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jueves, 18 de abril de 2019

Dónde estamos


Esta serie nació para escribir los resultados de una asignatura. Como la serie se ha expandido, se han tratado más teólogos, ideas y libros, y alcanzado una idea más rica. Es preciso hacer balances periódicos y este quiere ser de tipo general
Realmente hay un patrimonio teológico importante. De manera que, dentro de las enormes limitaciones de cualquier esquema histórico general, puede hablarse de tres grandes épocas de la teología: la patrística, la escolástica y la teología del siglo XX o quizá “teología moderna”, si se quiere incluir también algunos teólogos significativos del XIX (Newman, Rosmini, Scheeben, Möhler).

El papel de la teología 

La teología es la fe aceptada plenamente y, por eso mismo, pensada. En cada momento y cada época, se hace teología al intentar entender la fe. Además, se sistematiza y ordena para exponerla y transmitirla. Y se resuelven las dificultades internas y externas que surgen en la vida de la Iglesia (función apologética). La cuarta tarea de la teología es mantener viva la interpretación de la Escritura.
Es un servicio imprescindible en la vida de la Iglesia, pero ésta tiene otros dos soportes. El segundo es compartir la vivencia cristiana, especialmente en la celebración de los sacramentos y también en las costumbres sociales, fiestas y piedad popular. Y el tercer soporte son las instituciones cristianas, empezando por el régimen general de la Iglesia: las instituciones son espacios para vivir la vida cristiana y transmiten la fe: así estabilizan el cristianismo en la historia. Con la acción misteriosa del Espíritu Santo, estos tres soportes mantienen la identidad cristiana a través de los siglos. Ayer y hoy.

Juicio sobre la situación

En esta serie, hemos recordado aspectos simpáticos e incluso anecdóticos de la historia de la teología, porque así se observa cómo se encarna en la vida de las personas. Pero también nos interesa un juicio de conjunto sobre lo que hemos vivido y una ideas sobre lo que tenemos que hacer. Ya planteamos una gran pregunta que es preciso resolver poco a poco: ¿por qué habiendo habido una teología y un Vaticano II con tantas riquezas, se ha desatado después una crisis tan grande?
Al final del primer milenio, una parte considerable del Oriente cristiano quedó sumergido bajo el manto musulmán, y sobrevive hoy en condiciones precarias. Al comenzar el tercer milenio, parece haber triunfado en Occidente el programa secularizador de la Modernidad, y el cristianismo ha pasado, en casi todas las naciones europeas (y en Canadá), a una situación de minoría sociológica. Polonia y, en menor medida, Italia, son excepciones.

El inicio del siglo XX

El siglo se inició con la crisis modernista. En realidad el modernismo no designa un movimiento coherente, sino más bien el conjunto de dificultades surgidas en la Iglesia por el impacto de la Modernidad. Cabe distinguir una parte cultural, que es la crítica a las formas culturales y políticas del Antiguo Régimen, la unión del Trono y el Altar, a la que muchos cristianos permanecían nostálgicamente vinculados. Por otra parte, está la crítica académica a las bases históricas del cristianismo, que afectan principalmente a todo lo que parezca “sobrenatural”, y a sus orígenes históricos, incluyendo la figura de Cristo, la fundación de la Iglesia y el valor de la Escritura. El cristianismo mantiene tradicionalmente unas tesis “sobrenaturales” inaceptables para nuestros contemporáneos “ilustrados” que, sin embargo, han creído sin ningún sentido crítico en el progreso necesario, en el valor científico del comunismo y en otras muchas cosas.
Ante esta dificultad cabían dos soluciones extremas. Una era asumir la crítica y prescindir de las afirmaciones sobrenaturales e históricas del cristianismo (empezando por la resurrección de Cristo, pero también por el valor sagrado de la Escritura); considerarlas lenguaje puramente simbólico y quedarse con los aspectos morales. El cristianismo sería un mensaje de fraternidad y buena voluntad en la historia. Es el programa de “desmitologización” que, con distintos matices, se propuso el liberalismo protestante (y después el católico): eliminar todo lo que pudiera parecer “raro” a una mente ilustrada.
La otra posibilidad extrema es convertirse en un fundamentalismo y creer en todo. Pero todo no es fe. No están en el mismo plano la resurrección de Cristo, que es el centro del cristianismo, que la leyenda de san Cristóbal, que es una tradición simpática y pintoresca, aunque esté pintado como un gigante a la entrada de las catedrales españolas para amedrentar a los ladrones. Hace falta discernimiento y por tanto ciencia. El cristianismo necesita tratar “académicamente” sus fundamentos, precisamente porque no es un fundamentalismo. Esa labor se hizo y se hizo bien. Pero no es posible prescindir del elemento sobrenatural, porque creemos en un Dios que actúa en la historia. Esto puede llegar a tener una plausibilidad muy grande, pero trasciende las demostraciones físicas. Por eso es objeto de fe, como la resurrección de Cristo.
Junto a la crisis modernista y también como terapia intelectual se extendió en las instituciones católicas el tomismo que había impulsado Aeterni Patris, desde el siglo anterior. Proporcionó una síntesis ordenada con una visión cristiana de Dios, del universo, de la persona y de la sociedad, con el análisis tan fino que santo Tomás logra sobre el acto libre y la vida de la conciencia humana, con los delicados juegos de la conciencia, las pasiones, la voluntad y los hábitos. Lógica, cosmología y psicología, además de toda la doctrina teológica. Aquel tomismo tenía un problema en la cosmología (y en esa misma medida, en la metafísica), que llega hasta el día de hoy: planteaba bien las relaciones del mundo con Dios, pero, como es lógico, no integraba la física moderna. No se podía hacer en el siglo XIII, pero hay que hacerlo en el XXI.

La “nouvelle théologie” y otras novedades

Casi en paralelo, surgió una nueva teología. La parte principal procedía de la renovación de los estudios históricos escolásticos, de las investigaciones patrísticas y de las litúrgicas, con una apreciable influencia de inspiraciones cristianas orientales y ecuménicas. En gran parte, hoy lo vemos claro, fue redescubrir la teología patrística, con sus interesantes relaciones entre la teología trinitaria, la interpretación alegórica de la Biblia y la vida sacramental. Mucho se debe a la labor de Henri de Lubac y de Jean Daniélou; y, por otro lado, de Casel, como ya hemos visto.
Hay que reconocer que una parte del tomismo establecido miró sin ninguna simpatía esta competencia y la tachó de “nueva teología”, asimilándola al Modernismo y causando muchas incomodidades. Hoy nos damos cuenta de que fue un error de discernimiento y que enfrentó lo que había que haber sumado.
Además, se renovaron los estudios bíblicos en varios sentidos. El primero, en relación con los problemas suscitados por el Modernismo, se tomó más en serio la historicidad y el tratamiento científico de los textos, llegando por ejemplo a la cuestión de los géneros literarios. Esta es la vertiente que podríamos llamar “exegética”. En paralelo, se desarrolló una brillante “Teología bíblica”, que explotaba la riqueza de la Biblia desde su propia manera de hablar. La hemos recordado y hemos lamentado que esté tan olvidada.
Hubo también muchos enriquecimientos filosóficos. Con el tiempo se ha apreciado la importante influencia de Blondel, a través de De Lubac, al plantear la relación de la revelación cristiana con el fin último del ser humano (clave de la cuestión del sobrenatural). Esto sitúa al cristianismo como mensaje universal y es una respuesta profunda a las pretensiones de la Modernidad sobre la autonomía del ser humano ante Dios (y ante lo cristiano). Basta recordar el título de De Lubac, El drama del humanismo ateo. También lo vio claramente Guardini.
De autores muy variados (Ebner, Buber, Maritain, Marcel, Mounier…) se recibieron inspiraciones personalistas, que han acabado constituyendo un elemento muy importante del pensamiento cristiano, porque tiene hondas raíces teológicas e inspira campos teológicos como la Trinidad, la antropología, la moral y la vida matrimonial y social.
Y no se puede olvidar el impacto intelectual de los “conversos”, empezando por G.K. Chesterton y C. S. Lewis, pero llegando hasta nuestros días. Retornando a la fe cristiana desde posiciones poscristianas, introdujeron una corriente de aire fresco. También habría que mencionar las distintas aportaciones de pensamiento social cristiano.

