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jueves, 23 de febrero de 2023

Cada uno tiene una misión en la tierra.

    Nadie que contemple con realismo nuestro mundo de hoy podría pensar que los cristianos pueden permitirse el lujo de continuar como si no pasara nada, haciendo caso omiso de la profunda crisis de fe que impregna nuestra sociedad, o confiando sencillamente en que el patrimonio de valores transmitido durante siglos de cristianismo seguirá inspirando y configurando el futuro de nuestra sociedad.             


    Sabemos que en tiempos de crisis y turbación Dios ha suscitado grandes santos

y profetas para la renovación de la Iglesia y la sociedad cristiana; confiamos en su providencia y pedimos que nos guíe constantemente. Pero cada uno de nosotros, de acuerdo con su estado de vida, está llamado a trabajar por el progreso del Reino de Dios, infundiendo en la vida temporal los valores del Evangelio. Cada uno de nosotros tiene una misión (Benedicto XVI)

viernes, 10 de febrero de 2023

La persona sin conciencia: “un cadáver viviente, una máscara de teatro”

 Párrafos de una conferencia del entonces  Cardenal Ratzinger

sobre la conciencia, con este  nombre, publicado

en "La Iglesia, una comunidad siempre en

en camino", Ed. Paulinas,  Madrid 1992, pp. 95

a 117.

 

            Una vez un colega de más edad, al que preocupaba la situación del ser cristiano en nuestro tiempo, en el curso de una discusión expresó la opinión de que había que dar realmente gracias a Dios por haber concedido a tantos hombres poder ser increyentes con buena conciencia. En realidad, si se les hubiera abierto los ojos y se hubiesen hecho creyentes, no habrían sido capaces en un mundo como el nuestro de llevar el peso de la fe y de los deberes morales que de ella se derivan. En cambio, puesto que siguen otro camino con buena conciencia, pueden sin embargo conseguir la salvación. Lo que me dejó atónito de esta afirmación no fue ante todo la idea de una conciencia errónea concedida por el mismo Dios para poder salvar con esta estratagema a los hombres; la idea, por así decirlo, de una obcecación enviada por Dios mismo para salvar a las personas en cuestión. Lo que me turbó fue la concepción de que la fe es un peso difícil de llevar y de que es apto sólo para naturalezas particularmente fuertes, como una especie de castigo o, en todo caso, un conjunto oneroso de exigencias a las que no es fácil hacer frente. De acuerdo con esta concepción, la fe, lejos de hacer más accesible la salvación, la haría más difícil. Por tanto, debería ser más feliz justamente aquel al que no se le impone la carga de tener que creer y someterse al yugo moral que supone la fe de la Iglesia católica. La conciencia errónea, que le permite a uno llevar una vida más fácil e indica una vida más humana, sería por tanto la verdadera gracia, la vía normal para la salvación. La no verdad, permanecer alejado de la verdad, sería para el hombre mejor que la verdad. No es la verdad la que le libra, sino más bien debe ser liberado de ella. El hombre está a su gusto más en las tinieblas que en la luz; la fe no es un hermoso don de Dios, sino más bien una maldición. Siendo así las cosas, ¿cómo puede provenir alegría de la fe? ¿Quién podría incluso tener el valor de transmitir la fe a otros? ¿No sería mejor por el contrario ahorrarles este peso y mantenerlos lejos de él? En los últimos decenios, concepciones de este tipo han paralizado visiblemente el impulso de la evangelización. (...)

