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domingo, 25 de marzo de 2012

Manuel Pizarro, de conferencia en conferencia, explica la crisis a la luz de una encíclica

 24 MAR 2012 | MARIANO GISTAÍ, La Gaceta digital

 Basta con que su nombre suene como presidente de una compañía para que suban las acciones.

El salón, de 130 personas, se llenó enseguida, igual que la sala donde se pudo seguir su intervención a través de una pantalla. La expectación era máxima. Pizarro no sale mucho en las teles, pero sus conferencias jalonan estos años del vía crucis español y mundial. Pizarro es el máximo divulgador de la encíclica Caritas in veritate (2009). Viaja ligero de equipaje, solo lleva la encíclica subrayada, el Evangelio y el billete del AVE. Y vuelve a dormir a casa.

Habla de las tentaciones de Cristo tras retirarse cuarenta días al desierto y luego enfoca la crisis con la linterna del documento papal y la doctrina social de la Iglesia. El público escucha sin pestañear. Pizarro explica la crisis citando los pasajes de la encíclica, que se revela como una herramienta de precisión para destripar las causas del desastre que nos aflige.

Pizarro, presidente de Baker & McKenzie en España, se rebela contra la falta de justicia. Que alguien se haya llevado el dinero, que hayan quebrado los bancos y haya habido que rescatarlos y que los responsables no devuelvan los bonus que se llevaron. Lo que dice el conferenciante es que si no se repara esa injusticia, la crisis no podrá resolverse: “Estamos edificando en arenas movedizas”.

Tiritas y parches
Le escandaliza que sea en Estados Unidos, un país que proclama la transparencia y la responsabilidad, donde la elemental justicia de castigar a los malos y premiar a los buenos no funcione: “Si los malos no tienen castigo, los buenos quedan como tontos”. Repite cosas sencillas de economía, principios básicos que, al haber sido quebrantados, han destrozado el sistema. Dice que en una compañía no puede haber nada fuera de balance. Cosas de manual que Estados Unidos, pionero del caos, sacrificó en aras del becerro de oro.
Pizarro viaja con la encíclica subrayada y sus citas resuenan como un manual técnico o quirúrgico que describe con exactitud lo que está pasando. Caritas in veritate no tiene muchos googles, pero la clarividencia de sus frases prefigura y diagnostica el mapa de la rapiña en el que se despedaza el mundo. En esta tarde de Cuaresma en Zaragoza el auditorio está levitando. La perseverancia de Manuel Pizarro, con su defensa un poco quijotesca de la justicia, va haciendo mella en un sistema ‘gripado’ que pretende salir adelante poniéndose tiritas y parches y haciendo como que si no hubiera pasado nada.

El de Teruel insiste: “Que devuelvan el dinero. Ya no digo que vayan a la cárcel, pero que devuelvan el dinero”. Que no pueda haber nada fuera del balance de caja, de las cuentas. Este peregrinaje de conferencias incide en el hueso, en la raíz del problema. La semana pasada uno de los directores ejecutivos de Goldman Sachs envió una carta al New York Times acusando al banco de engañar a sus clientes. Cada día surge un indicio, un chispazo que ratifica las tesis de Pizarro, el rosario de verdades que va desgranando en su ruta evangelizadora. Esas charlas pueden verse como una marcha por el desierto que finalmente va a conseguir su objetivo: restaurar la dignidad humana y el imperio de la ley. También lanza un mensaje individual: “Cada cual en su ámbito de actuación ha de hacerlo lo mejor que pueda”.

Hasta hace poco era evidente que España necesitaba a un hombre así. Cada día está más claro que lo necesita el mundo entero.

Aún hay sitio en la cárcel
La encíclica de Benedicto XVI Caritas in veritate está en la Red al alcance de todos: “Los agentes financieros han de redescubrir el fundamento ético de su actividad para no abusar de aquellos instrumentos sofisticados con los que se podría traicionar a los ahorradores”. La línea de Manuel Pizarro encuentra eco: William White (Canadá, 1943), presidente del Comité de Economía y Desarrollo de la OCDE y durante 13 años economista jefe del Banco Internacional de Pagos, ha dicho: “Francamente, una de las cosas que más me sorprende de esta crisis, especialmente en países como Estados Unidos y Reino Unido, es el escaso número de directivos de banca que ha acabado en la cárcel”.
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