Páginas vistas

jueves, 24 de junio de 2021

La Conciencia: luz que no desaparece, aunque se debilite




El espíritu humano es lámpara del Señor, que examina todo lo más hondo del ser”. Proverbios 20,27 “Cuando los paganos, que no tienen la Ley, guiados por la naturaleza, cumplen las prescripciones de la Ley, aunque no tengan la Ley, ellos son ley para sí mismos, y demuestran que lo que ordena la Ley está inscrito en sus corazones. Así lo prueba el testimonio de su propia conciencia, que unas veces los acusa y otras los disculpa, hasta el Día en que Dios juzgará las intenciones ocultas de los hombres por medio de Cristo Jesús, conforme a la Buena Noticia que yo predico San Pablo, Carta a los Romanos, 2, 14-16

1.¿Qué es la conciencia? 

 La conciencia es el espacio interior de diálogo entre Dios y el hombre. Se le llama conciencia moral porque a través de ella, el hombre identifica el bien y el mal en su propia vida. Se habla de ella en dos sentidos: en sentido global y más amplio, es el conocimiento del bien y del mal que permite a la persona enjuiciar moralmente la realidad y los actos. En sentido estricto, es el juicio práctico que actúa para discernir la bondad o maldad de cada acción singular.1 

 En definitiva, “La conciencia es el testigo exclusivo de lo que sucede en la intimidad de la persona, de su esencial rectitud o maldad moral.”2 

A través de ella, el hombre entra en un diálogo consigo mismo, pero sobre todo con Dios, que es el autor de la ley moral, a la que el hombre se orienta y aspira para alcanzar su felicidad. En la constitución pastoral Gaudium et spes se afirma que “es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo.” (n. 16) 

 En palabras del Papa Francisco: La conciencia es el espacio interior de la escucha de la verdad, del bien, de la escucha de Dios; es el lugar interior de mi relación con Él, que habla a mi corazón y me ayuda a discernir, a comprender el camino que debo recorrer, y una vez tomada la decisión, a seguir adelante, a permanecer fiel.3 

 2. ¿Cómo funciona la conciencia? 

 El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la conciencia moral está presente en el interior de cada persona y actúa en el momento oportuno ordenándole a practicar el bien y evitar el mal. Cuando la persona se encuentra ante distintas opciones en su actuar, la conciencia juzga la bondad o maldad de todas ellas y llama a elegir el bien, al cual el hombre se siente atraído por estar vinculado a su verdadera felicidad. “El hombre prudente, cuando escucha la conciencia moral, puede oír a Dios que le habla.”4 

 Esto implica que el hombre tiene obligación de seguir lo que su conciencia le dicta. Tiene además la obligación de formarla de manera tal que sus dictámenes sean juicios rectos que le acerquen al bien verdadero. El Catecismo afirma: “ante la necesidad de decidir moralmente, la conciencia puede formular un juicio recto de acuerdo con la razón y con la ley divina, o al contrario un juicio erróneo que se aleja de ellas.”5

3. ¿Cómo se forma la conciencia? 

 “Dios hace partícipe al hombre de su ley, de manera que el hombre, [...], puede conocer más y más la verdad inmutable. Por lo tanto, cada cual tiene la obligación y por consiguiente también el derecho de buscar la verdad en materia religiosa, a fin de que, utilizando los medios adecuados, se forme, con prudencia, rectos y verdaderos juicios de conciencia.” Dignitatis Humanae n. 3 

Algunos medios concretos que ayudan al hombre a tener una conciencia que formule juicios rectos son la formación moral y religiosa, la amistad y el consejo de personas formadas, la práctica de las virtudes que facilitan la elección del bien moral, y la oración, lugar específico de diálogo con Dios. Es importante tener en cuenta que las amistades y la elección de los ambientes que frecuentamos también tienen un rol en la formación de nuestra conciencia. En definitiva, pueden contribuir positivamente a su formación si en ellos encontramos un sincero deseo de búsqueda del bien común y personal; o bien deformarla si, por el contrario, fomentan la toma de malas decisiones que generen daños personales o al entorno. Respecto a estos medios, la Dignitatis Humanae nos invita a buscar la verdad “de modo apropiado a la dignidad de la persona humana y a su naturaleza social, es decir, mediante una libre investigación, sirviéndose del Magisterio [es decir, de las enseñanzas de la Iglesia Católica] o de la educación, de la comunicación y del diálogo, por medio de los cuales unos exponen a otros la verdad que han encontrado o creen haber encontrado, para ayudarse mutuamente en la búsqueda de la verdad; y una vez conocida ésta, hay que aceptarla firmemente con asentimiento personal.”6 

En la medida en que el hombre se esfuerza por alcanzar una conciencia formada siguiendo estos medios, su conciencia tendrá más luz y claridad para discernir y actuar más rectamente en las situaciones concretas y singulares en las que por su libertad se encuentra. 