El Concilio Vaticano II

Toda esta riqueza de pensamiento teológico y filosófico confluyó realmente en el Concilio, que fue una obra magna y un trabajo portentoso como se ve cuando se conoce por dentro, como lo cuentan en sus memorias Congar o De Lubac o Moeller. Dio lugar a documentos miliares en casi todos los aspectos de la vida de la Iglesia. Según la intención de Juan XXIII, se quería no solo superar la vieja oposición entre cristianismo y Modernidad, sino también evangelizar el mundo moderno. Ese es el reto.
El Concilio se desarrolló en un clima de posguerra superada, mientras el mundo pasaba por una etapa optimista y la Iglesia por un momento de paz. Con todo, operaban, como vimos, dos presiones muy fuertes que acabarían determinando el posconcilio. Una era la crítica general de la Modernidad al cristianismo, considerándolo retrógrado y oscurantista. El otro era la crítica y tentación que provenía del comunismo, entonces tan extendido y prestigiado intelectualmente. La Iglesia era tachada de aliada de la burguesía y se le invitaba a sumarse al futuro representado por las fuerzas marxistas que tenían la clave científica del progreso social.
Era muy distinto plantearse una renovación de la fe para evangelizar el mundo moderno (como explícitamente quería Juan XXIII) que adaptar la vida de la Iglesia a las exigencias del mundo liberal o de la opción comunista. Para salvar al mundo, la fe tiene que resultarle incómoda, porque en gran parte lo tiene que salvar de sí mismo. Basta pensar en el problema de la “píldora” por ejemplo, que se suscitaría poco más tarde con la encíclica Humanae vitae, de Pablo VI.

El posconcilio

Todo esto provocó, casi inmediatamente, un “conflicto de interpretaciones”. Era el conflicto entre la letra del Concilio, conseguida con mucho esfuerzo de fe y de consenso, y un “espíritu del Concilio” que en gran parte representaba la presión osmótica que la cultura moderna ejercía sobre los aspectos incómodos del cristianismo. La revista Concilium quiso constituirse en la encarnación del espíritu conciliar, y se le opondría después la revista Communio, promovida por Von Balthasar, De Lubac y Ratzinger. La legitimidad de preferir el espíritu a la letra sería defendida por la historia de Alberigo, con un inevitable sesgo, claro está. La Providencia dispuso que los Papas que siguieron al Concilio, Juan Pablo II y Benedicto XVI, fueran testigos y hasta protagonistas de ese acontecimiento, con lo que quedó garantizada una interpretación auténtica.
El posconcilio tuvo un momento teológico grave en la crisis de la Iglesia en Holanda, con el sínodo y el Catecismo holandés. Pero es un capítulo muy particular de la historia eclesiástica, que merece un estudio aparte. Ya se han publicado interesantes visiones de conjunto, por ejemplo en el Anuario de Historia de la Iglesia (volumen 20, de 2011, y volumen 27 de 2018, donde también se repasa mayo del 68). En el resto del mundo occidental, la crisis no fue tan teológica, ni mucho menos.

El mayo del 68 eclesiástico

En la mayor parte de las diócesis europeas el posconcilio tuvo un aire de mayo del 68 eclesiástico. La celebración de los cincuenta años de aquellos días lo ha puesto de manifiesto. En general fueron los sacerdotes jóvenes (los que ya llevaban entre cinco y diez años ordenados) los que llevaron la iniciativa. Inspirados lejanamente en algunos principios conciliares y mucho más cercanamente por las revistas eclesiásticas de tipo pastoral que surgieron entonces, y se hacían eco del “espíritu conciliar” y no tanto de la letra.
Pero no fue un planteamiento muy profundo ni muy teológico. Tenían bastante claro lo que no querían: todo lo viejo, inauténtico y rutinario, y todo lo que hacía al cristianismo antipático al mundo moderno. Muchos aceptaron la crítica marxista a la Iglesia burguesa y experimentaron la tentación marxista de lograr una verdadera eficacia social. Lo que no llegaron a tener claro es qué podían querer de aquella vieja Iglesia con tantos errores históricos encima. La tentación era creer que lo único valioso que quedaba en la Iglesia eran ellos mismos. Esto provocó una fuerte crisis de identidad en el clero y en las instituciones eclesiásticas, y trastornó las costumbres y tradiciones cristianas.

Lo que queda por hacer

Por debajo, sin tanto ruido, y con los ritmos propios del mundo eclesial, el Concilio dio sus frutos. Cuando se lee en su contexto, que precisamente es la gran teología del siglo XX, se ve cuánto queda por hacer.
La primera tarea teológica es mostrar qué valioso y salvador es el mensaje cristiano para nuestro mundo. Además, en otra escala que antes, es preciso alentar los espacios donde se comparte con alegría la fe, y, por otro lado, buscar los modos de renovar las instituciones eclesiásticas. Puede parecer imposible, pero es una tarea que está en marcha. Por otra parte, parece oportuno recordar el lema que figuraba en una camiseta italiana: “No te preocupes, Dios existe y no eres tú”.
Juan Luis Lorda

El agujero más importante

martes, 16 de abril de 2019

Meditación sobre el Viernes Santo



Predicación del Padre Raimondo Cantalamessa en la Basílica de San Pedro, Viernes Santo de marzo de 2018

Traducción de Pablo Cervera Barranco

Al llegar donde estaba Jesús, viendo que ya estaba muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados con una lanza le atravesó el costado, e inmediatamente salió sangre y agua. Quien lo ha visto da testimonio de ello y su testimonio es verdadero; él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis (Jn 19, 33-35).

Nadie podrá nunca convencernos de que esta solemne declaración no corresponda a la verdad histórica, que quien dice que estaba allí y vio, en realidad no existía y no vio. En este caso se juega en ello la honestidad del autor. En el Calvario, a los pies de la cruz, estaba la Madre de Jesús y, junto a ella, «el discípulo que Jesús amaba». ¡Tenemos un testigo ocular!

Él «vio» no sólo lo que ocurría bajo la mirada de todos. A la luz del Espíritu Santo, después de la Pascua, vio también el sentido de lo que había sucedido: que en ese momento era inmolado el verdadero Cordero de Dios y se realizaba el sentido de la Pascua antigua; que Cristo en la cruz era el nuevo templo de Dios, de cuyo costado, como había predicho el profeta Ezequiel (47,1ss.), brota el agua de la vida; que el espíritu que Él entrega en el momento de la muerte da comienzo a la nueva creación, como «el Espíritu de Dios», aleteando sobre las aguas, había transformado al principio, el caos en el cosmos. Juan, entendió el sentido de las últimas palabras de Jesús: «Todo está cumplido» (Jn 19,30).

Pero, ¿por qué —nos preguntamos—, esta ilimitada concentración de significado en la cruz de Cristo? ¿Por qué esta omnipresencia del Crucificado en nuestras iglesias, en los altares y en cualquier lugar frecuentado por cristianos?

Alguien ha sugerido una clave de lectura del misterio cristiano, diciendo que Dios se revela «sub contraria specie», bajo lo contrario de lo que él es en realidad: revela su potencia en la debilidad, su sabiduría en la necedad, su riqueza en la pobreza…

Esta clave de lectura no se aplica a la cruz. En la cruz Dios se revela «sub propia specie», por lo que Él es, en su realidad más íntima y más verdadera. «Dios es amor», escribe Juan (1 Jn 4,10), amor oblativo, y sólo en la cruz se hace manifiesto hasta dónde se abre paso esta capacidad infinita de auto-donación de Dios. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1); «Tanto amó Dios al mundo que dio (¡a la muerte!) al Hijo unigénito» (Jn 3,16); «Me amó y entregó (¡a la muerte!) a sí mismo por mí» (Gál 2,20).

En el año en que la Iglesia celebra un Sínodo sobre los jóvenes y quiere ponerlos en el centro de la propia preocupación pastoral, la presencia en el Calvario del discípulo que Jesús amaba encierra un mensaje especial. Tenemos todos los motivos para creer que Juan se adhirió a Jesús cuando todavía era bastante joven. Fue un auténtico enamoramiento. Todo el resto pasó de golpe a segunda línea. Fue un encuentro «personal», existencial. Si en el centro del pensamiento de Pablo está lo obrado por Jesús, su misterio pascual de muerte y resurrección, en el centro del pensamiento de Juan está el ser, la persona de Jesús. De ahí todos esos «Yo soy» de resonancias eternas que salpican su Evangelio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida», «Yo soy la luz», «Yo soy la puerta», «Yo soy», y basta.

