existe entre el incremento de la autonomía de los centros y la mejora de los resultados de los alumnos. El principal argumento para promover la autonomía escolar es que el personal del centro educativo está mejor posicionado para adaptar su organización a las necesidades de los estudiantes. Este organismo señala el déficit de autonomía de los centros educativos de España. En la misma línea se sitúa otro estudio de la OCDE, el informe TALIS en su última edición de 2018. A modo de ejemplo, TALIS señala que el 21% de centros de Educación Primaria en España tiene, según sus directores, autonomía para seleccionar y contratar profesorado. Este número está lejano al 90 % de Dinamarca, Bélgica, Inglaterra y Suecia.

Por otra parte, sigue siendo una asignatura pendiente elaborar un pacto nacional en educación estable fruto del debate pedagógico, centrado en el educando y en el objetivo último de la educación: la formación integral de la persona. Sería muy recomendable que el mencionado pacto se sustentara en una colaboración certera y eficaz entre los expertos en educación, los responsables de la elaboración de las políticas educativas y en último lugar, y no por ello menos importantes, las familias.

Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...