4. Conciencia y verdad 

 El Papa Francisco nos invita a oír más nuestra conciencia, pero también nos advierte: “¡cuidado! Esto no significa seguir al propio yo, hacer lo que me interesa, lo que me conviene, lo que me apetece... ¡No es esto!”7 

Entonces, ¿cuál es la relación entre conciencia y verdad? “En lo profundo de su conciencia —afirma el Concilio Vaticano II—, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, pero a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado.” Veritatis Splendor n. 54 

5. Conciencia y libertad 

En la medida en que el hombre forma su conciencia y es capaz de conocer la ley inscrita por Dios en su corazón, conoce más profundamente la verdad a la que está llamado y esto lo hace más libre. Jesús en su paso por la tierra, vivía en constante diálogo con su Padre, y al hacerlo, sabía cuál era su voluntad y la seguía aunque esto le supusiera dar su vida en la Cruz. La Pasión de Jesús se nos presenta como una elección libre de amor, consecuencia de descubrir la voluntad del Padre y reconocer en ella el bien. “Jesús nos quiere libres, ¿y esta libertad dónde se hace? Se hace en el diálogo con Dios en la propia conciencia. Si un cristiano no sabe hablar con Dios, no sabe oír a Dios en la propia conciencia, no es libre, no es libre.”8

 6. ¿Qué es la objeción de conciencia? 

 Por respeto a su conciencia y dignidad humana, el hombre tiene la obligación y el derecho de seguir su propia conciencia, incluso cuando una ley civil pretende obstaculizarla. La declaración Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa, afirma que “el hombre percibe y reconoce por medio de su conciencia los dictámenes de la ley divina; conciencia que tiene obligación de seguir fielmente, en toda su actividad, para llegar a Dios, que es su fin. Por tanto, no se le puede forzar a obrar contra su conciencia. Ni tampoco se le puede impedir que obre según su conciencia…” Dignitatis Humanae n. 3 

1. Cfr. Elegidos en Cristo para ser santos. Enrique Colom- Ángel Rodríguez Luño, pág 281 
2. Elegidos en Cristo para ser santos. Enrique Colom- Angel Rodríguez Luño, pág 287 
3. Papa Francisco, Ángelus del 30 de junio de 2013. 
4. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1777 
5. Ibidem, 1786 
6. Dignitatis Humanae, 3 
7. Papa Francisco, Ángelus del 30 de junio de 2013 
8. Ibidem.

viernes, 7 de mayo de 2021

El porqué del fenómeno Ayuso

Isabel Díaz Ayuso, presidenta en funciones de la Comunidad de Madrid. FB
Carmen Beatriz Fernández, Universidad de Navarra

“COMUNISMO O LIBERTAD” fijó en su cuenta de Twitter la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, el 15 de marzo, cuando ya estaba claro que habría elecciones anticipadas y que el pacto PSOE-Ciudadanos en la Región de Murcia no llegaría hasta la región capital.

El flamante vicepresidente del Gobierno de España, Pablo Iglesias, se había bajado del olimpo de Moncloa para aspirar a un escaño en Madrid, movilizar la contienda y evitar así que su partido pudiera desaparecer en la Comunidad (y también para tener una forma digna de despedirse de una posición que ya le resultaba muy incómoda, suponemos).

La presencia de Iglesias en los comicios le dio un tono nacional a la campaña, desde el primer momento, y Ayuso se refirió a ella con gracia como “España me debe una, hemos sacado a Iglesias del Gobierno”.

Definía así Ayuso, nítidamente, lo que sería el eje fundamental de la campaña, que había facilitado el propio Iglesias. Un eje divisivo que utilizaba la polarización ideológica como elemento diferenciador, pero que también corría el riesgo de abrir las viejas heridas de las dos Españas.

Sin embargo, conforme fue transcurriendo la campaña, ese eje Libertad / Comunismo evolucionó simplemente a Libertad, como lema, y no sólo era un término que buscaba diferenciarse de Iglesias, sino que aludía a lo que viene siendo la gestión de la pandemia por parte de la presidenta en la Comunidad de Madrid: una gestión que ha sabido gerenciar con equilibrio la crisis entre sanidad y economía, sin desprenderse de la empatía.

La Libertad como eslogan y relato fundamental de la campaña se apoyaba así no solo en un valor no-materialista, sino en aspectos muy tangibles de las libertades económicas que los cientos de miles de trabajadores del sector hostelero y cultural de Madrid supieron entender y valorar.

Una campaña ruda en modos y lenguaje

Díaz Ayuso era una presidenta muy popular y claramente “primus inter pares” de la contienda. La campaña fue ruda en sus modos y lenguaje, y en la búsqueda de la figuración varios de los protagonistas secundarios trataron de crispar el ambiente.

Las encuestas mostraban que la incorporación de Iglesias en la campaña no generó el efecto buscado en términos de intención de voto, por lo que el líder de Podemos elevó el tono, visibilizó un sobre amenazante que había recibido por correo y protagonizó, junto a la candidata de VOX, un feo rifirrafe en un debate público.

Tan crispado estaba el tono que hasta hubo cabida oportuna para una campaña de marketing comercial, donde una marca de pipas preguntaba en un gran pendón madrileño “¿por qué no nos relajamos todos un poquito? (comiendo pipas con magnesio)”.

Fragmentación y polarización

La actuación de Iglesias y de Rocío Monasterio, candidata de Vox, subraya cómo la polarización puede ser una estrategia de comunicación política orientada a ganar visibilidad y cobertura en medios de comunicación. Ambos protagonizaron una puesta en escena polarizante que terminó posicionando a Ayuso en el centro.

Otro tanto pudo pasar con la candidata de Más Madrid, Mónica García, que a la postre terminaría superando al candidato del PSOE.

Sin embargo la fragmentación política va en contra de la polarización. Cuando el bipartidismo español llegó a su fin para dar paso al nuevo pentapartidismo, la capacidad de llevar la discusión a dos polos disminuyó. En el pentapartidismo español, el populismo europeo contemporáneo tuvo clara cabida, tanto desde la izquierda como desde la derecha, pues “el populismo revoluciona la política del Siglo XXI”, como ha afirmado Pierre Rosanvallon.