Juan era, casi con certeza, uno de los dos discípulos del Bautista que, al comparecer en la escena de Jesús, fueron detrás de él. A su pregunta: «Rabbì, ¿dónde vives?», Jesús respondió: «Venid y veréis». «Fueron, pues, y ese día se quedaron con él; eran aproximadamente las cuatro de la tarde» (Jn 1,35-39). Esa hora decidió sobre su vida y ya no la olvidó.

Justamente nos esforzaremos en este año por descubrir junto con ellos, qué espera Cristo de los jóvenes, qué pueden dar a la Iglesia y a la sociedad. Lo más importante, sin embargo, es otra cosa: es hacer conocer a los jóvenes lo que Jesús tiene que aportarles. Juan lo descubrió estando con Él: «Vida en abundancia», «alegría plena». Participé hace tiempo, en Alemania, en un encuentro de jóvenes en su mayoría (unos ocho mil). El tema era Holy fascination, santamente fascinados. No era un eslogan, sino el aire que se respiraba. Jóvenes de hoy, de una nación en la vanguardia, desde el punto de vista económico y tecnológico, literalmente fascinados por Jesús de Nazaret. Y hay a millones en todo el mundo, en los movimientos, en las asociaciones, en las parroquias. Por lo tanto, es posible pensarlo, no es una utopía. ¿Quién puede dar más respuestas que Jesús a los jóvenes de hoy y de todos los tiempos?

Hagamos que en todos los discursos sobre los jóvenes y a los jóvenes resuene en el trasfondo la apremiante invitación del Santo Padre en la Evangelii gaudium: «Invito a todo cristiano, en cualquier lugar y situación que se encuentre, a renovar hoy mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de buscarlo cada día sin descanso. No hay motivo para que alguien pueda pensar que esta invitación no es para él» (EG 3). Encontrar personalmente a Cristo también es posible hoy porque Él está resucitado; es una persona viva, no un personaje. Todo es posible después de este encuentro personal; nada cambiará realmente en la vida sin Él.

Además del ejemplo de su vida, el evangelista Juan dejó también un mensaje escrito a los jóvenes. En su Primera Carta leemos estas conmovedoras palabras de un anciano a los jóvenes de las Iglesias que fundó: «Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la Palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al maligno. ¡No améis el mundo, ni las cosas del mundo!» (1 Jn 2,14-15)

El mundo que no debemos amar, y al cual no debemos someternos, no es, lo sabemos, el mundo creado y amado por Dios, no son los hombres del mundo a cuyo encuentro, por el contrario, siempre debemos ir, especialmente a los pobres, a los últimos. El «mezclarse» con este mundo del sufrimiento y de la marginación es, paradójicamente, el mejor modo de «separarse» del mundo, porque es ir allá donde el mundo evita ir con todas sus fuerzas. Es separase del principio mismo que rige el mundo, es decir, el egoísmo.
No, el mundo que no hay que amar es otro; es el mundo tal como ha llegado a ser bajo el dominio de Satanás y del pecado, «el espíritu que está en el aire» lo llama San Pablo (Ef 2,1-2). Un papel decisivo desempeña en él la opinión pública, hoy también literalmente espíritu «que está en el aire» porque se difunde por el aire a través de las infinitas posibilidades de la técnica. «Se determina un espíritu de gran intensidad histórica, al que el individuo difícilmente se puede sustraer. Nos atenemos al espíritu general, lo consideramos evidente. Actuar o pensar o decir algo contra él es considerado cosa absurda o incluso una injusticia o un delito. Entonces no se osa ya situarse frente a las cosas y a la situación, y sobre todo a la vida, de manera diferente a como las presenta»[1].

Es lo que llamamos adaptación al espíritu de los tiempos, conformismo. Un gran poeta creyente del siglo pasado, T.S. Eliot, escribió tres versos que dicen más que libros enteros: «En un mundo de fugitivos, la persona que toma la dirección opuesta parecerá un desertor»[2] Queridos jóvenes cristianos, si se le permite a un anciano como Juan dirigirse directamente a vosotros, os exhorto: ¡Sed de los que toman la dirección opuesta! ¡Tened la valentía de ir contra corriente! La dirección opuesta, para nosotros, no es un lugar, es una persona, es Jesús nuestro amigo y redentor.

Se os confía particularmente una tarea a vosotros: salvar el amor humano de la deriva trágica en la que ha terminado: el amor que ya no es don de sí, sino sólo posesión —a menudo violento y tiránico— del otro. En la cruz Dios se reveló como ágape, amor que se dona. Pero el ágape nunca está separado del eros, del amor de búsqueda, del deseo y de la alegría de ser amado. Dios no nos hace sólo la «caridad» de amarnos: nos desea; en toda la Biblia se revela como esposo enamorado y celoso. También el suyo es un amor «erótico», en el sentido noble de este término. Es lo que explicó Benedicto XVI en la encíclica Deus caritas est: «Eros y agapé —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a separarse completamente […]. La fe bíblica no construye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones» (nn. 7-8).

No se trata, pues, de renunciar a las alegrías del amor, a la atracción y al eros, sino de saber unir al eros el ágape, al deseo del otro, la capacidad de darse al otro, recordando lo que san Pablo refiere como un dicho de Jesús: «Hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35).

Es una capacidad que no se forja en un día. Es necesario prepararse para donarse totalmente uno mismo a otra criatura en el matrimonio, o a Dios en la vida consagrada, empezando por donar el propio tiempo, la sonrisa y la propia juventud en la familia, en la parroquia, en el voluntariado. Lo que muchos de vosotros silenciosamente hacéis.
Jesús en la cruz no sólo nos ha dado el ejemplo de un amor de donación llevado hasta el extremo; nos ha merecido la gracia de poderlo ejercitar, en pequeña parte, en nuestra vida. El agua y la sangre que brotaron de su costado llegan a nosotros hoy en los sacramentos de la Iglesia, en la Palabra, aunque sólo mirando con fe al Crucificado. Juan vio proféticamente una última cosa bajo la cruz: hombres y mujeres de todo tiempo y de todo lugar que miraban a «quien fue traspasado» y lloraba de arrepentimiento y de consuelo (cf. Jn 19, 37; Zac 12,10). A ellos nos unimos también nosotros en los gestos litúrgicos que seguirán dentro de poco.

[1] H. Schlier, “Demoni e spiriti maligni nel Nuovo Testamento”, in Riflessioni sul Nuovo Testamento (Paideia, Brescia 1976), 194 y ss.
[2] T. S. Eliot, Family Reunion, part II, sc. 2: «In a world of fugitives – The person taking the opposite direction – Will appear to run away».

Para Pascua

La Pascua, que celebraremos el próximo domingo, es la fiesta más importante del año cristiano. Tanto lo es que su octava (el domingo siguiente) es la segunda fiesta más grande y ahora coincide con el domingo de la Divina Misericordia. Esto bien lo ha entendido la tradición de las tierras del levante de España, la antigua corona de Aragón, donde los días de la semana de Pascua son festivos con vacaciones escolares. En esos días las familias salen al campo o a las playas a comer la “mona de pascua” y volar “cachirulos” y en algunas iglesias se reza el “vía coeli”. Son los días de alegría de la pascua florida que anuncian la esperanza cristiana que da sentido a nuestra vida.
Como postdata incluyo una aproximación sobre los lugares de veneración de los restos de algunos de los testigos directos de la resurrección.

¡Felicidades!


Pd: Resumen de la ubicación de las tumbas de los doce apóstoles.

1) San Pedro en la Basílica que lleva su nombre.
2) San Andrés en la Basílica de Constantinopla, hoy Estambul.
3) Santiago el Mayor en Compostela, España.
4) San Juan en Selcuk cerca de Éfeso.
5) San Felipe en la Iglesia de los Doldici Apostoli de Roma.
6) San Bartolomé enterrado en pedazos en Lípari, Italia. El emperador Otto II llevo parte a Roma y su cráneo a Frankfurt, Alemania.
7) Santo Tomas en Edesa, Turquía. Otra tradición dice que en Chennay (Madrás) en la India.
8) Santiago el Menor martirizado y cortado en pedazos. Se desconoce su tumba.
9) San Mateo, según la tradición, en Salermo.
10) Simon el Zelote en algún lugar de la antigua Persia. Otros dicen en una iglesia de Nicopsis en la costa del Mar Negro.
11) San Judas Tadeo supuestamente en Roma.

