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jueves, 8 de marzo de 2018

¿Hartos del activismo y fundamentalismo LGTB?


Fuente: New York Magazine, Public Discourse
En un comentario a un reciente informe de la Gay & Lesbian Alliance Against Defamation (GLAAD), Andrew Sullivan, pionero del matrimonio entre personas del mismo sexo, lamenta la creciente radicalización del activismo LGTB. Por su parte, Glenn Stanton, de Focus on the Family, pide a los activistas más beligerantes que practiquen la misma tolerancia que exigieron para su causa.
En 1989, Sullivan publicó en The New Republic un artículoque sorprendió a propios y a extraños, al pedir la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo con argumentos “conservadores”: en opinión de este conocido bloguero, el compromiso estable entre dos homosexuales era más beneficioso para la sociedad que el caos del amor libre. Aunque en su día fue criticada incluso dentro de la comunidad gay, la postura de Sullivan –que es homosexual– terminó por prevalecer en el movimiento, que vio en el matrimonio una vía para la aceptación de su causa.
De esta normalización habla el informe de GLAAD, una organización que promueve la visibilidad del movimiento LGTB en los medios de comunicación. Tras varios años de imparables avances, algunos datos sugieren que el apoyo a la causa se ha estancado: “Este año, más adultos estadounidenses no LGTBQ [la Q es de “queer”] declaran sentirse incómodos al saber que un familiar, su médico o el profesor de sus hijos es LGTBQ”. En realidad, los porcentajes varían poco respecto de los tres años anteriores. Pero el hecho de que no vaya a más, es una señal de alarma para GLAAD: “El péndulo de la aceptación se ha detenido abruptamente y oscila en la dirección contraria”.
¿Qué hay detrás de este frenazo? A Sullivan no le convence la hipótesis que descarga la responsabilidad en Trump y la polarización. En cambio, esboza una posible explicación: el incipiente desencanto sería una respuesta a “la radicalización de la ideología y la retórica del movimiento [gay]”. Sullivan cree que este “profundo cambio en la forma y en el fondo” se produjo tras la sentencia del Tribunal Supremo de EE.UU. que legalizó el matrimonio homosexual en 2015.
Hasta entonces, dice Sullivan, quienes llevaban la voz cantante en el movimiento ponían el acento en la igualdad: “Nos presentábamos como ciudadanos corrientes que solo buscaban los mismos derechos y responsabilidades que el resto”. Pero desde 2015, una vez alcanzado el objetivo de la “igualdad matrimonial”, se retiraron de la primera línea y ganaron peso otros líderes más beligerantes. Más preocupados por las alternativas al matrimonio, estos insisten, “por encima de todo, en el transexualismo (…) [El eslogan] ‘vive y deja vivir’ se convirtió en: ‘Si no crees que el género no es binario [masculino y femenino], eres un intolerante’”.
En un artículo para Public Discourse, Glenn Stanton, director de estudios de Focus on the Family, explica cómo han cambiado las tornas en estos pocos años: la opinión pública estadounidense empieza a ser sensible al hecho de que personas comunes “que no albergan mala voluntad alguna” contra los homosexuales, están siendo demandadas por negarse a prestar sus servicios en una boda gay, alegando motivos de conciencia. Algunos de los casos que menciona Stanton son anteriores a 2015.
“El estadounidense medio, a quien se le pidió que apoyara el matrimonio entre personas del mismo sexo en nombre de la justicia y la tolerancia, está viendo que aquellos que le pidieron su apoyo no viven según sus propias reglas. Está viendo que la ‘igualdad matrimonial’ no era suficiente. Y está viendo que el trato ha sido unilateralmente renegociado: ‘No solo apoyarás nuestro derecho a casarnos, sino que también apoyaras todo aquello que nuestros matrimonios soliciten”.

domingo, 4 de marzo de 2018

¿Qué es la prudencia?