Contienda paritaria

De los seis partidos principales de la contienda, hubo tres candidatas. Cumplió así Madrid con la más básica de las paridades de género. Una de cada dos niños que nacen será mujer. Pero solo una de cada cuatro parlamentarios será mujer, y sólo cinco de cada cien presidentes serán presidentas. La brecha de género en la política es una realidad, y eso ocurre hasta en España, una de las sociedades más progresistas del mundo en términos de género.

Hoy sólo 1 de cada 10 españoles cree que los hombres son mejores líderes políticos que las mujeres, cuando hace apenas 25 años era 1 de cada 4. España ocupa el puesto número 14 en el ranking del más reciente estudio Global de Brecha de Género que realiza anualmente el Foro Económico Mundial, realizado entre 156 países.

Aún así, es uno de los 81 países donde nunca una mujer ha alcanzado la más alta magistratura (junto con Suecia, los Países Bajos y los Estados Unidos).

Sin duda, lo ocurrido en Madrid hace que muchos se estén preguntando si será ella.The Conversation

Carmen Beatriz Fernández, Profesora de Comunicación Política en IESA (Venezuela y Panamá) y la UNAV, Universidad de Navarra

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

 

La sociedad del comentario

 



FUENTE: LE MONDE

En los platós de radio o de televisión, expertos, tertulianos y periodistas son invitados a comentar permanentemente la actualidad. Las redes sociales permiten a cualquiera dar su opinión. Un reportaje de Nicolas Truong en Le Monde plantea si se trata de un progreso democrático o de una regresión.

Truong constata que hay un ruido de fondo que “parece colocar la información y la opinión, las razones y las pasiones, los conocimientos y las experiencias bajo el signo de equivalencia”. La sociedad del comentario extiende su influencia en el espacio público a golpe de polémicas y de análisis en caliente. “¿Es una manifestación del igualitarismo de las posiciones o bien del relativismo de las opiniones?”.

Según el presidente Macron en una entrevista para el semanario L’Express, “el problema clave es la ruptura de las jerarquías, inducida por la sociedad del comentario permanente: el sentimiento de que todo vale, que todas las palabras son iguales, que la opinión sobre el virus de alguien que no es especialista vale lo mismo que el punto de vista del científico”.

Pero las palabras con autoridad se han acomodado también a los usos de las palabras desatadas. “La palabra política se ha dejado arrastrar al comentario, al formato de las redes sociales en las cuales hay que pensar en 280 caracteres”, dice la ensayista Agathe Cagé, autora de Respect!

También se observa hoy día que la información se ha convertido en un medio de entretenimiento, y el comentario, en espectáculo. El modelo de emisiones y comentaristas de los espacios deportivos se ha extendido a la esfera política e intelectual.

La tecnología mediática informa el espacio público. Y el recurso incesante al registro emocional y la suspensión de lo racional engendran a veces monstruos como las fake news, los insultos, las campañas de acoso y la inflación de contenidos violentos. Hay que movilizar las emociones de los telespectadores para aumentar las audiencias y los ingresos publicitarios. Por eso las cadenas de televisión dan un espacio privilegiado a las polémicas, a los enfrentamientos, a los insultos, que son inmediatamente reciclados por las redes sociales.

Confusión entre el sabio y el político

Numerosos intelectuales se preguntan cómo comportarse en un espacio público que no se parece apenas al descrito por el filósofo Jürgen Habermas como ágora de debate razonado sobre asuntos de interés general. La entrada de los intelectuales en las justas mediáticas, atizados por las redes sociales y solicitados por las cadenas de información, ha agravado la confusión entre el sabio y el político, constata Gérard Noiriel, autor de La fonction politique de l’intellectuel. “Los intelectuales del gobierno y los intelectuales críticos se han adaptado fácilmente a esta nueva situación, ya que no separan estrictamente las dos esferas”.

La figura del intelectual que interviene en el espacio público sobre una cuestión específica que domina parece hoy día acorralada en el torrente incesante de palabras en el que hay que opinar en todo momento. Pero optar por el silencio dejaría el campo libre al pensamiento desinformado.

También existe el riesgo de desacreditar la profesión periodística cuando la figura del informador se reduce a la de comentarista en los platós, sobre todo cuando los cronistas desdeñan los hechos.

Existe el riesgo de tergiversación de la función periodística, pero también de maniobra de distracción política. “La inflación de comentarios es una bendición para los gobernantes, que pueden así más fácilmente manipular el ciclo de información lanzando temas para desviar la atención u orientarla hacia temas que controlan”, explica la semióloga Cécile Alduy. “Cuando la información sigue más los comentarios que las acciones, reaccionar frente a una pequeña frase o un tema lanzado por el presidente o un ministro, va a tener ocupados a los periódicos y a los adversarios políticos durante algunos días, en detrimento de la investigación o de la recogida de propuestas alternativas sobre temas considerados importantes por las redacciones”.

¿La sociedad del comentario sería una amenaza para la democracia? “Todo lo contrario, asegura el sociólogo Arnaud Esquerre: la sociedad del comentario es la sociedad democrática. Las redes sociales han hecho públicas conversaciones que hasta ahora estaban confinadas en la esfera privada”. En cambio, otros, como Christian Salmon, piensan que “la instauración de la sociedad del comentario es la muerte de la deliberación democrática”.