¿Qué fue de los Doce Apóstoles?
Pedro. La tradición le sitúa en Roma en el momento del Gran Incendio (año 64), y crucificado poco tiempo después. En 1968 se anunció que Pedro estaba enterrado bajo la cripta de la Basílica de San Pedro. Parece posible que se trate de sus restos, ya que hay continuidad en la presencia de una comunidad cristiana en esta iglesia, y parece razonable que fuera martirizado y enterrado en Roma.
Andrés. Probablemente los restos más viajeros de todos. Martirizado en Patras, Grecia. De allí fueron a Constantinopla, luego (según las tradiciones escocesas) parte de ellos fueron a St.Andrews en Escocia, de donde es patrón; en 1453, con la conquista turca, fueron sacados de Constantinopla y llevados a Morea, donde estuvieron hasta 1461 en que Tomás Paleólogo los entregó al Papa. En 1964 fueron llevados de vuelta a Patras. En Escocia permanecen los que tenían desde el principio. Los de Patras no son más que un dedo, parte del cráneo y algunos trozos de la cruz en que fue martirizado.
Santiago el Mayor. Martirizado en Jerusalén en el año 44, sus restos están en Santiago de Compostela. 
Juan. Se supone que murió en la isla griega de Patmos, o por lo menos es ahí cuando le perdemos la pista (no más tarde del año 95) El enterramiento exacto es desconocido. La isla estuvo deshabitada entre los siglos VII y XI, por lo que no quedan trazas de dónde pudiera estar enterrado Juan. Cerca de Éfeso reclaman sus restos pero es inseguro. La identificación que se hace entre Juan Evangelista, Juan el Apóstol y Juan de Patmos (autor del Libro del Apocalipsis) no es trivial.
Felipe. Predicó en Grecia, Siria y Frigia, en Anatolia. Fue martirizado en Hierápolis, alrededor del año 80. La tradición dice que fue enterrado cerca de donde murió. Es probable que la basílica que se edificó poco tiempo después estuviera en ese mismo sitio. Alrededor del año 600 la ciudad fue arrasada por los persas, y posteriormente por un terremoto. Estuvo deshabitada durante más de un siglo en la edad media, y sufrió otro terremoto en el siglo XVI. A día de hoy hay varias excavaciones en curso, y una de ellas está centrada en las ruinas del Martyrium, donde se supone que estuvo enterrado San Felipe.
Bartolomé. Predicó junto a Judas Tadeo en Armenia, y fue martirizado en lo que hoy es Azerbayán. La tradición nos dice que sus restos viajaron hasta Sicilia, y luego hasta Roma, donde llegaron a finales del siglo X. En Frankfurt afirman tener parte de su cráneo.
Tomás. Predicó en la India, donde murió alrededor del año 72. Sus restos permanecieron allí hasta el año 232, cuando fueron trasladados a Edessa, en el sur de Turquía. En el año 1258 fueron llevadas a la isla de Quíos, en el Egeo, y de ahí a Ortona, en Italia, donde dicen tener sus reliquias a día de hoy si bien también hay una tumba de Santo Tomas en Madras, en la India. 
Mateo. Desde el siglo I la autoría de su Evangelio no estuvo muy clara Sin embargo, le fue atribuida a San Mateo. Por lo visto, a día de hoy eso es más que improbable. Se ha descartado que se trate de un texto originalmente escrito en arameo y luego traducido al griego, y al parecer se escribió en griego originalmente. Eso descartaría la autoría de San Mateo. Sobre su muerte y sepultura, hay poco que decir. Una tradición sitúa su muerte en Etiopía alrededor del año 80. Otra afirma que fue martirizado en Hierápolis (como Felipe, lo que hace pensar que pueda haber una confusión). En la ciudad italiana de Salerno dicen tener sus restos.
Santiago el Menor. Este es el Apóstol del que menos se sabe. Sólo aparece mencionado una vez en los Evangelios, y no está nada clara su figura. La única fecha referente a su muerte que he encontrado la sitúa en el año 62, y el lugar puede ser Jerusalén (aunque es poco probable) o Egipto (más probable). Al parecer, fue cortado en trozos, lo que explica que no haya rastro de su cuerpo si bien se conservan reliquias en Roma.
Judas Tadeo. La tradición armenia le une a Simón Zelote en su peregrinaje por estas tierras, y por Persia. Una leyenda griega le convierte en el novio de las Bodas de Caná, por lo que sería pariente de Cristo. Sus restos permanecieron en un monasterio cercano al Lago Issyk Kul en el actual Kirguizistán hasta que fueron trasladados a Roma en el siglo XV. Hoy en día sus restos descansan en la Basílica de San Pedro de Roma, pero hay quien sostiene que fueron trasladados al Hindu Kush.
Simón el Zelote. Sobre este apóstol hay múltiples versiones: hay quien dice que fue martirizado en Samaria, o en lo que hoy es Georgia, o en Persia, o que murió pacíficamente en Edesa (en la actual Turquía). Muchas hipótesis y pocos datos.
Judas Iscariote. El Evangelio según San Mateo afirma que se suicidó colgándose de un árbol. Sus restos no han sido nunca objeto de veneración, por lo que no se sabe dónde están. Lo más probable es que terminaran en una fosa común en Jerusalén.
Los restos de San Matías parece que están enterrados en la basílica del mismo nombre en Tréveris (Alemania) y los de San Pablo en Roma.
De los restos de Santa María Magdalena dicen que están Basílica de María Magdalena en St. Maximin-la-Sainte-Baume en el sur de Francia tras vivir en Éfeso. Se desconocen referencias sobre los sepulcros del resto de las santas mujeres. Las reliquias de San Marcos fueron llevadas de Alejandría a Venecia, donde se veneran en la actualidad y las de San Lucas están en Padua donde llegaron de Tebas, donde murió, vía Constantinopla. Hay reliquias atribuidas a Nicodemo en Pisa, a José de Arimatea en Glansbury (Reino Unido) y a San Esteban en San Lorenzo extramuros (Roma) y en otros lugares.

jueves, 11 de abril de 2019

Para el recuerdo de los presentes: JMJ Colonia 2005




El diagnóstico de Benedicto XVI sobre la Iglesia y los abusos sexuales


El Papa Emérito Benedicto XVI publicó el texto “La Iglesia y los abusos sexuales”, en el que ofrece sus reflexiones sobre la actual situación eclesial y expone sus propuestas para enfrentar esta grave crisis.
El texto (escrito en alemán) está dividido en tres partes. En la primera presenta el contexto histórico desde la década de 1960, en la segunda se refiere a los efectos en la vida de los sacerdotes y en la tercera hace una propuesta para una adecuada respuesta de la Iglesia.
Originalmente iba a ser publicado en Semana Santa por el Klerusblatt, periódico mensual para el clero en la mayoría de diócesis bávaras de Alemania; sin embargo fue filtrado este miércoles 10 de abril por el New York Post.
ACI Prensa ofrece la traducción al español del documento, que constituye el aporte que ofrece Benedicto XVI para “ayudar en esta hora difícil” de la Iglesia, como el mismo Papa Emérito escribe.
A continuación, el texto completo del Papa Emérito Benedicto XVI:

