Una característica de nuestro tiempo es el declive de la sensibilidad frente al mal, al pecado. Parece como si viviéramos inmersos en una atmósfera transgresiva, de situaciones escandalosas, que no ofenden ya la sensibilidad de nadie: injusticias, asesinatos, prepotencias, engaños, adulterios, fraudes, etc. Todo eso habla de actos humanos que no han sido lo que deberían haber sido

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