Truong termina diciendo que “es posible reconocer las virtudes democráticas del comentario sin caer en la trampa del parloteo. Y escapar a ese torrente de palabras y de imágenes que puede parecerse a la comedia del ‘yo no sé nada pero lo diré todo’ (Pierre Richard)”.

Un pastor luterano, contra la “protestantización” de la Iglesia católica en Alemania

 

Iglesia de Santa María (izda.), en    Wittenberg



FUENTE: NATIONAL CATHOLIC REGISTER


El reverendo Alexander Garth, pastor de Santa María de Wittenberg, considerada “la iglesia madre de la Reforma”, donde predicaba Martín Lutero, ha expresado su preocupación por el camino sinodal de la Conferencia Episcopal católica alemana. Advierte que se trata de un “camino equivocado”, que está “forzando la protestantización de la Iglesia católica”.

En una carta de la que se hace eco Edward Pentin en National Catholic Register, Garth, quien se define como “un protestante con un corazón católico”, teme que el camino sinodal desdibuje la identidad católica, lo que “sería una gran pérdida para la cristiandad”. Ese desdibujamiento también sería “una desgracia enorme” para un mundo necesitado del perfil propio “de la espiritualidad católica, con la fidelidad al Papa, la devoción mariana y el ejemplo de los santos de la Iglesia”.

El camino sinodal, presentado por sus partidarios como un proceso de reforma en respuesta a los abusos sexuales cometidos por clérigos de la Iglesia católica, pretende discutir el celibato sacerdotal, la ordenación de mujeres, la bendición a uniones de personas del mismo sexo, las invitaciones a los protestantes a celebrar juntos la misa y a participar en la Eucaristía, y algunos temas de moral sexual. Aunque algunos obispos alemanes se desmarcaron de la convocatoria desde el principio, la mayoría ha querido seguir adelante, pese a la advertencia del Papa y los serios reparos de la Congregación para los Obispos. Está previsto que el proceso concluya en febrero de 2022.

Al camino sinodal se ha sumado el movimiento María 2.0, creado en 2019 por fieles laicas para impulsar cambios de calado en la doctrina y la disciplina de la Iglesia católica, como la ordenación de mujeres o el fin del celibato sacerdotal. El mes pasado, sus dos fundadoras abandonaron formalmente la Iglesia católica.

Para que la fiebre de cambio no desdibuje la fe católica, el reverendo Garth pide a esos “reformadores” que se pasen a una denominación protestante que ya reconozca “todo aquello por lo que están peleando”: el sacerdocio femenino, los pastores casados, una constitución sinodal…

Es interesante que sea un destacado pastor luterano quien advierta contra el riesgo de banalizar la fe católica. No deja de ser paradójico que un proceso que contempla abrir la recepción de la Eucaristía a los protestantes como signo de “hospitalidad”, termine convirtiéndose en un nuevo obstáculo para el ecumenismo con los más próximos a Roma.

viernes, 16 de abril de 2021

Biden repudia los derechos humanos y, en cambio, sublima los derechos sexuales

WASHINGTON D.C., 16 de abril (C-Fam) El secretario de Estado de los Estados Unidos, Anthony Blinken, realizó dos movimientos recientes que despertarán las alarmas entre los defensores de la vida y otros conservadores.

Primero, "repudió" el trabajo de la Comisión de Derechos Unalienables de los Estados Unidos, fundada por el exsecretario de Estado Mike Pompeo y presidida por la profesora de Harvard Mary Ann Glendon.

Al mismo tiempo, Blinken prometió elevar los “derechos sexuales y reproductivos” en el informe anual de derechos humanos emitido por el Departamento de Estado. Esto también es una revocación de la administración Trump que eliminó el aborto del informe anual porque el aborto no está reconocido como un derecho humano.

Las medidas recibieron elogios de los grupos de abortos y críticas de los conservadores.

"Los derechos de las mujeres, incluidos los derechos sexuales y reproductivos, son derechos humanos", dijo Blinken, como para cerrar cualquier debate sobre la legitimidad del aborto y las cuestiones LGBT.

El nuevo enfoque de la administración Biden en “derechos sexuales y reproductivos” —un término utilizado por la industria global del aborto y el lobby LGBT internacionalmente— promete tener un alcance más amplio que el enfoque de los “derechos reproductivos” bajo la administración Obama.

Tradicionalmente, se entendía que los derechos reproductivos se referían a la prevención de la coacción en la planificación familiar y el acceso a la salud maternoinfantil. El nuevo énfasis en los “derechos sexuales” señala la intención de la administración Biden de elevar las controvertidas políticas sociales, incluido el aborto, los temas LGBT y la autonomía sexual de los niños como derechos humanos. Y es coherente con las posiciones adoptadas por la administración Biden en las Naciones Unidas junto con la Unión Europea.

Blinken prometió agregar un enfoque en estos temas en los próximos años y publicar un apéndice sobre derechos sexuales y reproductivos al informe de derechos humanos de 2020 a finales de este año.

Blinken reprendió a la administración Trump por tratar de priorizar los derechos civiles y políticos inalienables que están en línea con la Constitución de Estados Unidos sobre los derechos sociales y económicos, diciendo que no hay una "jerarquía" de derechos humanos.

"Todas las personas tienen estos derechos, sin importar dónde hayan nacido, qué creen, a quién aman o cualquier otra característica", enfatizó Blinken.