La Iglesia y el escándalo del abuso sexual

Del 21 al 24 de febrero, tras la invitación del Papa Francisco, los presidentes de las conferencias episcopales del mundo se reunieron en el Vaticano para discutir la crisis de fe y de la Iglesia, una crisis palpable en todo el mundo tras las chocantes revelaciones del abuso clerical perpetrado contra menores. La extensión y la gravedad de los incidentes reportados han desconcertado a sacerdotes y laicos, y ha hecho que muchos cuestionen la misma fe de la Iglesia. Fue necesario enviar un mensaje fuerte y buscar un nuevo comienzo para hacer que la Iglesia sea nuevamente creíble como luz entre los pueblos y como una fuerza que sirve contra los poderes de la destrucción.
Ya que yo mismo he servido en una posición de responsabilidad como pastor de la Iglesia en una época en la que se desarrolló esta crisis y antes de ella, me tuve que preguntar –aunque ya no soy directamente responsable por ser emérito– cómo podía contribuir a ese nuevo comienzo en retrospectiva. Entonces, desde el periodo del anuncio hasta la reunión misma de los presidentes de las conferencias episcopales, reuní algunas notas con las que quiero ayudar en esta hora difícil. Habiendo contactado al Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal (Pietro) Parolin, y al mismo Papa Francisco, me parece apropiado publicar este texto en el "Klerusblatt".
Mi trabajo se divide en tres partes. 
En la primera busco presentar brevemente el amplio contexto del asunto, sin el cual el problema no se puede entender. Intento mostrar que en la década de 1960 ocurrió un gran evento, en una escala sin precedentes en la historia. Se puede decir que en los 20 años entre 1960 y 1980, los estándares vinculantes hasta entonces respecto a la sexualidad colapsaron completamente, y surgió una nueva normalidad que hasta ahora ha sido sujeta de varios laboriosos intentos de disrupción. 
En la segunda parte, busco precisar los efectos de esta situación en la formación de los sacerdotes y en sus vidas.
Finalmente, en la tercera parte, me gustaría desarrollar algunas perspectivas para una adecuada respuesta por parte de la Iglesia.
I.
(1) El asunto comienza con la introducción de los niños y jóvenes en la naturaleza de la sexualidad, algo prescrita y apoyado por el Estado. En Alemania, la entonces ministra de salud, (Käte) Strobel, tenía una cinta en la que todo lo que antes no se permitía enseñar públicamente, incluidas las relaciones sexuales, se mostraba ahora con el propósito de educar. Lo que al principio se buscaba que fuera solo para la educación sexual de los jóvenes, se aceptó luego como una opción factible.
Efectos similares se lograron con el "Sexkoffer" publicado por el gobierno de Austria (N. DEL T. Materiales sexuales usados en los colegios austríacos a fines de la década de 1980). Las películas pornográficas y con contenido sexual se convirtieron entonces en algo común, hasta el punto que se transmitían en pequeños cines (Bahnhofskinos) (N. del T. cines baratos en Alemania que proyectaban pequeñas cintas cerca a las estaciones de tren).
Todavía recuerdo haber visto, mientras caminaba en la ciudad de Ratisbona un día, multitudes haciendo cola ante un gran cine, algo que habíamos visto antes solo en tiempos de guerra, cuando se esperaba una asignación especial. También recuerdo haber llegado a la ciudad el Viernes Santo de 1970 y ver en las vallas publicitarias un gran afiche de dos personas completamente desnudas y abrazadas.
Entre las libertades por las que la Revolución de 1968 peleó estaba la libertad sexual total, una que ya no tuviera normas. La voluntad de usar la violencia, que caracterizó esos años, está fuertemente relacionada con este colapso mental. De hecho, las cintas sexuales ya no se permitían en los aviones porque podían generar violencia en la pequeña comunidad de pasajeros. Y dado que los excesos en la vestimenta también provocaban agresiones, los directores de los colegios hicieron varios intentos para introducir una vestimenta escolar que facilitara un clima para el aprendizaje.
Parte de la fisionomía de la Revolución del 68 fue que la pedofilia también se diagnosticó como permitida y apropiada.
Para los jóvenes en la Iglesia, pero no solo para ellos, esto fue en muchas formas un tiempo muy difícil. Siempre me he preguntado cómo los jóvenes en esta situación se podían acercar al sacerdocio y aceptarlo con todas sus ramificaciones. El extenso colapso de las siguientes generaciones de sacerdotes en aquellos años y el gran número de laicizaciones fueron una consecuencia de todos estos desarrollos.
(2) Al mismo tiempo, independientemente de este desarrollo, la teología moral católica sufrió un colapso que dejó a la Iglesia indefensa ante estos cambios en la sociedad. Trataré de delinear brevemente la trayectoria que siguió este desarrollo.
Hasta el Concilio Vaticano II, la teología moral católica estaba ampliamente fundada en la ley natural, mientras que las Sagradas Escrituras se citaban solamente para tener contexto o justificación. En la lucha del Concilio por un nuevo entendimiento de la Revelación, la opción por la ley natural fue ampliamente abandonada, y se exigió una teología moral basada enteramente en la Biblia.
Aún recuerdo cómo la facultad jesuita en Frankfurt entrenó al joven e inteligente Padre (Schüller) con el propósito de desarrollar una moralidad basada enteramente en las Escrituras. La bella disertación del Padre (Bruno) Schüller muestra un primer paso hacia la construcción de una moralidad basada en las Escrituras. El Padre fue luego enviado a Estados Unidos y volvió habiéndose dado cuenta de que solo con la Biblia la moralidad no podía expresarse sistemáticamente. Luego intentó una teología moral más pragmática, sin ser capaz de dar una respuesta a la crisis de moralidad.
Al final, prevaleció principalmente la hipótesis de que la moralidad debía ser exclusivamente determinada por los propósitos de la acción humana. Si bien la antigua frase “el fin justifica los medios” no fue confirmada en esta forma cruda, su modo de pensar si se había convertido en definitivo.
En consecuencia, ya no podía haber nada que constituya un bien absoluto, ni nada que fuera fundamentalmente malo; (podía haber) solo juicios de valor relativos. Ya no había bien (absoluto), sino solo lo relativamente mejor o contingente en el momento y en circunstancias.
La crisis de la justificación y la presentación de la moralidad católica llegaron a proporciones dramáticas al final de la década de 1980 y en la de 1990. El 5 de enero de 1989 se publicó la “Declaración de Colonia”, firmada por 15 profesores católicos de teología. Se centró en varios puntos de la crisis en la relación entre el magisterio episcopal y la tarea de la teología. (Las reacciones a) este texto, que al principio no fue más allá del nivel usual de protestas, creció muy rápidamente y se convirtió en un grito contra el magisterio de la Iglesia y reunió, clara y visiblemente, el potencial de protesta global contra los esperados textos doctrinales de Juan Pablo II. (cf. D. Mieth, Kölner Erklärung, LThK, VI3, p. 196) (N. del T. El LTHK es el Lexikon für Theologie und Kirche, el Lexicon de Teología y la Iglesia, cuyos editores incluían al teólogo Karl Rahner y al Cardenal alemán Walter Kasper)
El Papa Juan Pablo II, que conocía muy bien y que seguía de cerca la situación en la que estaba la teología moral, comisionó el trabajo de una encíclica para poner las cosas en claro nuevamente. Se publicó con el título de Veritatis splendor (El esplendor de la verdad) el 6 de agosto de 1993 y generó diversas reacciones vehementes por parte de los teólogos morales. Antes de eso, el Catecismo de la Iglesia Católica (1992) ya había presentado persuasivamente y de modo sistemático la moralidad como es proclamada por la Iglesia.
Nunca olvidaré cómo el entonces líder teólogo moral de lengua alemana, Franz Böckle, habiendo regresado a su natal Suiza tras su retiro, anunció con respecto a la Veritatis splendor que si la encíclica determinaba que había acciones que siempre y en todas circunstancias podían clasificarse como malas, entonces él la rebatiría con todos los recursos a su disposición.
Fue Dios, el Misericordioso, quien evitó que pusiera en práctica su resolución ya que Böckle murió el 8 de julio de 1991. La encíclica fue publicada el 6 de agosto de 1993 y efectivamente incluía la determinación de que había acciones que nunca pueden ser buenas.
El Papa era totalmente consciente de la importancia de esta decisión en ese momento y para esta parte del texto consultó nuevamente a los mejores especialistas que no tomaron parte en la edición de la encíclica. Él sabía que no debía dejar duda sobre el hecho que la moralidad de balancear los bienes debe tener siempre un límite último. Hay bienes que nunca están sujetos a concesiones.