 

             Después de semejante conversación tuve la plena certeza de que algo no cuadraba en esta teoría sobre el poder justificador de la conciencia subjetiva; en otras palabras, estuve seguro de que debía ser falsa una concepción de la conciencia que llevaba a tales conclusiones. Una firme convicción subjetiva y la consiguiente falta de dudas y escrúpulos no justifican en absoluto al hombre. (...) Görres muestra que el sentido de culpa, la capacidad de reconocer la culpa, pertenece a la esencia misma de la estructura psicológica del hombre. El sentido de culpa, que rompe una falsa serenidad de conciencia y que puede definirse como una protesta de la conciencia contra la existencia satisfecha de sí, es tan necesario para hombre como el dolor físico en cuanto síntoma que permite reconocer las alteraciones de las funciones normales del organismo. El que ya no es capaz de percibir la culpa está espiritualmente enfermo, es “un cadáver viviente, una máscara de teatro”, como dice Görres. (...) “Todos los hombres tienen necesidad del sentido de culpa”. (...)

La enseñanza sobre el aborto de la Encíclica "El evangelio de la Vida", de Juan Pablo II.

CARTA ENCÍCLICA 
EVANGELIUM VITAE
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS 
A LOS SACERDOTES Y DIÁCONOS
A LOS RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS
A LOS FIELES LAICOS
Y A TODAS LAS PERSONAS DE BUENA VOLUNTAD
SOBRE EL VALOR Y EL CARÁCTER INVIOLABLE 
DE LA VIDA HUMANA

 

                                    (la parte sobre el aborto)

 

La decisión deliberada de privar a un ser humano inocente de su vida es siempre mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser lícita ni como fin, ni como medio para un fin bueno. En efecto, es una desobediencia grave a la ley moral, más aún, a Dios mismo, su autor y garante; y contradice las virtudes fundamentales de la justicia y de la caridad. « Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo ».52

Cada ser humano inocente es absolutamente igual a todos los demás en el derecho a la vida. Esta igualdad es la base de toda auténtica relación social que, para ser verdadera, debe fundamentarse sobre la verdad y la justicia, reconociendo y tutelando a cada hombre y a cada mujer como persona y no como una cosa de la que se puede disponer. Ante la norma moral que prohíbe la eliminación directa de un ser humano inocente « no hay privilegios ni excepciones para nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales ».53


« Mi embrión tus ojos lo veían » (Sal 139 138, 16): el delito abominable del aborto

 

58. Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida, el aborto procurado presenta características que lo hacen particularmente grave e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto con el infanticidio, como « crímenes nefandos ».54

Hoy, sin embargo, la percepción de su gravedad se ha ido debilitando progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño. A este propósito resuena categórico el reproche del Profeta: « ¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad » (Is 5, 20).

 Precisamente en el caso del aborto se percibe la difusión de una terminología ambigua, como la de « interrupción del embarazo », que tiende a ocultar su verdadera naturaleza y a atenuar su gravedad en la opinión pública. Quizás este mismo fenómeno lingüístico sea síntoma de un malestar de las conciencias. Pero ninguna palabra puede cambiar la realidad de las cosas: el aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento.

La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran las circunstancias específicas que lo cualifican. Quien se elimina es un ser humano que comienza a vivir, es decir, lo más inocente en absoluto que se pueda imaginar: ¡jamás podrá ser considerado un agresor, y menos aún un agresor injusto! Es débil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso de aquella mínima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminación, e incluso la procura.

Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene para la madre un carácter dramático y doloroso, en cuanto que la decisión de deshacerse del fruto de la concepción no se toma por razones puramente egoístas o de conveniencia, sino porque se quisieran preservar algunos bienes importantes, como la propia salud o un nivel de vida digno para los demás miembros de la familia. A veces se temen para el que ha de nacer tales condiciones de existencia que hacen pensar que para él lo mejor sería no nacer. Sin embargo, estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y dramáticas, jamás pueden justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente.

 

59. En la decisión sobre la muerte del niño aún no nacido, además de la madre, intervienen con frecuencia otras personas. Ante todo, puede ser culpable el padre del niño, no sólo cuando induce expresamente a la mujer al aborto, sino también cuando favorece de modo indirecto esta decisión suya al dejarla sola ante los problemas del embarazo: 55 de esta forma se hiere mortalmente a la familia y se profana su naturaleza de comunidad de amor y su vocación de ser « santuario de la vida ». No se pueden olvidar las presiones que a veces provienen de un contexto más amplio de familiares y amigos. No raramente la mujer está sometida a presiones tan fuertes que se siente psicológicamente obligada a ceder al aborto: no hay duda de que en este caso la responsabilidad moral afecta particularmente a quienes directa o indirectamente la han forzado a abortar. También son responsables los médicos y el personal sanitario cuando ponen al servicio de la muerte la competencia adquirida para promover la vida.