Por Antonio Argadoña, Catedrático Economía Universidad de Barcelona
No pretendo dar aquí una clase sobre las virtudes. Simplemente, consultando la web del Jubilee Centre for Character and Virtue encontré una entrada sobre la “phronesis”, sabiduría práctica o prudencia. Breve, pero que contiene un mensaje que me pareció interesante para mis lectores. La prudencia es una virtud intelectual, pero no se queda simplemente en eso, porque exige al que trata de ser prudente cosas que van mucho más allá de “conocer algo” sobre la virtud. Una persona no puede ser prudente si no tiene hábitos morales buenos y  buenas disposiciones morales. Y si reúne esa características y ha adquirido, más o menos, la virtud de la prudencia, estará desarrollando un amplio listado de virtudes, que le permitirán hacer frente a los problemas que se presenten, incluso aunque sean problemas nuevos, antes no conocidos o experimentados, incluso problemas poco claros o de difícil solución.
Me parecía oportuno hacer notar esa idea de que la prudencia es una virtud “de amplio espectro”, que suele darse con otras y que no solo “enseña” lo que hay que hacer, sino que llama la atención sobre los problemas (los ve venir desde lejos), los identifica, despierta emociones sobre ellos (emociones que se dirigen a hacer lo bueno y a evitar lo malo), mueve a la voluntad a actuar y, cuando toma la decisión, se encarga de que lo decidido se ponga en práctica, de modo que el agente no se deje despistar por las tentaciones contrarias, la pereza o el desinterés.
A la vista de esto, uno entiende por qué hemos de ser virtuosos: no es cuestión de saber, sino de saber, y de sentir, y de querer, y de hacer, y de hacer bien y hasta el final. Con palabras de la web del Jubilee Centre mencionada antes, la prudencia es “la excelencia que permite que uno actúe o responda del mejor modo humanamente hablando. Esto comprende no sólo conocimiento sobre la virtud, sino  también el conocimiento y la internalización de ciertos valores, el razonamiento que permite a uno ver las alternativas que mejor realicen esos valores, la capacidad de identificar los detalles que sobresalen en una situación desde el punto de vista moral, y, cuando se presentan situaciones en que los valores están en conflicto, la capacidad para decidir  cuál es el mejor medio, o el más apropiado, para actuar en una situación”.

sábado, 3 de marzo de 2018

Los derechos individuales, ¿van a matar a la libertad?

Fuente Aceprensa, 2.03.2018

En una entrevista conjunta, Le Figaro reúne a dos autores que acaban de publicar en Francia sendos libros sobre la libertad: Carlo Strenger, ensayista israelí, autor de Allons-nous renoncer à la liberté?, y el abogado François Sureau, autor de Pour la liberté, que ha recurrido ante el Consejo Constitucional en contra del “estado de urgencia” adoptado en la lucha contra el terrorismo.
Ambos subrayan que, incluso en las sociedades liberales, la libertad no se puede dar por supuesta, hay que luchar por ella. “En estos tiempos de atentados, de vuelta a los fundamentalismos y de ascenso de los extremismos, querría recordar que la libertad no es un derecho fundamental sino una conquista de la cultura occidental que hay que preservar, y de oponer al consumismo pasivo”, dice Strenger.
Ambos politólogos señalan la incoherencia de las tendencias individualistas que paradójicamente llevan a un refuerzo del control por parte del Estado. “De una parte –dice Sureau–, se busca la satisfacción ilimitada de los derechos de disfrute individual; del otro, se pide que el Estado administre la guardería social, arrogándose un derecho de control integral sobre nuestras vidas”.

Estado niñera

También Sureau muestra su inquietud ante “el desarrollo de lo que se llama el ‘Estado niñera’, ese Estado hiperprotector que quiere proteger la sensibilidad de cada uno como una madre. El precio que hay que pagar es una tiranía de lo políticamente correcto, que limita la libertad de expresión”.
La defensa de la seguridad en estos tiempos de atentados terroristas no nos debe llevar a abdicar de nuestros propios principios. En este tema, dice Sureau, el primer principio a respetar es que “nadie es un criminal antes de que haya cometido un delito (…) El abandono de esta idea va de la mano con una forma de relativismo moral que ha borrado la noción de mal: cada uno actúa como le da la gana, pero cuanto más se reconoce este derecho, más nos volvemos hacia el Estado para garantizar la seguridad del conjunto. Hay una relación estrecha entre la inmoralidad de nuestras sociedades y el carácter represivo del Estado. El segundo principio es que confiamos el castigo de los delitos a un juez independiente. Es lo que el ‘estado de urgencia’ [vigente en Francia para la lucha contra el terrorismo] ha querido abolir, al otorgar cierto número de poderes represivos al representante del gobierno. ‘Más seguridad, menos libertad’ es una idea absurda, pues todo el sistema del Derecho, mucho antes de la Ilustración, ha sido concebido para no tener que escoger entre ambas cosas”.
Para Carlo Strenger, “es fácil seguir siendo civilizados frente a los que lo son tanto como nosotros. Nuestro gran deber es conservar los logros morales de nuestra civilización en las situaciones de crisis. Y la historia está llena de momentos en que lo hemos conseguido”.
Por su parte, Sureau advierte que “la idea de que la mejor manera de defender una civilización sería renunciar a aquello que la constituye es a la vez absurda y peligrosa. Y no demuestra más que una cosa: que no estamos convencidos de ser una civilización, pues estamos tan fácilmente dispuestos a renunciar a ella. Es, en síntesis, el mensaje que transmite la propaganda islamista: Mirad, dicen, han sustituido a Dios por los derechos humanos, y no creen en los derechos humanos más que en Dios, puesto que hacen caso omiso de ellos cuando se trata de luchar contra nosotros; así que no creen en nada, y como no son nada, nosotros no hacemos más que destruir la nada”