Hay valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor e incluso sobrepasar la preservación de la vida física. Existe el martirio. Dios es más, incluida la sobrevivencia física. Una vida comprada por la negación de Dios, una vida que se base en una mentira final, no es vida.
El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana. El hecho que ya no sea moralmente necesario en la teoría que defiende Böckle y muchos otros demuestra que la misma esencia del cristianismo está en juego aquí.
En la teología moral, sin embargo, otra pregunta se había vuelto apremiante: había ganado amplia aceptación la hipótesis de que el magisterio de la Iglesia debe tener competencia final (“infalibilidad”) solo en materias concernientes a la fe y los asuntos sobre la moralidad no deben caer en el rango de las decisiones infalibles del magisterio de la Iglesia. Hay probablemente algo de cierto en esta hipótesis que garantiza un mayor debate, pero hay un mínimo conjunto de cuestiones morales que están indisolublemente relacionadas al principio fundacional de la fe y que tiene que ser defendido si no se quiere que la fe sea reducida a una teoría y no se le reconozca en su clamor por la vida concreta.
Todo esto permite ver cuán fundamentalmente se cuestiona la autoridad de la Iglesia en asuntos de moralidad. Los que niegan a la Iglesia una competencia en la enseñanza final en esta área la obligan a permanecer en silencio precisamente allí donde el límite entre la verdad y la mentira está en juego.
Independientemente de este asunto, en muchos círculos de teología moral se expuso la hipótesis de que la Iglesia no tiene y no puede tener su propia moralidad. El argumento era que todas las hipótesis morales tendrían su paralelo en otras religiones y, por lo tanto, no existiría una naturaleza cristiana. Pero el asunto de la naturaleza de una moralidad bíblica no se responde con el hecho que para cada sola oración en algún lugar, se puede encontrar un paralelo en otras religiones. En vez de eso, se trata de toda la moralidad bíblica, que como tal es nueva y distinta de sus partes individuales.
La doctrina moral de las Sagradas Escrituras tiene su forma de ser única predicada finalmente en su concreción a imagen de Dios, en la fe en un Dios que se mostró a sí mismo en Jesucristo y que vivió como ser humanoEl Decálogo es una aplicación a la vida humana de la fe bíblica en Dios. La imagen de Dios y la moralidad se pertenecen y por eso resulta en el cambio particular de la actitud cristiana hacia el mundo y la vida humana. Además, el cristianismo ha sido descrito desde el comienzo con la palabra hodós (camino, en griego, usado en el Nuevo Testamente para hablar de un camino de progreso).
La fe es una travesía y una forma de vida. En la antigua Iglesia, el catecumenado fue creado como un hábitat en la que los aspectos distintivos y frescos de la forma de vivir la vida cristiana eran al mismo tiempo practicados y protegidos ante la cultura que era cada vez más desmoralizada. Creo que incluso hoy algo como las comunidades de catecumenado son necesarias para que la vida cristiana pueda afirmarse en su propia manera.
II.
Las reacciones eclesiales iniciales 
(1) El proceso largamente preparado y en marcha para la disolución del concepto cristiano de moralidad estuvo marcado, como he tratado de demostrar, por la radicalidad sin precedentes de la década de 1960. Esta disolución de la autoridad moral de la enseñanza de la Iglesia necesariamente debió tener un efecto en los distintos miembros de la Iglesia. En el contexto del encuentro de los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo con el Papa Francisco, el asunto de la vida sacerdotal, así como la de los seminarios, es de particular interés. Ya que tiene que ver con el problema de la preparación en los seminarios para el ministerio sacerdotal, hay de hecho una descomposición de amplio alcance en cuanto a la forma previa de preparación.
En varios seminarios se establecieron grupos homosexuales que actuaban más o menos abiertamente, con lo que cambiaron significativamente el clima que se vivía en ellos. En un seminario en el sur de Alemania, los candidatos al sacerdocio y para el ministerio laico de especialistas pastorales (Pastoralreferent) vivían juntos. En las comidas cotidianas, los seminaristas y los especialistas pastorales estaban juntos. Los casados a veces estaban con sus esposas e hijos; y en ocasiones con sus novias. El clima en este seminario no proporcionaba el apoyo requerido para la preparación de la vocación sacerdotal. La Santa Sede sabía de esos problemas sin estar informada precisamente. Como primer paso, se acordó una visita apostólica (N. del T.: investigación) para los seminarios en Estados Unidos.
Como el criterio para la selección y designación de obispos también había cambiado luego del Concilio Vaticano II, la relación de los obispos con sus seminarios también era muy diferente. Por encima de todo se estableció la “conciliaridad” como un criterio para el nombramiento de nuevos obispos, que podía entenderse de varias maneras.
De hecho, en muchos lugares se entendió que las actitudes conciliares tenían que ver con tener una actitud crítica o negativa hacia la tradición existente hasta entonces, y que debía ser reemplazada por una relación nueva y radicalmente abierta con el mundo. Un obispo, que había sido antes rector de un seminario, había hecho que los seminaristas vieran películas pornográficas con la intención de que estas los hicieran resistentes ante las conductas contrarias a la fe.
Hubo –y no solo en los Estados Unidos de América– obispos que individualmente rechazaron la tradición católica por completo y buscaron una nueva y moderna “catolicidad” en sus diócesis. Tal vez valga la pena mencionar que en no pocos seminarios, a los estudiantes que los veían leyendo mis libros se les consideraba no aptos para el sacerdocio. Mis libros fueron escondidos, como si fueran mala literatura, y se leyeron solo bajo el escritorio.
La visita que se realizó no dio nuevas pistas, aparentemente porque varios poderes unieron fuerzas para maquillar la verdadera situación. Una segunda visita se ordenó y esa sí permitió tener datos nuevos, pero al final no logró ningún resultado. Sin embargo, desde la década de 1970 la situación en los seminarios ha mejorado en general. Y, sin embargo, solo aparecieron casos aislados de un nuevo fortalecimiento de las vocaciones sacerdotales ya que la situación general había tomado otro rumbo.
(2) El asunto de la pedofilia, según recuerdo, no fue agudo sino hasta la segunda mitad de la década de 1980. Mientras tanto, ya se había convertido en un asunto público en Estados Unidos, tanto así que los obispos fueron a Roma a buscar ayuda ya que la ley canónica, como se escribió en el nuevo Código (1983), no parecía suficiente para tomar las medidas necesarias. Al principio Roma y los canonistas romanos tuvieron dificultades con estas preocupaciones ya que, en su opinión, la suspensión temporal del ministerio sacerdotal tenía que ser suficiente para generar purificación y clarificación. Esto no podía ser aceptado por los obispos estadounidenses, porque de ese modo los sacerdotes permanecían al servicio del obispo y así eran asociados directamente con él. Lentamente fue tomando forma una renovación y profundización de la ley penal del nuevo Código, que había sido construida adrede de manera holgada.
Además y sin embargo, había un problema fundamental en la percepción de la ley penal. Solo el llamado garantismo (una especie de proteccionismo procesal) era considerado como “conciliar”. Esto significa que se tenía que garantizar, por encima de todo, los derechos del acusado hasta el punto en que se excluyera del todo cualquier tipo de condena. Como contrapeso ante las opciones de defensa, disponibles para los teólogos acusados y con frecuencia inadecuadas, su derecho a la defensa usando el garantismo se extendió a tal punto que las condenas eran casi imposibles.
Permítanme un breve excurso en este punto. A la luz de la escala de la inconducta pedófila, una palabra de Jesús nuevamente salta a la palestra: “Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera si le hubieran atado al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y lo hubieran echado al mar” (Mc 9,42).
La palabra “pequeños” en el idioma de Jesús significa los creyentes comunes que pueden ver su fe confundida por la arrogancia intelectual de aquellos que creen que son inteligentes. Entonces, aquí Jesús protege el depósito de la fe con una amenaza o castigo enfático para quienes hacen daño.
El uso moderno de la frase no es en sí mismo equivocado, pero no debe oscurecer el significado original. En él queda claro, contra cualquier garantismo, que no solo el derecho del acusado es importante y requiere una garantía. Los grandes bienes como la fe son igualmente importantes.