Pero la responsabilidad implica también a los legisladores que han promovido y aprobado leyes que amparan el aborto y, en la medida en que haya dependido de ellos, los administradores de las estructuras sanitarias utilizadas para practicar abortos. Una responsabilidad general no menos grave afecta tanto a los que han favorecido la difusión de una mentalidad de permisivismo sexual y de menosprecio de la maternidad, como a quienes debieron haber asegurado —y no lo han hecho— políticas familiares y sociales válidas en apoyo de las familias, especialmente de las numerosas o con particulares dificultades económicas y educativas. Finalmente, no se puede minimizar el entramado de complicidades que llega a abarcar incluso a instituciones internacionales, fundaciones y asociaciones que luchan sistemáticamente por la legalización y la difusión del aborto en el mundo. En este sentido, el aborto va más allá de la responsabilidad de las personas concretas y del daño que se les provoca, asumiendo una dimensión fuertemente social: es una herida gravísima causada a la sociedad y a su cultura por quienes deberían ser sus constructores y defensores. Como he escrito en mi Carta a las Familias« nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización ».56 Estamos ante lo que puede definirse como una « estructura de pecado » contra la vida humana aún no nacida.

 

60. Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el fruto de la concepción, al menos hasta un cierto número de días, no puede ser todavía considerado una vida humana personal. En realidad, « desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre... la genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese viviente: una persona, un individuo con sus características ya bien determinadas. Con la fecundación inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar ».57 Aunque la presencia de un alma espiritual no puede deducirse de la observación de ningún dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el embrión humano ofrecen « una indicación preciosa para discernir racionalmente una presencia personal desde este primer surgir de la vida humana: ¿cómo un individuo humano podría no ser persona humana? ».58

Por lo demás, está en juego algo tan importante que, desde el punto de vista de la obligación moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante una persona para justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano. Precisamente por esto, más allá de los debates científicos y de las mismas afirmaciones filosóficas en las que el Magisterio no se ha comprometido expresamente, la Iglesia siempre ha enseñado, y sigue enseñando, que al fruto de la generación humana, desde el primer momento de su existencia, se ha de garantizar el respeto incondicional que moralmente se le debe al ser humano en su totalidad y unidad corporal y espiritual: « El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida ».59

 

61. Los textos de la Sagrada Escritura, que nunca hablan del aborto voluntario y, por tanto, no contienen condenas directas y específicas al respecto, presentan de tal modo al ser humano en el seno materno, que exigen lógicamente que se extienda también a este caso el mandamiento divino « no matarás ».

La vida humana es sagrada e inviolable en cada momento de su existencia, también en el inicial que precede al nacimiento. El hombre, desde el seno materno, pertenece a Dios que lo escruta y conoce todo, que lo forma y lo plasma con sus manos, que lo ve mientras es todavía un pequeño embrión informe y que en él entrevé el adulto de mañana, cuyos días están contados y cuya vocación está ya escrita en el « libro de la vida » (cf. Sal 139 138, 1. 13-16). Incluso cuando está todavía en el seno materno, —como testimonian numerosos textos bíblicos 60— el hombre es término personalísimo de la amorosa y paterna providencia divina.