No llamó a la comisión por su nombre propio. Lo despectivamente lo descartó como "un comité asesor del Departamento de Estado recientemente disuelto". Describió el trabajo de la comisión como "desequilibrado". Y restó importancia al trabajo de la comisión como meras "declaraciones" sin hacer referencia al informe histórico de la comisión.

El brazo de cabildeo de la industria global del aborto en Washington D.C., un grupo llamado CHANGE, elogió los comentarios de Blinken y lanzó una campaña en las redes sociales para apoyarlo.

En el Consejo de Relaciones Exteriores, el exasesor de Bush y Trump en la Casa Blanca, Elliot Abrams, calificó las caracterizaciones de Blinken de la Comisión de Derechos Inalienables de Estados Unidos como "injustas" e "indignas del Departamento de Estado y del Secretario". Acusó a Blinken de ceder a la presión política y cuestionó si Blinken incluso había leído el informe de la comisión.

Los miembros de la comisión “disuelta” defendieron su trabajo. Peter Berkowitz de RealClear Politics y Russell A. Berman de National Interest acusaron a Blinken de politizar los derechos humanos.

jueves, 8 de abril de 2021

Lo primero en el amor: conocimiento y trato personal




 

 Por Fernando Hurtado


 Se puede decir que entre el alma y el cuerpo se puede alcanzar tal sincronía, que todo nuestro ser, no sólo el cuerpo, también el alma, se hacen visibles corporalmente.

 

Esa captación no se consigue sólo por medio de la vista, aunque la vista del hombre, al participar de la racionalidad, alcanza al espíritu. También los demás sentidos, en un mayor o menor grado, aportan datos a este conocimiento.

 

Con el sentido de la vista y el entendimiento se inicia la relación entre las personas. Lo conceptual, las ideas, pensamientos y sentimientos, se intercambian mediante la palabra, que a su vez utiliza sonidos.  El oído -también participante de la racionalidad- detecta con facilidad, pese a los engaños a que puede estar sometido, la amabilidad, la sencillez, el valor moral de la persona, estados anímicos, etc.  

 

La amabilidad designa un estado o característica fundamental de la persona: ¿se puede o no se puede amar?, ¿es fácil o difícil amarla? Componente del alma, se manifiesta tantas veces en el cuerpo. Las personas somos más o menos amables, sujetos y objetos del querer, por las características de nuestra personalidad. Este adjetivo verbal, amable, indica lo más grande que hay en cada persona:  el amor que hay en ella, y que puede compartir con otro.

 

Ciertamente no hay que confundir la fuerza del término amable en sí mismo, con el que se le da a quien trata delicadamente a un cliente, o a una persona que le es presentada. Sólo es una imitación exigida por la educación, o por el marketing.

 

Los cambios de sentido en la terminología, por no recurrir a las palabras precisas, o inventar palabras nuevas, han hecho y siguen gastando malas pasadas y pueden a veces oscurecer el significado de las mejores inclinaciones naturales en nosotros. Nada más lejos de la caridad, y del amor, que su consideración como obligación y precepto; o como un signo de educación o de cortesía o de respeto: ¡no! 

 

 La caridad, o amor a secas, es la inclinación más pronta para surgir entre personas, fruto de la valoración interior. Las personas inclinan al amor. Y entre ellas, una lo hará de tal modo, que será el descubrimiento mas valioso de cada vida. Hay pocas ocasiones para advertirlo

 

El descubrimiento producirá tanto gozo, que llevará a alcanzar felicidad. Hasta tal punto es grande la admiración que se siente por la otra persona, que se descubre el verdadero sentido de nuestra existencia personal. Se puede decir, podrá decir entonces, una persona a la otra: -Tú eres quien da sentido a mi existencia; hasta el punto, que mi existencia no la concibo sin la tuya. Eres la razón de mi vivir[1].

 

Las personas nos damos unas a otras la razón del vivir, de la existencia. Lo que descubrimos al amar, según el gran filósofo alemán Joseph Pieper, es nada más y nada menos que el sentido que Dios le dio a nuestra vida en el momento de crearnos[2]. El amor sería un reflejo de lo que Dios experimenta al crear a una persona. Es la alegría de Dios creador. 

 

Llamamos AMOR a esa casi inexplicable conexión espiritual humana entre dos personas. Puede que sea, como he escrito en el párrafo anterior, el mismo amor divino en nosotros, de modo natural. Este es el amor que Dios ha querido que no falte en el mundo, y se da entre el hombre y la mujer concretos. Así, alcanza la persona la plenitud humana de su existencia[3]. No lo hace porque sea guapísima o millonario, o un genio. Además, entonces se hace capaz también de entender el Amor Divino. Se entienden en esta perspectiva aquellas palabras enigmáticas del evangelista San Juan en una de sus cartas: todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor[4]. Quien no ama en la tierra, no siente la necesidad de aspirar a amar a Dios.

 

El amor es particular, algo único que irrumpe y se descubre y se conoce sólo cuando se da, o cuando nos sentimos amados, cuando se experimenta. No sabemos qué es porque se escuche un relato sobre él. Hasta que no aparece la persona amada, sólo se conoce la tendencia a amar, que no es una cualquiera, sino concreta. De aquí la importancia de no frivolizar en este campo, porque podríamos no reconocer al amor. 

 

El cuerpo podría –aunque su misión es ayudar- distraer; tanto, que tiene capacidad para hacer imposible o muy difícil ese encuentro. Quizá sea el drama de los últimos años: tomar la persona por su cuerpo. No debe suceder nunca, porque ese error comporta vivir una vida distinta. Hay señales de que un tanto por ciento de hombres y de mujeres no van a encontrar el amor. Habrá que enseñarles a identificarlo, y hacerlo visible en y con nuestra vida.