Entonces, una ley canónica balanceada que se corresponda con todo el mensaje de Jesús no solo tiene que proporcionar una garantía para el acusado, para quien el respeto es un bien legal, sino que también tiene que proteger la fe que también es un importante bien legal. Una ley canónica adecuadamente formada tiene que contener entonces una doble garantía: la protección legal del acusado y la protección legal del bien que está en juego. Si hoy se presenta esta concepción inherentemente clara, generalmente se cae en hacer oídos sordos cuando se llega al asunto de la protección de la fe como un bien legal. En la consciencia general de la ley, la fe ya no parece tener el rango de bien que requiere protección. Esta es una situación alarmante que los pastores de la Iglesia tienen que considerar y tomar en serio.
Ahora me gustaría agregar, a las breves notas sobre la situación de la formación sacerdotal en el tiempo en el que estalló la crisis, algunas observaciones sobre el desarrollo de la ley canónica en este asunto.
En principio, la Congregación para el Clero es la responsable de lidiar con crímenes cometidos por sacerdotes, pero dado que el garantismo dominó largamente la situación en ese entonces, estuve de acuerdo con el Papa Juan Pablo II en que era adecuado asignar estas ofensas a la Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo el título de "Delicta maiora contra fidem".
Esto hizo posible imponer la pena máxima, es decir la expulsión del estado clerical, que no se habría podido imponer bajo otras previsiones legales. Esto no fue un truco para imponer la máxima pena, sino una consecuencia de la importancia de la fe para la Iglesia. De hecho, es importante ver que tal inconducta de los clérigos al final daña la fe.
Allí donde la fe ya no determina las acciones del hombre es que tales ofensas son posibles.
La severidad del castigo, sin embargo, también presupone una prueba clara de la ofensa: este aspecto del garantismo permanece en vigor.
En otras palabras, para imponer la máxima pena legalmente, se requiere un proceso penal genuino, pero ambos, las diócesis y la Santa Sede se ven sobrepasados por tal requerimiento. Por ello formulamos un nivel mínimo de procedimientos penales y dejamos abierta la posibilidad de que la misma Santa Sede asuma el juicio allí donde la diócesis o la administración metropolitana no pueden hacerlo. En cada caso, el juicio debe ser revisado por la Congregación para la Doctrina de la Fe para garantizar los derechos del acusado. Finalmente, en la feria cuarta (N. del T. la asamblea de los miembros de la Congregación) establecimos una instancia de apelación para proporcionar la posibilidad de apelar.
Ya que todo esto superó en la realidad las capacidades de la Congregación para la Doctrina de la Fe y ya que las demoras que surgieron tenían que ser previstas dada la naturaleza de esta materia, el Papa Francisco ha realizado reformas adicionales.
III.
(1.) ¿Qué se debe hacer? ¿Tal vez deberíamos crear otra Iglesia para que las cosas funcionen? Bueno, ese experimento ya se ha realizado y ya ha fracasado. Solo la obediencia y el amor por nuestro Señor Jesucristo pueden indicarnos el camino, así que primero tratemos de entender nuevamente y desde adentro (de nosotros mismos) lo que el Señor quiere y ha querido con nosotros.
Primero, sugeriría lo siguiente: si realmente quisiéramos resumir muy brevemente el contenido de la fe como está en la Biblia, tendríamos que hacerlo diciendo que el Señor ha iniciado una narrativa de amor con nosotros y quiere abarcar a toda la creación en ella. La forma de pelear contra el mal que nos amenaza a nosotros y a todo el mundo, solo puede ser, al final, que entremos en este amor. Es la verdadera fuerza contra el mal, ya que el poder del mal emerge de nuestro rechazo a amar a Dios. Quien se confía al amor de Dios es redimido. Nuestro ser no redimidos es una consecuencia de nuestra incapacidad de amar a Dios. Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, el camino de la redención humana.
Tratemos de desarrollar un poco más este contenido esencial de la revelación de Dios. Podemos entonces decir que el primer don fundamental que la fe nos ofrece es la certeza de que Dios existe. Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. De otro modo, ¿de dónde vendría todo? En cualquier caso, no tiene propósito espiritual. De algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí misma y el poder se convierte en el único principio. La verdad no cuenta, en realidad no existe. Solo si las cosas tienen una razón espiritual tienen una intención y son concebidas. Solo si hay un Dios Creador que es bueno y que quiere el bien, la vida del hombre puede entonces tener sentido.
Existe un Dios como creador y la medida de todas las cosas es una necesidad primera y primordial, pero un Dios que no se exprese para nada a sí mismo, que no se hiciese conocido, permanecería como una presunción y podría entonces no determinar la forma [Gestalt] de nuestra vida. Para que Dios sea realmente Dios en esta creación deliberada, tenemos que mirarlo para que se exprese a sí mismo de alguna forma. Lo ha hecho de muchas maneras, pero decisivamente lo hizo en el llamado a Abraham y que le dio a la gente que buscaba a Dios la orientación que lleva más allá de toda expectativa: Dios mismo se convierte en criatura, habla como hombre con nosotros los seres humanos.
En este sentido la frase “Dios es”, al final se convierte en un mensaje verdaderamente gozoso, precisamente porque Él es más que entendimiento, porque Él crea –y es– amor para que una vez más la gente sea consciente de esta, la primera y fundamental tarea confiada a nosotros por el Señor.
Una sociedad sin Dios –una sociedad que no lo conoce y que lo trata como no existente– es una sociedad que pierde su medida. En nuestros días fue que se acuñó la frase de la muerte de Dios. Cuando Dios muere en una sociedad, se nos dijo, esta se hace libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de la libertad porque lo que muere es el propósito que proporciona orientación, dado que desaparece la brújula que nos dirige en la dirección correcta que nos enseña a distinguir el bien del mal. La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios está ausente en la esfera pública y no tiene nada que ofrecerle. Y esa es la razón por la que es una sociedad en la que la medida de la humanidad se pierde cada vez más. En puntos individuales, de pronto parece que lo que es malo y destruye al hombre se ha convertido en una cuestión de rutina.
Ese es el caso con la pedofilia. Se teorizó solo hace un tiempo como algo legítimo, pero se ha difundido más y más. Y ahora nos damos cuenta con sorpresa de que las cosas que les están pasando a nuestros niños y jóvenes amenazan con destruirlos. El hecho de que esto también pueda extenderse en la Iglesia y entre los sacerdotes es algo que nos debe molestar de modo particular.
¿Por qué la pedofilia llegó a tales proporciones? Al final de cuentas, la razón es la ausencia de Dios. Nosotros, cristianos y sacerdotes, también preferimos no hablar de Dios porque este discurso no parece ser práctico. Luego de la convulsión de la Segunda Guerra Mundial, nosotros en Alemania todavía teníamos expresamente en nuestra Constitución que estábamos bajo responsabilidad de Dios como un principio guía. Medio siglo después, ya no fue posible incluir la responsabilidad para con Dios como un principio guía en la Constitución europea. Dios es visto como la preocupación partidaria de un pequeño grupo y ya no puede ser un principio guía para la comunidad como un todo. Esta decisión se refleja en la situación de Occidente, donde Dios se ha convertido en un asunto privado de una minoría.
Una tarea primordial, que tiene que resultar de las convulsiones morales de nuestro tiempo, es que nuevamente comencemos a vivir por Dios y bajo Él. Por encima de todo, nosotros tenemos que aprender una vez más a reconocer a Dios como la base de nuestra vida en vez de dejarlo a un lado como si fuera una frase no efectiva. Nunca olvidaré la advertencia del gran teólogo Hans Urs von Balthasar que una vez me escribió en una de sus postales: “¡No presuponga al Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, preséntelo!”.
De hecho, en la teología Dios siempre se da por sentado como un asunto de rutina, pero en lo concreto uno no se relaciona con Él. El tema de Dios parece tan irreal, tan expulsado de las cosas que nos preocupan y, sin embargo, todo se convierte en algo distinto si no se presupone sino que se presenta a Dios. No dejándolo atrás como un marco, sino reconociéndolo como el centro de nuestros pensamientos, palabras y acciones.
(2) Dios se hizo hombre por nosotros. El hombre como Su criatura es tan cercano a Su corazón que Él se ha unido a sí mismo con él y ha entrado así en la historia humana de una forma muy práctica. Él habla con nosotros, vive con nosotros, sufre con nosotros y asumió la muerte por nosotros. Hablamos sobre esto en detalle en la teología, con palabras y pensamientos aprendidos, pero es precisamente de esta forma que corremos el riesgo de convertirnos en maestros de fe en vez de ser renovados y hechos maestros por la fe.