La Tradición cristiana —como bien señala la Declaración emitida al respecto por la Congregación para la Doctrina de la Fe 61— es clara y unánime, desde los orígenes hasta nuestros días, en considerar el aborto como desorden moral particularmente grave. Desde que entró en contacto con el mundo greco-romano, en el que estaba difundida la práctica del aborto y del infanticidio, la primera comunidad cristiana se opuso radicalmente, con su doctrina y praxis, a las costumbres difundidas en aquella sociedad, como bien demuestra la ya citada Didaché. 62 Entre los escritores eclesiásticos del área griega, Atenágoras recuerda que los cristianos consideran como homicidas a las mujeres que recurren a medicinas abortivas, porque los niños, aun estando en el seno de la madre, son ya « objeto, por ende, de la providencia de Dios ».63 Entre los latinos, Tertuliano afirma: « Es un homicidio anticipado impedir el nacimiento; poco importa que se suprima el alma ya nacida o que se la haga desaparecer en el nacimiento. Es ya un hombre aquél que lo será ».64

A lo largo de su historia bimilenaria, esta misma doctrina ha sido enseñada constantemente por los Padres de la Iglesia, por sus Pastores y Doctores. Incluso las discusiones de carácter científico y filosófico sobre el momento preciso de la infusión del alma espiritual, nunca han provocado la mínima duda sobre la condena moral del aborto.

 

62. El Magisterio pontificio más reciente ha reafirmado con gran vigor esta doctrina común. En particular, Pío XI en la Encíclica Casti connubii rechazó las pretendidas justificaciones del aborto; 65 Pío XII excluyó todo aborto directo, o sea, todo acto que tienda directamente a destruir la vida humana aún no nacida, « tanto si tal destrucción se entiende como fin o sólo como medio para el fin »; 66 Juan XXIII reafirmó que la vida humana es sagrada, porque « desde que aflora, ella implica directamente la acción creadora de Dios ».67 El Concilio Vaticano II, como ya he recordado, condenó con gran severidad el aborto: « se ha de proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción; tanto el aborto como el infanticidio son crímenes nefandos ».68

La disciplina canónica de la Iglesia, desde los primeros siglos, ha castigado con sanciones penales a quienes se manchaban con la culpa del aborto y esta praxis, con penas más o menos graves, ha sido ratificada en los diversos períodos históricos. El Código de Derecho Canónico de 1917 establecía para el aborto la pena de excomunión. 69 También la nueva legislación canónica se sitúa en esta dirección cuando sanciona que « quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae »,70es decir, automática. La excomunión afecta a todos los que cometen este delito conociendo la pena, incluidos también aquellos cómplices sin cuya cooperación el delito no se hubiera producido: 71 con esta reiterada sanción, la Iglesia señala este delito como uno de los más graves y peligrosos, alentando así a quien lo comete a buscar solícitamente el camino de la conversión. En efecto, en la Iglesia la pena de excomunión tiene como fin hacer plenamente conscientes de la gravedad de un cierto pecado y favorecer, por tanto, una adecuada conversión y penitencia.

Ante semejante unanimidad en la tradición doctrinal y disciplinar de la Iglesia, Pablo VI pudo declarar que esta enseñanza no había cambiado y que era inmutable. 72 Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos —que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina—, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. 73

Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón, y proclamada por la Iglesia.

 

viernes, 3 de febrero de 2023

«¡Manteneos firmes en la fe!»

«A los que he hecho daño de alguna manera, les pido perdón de todo corazón»

Se hace público el testamento espiritual de Benedicto XVI:

"Por último, pido humildemente: rezad por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis pecados e insuficiencias, me reciba en las moradas eternas. A todos los que me han sido confiados, mis oraciones salen de mi corazón, día a día", escribió Benedicto XVI.

En las últimas horas ha transcendido el testamento espiritual que dejó escrito Benedicto XVI el 29 de agosto de 2006. Un legado para todos los cristianos que no tiene desperdicio.