domingo, 25 de febrero de 2018

La apoteosis de la intolerancia

Por Alfonso Aguiló

         Lo peor de todo esto es que esos alarmismos demográficos han solido traer consigo políticas inhumanas, de intolerancia flagrante, de tremenda coerción y de graves violaciones de los derechos humanos. Y, desgraciadamente, no han sido casos aislados.

        Por ejemplo, el gobierno indio ha llevado a cabo durante décadas extensos programas de esterilizaciones masivas de ciudadanos, en muchos casos mediante engaño o violencia. En China, esas campañas han sido aún más masivas e intimidatorias, ejerciendo sobre los matrimonios una presión enorme y a menudo brutal para limitar la descendencia familiar a un solo hijo por familia.

        Esos programas son ejemplos extremos de violaciones de derechos humanos que, en nombre del control de la población, se cometen y se han cometido en tantos países. Pero lo más doloroso -se lamentaba Karl Zinsmeister-, es que las autoridades internacionales hagan apologías públicas de esa clase de políticas inhumanas: es triste que cuando la ONU entregó por primera vez el premio de planificación familiar, los ganadores fueran precisamente los directores de los programas indio y chino.

        Resulta seriamente preocupante la grave intolerancia que demuestran quienes violentan las raíces culturales milenarias de esos pueblos promoviendo semejantes campañas antinatalistas. Como decía Chesterton, con este tipo de políticas se acaba desdibujando la diferencia entre animales y seres humanos, y se acaba tratando a seres humanos pobres como si no fueran más que estorbos económicos, sociales o ecológicos. Como si fueran una nueva especie de contaminación que es preciso eliminar.

        Y tiene también razón Julián Marías al advertir que quienes piensan así reducen lo humano casi a la zoología. Ven a la mujer embarazada como una simple hembra preñada, y parecen empeñados en coartar la libertad de toda una parte de la humanidad a la que consideran carente de responsabilidad.

Todo el dinero del mundo


Contenidos: Imágenes (algunas V, S-), más información: AQUÍ
Reseña: 
Roma, 1973. Unos hombres enmascarados secuestran a un adolescente llamado Paul (Charlie Plummer). Su abuelo, J. Paul Getty (Christopher Plummer), es el hombre más rico del mundo, un magnate petrolero tan multimillonario como avaro. El secuestro de su nieto favorito no es razón suficiente para renunciar a parte de su fortuna.
“Todo el dinero del mundo” cuenta la historia de Gail (Michelle Williams), la persistente y tenaz madre de Paul para quien, al contrario que Getty, sus hijos son lo más importante. La vida de su hijo depende de un tiempo que se acaba, y los secuestradores se muestran cada vez más determinados, inestables y violentos. Cuando Getty envía a su enigmático hombre de seguridad, Fletcher Chace (Mark Wahlberg), a velar por los intereses de su nieto, él y Gail se alían en una carrera contrarreloj que revelará el valor del amor frente al dinero.
Ridley Scott recrea este episodio aportando un sesgo muy realista en la puesta en escena setentera  y en la consecución de los hechos, servidos sin ninguna espectacularidad, incluso con escaso gancho. Aquí tenemos sobre todo los hechos desnudos: la angustiosa espera de una madre que no puede recuperar a su hijo y la vida de éste en su reclusión en Calabria. Y entre medias un abuelo multimillonario encastillado en su avaricia. El contexto humano se logra con oficio, gracias a algunos iniciales flash-backs que recogen la vida de los componentes de la familia, sus relaciones y problemas.
Revolotea continuamente en Todo el dinero del mundo una clara referencia cinematográfica que lo impregna todo: Ciudadano Kane. John Paul Getty (1892-1976) vendría a ser una suerte de Charles Foster Kane del mundo del petróleo, un hombre ambicioso que al parecer fue capaz de acumular más dinero que nadie en la historia. Recuerda al famoso magnate de la prensa también en su insaciable afán por poseer objetos de arte –“los únicos que siempre dicen la verdad”–, mientras que se va convirtiendo en un hombre solo, sin familia, sin amor.  Las interpretaciones son muy buenas.