 

Quién ama de verdad, sabe lo que es el amor, y lo que no es. Podría experimentarse atracción, incluso con actos físicos o caricias que generan intimidad grande con otra persona, pero no hay que engañarse, no es amor lo que se experimenta, sino placer.

 

¿Qué significa el amor entre varón y mujer? Que el sentido de nuestra vida –está en el amor- no nos lo damos a nosotros mismos; lo recibimos desde fuera de nosotros, nos es entregado de manos de otra persona, por mediación de otra persona.

 

Gertrud Von Le Fort, es considerada como una de las novelistas que mejor explican los sentimientos; es decir, lo que es eminentemente espiritual, lo que no admite descripción en sí mismo. Voy a recoger un texto de una de sus novelas. La protagonista está definitivamente enamorada de un muchacho; y así describe lo que acontece en su interior al experimentar amor. Verdaderamente empezó un periodo radiante sin empañar por ninguna clase de preocupaciones. Era como si el mundo entero se hubiese transformado en un himno de júbilo. El cielo y la tierra, el bosque y el río, los hombres, las cosas, todo parecía tomar parte secreta en nuestro amor y todo parecía ser feliz. Heidelberg nunca había sido tan bonito, tan encantador; el aire mañanero nunca había sido tan azul en el valle del Neckar; nunca había brillado tanto el oro del crepúsculo sobre las montañas lejanas. Y el rojo de las rocas nunca había sido tan reluciente. No, el mundo estaba irreconocible; todo estaba irreconocible. Ni nos reconocíamos a nosotros mismos (...). Y aun cuando estuviéramos con otras personas, parecía surgir un resplandor entre nosotros, que crecía hasta su zénit cuando nos mirábamos[5].

 

Puede parecer una captación sólo poética, romántica e idílica, pero irreal. ¿No será -me pregunto- que el mundo real es así, tiene esa plenitud de belleza, y sólo es posible captarlo bien cuando se ama? ¿No será que nuestra naturaleza sanada, y lo hace el amor, puede curar y mejorar la imperfección de nuestros sentidos, al mismo tiempo espirituales y materiales? 

 

Ciertamente se ha de decir que la naturaleza humana es igual para todos, y que en todos tiene la misma dignidad. Pero también podríamos afirmar que en ella se da una mayor o menor perfección subjetiva y objetiva según el sujeto. La explicación no puede estar en otro sitio sino en la plenitud del amor que se posea. En esa capacidad –no en el entendimiento- hemos sido igualados creacionalmente, pero el alcanzar un mayor o menor amor dependerá de nosotros, de cada uno de nosotros, y ahí estriba precisamente la mejor perfección.

 

Con el amor –no sucede así con la razón- se obra siempre el bien. El entendimiento puede emplearse mal y para el mal. Pero no así el amor. El mayor mal para el mundo serán siempre los hombres que reúnan al mismo tiempo el don de la inteligencia y la malicia o maldad. 

 

Con amor, en cambio, la vida está ya plenamente realizada, porque el amor no puede hacer el mal; amor y mal son incompatibles. El amor hace a la persona buena, muy buena; la personas que aman, son la gente valiosa que necesita el mundo. Si ama a sus padres, si ama a sus hijos, si ama a esa chica, o a ese chico, a su esposa; si ama, el entendimiento funciona bien; los sentimientos están bien modulados; y las personas alcanzan lo que llamamos tantas veces la realización personal. 

 

Las personas con amor son la luz del mundo[6]. El amor, como es bueno y es espiritual, además de inagotable es necesariamente difusivo. Si yo tengo muchos bienes materiales, en la medida en que los entrego me quedo sin ellos; es la condición perentoria de lo material. No sucede así con lo espiritual. Cuando amo a una persona, mi amor aumenta. No me impide que ame a los demás, al contrario, lo hace más posible. La persona enamorada valora mejor a las demás personas y al mundo. 

 

Además, jamás piensa que su amor ha llegado a un límite –esa sería precisamente una señal de alarma de desamor-, sino que es característico suyo encontrarse siempre en déficit. Trata a la persona amada con tal delicadeza, que continuamente advierte pequeños desamores propios, que le duelen y que repara. Sin amor, las personas no calibran detalles, y esa es señal de no estar del todo enamorado.

 

Recuerdo el razonamiento que me hizo hace años un amigo, filósofo vocacional, aunque en su juventud cursó, y brillantemente, una carrera de ingeniería. Un día me comunicó “un gran descubrimiento”, que había entrevisto escuchando una canción del entonces famoso grupo musical español Mocedades. 

 

-He tenido una luz clarísima; bueno, la luz está en una canción.

  

Y me describió la letra, que habla de un hombre que pasea por su ciudad, por calles que resultan anodinas hasta que … 

 

-La vi, y toda la ciudad se iluminó…[7]

 

Luego me explicaba. Ciertamente, el encuentro con la persona amada, su simple visión y cercanía, no había producido ningún efecto en la ciudad; pero sí lo había cambiado a él, hasta el punto de que tenía una percepción mejor hasta de la ciudad, porque “la ciudad se iluminó dentro de él”. 