A continuación reproducimos íntegramente este valioso y bello texto:

"Si en esta hora tardía de mi vida miro hacia atrás, hacia las décadas que he recorrido, veo en primer lugar cuántas razones tengo para dar gracias. En primer lugar, doy gracias a Dios mismo, dador de todo bien, que me dio la vida y me guió en diversos momentos de confusión; siempre me levantó cuando empecé a resbalar y siempre me devolvió la luz de su semblante. En retrospectiva veo y comprendo que incluso los tramos oscuros y fatigosos de este camino fueron para mi salvación y que fue en ellos donde Él me guió bien.

Doy gracias a mis padres, que me dieron la vida en una época difícil y que, a costa de grandes sacrificios, con su amor prepararon para mí una morada magnífica que, como una luz clara, ilumina todos mis días hasta el día de hoy. La lúcida fe de mi padre nos enseñó a los niños a creer, y como señal siempre se ha mantenido firme en medio de todos mis logros científicos; la profunda devoción y la gran bondad de mi madre son un legado que nunca podré agradecerle lo suficiente. Mi hermana me ha asistido durante décadas desinteresadamente y con afectuoso cuidado; mi hermano, con la lucidez de sus juicios, su vigorosa resolución y la serenidad de su corazón, me ha allanado siempre el camino; sin este constante precederme y acompañarme, no habría podido encontrar la senda correcta.

De corazón doy gracias a Dios por los muchos amigos, hombres y mujeres, que siempre ha puesto a mi lado; por los colaboradores en todas las etapas de mi camino; por los profesores y alumnos que me ha dado. Con gratitud los encomiendo todos a Su bondad. Y quiero dar gracias al Señor por mi hermosa patria en los Pre-Alpes bávaros, en la que siempre he visto brillar el esplendor del Creador mismo. Doy las gracias al pueblo de mi patria porque en él he experimentado una y otra vez la belleza de la fe. Rezo para que nuestra tierra siga siendo una tierra de fe y os lo ruego, queridos compatriotas: no os dejéis apartar de la fe. Y, por último, doy gracias a Dios por toda la belleza que he podido experimentar en todas las etapas de mi viaje, pero especialmente en Roma y en Italia, que se ha convertido en mi segunda patria.

A todos aquellos a los que he hecho daño de alguna manera, les pido perdón de todo corazón.

Lo que antes dije a mis compatriotas, lo digo ahora a todos los que en la Iglesia están confiados a mi servicio: ¡manteneos firmes en la fe! No se confundan. A menudo da la impresión de que la ciencia -las ciencias naturales, por un lado, y la investigación histórica (especialmente la exégesis de la Sagrada Escritura), por otro- es capaz de ofrecer resultados irrefutables en contradicción con la fe católica.

He vivido las transformaciones de las ciencias naturales desde hace mucho tiempo, y he podido comprobar cómo, por el contrario, las aparentes certezas contra la fe se han desvanecido, demostrando no ser ciencia, sino interpretaciones filosóficas sólo aparentemente pertenecientes a la ciencia; del mismo modo que, por otra parte, es en el diálogo con las ciencias naturales como también la fe ha aprendido a comprender mejor el límite del alcance de sus pretensiones, y por tanto su especificidad.

Hace ya sesenta años que acompaño el camino de la Teología, en particular de las ciencias bíblicas, y con la sucesión de las diferentes generaciones he visto derrumbarse tesis que parecían inamovibles, demostrando ser meras hipótesis: la generación liberal (Harnack, Jülicher, etc.), la generación existencialista (Bultmann, etc.), la generación marxista. He visto y veo cómo de la maraña de hipótesis ha surgido y vuelve a surgir lo razonable de la fe. Jesucristo es verdaderamente el camino, la verdad y la vida, y la Iglesia, con todas sus insuficiencias, es verdaderamente su cuerpo.

Por último, pido humildemente: rezad por mí, para que el Señor, a pesar de todos mis pecados e insuficiencias, me reciba en las moradas eternas. A todos los que me han sido confiados, mis oraciones salen de mi corazón, día a día.

Benedictus PP XVI, religionenlibertad.com

jueves, 24 de noviembre de 2022

De fondo: Criterios que se han utilizado para valorar a las personas.

