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martes, 31 de julio de 2012

 Manuel Casado

La sociedad actual está mediatizada. Los medios de comunicación son difusores de ideas que conforman la opinión pública. Y los políticos saben bien el poder de la herramienta básica de la comunicación: el poder de las palabras.

En el siguiente artículo el Catedrático de Lengua Española de la Universidad de Navarra, Manuel Casado Velarde, analiza el uso que se hace del lenguaje por parte de los políticos para transmitir una idea u otra, usando las palabras como arma poderosa.

Sin importancia aparente, cada vez resulta más claro que no se pretende decir lo mismo con la palabra ‘aborto’ que con la expresión ‘interrupción voluntaria del embarazo’. Así ocurre también con cuestiones como la eutanasia, que se comienza a regular bajo el pretexto y nombre de ‘muerte digna’. Parece que si se cambia el lenguaje, se puede llegar a cambiar la realidad.

Según Manuel Casado, la expresión ‘violencia de género’ está promocionada por una ideología determinada, que pretende equiparar el género masculino y femenino que otorgamos por la cultura a las cosas (una silla es femenino; un sofá, masculino etc.) a la realidad sexual del hombre. Así, al llamar ‘de género’ a la violencia en el hogar, según Casado se está equiparando la diferenciación sexual humana a una mera construcción cultural del género de las personas. Ser hombre o mujer sería lo mismo que dar el atributo de femenino a una silla, es decir, algo creado por el hombre.


En el texto, el autor se basa en una cuestión de actualidad (un asesinato de una mujer) para abordar no sólo el tema lingüístico, sino la ideología que hay detrás. Para ello se remonta hasta prácticamente los orígenes del feminismo para exponer de forma sucinta y clara las bases de la ideología de género.

Se hace referencia a Simone de Beauvoir, filósofa y novelista francesa que escribió en 1949 el libro El segundo sexo, considerado como uno de los primeros pilares del feminismo, y a Judith Butler, feminista cuyas ideas giran en torno a que el lenguaje crea el género sexual.
 
El texto que reproducimos a continuación fue publicado en ABC en diciembre de 2011.

 
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Un nuevo y doloroso caso de asesinato de una mujer a manos de su pareja, un varón de 71 años, con el correspondiente comunicado del Ministerio de Sanidad e Igualdad, ha puesto sobre el tapete el debate sobre el nombre que debe darse a estos crímenes: violencia machista, violencia sexista, violencia de género, violencia doméstica o en el entorno familiar, violencia sobre la mujer, etc. Se comprueba una vez más que las palabras no son algo indiferente: las palabras importan. Y mucho.

Cuando el año 2004 se discutía lo que luego sería la Ley orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de protección integral contra la violencia de género (BOE 29.12.2004), la Real Academia Española, tan poco dada a terciar en polémicas, se pronunció, por razones estrictamente idiomáticas, en contra de la expresión violencia de género, proponiendo sustituirla por violencia doméstica o por razón de sexo.

En efecto, el novedoso empleo de la palabra género, calcado del inglés, contravenía los usos lingüísticos del español. La Academia apelaba a la corrección idiomática, al uso común que hace la gente de la lengua: la palabra género, como todo el mundo sabe, hace referencia al género gramatical, o sea, al masculino y femenino. Pero he aquíque tropezaba con otro tipo de «corrección», al parecer más poderoso: la corrección política, la nueva ortodoxia que dicta lo que es políticamente correcto. Y los anatemas de los guardianes de la nueva ortodoxia no se han hecho esperar, empezando por la anterior ministra del ramo, Leyre Pajín, que ha instado a Ana Mato a que deje de decir «violencia en el entorno familiar» y emplee «violencia de género», como manda la ley.

Se comprueba que el debate, que parecía concluido con la publicación de la ley, no se cerró en firme. Y es que el término «género» es deudor de una determinada ideología. Y es en el marco de ese sistema ideológico donde adquiere su significado. Es sabido que, en ese sistema, la palabra género ha dejado de significar lo que significaba en español (y antes también en inglés gender), es decir, género gramatical, para pasar a designar un constructo cultural desvinculado del sexo, esto es, de lo bio-psicológico, nuevo campo donde se libran ahora las batallas dialécticas de opresores y oprimidos, de desigualdad y dominio.

A los efectos que pretende la citada ideología, la elección de la palabra género no puede ser más acertada, pues designa algo que se pretende que sea solo cultural, convencional, arbitrario incluso: decimos, por ejemplo, que mano tiene género femenino, que pie es masculino, que rana (para referirnos a ambos sexos) es femenino y que sapo (también para los dos sexos) es masculino, etc. Lo cual viene a concordar con el núcleo del sistema ideológico, que afirma que la identidad de género (léase sexual) de las personas es algo cultural, independiente de la biología o de la psicología. Con palabras de Simone de Beauvoir: «La mujer no nace; se hace». Se puede ser hombre con cuerpo femenino, y al revés, según Judith Butler, una representante del feminismo radical. Si ser hombre o mujer se considera algo meramente cultural, emancipado de la biología, el término género (que tiene, como digo, carácter cultural) es preferible a sexo.

El nuevo concepto ha hecho fortuna en el lenguaje políticamente correcto de amplios círculos intelectuales de Occidente. Se cree que, con la corrección política, se erradicarán las actitudes que se consideran nocivas, por el simple hecho de reemplazar palabras de uso corriente con neologismos de nuevo cuño. Esta corriente de lo políticamente correcto presupone la idea de que, si cambiamos el lenguaje que algunas minorías consideran discriminatorio, cambiará la realidad. «Cambiemos las palabras, y cambiarán las cosas pasaría a ser el lema filosófico-político de muchos que, hasta no hace tanto, seguían la convicción de que, revolucionando la estructura económica, se modificaría en consecuencia el arte, el derecho, la mentalidad de la gente, en suma, la «superestructura». De esta nueva conciencia, o concienciación, se seguiría la corrección de la realidad» (J. A. Martínez).

Por otra parte, el método de la corrección política, como ha escrito con agudeza el catedrático de la Universidad de Oviedo J. A. Martínez, consiste en sustituir términos de la lengua común «por denominaciones de nuevo cuño, inéditas, ideadas en los gabinetes del lenguaje políticamente correcto».

Si la inquisición de lo políticamente correcto sigue su ritmo actual, llegará un momento, que no parece ya lejano, en que se nos prohibirá mencionar la palabra aborto, pues la ley lo que regula es la interrupción voluntaria del embarazo (Ley orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo) o eutanasia (Andalucía cuenta ya con su Ley 2/2010, llamada «de muerte digna»), por poner solo dos ejemplos, relativos al comienzo y final de la vida humana.

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