sábado, 24 de febrero de 2018

Garabandal, solo Dios lo sabe



Contenidos: ---
Reseña: 
18 de junio de 1961. En una pequeña aldea del norte de España, San Sebastián de Garabandal, cuatro niñas —Conchita, Jacinta, Mari Loli y Mari Cruz— afirman haber tenido una aparición de san Miguel Arcángel. Días después —el 2 de julio de 1961—, reciben la visita de la Virgen del Carmen. Tras esta primera vez, se siguen más de dos mil encuentros con la celestial Señora. El párroco del pueblo, don Valentín, y el brigada de la Guardia Civil, don Juan Álvarez Seco, se encontrarán súbitamente implicados como protagonistas en un acontecimiento que les desborda, tratando de comprender dónde está la verdad, frente a una jerarquía perpleja, y ante una multitud cada vez más creciente de personas que acuden al pueblo en busca de respuestas.
Respaldada por una productora católica, y acometida con medios escasos y sin actores profesionales por el desconocido cineasta Brian Alexander Jackson, llama la atención el esfuerzo para sacar adelante el proyecto, y la solidez del resultado final, aunque diste de ser perfecto.
De modo que básicamente somos testigos de distintos momentos de apariciones y éxtasis, de las reacciones de algunos fieles y de las investigaciones de una comisión diocesana nombrada al efecto para dictaminar qué hay de verdadero, pero cuyos pasos están dictados por un racionalismo e incredulidad que dejan poco margen a la posibilidad de que aquello sea auténtico. En este sentido el esquema que vemos recuerda a otros filmes de apariciones marianas, de la Virgen de Lourdes y de Fátima, y sirve para ilustrar cómo este tipo de casos no son contemplados a la ligera por las autoridades eclesiásticas.
Como en otros filmes de estas características, se acude a veces al ralentí y a una música “celestial”, lo que funciona aunque puedan sonar a recursos manidos. Son emotivos algunos momentos que recogen los frutos espirituales entre algunos de los que acuden a Garabandal. (Almudí JD). Decine21:

jueves, 22 de febrero de 2018

Denuncia la falsedad del feminismo y el nuevo paradigma pornográfico.

Thérèse Hargot, sexóloga: «Mi cuerpo me pertenece» se ha transformado en «mi cuerpo está disponible»

Thérèse Hargot, sexóloga: «Mi cuerpo me pertenece» se ha transformado en «mi cuerpo está disponible»
Thérèse Hargot defiende los métodos naturales frente a los anticonceptivos porque, a diferencia de éstos, implican de igual forma a hombre y mujer.
Thérèse Hargot es diplomada en Filosofía y Sociedad por la Sorbona de París, máster en Ciencias de la Familia y de la Sexualidad y sexóloga, y acaba de publicar Une jeunesse sexuellement libérée (ou presque) [Una juventud sexualmente liberada (o casi)], un ensayo sobre la realidad de la sexualidad en el mundo moderno frente a las ideas preconcebidas por la ideología feminista dominante.



Eugénie Bastié ha entrevistado a Thérèse para Le Figaro, donde denuncia que, aunque creemos haber sido liberados por la revolución sexual, entre el culto a la prestación impuesta por la industria pornográfica y la ansiedad difundida por una moral higienista, nunca hasta ahora la sexualidad ha estado tan reglamentada.

-En su libro Une jeunesse sexuellement libérée [Una juventud sexualmente liberada], usted se interroga sobre el impacto de la liberación sexual en nuestra relación con el sexo. ¿Qué ha cambiado fundamentalmente?
-Fundamentalmente, nada. Si la norma ha cambiado, nuestra relación con la norma es la misma: permanecemos en una relación de deber. Hemos pasado simplemente del deber de procrear al de alcanzar el orgasmo. Del «no hay que tener relaciones sexuales antes del matrimonio» al «hay que tener relaciones sexuales lo antes posible». Antes, la norma la daba una institución, principalmente religiosa; hoy la da la industria pornográfica. La pornografía es el nuevo vector normativo en materia de vida sexual.