    


Esta sección de un artículo que publiqué en 1990, quería fundamentar cómo el aborto y cualquier otro tratamiento de las personas como objetos, se había iniciado alrededor de la no bien estudiada "revolución del 68".          

    Según algunos pensadores, la pertenencia a una especie como la humana no tiene ningún significado moral por cuanto respecta a ser persona[1]. Ser humano no basta para ser una persona. Se requiere mucho más,  para que una entidad sea considerada persona y, por tanto, un ser de valor moral. Bastantes autores definen variados criterios, pero en general todos concuerdan en que, para ser persona, un individuo debe tener conciencia de sí en cuanto sujeto capaz de deseos y con "una desarrollada capacidad de razonar, querer,  y relacionarse con los demás"[2].

            Está claro que no todos los seres humanos tienen una capacidad desarrollada en este grado. No todos tienen conciencia de sí mismos como individuos, ni son capaces de relacionarse con los demás: entre éstos los niños no nacidos.  Tampoco los recién nacidos tienen conciencia de sí mismos como individuos, ni un niño posee la capacidad desarrollada de razonar, querer, desear y relacionarse con los demás durante un cierto periodo de su vida. Por tanto, según estos influyentes escritores, los niños -y los adultos que pudieran comportarse como ellos, quizá por malformaciones cerebrales- no pueden considerarse personas en sentido estricto. No son, por tanto, sujeto de derechos que deban ser reconocidos y protegidos por la sociedad.

        Basándose en la idea del no ser personas de los fetos, en este momento muchos justifican el aborto e, incluso, el infanticidio. Es interesante, en este sentido, advertir como una autora que justifica el aborto porque no considera al feto como persona, rechaza sin embargo el infanticidio, pero por razones puramente pragmáticas. Piensa, en efecto, que sería equivocado matar un niño, "al menos en este país (los Estados Unidos) y en este momento histórico..., porque aunque los padres no lo quisieran y no sufrirían por su destrucción, existen otras personas que lo desearían tener y serían… de este modo privadas de una gran alegría. Por esto -continúa- el infanticidio está equivocado por las mismas razones por las que es erróneo destruir riquezas naturales o grandes obras de arte”[3]




[1] Así piensa, por ejemplo, MICHAEL TOOLEY, "Abortion and Infanticide", Philosophy and Public Affairs2, 1972, 44, 48, 55. Del mismo autor es "Abortion and Infanticide", New York and Oxford, Oxford University Press, 1983, pp. 50-86; en él explica más extensamente esta idea.

[2]  Uno entre muchos DANIEL CALLAHAN, "Abortion: Law, Choice, and Morality", New York, Macmillan, 1970, pp. 497-498.

[3] MARY ANN WARREN, "On the Moral and Legal Status of Abortion", in Contemporary Issues in Bioethics, ed. Tom L. Beauchamp and LeRoy Walters (2nd ed.: Belmont, CA: Wadsworth, 1982), p. 259. El ensayo original de Warren aparece en The Monist, 57, 1973.

viernes, 4 de noviembre de 2022

Mentira e intolerancia: decir la verdad

Los políticos de tantos países —sean de derechas o de izquierdas, liberales o populistas— ganan las elecciones haciendo promesas que saben que no van a cumplir o incluso en algunos casos mintiendo descaradamente

En mi reciente viaje a Argentina tuve un amable encuentro con Daniel Dessein, editor de La Gaceta Literaria de Tucumán. Poco después, me pidió una colaboración sobre la crisis de la verdad y la intolerancia en el debate público. Ha aparecido el 17 de julio con una sugestiva ilustración. Lo reproduzco en este post pues quizás a alguno puede interesar.