Consideremos esto con respecto al asunto central: la celebración de la Santa Eucaristía. Nuestro manejo de la Eucaristía solo puede generar preocupación. El Concilio Vaticano II se centró correctamente en regresar este sacramento de la presencia del cuerpo y la sangre de Cristo, de la presencia de Su persona, de su Pasión, Muerte y Resurrección, al centro de la vida cristiana y la misma existencia de la Iglesia. En parte esto realmente ha ocurrido y deberíamos estar agradecidos al Señor por ello.
Y sin embargo prevalece una actitud muy distinta. Lo que predomina no es una nueva reverencia por la presencia de la muerte y resurrección de Cristo, sino una forma de lidiar con Él que destruye la grandeza del Misterio. La caída en la participación de las celebraciones eucarísticas dominicales muestra lo poco que los cristianos de hoy saben sobre apreciar la grandeza del don que consiste en Su Presencia real. La Eucaristía se ha convertido en un mero gesto ceremonial cuando se da por sentado que la cortesía requiere que sea ofrecido en celebraciones familiares o en ocasiones como bodas y funerales a todos los invitados por razones familiares.
La forma en la que la gente simplemente recibe el Santísimo Sacramento en la comunión como algo rutinario muestra que muchos la ven como un gesto puramente ceremonial. Por lo tanto, cuando se piensa en la acción que se requiere primero y primordialmente, es bastante obvio que no necesitamos otra Iglesia con nuestro propio diseño. En vez de ello se requiere, primero que nada, la renovación de la fe en la realidad de que Jesucristo se nos es dado en el Santísimo Sacramento.
En conversaciones con víctimas de pedofilia, me hicieron muy consciente de este requisito primero y fundamental. Una joven que había sido acólita me dijo que el capellán, su superior en el servicio del altar, siempre la introducía al abuso sexual que él cometía con estas palabras: “Este es mi cuerpo que será entregado por ti”.
Es obvio que esta mujer ya no puede escuchar las palabras de la consagración sin experimentar nuevamente la terrible angustia de los abusos. Sí, tenemos que implorar urgentemente al Señor por su perdón, pero antes que nada tenemos que jurar por Él y pedirle que nos enseñe nuevamente a entender la grandeza de Su sufrimiento y Su sacrificio. Y tenemos que hacer todo lo que podamos para proteger del abuso el don de la Santísima Eucaristía.
(3) Y finalmente, está el Misterio de la Iglesia. La frase con la que Romano Guardini, hace casi 100 años, expresó la esperanza gozosa que había en él y en muchos otros, permanece inolvidable: “Un evento de importancia incalculable ha comenzado, la Iglesia está despertando en las almas”.
Se refería a que la Iglesia ya no era experimentada o percibida simplemente como un sistema externo que entraba en nuestras vidas, como una especie de autoridad, sino que había comenzado a ser percibida como algo presente en el corazón de la gente, como algo no meramente externo sino que nos movía interiormente. Casi 50 años después, al reconsiderar este proceso y viendo lo que ha estado pasando, me siento tentado a revertir la frase: “La Iglesia está muriendo en las almas”.
De hecho, hoy la Iglesia es vista ampliamente solo como una especie de aparato político. Se habla de ella casi exclusivamente en categorías políticas y esto se aplica incluso a obispos que formulan su concepción de la Iglesia del mañana casi exclusivamente en términos políticos. La crisis, causada por los muchos casos de abusos de clérigos, nos hace mirar a la Iglesia como algo casi inaceptable que tenemos que tomar en nuestras manos y rediseñar. Pero una Iglesia que se hace a sí misma no puede constituir esperanza.
Jesús mismo comparó la Iglesia a una red de pesca en la que Dios mismo separa los buenos peces de los malos. También hay una parábola de la Iglesia como un campo en el que el buen grano que Dios mismo sembró crece junto a la mala hierba que “un enemigo” secretamente echó en él. De hecho, la mala hierba en el campo de Dios, la Iglesia, son ahora excesivamente visibles y los peces malos en la red también muestran su fortaleza. Sin embargo, el campo es aún el campo de Dios y la red es la red de Dios. Y en todos los tiempos, no solo ha habido mala hierba o peces malos, sino también los sembríos de Dios y los buenos peces. Proclamar ambos con énfasis y de la misma forma no es una manera falsa de apologética, sino un necesario servicio a la Verdad.
En este contexto es necesario referirnos a un importante texto en la Revelación a Juan. El demonio es identificado como el acusador que acusa a nuestros hermanos ante Dios día y noche. (Ap 12, 10). El Apocalipsis toma entonces un pensamiento que está al centro de la narrativa en el libro de Job (Job 1 y 2, 10; 42:7-16). Allí se dice que el demonio buscaba mostrar que lo correcto en la vida de Job ante Dios era algo meramente externo. Y eso es exactamente lo que el Apocalipsis tiene que decir: el demonio quiere probar que no hay gente correcta, que su corrección solo se muestra en lo externo. Si uno pudiera acercarse, entonces la apariencia de justicia se caería rápidamente.
La narración comienza con una disputa entre Dios y el demonio, en la que Dios se ha referido a Job como un hombre verdaderamente justo. Ahora va a ser usado como un ejemplo para probar quién tiene razón. El demonio pide que se le quiten todas sus posesiones para ver que nada queda de su piedad. Dios le permite que lo haga, tras lo cual Jon actúa positivamente. Luego el demonio presiona y dice: “¡Piel por piel! Sí, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Sin embargo, extiende ahora tu mano y toca su hueso y su carne, verás si no te maldice en tu misma cara". (Job 2,4f).
Entonces Dios le otorga al demonio un segundo turno. También toca la piel de Job y solo le está negado matarlo. Para los cristianos es claro que este Job, que está de pie ante Dios como ejemplo para toda la humanidad, es Jesucristo. En el Apocalipsis el drama de la humanidad nos es presentado en toda su amplitud.
El Dios Creador es confrontado con el demonio que habla a toda la humanidad y a toda la creación. Le habla no solo a Dios, sino y sobre todo a la gente: Miren lo que este Dios ha hecho. Supuestamente una buena creación. En realidad está llena de miseria y disgustos. El desaliento de la creación es en realidad el menosprecio de Dios. Quiere probar que Dios mismo no es bueno y alejarnos de Él.
La oportunidad en la que el Apocalipsis no está hablando aquí es obvia. Hoy, la acusación contra Dios es sobre todo menosprecio de Su Iglesia como algo malo en su totalidad y por lo tanto nos disuade de ella. La idea de una Iglesia mejor, hecha por nosotros mismos, es de hecho una propuesta del demonio, con la que nos quiere alejar del Dios viviente usando una lógica mentirosa en la que fácilmente podemos caer. No, incluso hoy la Iglesia no está hecha solo de malos peces y mala hierba. La Iglesia de Dios también existe hoy, y hoy es ese mismo instrumento a través del cual Dios nos salva.
Es muy importante oponerse con toda la verdad a las mentiras y las medias verdades del demonio: sí, hay pecado y mal en la Iglesia, pero incluso hoy existe la Santa Iglesia, que es indestructible. Además hoy hay mucha gente que humildemente cree, sufre y ama, en quien el Dios verdadero, el Dios amoroso, se muestra a Sí mismo a nosotros. Dios también tiene hoy Sus testigos ("martyres") en el mundo. Nosotros solo tenemos que estar vigilantes para verlos y escucharlos.
La palabra mártir está tomada de la ley procesal. En el juicio contra el demonio, Jesucristo es el primer y verdadero testigo de Dios, el primer mártir, que desde entonces ha sido seguido por incontables otros.
El hoy de la Iglesia es más que nunca una Iglesia de mártires y por ello un testimonio del Dios viviente. Si miramos a nuestro alrededor y escuchamos con un corazón atento, podremos hoy encontrar testigos en todos lados, especialmente entre la gente ordinaria, pero también en los altos rangos de la Iglesia, que se alzan por Dios con sus vidas y su sufrimiento. Es una inercia del corazón lo que nos lleva a no desear reconocerlos. Una de las grandes y esenciales tareas de nuestra evangelización es, hasta donde podamos, establecer hábitats de fe y, por encima de todo, encontrar y reconocerlos.
Vivo en una casa, en una pequeña comunidad de personas que descubren tales testimonios del Dios viviente una y otra vez en la vida diaria, y que alegremente me comentan esto. Ver y encontrar a la Iglesia viviente es una tarea maravillosa que nos fortalece y que, una y otra vez, nos hace alegres en nuestra fe.
Al final de mis reflexiones me gustaría agradecer al Papa Francisco por todo lo que hace para mostrarnos siempre la luz de Dios que no ha desaparecido, incluso hoy. ¡Gracias Santo Padre!
Benedicto XVI

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