»Por último, mientras antes las normas eran externas y explícitas, hoy se han interiorizado y son implícitas. Ya no tenemos necesidad de una institución que nos diga lo que tenemos que hacer, pues lo hemos integrado muy bien nosotros mismos. Ya no nos dicen explícitamente cuándo tenemos que tener un hijo, pero todas hemos integrado muy bien el «momento justo» para ser madres: sobre todo que no sea muy pronto y cuando las condiciones económicas sean buenas. Es casi peor: como nos creemos liberados, no tenemos conciencia de estar sometidos a normas.


La obra de Thérèse Hargot ha suscitado desde su aparición  un importante interés mediático.


-¿Cuáles son los nuevos criterios de esta normativa sexual?
-La novedad son las nociones de prestación y de éxito introducidas en el centro de la sexualidad, tanto en relación con el goce como con la maternidad: hay que ser una buena madre, tener éxito con el propio bebé, con la pareja. Y quien dice prestación, eficacia, dice también angustia por no conseguirlas. Esta angustia crea disfunciones sexuales (pérdida de erección, etc.). Tenemos una relación muy angustiosa con la sexualidad, porque se nos ordena tener éxito en este campo.

-¿Esto afecta tanto a los hombres como a las mujeres?
-A ambos, pero de manera distinta. Permanecemos en los estereotipos: el hombre debe rendir bien para tener éxito sexual; la prestación de la mujer está en relación con los cánones estéticos.

-La norma parece pasar también a través de un discurso higienista, que ha reemplazado la moral de antaño…
-El SIDA, las ETS [Enfermedades de Transmisión Sexual], los embarazos no deseados: nosotros, hijos de la revolución sexual, hemos crecido con la idea de que la sexualidad es un peligro. Nos dicen que somos libres y, al mismo tiempo, que estamos en peligro. Hablamos de safe sex [sexo seguro], de sexo limpio, hemos reemplazado la moral por la higiene. Cultura del riesgo e ilusión de libertad, este es el cocktail liberal que, desgraciadamente, reina también en la libertad. Este discurso higienista es muy ansiogénico e ineficaz: numerosas ETS se transmiten cada día.

-Usted es sexóloga en colegios. ¿Qué es lo que más la asombra de los adolescentes con los que usted trata?
-Lo más destacado es el impacto de la pornografía en su manera de concebir la sexualidad. Con el desarrollo de las tecnologías y de internet, la pornografía se ha convertido en algo excesivamente accesible e individualizado. Desde una edad muy joven condiciona su curiosidad sexual: hay niñas que con 13 años me preguntan qué pienso de los tríos. Pero, más allá de las páginas web pornográficas, podemos hablar de una «cultura porno» presente en los videoclips, en los reality shows, en la música, en la publicidad, etc.

-¿Qué impacto tiene la pornografía sobre los niños?
-¿Cómo recibe un niño estas imágenes? ¿Es capaz de distinguir entre realidad y las imágenes? La pornografia toma como rehén el imaginario del niño sin dejarle tiempo para que desarrolle sus propias imágenes, sus propios fantasmas. Crea en él una gran culpabilidad porque estas imágenes le excitan sexualmente, pero también una dependencia, puesto que el imaginario no ha tenido tiempo de formarse.


Thérèse, durante una de sus clases de orientación en la escuela.

-«Ser libre sexualmente en el siglo XXI significa tener el derecho de hacer felaciones con 12 años». La revolución sexual, ¿se ha vuelto contra la mujer?
-Desde luego. La promesa «mi cuerpo me pertenece» se ha transformado en «mi cuerpo está disponible»: disponible para la pulsión sexual masculina, que no tiene ninguna restricción. La anticoncepción, el aborto, el «dominio» de la procreación pesan sólo sobre la mujer. La liberación sexual ha modificado sólo el cuerpo de la mujer, no el del hombre. Se dice que para liberarlo. El feminismo igualitario, que acosa a los machistas, quiere imponer un respeto descarnado de las mujeres en el espacio público. Pero es en la intimidad, y sobre todo en la intimidad sexual, donde se repiten las relaciones de violencia.En la esfera pública mostramos respeto a las mujeres; en la privada, vemos películas porno en las que las mujeres son tratadas como objetos. Al instaurar la guerra de los sexos, en la que las mujeres compiten directamente con los hombres, el feminismo ha desestabilizado a los hombres, que vuelven a la dominación en la intimidad sexual. El éxito de la pornografia, que representa a menudo actos de violencia contra las mujeres, del porno vengativo y de Cincuenta sombras de Grey, novela sadomasoquista, son una buena demostración de esto.