Se dice a veces que hoy en día la verdad está en crisis, mientras que —me parece a mí— lo que realmente pasa es que abundan los políticos que mienten sistemáticamente. Hace unos pocos meses asistí a la defensa de una interesantísima tesis doctoral cuya autora mostraba el formidable efecto que la escritura narrativa puede tener en adolescentes en riesgo de exclusión. En la amable comida que siguió a la defensa tuve ocasión de preguntar a una profesora inglesa de comunicación política —que formaba parte del tribunal— su opinión acerca de Boris Johnson. Me contestó de inmediato y con una rotundidad inesperada: «¡Es un mentiroso!». De hecho, pocas semanas después, Johnson tendría que superar una cuestión de confianza en el Parlamento británico precisamente por ese motivo.

Lamentablemente, buena parte de los ciudadanos franceses o españoles vienen a decir lo mismo de sus gobernantes: «Tenemos unos políticos que mienten» es el comentario habitual de la mayoría. Al parecer, ya Maquiavelo en El príncipe (1513) recomendaba al gobernante el uso de la mentira cuando le fuera conveniente. Quinientos años después los políticos de tantos países —sean de derechas o de izquierdas, liberales o populistas— ganan las elecciones haciendo promesas que saben que no van a cumplir o incluso en algunos casos mintiendo descaradamente.

Quizás una diferencia notable entre los tiempos de Maquiavelo y el nuestro sea la generalización de los celulares y de internet que ha hecho que las mentiras de los políticos tengan casi siempre —como suele decirse— un recorrido muy corto. Es bastante fácil comprobar la distancia que media entre las palabras de quienes ocupan el espacio público de un país y su vida privada. No debo poner ejemplos. Solo me permitiré evocar una conversación de hace muchos años con el alcalde de mi ciudad en la que él me estaba mintiendo y, a pesar de advertir que yo me daba cuenta de que me mentía, prosiguió imperturbable con un discurso lleno de falsedades. Recuerdo que a partir de aquel día decidí mantenerme bien alejado de los políticos.

Quienes mienten piensan con toda probabilidad que los demás también mienten y por eso son de ordinario intolerantes con quienes se expresan de manera distinta a la de ellos. Por ese motivo, no se detienen a escuchar las opiniones de los demás, pues realmente no les interesan, ya que están persuadidos de que no pueden aprender o sacar ningún partido de las opiniones discrepantes. Por ejemplo, es frecuente que algunos gobernantes, incluso en países democráticos, a menudo no acepten preguntas en las ruedas de prensa o, si las aceptan, no contesten realmente a las preguntas. Por eso, a veces el espacio público parece en muchos países un gran guiñol en el que tanto el gobierno como la oposición representan sus papeles, pero en el que nadie se atreve realmente a decir la verdad. Algo parecido viene a ocurrir en muchas tertulias en los medios de comunicación.

Por el contrario, quienes aspiran a decir la verdad son siempre tolerantes con las opiniones de los demás, porque están convencidos de que en todos los pareceres hay algo valioso, algo de lo que podemos aprender. Esto es importantísimo. La mejor enseñanza de la filosofía es la convicción de que en cada esfuerzo intelectual hay algún aspecto luminoso, pues todas las opiniones formuladas seriamente dicen en algún sentido algo verdadero y son por tanto merecedoras de nuestra atención. Como el poeta Salinas pone en boca del labriego castellano: «Todo lo sabemos entre todos».

Se cuenta que cuando el escritor ruso Alexander Solzhenitsyn (1918-2008) se planteó qué podía hacer frente a la dictadura comunista, se propuso no decir nunca una mentira. Con aquella actitud Solzhenitsyn acabó siendo una de las piezas clave que derrumbó la Unión Soviética. A mí me gustaría hacer siempre algo así con lo que escribo. Con palabras del poeta cubano, reprimido por el régimen castrista, Heberto Padilla (Fuera del juego, 1969):

Di la verdad.

Di, al menos tu verdad.

Y después

deja que cualquier cosa ocurra.

Jaime Nubiola, en filosofiaparaelsigloxxi.wordpress.com/

lunes, 31 de octubre de 2022

Santa Sede a la ONU: La pornografía contribuye al abuso infantil.