 

El hombre fue creado para la felicidad; o, lo que es lo mismo, para amar, para el amor. Ciertamente se puede afirmar que todos deberíamos poseer desarrollada esa capacidad, hasta alcanzar una calidad de humanidad que nos lleve a la relación verdadera con las personas, y con esa persona singular a la que se entrega nuestra existencia, y se recibe la suya. 

 

Esa es la única puerta de salida de la soledad originaria, de la soledad que Adán experimentó en el Paraíso, teniéndolo todo, y que sólo pudo recibir de la mujer, del sujeto del que podía enamorarse. Con ella, la humanidad quedaba completada. 

 

Por eso, cualquier persona –salvo a las que Dios explícitamente quiera por otro camino- sólo completa su personalidad, generalmente, con el amor a un sujeto de distinto sexo. También con el amor verdadero a Dios y a los demás. Pero amor, no respeto, ni simpatía, ni limosna, etc.

 

 



[1] En “Stardust”, una fábula representada en el cine por un elenco de primeros actores, encontré otro buen modo de expresar el amor, su grandeza, y los cambios en la personalidad que produce. “Habla una estrella -Claire Danes- convertida en chica a un chico convertido en ratón”.

https://www.youtube.com/watch?v=u5Px2sYE40w

[2] Josef Pieper, en su obra Virtudes fundamentales, estudia en profundidad el amor.  Llega a poner en quien lo experimenta, esta frase dirigida a la persona amada que es como un reflejo de la alegría divina por la creación del hombre: ¡Qué bueno que existas! ¡qué maravilla que estés aquí! (o.c. p.446)

[3] El amor con su ternura y la felicidad que produce triunfarán siempre, Dios quiera que en la vida de cada ser humano, hecho precisamente para amar.

https://www.youtube.com/watch?v=Fr8KtrQljYk

 

[4] I Juan. 4,7-8

[5] Gertrud Von Le Fort, La corona de los ángeles, Ed. Destino 1962,  p.72

[6] S. Mateo, 5, 14. Ese término empleó Jesucristo, dirigido a sus apóstoles, y a todos los cristianos que vendrían a lo largo de los siglos.

[7] Mocedades,  letra de la canción Por las calles de Madrid.

viernes, 19 de marzo de 2021

La Encíclica "El Evangelio de la vida", de San Juan Pablo II, sobre la eutanasia



« Yo doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39): el drama de la eutanasia

64. En el otro extremo de la existencia, el hombre se encuentra ante el misterio de la muerte. Hoy, debido a los progresos de la medicina y en un contexto cultural con frecuencia cerrado a la trascendencia, la experiencia de la muerte se presenta con algunas características nuevas. En efecto, cuando prevalece la tendencia a apreciar la vida sólo en la medida en que da placer y bienestar, el sufrimiento aparece como una amenaza insoportable, de la que es preciso librarse a toda costa. La muerte, considerada « absurda » cuando interrumpe por sorpresa una vida todavía abierta a un futuro rico de posibles experiencias interesantes, se convierte por el contrario en una « liberación reivindicada » cuando se considera que la existencia carece ya de sentido por estar sumergida en el dolor e inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior más agudo.

Además, el hombre, rechazando u olvidando su relación fundamental con Dios, cree ser criterio y norma de sí mismo y piensa tener el derecho de pedir incluso a la sociedad que le garantice posibilidades y modos de decidir sobre la propia vida en plena y total autonomía. Es particularmente el hombre que vive en países desarrollados quien se comporta así: se siente también movido a ello por los continuos progresos de la medicina y por sus técnicas cada vez más avanzadas. Mediante sistemas y aparatos extremadamente sofisticados, la ciencia y la práctica médica son hoy capaces no sólo de resolver casos antes sin solución y de mitigar o eliminar el dolor, sino también de sostener y prolongar la vida incluso en situaciones de extrema debilidad, de reanimar artificialmente a personas que perdieron de modo repentino sus funciones biológicas elementales, de intervenir para disponer de órganos para trasplantes.

En semejante contexto es cada vez más fuerte la tentación de la eutanasia, esto es, adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y poniendo así fin « dulcemente » a la propia vida o a la de otros. En realidad, lo que podría parecer lógico y humano, al considerarlo en profundidad se presenta absurdo e inhumano. Estamos aquí ante uno de los síntomas más alarmantes de la « cultura de la muerte », que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar, caracterizadas por una mentalidad eficientista que presenta el creciente número de personas ancianas y debilitadas como algo demasiado gravoso e insoportable. Muy a menudo, éstas se ven aisladas por la familia y la sociedad, organizadas casi exclusivamente sobre la base de criterios de eficiencia productiva, según los cuales una vida irremediablemente inhábil no tiene ya valor alguno.

65. Para un correcto juicio moral sobre la eutanasia, es necesario ante todo definirla con claridad. Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. « La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados ».76

De ella debe distinguirse la decisión de renunciar al llamado « ensañamiento terapéutico », o sea, ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para él o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en conciencia « renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares ».77 Ciertamente existe la obligación moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligación se debe valorar según las situaciones concretas; es decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante al muerte. 78

En la medicina moderna van teniendo auge los llamados « cuidados paliativos », destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfermedad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano adecuado. En este contexto aparece, entre otros, el problema de la licitud del recurso a los diversos tipos de analgésicos y sedantes para aliviar el dolor del enfermo, cuando esto comporta el riesgo de acortarle la vida. En efecto, si puede ser digno de elogio quien acepta voluntariamente sufrir renunciando a tratamientos contra el dolor para conservar la plena lucidez y participar, si es creyente, de manera consciente en la pasión del Señor, tal comportamiento « heroico » no debe considerarse obligatorio para todos. Ya Pío XII afirmó que es lícito suprimir el dolor por medio de narcóticos, a pesar de tener como consecuencia limitar la conciencia y abreviar la vida, « si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales ».79 En efecto, en este caso no se quiere ni se busca la muerte, aunque por motivos razonables se corra ese riesgo. Simplemente se pretende mitigar el dolor de manera eficaz, recurriendo a los analgésicos puestos a disposición por la medicina. Sin embargo, « no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo »: 80acercándose a la muerte, los hombres deben estar en condiciones de poder cumplir sus obligaciones morales y familiares y, sobre todo, deben poderse preparar con plena conciencia al encuentro definitivo con Dios.

Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores 81 y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. 82

Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio.

66. Ahora bien, el suicidio es siempre moralmente inaceptable, al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como decisión gravemente mala. 83 Aunque determinados condicionamientos psicológicos, culturales y sociales puedan llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente la inclinación innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad subjetiva, el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general. 84 En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte, proclamada así en la oración del antiguo sabio de Israel: « Tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y de allí subir » (Sb 16, 13; cf. Tb 13, 2).

Compartir la intención suicida de otro y ayudarle a realizarla mediante el llamado « suicidio asistido » significa hacerse colaborador, y algunas veces autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificación, ni siquiera cuando es solicitada. « No es lícito —escribe con sorprendente actualidad san Agustín— matar a otro, aunque éste lo pida y lo quiera y no pueda ya vivir... para librar, con un golpe, el alma de aquellos dolores, que luchaba con las ligaduras del cuerpo y quería desasirse ».85 La eutanasia, aunque no esté motivada por el rechazo egoísta de hacerse cargo de la existencia del que sufre, debe considerarse como una falsa piedad, más aún, como una preocupante « perversión » de la misma. En efecto, la verdadera « compasión » hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes —como los familiares— deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos —como los médicos—, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas.

La opción de la eutanasia es más grave cuando se configura como un homicidio que otros practican en una persona que no la pidió de ningún modo y que nunca dio su consentimiento. Se llega además al colmo del arbitrio y de la injusticia cuando algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder de decidir sobre quién debe vivir o morir. Así, se presenta de nuevo la tentación del Edén: ser como Dios « conocedores del bien y del mal » (Gn 3, 5). Sin embargo, sólo Dios tiene el poder sobre el morir y el vivir: « Yo doy la muerte y doy la vida » (Dt 32, 39; cf. 2 R 5, 7; 1 S 2, 6). El ejerce su poder siempre y sólo según su designio de sabiduría y de amor. Cuando el hombre usurpa este poder, dominado por una lógica de necedad y de egoísmo, lo usa fatalmente para la injusticia y la muerte. De este modo, la vida del más débil queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la justicia en la sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca, fundamento de toda relación auténtica entre las personas.

67. Bien diverso es, en cambio, el camino del amor y de la verdadera piedad, al que nos obliga nuestra común condición humana y que la fe en Cristo Redentor, muerto y resucitado, ilumina con nuevo sentido. El deseo que brota del corazón del hombre ante el supremo encuentro con el sufrimiento y la muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en la desesperación y casi de abatirse en ella, es sobre todo aspiración de compañía, de solidaridad y de apoyo en la prueba. Es petición de ayuda para seguir esperando, cuando todas las esperanzas humanas se desvanecen. Como recuerda el Concilio Vaticano II, « ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su culmen » para el hombre; y sin embargo « juzga certeramente por instinto de su corazón cuando aborrece y rechaza la ruina total y la desaparición definitiva de su persona. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se rebela contra la muerte ».86

Esta repugnancia natural a la muerte es iluminada por la fe cristiana y este germen de esperanza en la inmortalidad alcanza su realización por la misma fe, que promete y ofrece la participación en la victoria de Cristo Resucitado: es la victoria de Aquél que, mediante su muerte redentora, ha liberado al hombre de la muerte, « salario del pecado » (Rm 6, 23), y le ha dado el Espíritu, prenda de resurrección y de vida (cf. Rm 8, 11). La certeza de la inmortalidad futura y la esperanza en la resurrección prometida proyectan una nueva luz sobre el misterio del sufrimiento y de la muerte, e infunden en el creyente una fuerza extraordinaria para abandonarse al plan de Dios.

El apóstol Pablo expresó esta novedad como una pertenencia total al Señor que abarca cualquier condición humana: « Ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos » (Rm 14, 7-8). Morir para el Señor significa vivir la propia muerte como acto supremo de obediencia al Padre (cf. Flp 2, 8), aceptando encontrarla en la « hora » querida y escogida por El (cf. Jn 13, 1), que es el único que puede decir cuándo el camino terreno se ha concluido. Vivir para el Señor significa también reconocer que el sufrimiento, aun siendo en sí mismo un mal y una prueba, puede siempre llegar a ser fuente de bien. Llega a serlo si se vive con amor y por amor, participando, por don gratuito de Dios y por libre decisión personal, en el sufrimiento mismo de Cristo crucificado. De este modo, quien vive su sufrimiento en el Señor se configura más plenamente a El (cf. Flp 3, 10; 1 P 2, 21) y se asocia más íntimamente a su obra redentora en favor de la Iglesia y de la humanidad. 87 Esta es la experiencia del Apóstol, que toda persona que sufre está también llamada a revivir: « Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia » (Col 1, 24).

Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...