-Usted critica una «moral del consentimiento» que hace de todo acto sexual un acto libre siempre que sea «deseado»…
-A veces, con nuestros ojos adultos tenemos tendencia a mirar de manera conmovedora la liberación sexual de los más jóvenes, maravillados por su ausencia de tabúes. En realidad ellos sufren presiones enormes, no son libres en absoluto. En principio, la moral del consentimiento es algo muy justo: se trata de decir que somos libres porque estamos de acuerdo. Pero hemos extendido este principio a los niños, exigiéndoles que se comporten como adultos, capaces de decir sí o no. Ahora bien, los niños no son capaces de decir que no. Nuestra sociedad tiene tendencia a olvidar la noción de mayoría de edad sexual.  Ésta es muy importante. Estimamos que por debajo de una cierta edad hay una inmadurez afectiva que no nos hace capaz de decir «no». No hay consentimiento. Es realmente necesario proteger a la infancia.



-Yendo contracorriente, usted recomienda la anticoncepción natural y critica la píldora. ¿Por qué?
-Critico menos la píldora de lo que critico el discurso feminista y médico que rodea la anticoncepción. Hemos hecho de ella un emblema del feminismo, un emblema de la causa de las mujeres. Pero cuando vemos sus efectos en su salud, en su sexualidad, ¡es para dudar de ello! Son ellas las que modifican su cuerpo, no los hombres. Es totalmente desigual. Los métodos naturales me interesan desde esta perspectiva, pues son los únicos que implican de manera igualitaria al hombre y a la mujer. Se basan sobre el conocimiento que las mujeres tiene de su cuerpo, sobre la confianza que el hombre debe tener en la mujer, sobre el respeto del ritmo y de la realidad femeninas. ¡Creo que esto es mucho más femenino, realmente, que distribuir un medicamento a mujeres con salud perfecta! Haciendo de la anticoncepción una cuestión que atañe sólo a la mujer, hemos quitado responsabilidad al hombre.

-Usted habla sobre la cuestión de la homosexualidad, que atormenta a los adolescentes….
-«Ser homosexual» es, ante todo, un combate político. En nombre de la defensa de los derechos hemos reunido bajo una misma bandera arco iris realidades distintas que no tienen nada que ver entre ellas. Cada persona que dice «ser homosexual» tiene una experiencia de vida diferente, inscrita en una historia distinta. Es una cuestión de deseos, de fantasmas, pero para nada una «identidad» de pleno derecho. No hay que plantear la cuestión en término de ser, sino de tener. Esta cuestión obsesiona a los adolescentes, que se sienten obligados a elegir su sexualidad. La visualización del coming out [salir del armario] plantea muchos interrogantes a los adolescentes, que se preguntan «¿cómo sabe si es homosexual, cómo sé si yo lo soy?» La homosexualidad da miedo, porque los jóvenes se dicen «si lo soy, jamás podré volver atrás». Definir a las personas como «homosexuales» es crear homofobia. La sexualidad no es una identidad. Mi vida sexual no determina lo que yo soy.

-En su opinión, ¿que hay que hacer para ayudar a los jóvenes a realizarse sexualmente? La sexualidad, ¿es un fin en sí misma? ¿Son realmente indispensables los cursos de educación sexual?
-No hay que enseñar a los adolescentes a realizarse sexualmente. Hay que enseñar a los jóvenes a convertirse en hombres y mujeres, hay que ayudarles a desarrollar su personalidad. La sexualidad es secundaria respecto a la personalidad. Antes de hablar de preservativos, de anticoncepción y de aborto a los niños hay que ayudarles a formarse, a desarrollar una estima de sí mismos. Hay que crear hombres y mujeres que puedan ser capaces de estar en relación los unos con las otras. No son necesarios cursos de educación sexual, ¡sino de filosofía!

Traducción de Helena Faccia Serrano

Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...