Por Stefano Gennarini, J.D.

NUEVA YORK (C-Fam) Durante los debates de la ONU esta semana, la delegación de la Santa Sede, que representa al Papa Francisco en las Naciones Unidas, denunció el aborto, la pornografía y la subrogación como “prácticas que reducen a la persona humana a un objeto.”

“Es un error pensar que en una sociedad en donde el consumo anormal de sexo por internet es desenfrenado entre los adultos podría ser capaz de proteger eficazmente a los menores”, dijo Monseñor Robert Murphy al tercer comité de la ONU al citar los comentarios del Papa Francisco contra la pornografía infantil. El comité, que se ocupa de temas sociales, se reunió a principios de esta semana para debatir los derechos de los niños.

Monseñor Murphy tampoco se anduvo con rodeos al describir la gestación subrogada, afirmando que “convierte al niño en el mero objeto de un absoluto deseo de ser satisfecho y no puede justificarse por motivaciones solidarias”.

Dijo que la mercantilización de los niños también estaba presente en relación con el aborto porque “trata a los niños como descartables”. Como ejemplos, señaló el rechazo a las niñas y niños con discapacidad a través del aborto selectivo por sexo y el aborto basado en la discapacidad.

Monseñor Murphy destacó la importancia de la familia como “la base para el bienestar de los niños” de acuerdo con el derecho internacional. Hizo hincapié en el papel de los padres como los “principales educadores de sus hijos”, y enfatizó que los padres significaban tanto “madre como padre” cuando se referían a los padres. Y lamentó cómo “los niños sin el cuidado de sus padres tienen más probabilidades de sufrir exclusión, violencia, abuso, abandono y explotación”.

“Por lo tanto, los esfuerzos para promover y proteger los derechos y el bienestar de los niños deben ir de la mano con medidas para apoyar y fortalecer a la familia”, concluyó.

Los comentarios de Murphy contrastaron con los comentarios de países occidentales poderosos que no mencionaron en absoluto a las madres, los padres y la familia en sus declaraciones sobre los derechos de los niños.

La delegación de Estados Unidos eligió el debate sobre los derechos del niño para promover la homosexualidad y la transgeneridad.

“En todo el mundo, los niños LGBTQI+ están sufriendo y, a menudo, en silencio. Los niños LGBTQI+ corren un mayor riesgo de quedarse sin hogar, suicidio, depresión, ansiedad, abuso y uso de sustancias. Debemos trabajar juntos para garantizar que los niños LGBTQI+ en todas partes sean tratados con el respeto y la dignidad que merecen”, dijo Dylan Lang, asesor de EE. UU. para el Tercer Comité.

La Unión Europea enfatizó el derecho de los niños a “ser escuchados” ya tomar sus propias decisiones.

Varios países mencionaron las políticas familiares en el contexto de la protección infantil, pero ninguno más que Hungría.

“La protección de los niños es una alta prioridad para Hungría, consagrada en nuestra Ley Fundamental”, dijo la delegación húngara. “Con este espíritu, no escatimamos esfuerzos para apoyar el desarrollo físico, mental y social de los niños y hemos brindado un apoyo integral directamente a los niños que lo necesitan, como catering escolar gratuito, así como un entorno familiar propicio a través de la licencia parental pagada, exención de impuestos para familias con cuatro o más hijos, protección social, así como apoyo en la crianza de los hijos a familias en situación de vulnerabilidad”.

Las resoluciones de la Tercera Comisión finalmente se enviarán a la Asamblea General en pleno en diciembre.

Un observador le dijo al Friday Fax: “Es muy útil cuando la Santa Sede habla con tanta fuerza. También ayuda a todas las delegaciones que quieren hacer oir su voz”.

¿Cuándo la política fiscal es injusta? (artículo póstumo)

  Por Carlo Caffarra, Cardenal Arzobispo de Bolonia. Recientemente fallecido. El sistema fiscal es una parte relevante del pacto social, en ...