Páginas vistas

martes, 28 de abril de 2020

¡Roma: qué bella eres!

El trabajo de cuidar al mundo

La República, 28.04.2020
El día del trabajo, este año, invita a considerar diversas realidades y aspectos, que la crisis del coronavirus ha puesto más de relieve: que en el mundo hay tantísimas personas buenas; que el progreso ha de ir unido a un dominio de la naturaleza que sea a la vez respeto; que dependemos unos de otros; que somos vulnerables y que una sociedad, para ser humana, necesita ser solidaria.
En la respuesta a la pandemia, resaltan sobre todo las profesiones relativas al cuidado de las personas. Palabras relacionadas con “cuidar” ocupan los titulares: acompañar, llorar, proteger, escuchar… Esta situación nos hace pensar sobre el “para qué” y el “hasta dónde” de cualquier trabajo. De alguna manera, comprendemos mejor que el servicio es el alma de la sociedad, lo que da sentido al trabajo.
El trabajo es más que una necesidad o un producto. El libro de la Sagrada Escritura que relata los orígenes de la humanidad señala que Dios creó al hombre “para que trabajara” y cuidara del mundo (Génesis 2,15). El trabajo no es un castigo, sino la situación natural del ser humano en el universo. Al trabajar, establecemos una relación con Dios y con los demás, y cada uno puede desarrollarse mejor como persona.
La reacción ejemplar de tantas y tantos profesionales, creyentes o no, ante la pandemia, ha manifestado esta dimensión de servicio y ayuda a pensar que el destinatario último de cualquier tarea o profesión es alguien con nombre y apellido, alguien con una dignidad irrenunciable. Todo trabajo noble es reconducible, en última instancia, a la tarea de “cuidar personas”.
Cuando procuramos trabajar bien y en apertura al prójimo, nuestro trabajo, cualquier trabajo, adquiere un sentido completamente nuevo y puede hacerse camino de encuentro con Dios. Hace mucho bien integrar en el trabajo, aún el más rutinario, la perspectiva de la persona, que es la del servicio, que va más allá de lo debido por la retribución percibida.
Como ya en los primeros tiempos del cristianismo, se advierte también ahora con fuerza el potencial de cada laico que intenta ser testigo del Evangelio, codo con codo con sus colegas, compartiendo pasión profesional, compromiso y humanidad en medio del sufrimiento presente provocado por la pandemia y la incertidumbre futura.
Todo cristiano es “Iglesia” y, a pesar de las propias limitaciones, en unión con Jesucristo puede llevar el amor de Dios “al torrente circulatorio de la sociedad”, en una imagen que usaba san Josemaría Escrivá, que predicó el mensaje de la santidad a través del trabajo profesional. También con nuestro trabajo y nuestro servicio podemos hacer presente el cuidado de Dios hacia cada persona.
La celebración del 1 de mayo es hoy también preocupación por el futuro, por la inseguridad laboral a corto o medio plazo. Los católicos acudimos con especial fuerza a la intercesión de san José Obrero, para que nadie pierda la esperanza, que sepamos ajustarnos a la nueva realidad, que ilumine a quienes tienen que tomar decisiones y que nos ayude a comprender que el trabajo es para la persona y no al revés.
En los próximos meses o años, será importante “hacer memoria” de lo vivido, como pedía el Papa Francisco, y recordar que “nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos”.
Ojalá este 1 de mayo nos lleve a desear que la libertad recuperada al término del confinamiento sea verdaderamente una libertad “al servicio de los demás”. El trabajo se hará entonces, como es el designio de Dios desde el principio, cuidado del mundo, en primer lugar, de las personas que lo habitan.

domingo, 26 de abril de 2020

El coronavirus “contagia” también a las libertades

Luis Luque, en Aceprensa, 20 de abril 2010

La imposición de restricciones a los ciudadanos como vía para frenar la expansión del coronavirus ha sido materia frecuente en la mesa de quienes toman decisiones en las sociedades democráticas. La emergencia las justifica, si bien despiertan recelos de que se perpetúen. 
En los países no democráticos, la adopción de medidas de ese tipo no suscita mayor polémica. Una democracia a medias, Singapur, donde una única fuerza política –el Partido de Acción Popular– rige los destinos del país desde la independencia en 1965, ha aplicado medidas tan extrañas a los derechos individuales como publicar los detalles de ciudadanos infectados por coronavirus, incluidas sus relaciones con otras personas.
“El caso 219 es un varón de 30 años; trabaja en la estación de bomberos Sengkang, está aislado en una habitación del hospital de Sengkang y es familiar del caso 236”, dice una entrada en la web del Ministerio de Salud, citada por el New York Times.
Asimismo, la ciudad-estado ha “puesto a disposición” de sus ciudadanos una app de rastreo: TraceTogether. Con ella en el móvil, una persona infectada tiene que declararse como tal. En caso de haber estado en la proximidad de otras durante 30 minutos, el Ministerio le envía telemáticamente la orden de volcar el historial en los rastreadores de contacto, que se encargan de enviar aviso al resto del grupo. Quien no entregue estos datos al Ministerio se arriesga a ser procesado.
En Singapur, las autoridades publican los detalles de personas infectadas por coronavirus, incluidas sus relaciones con otros individuos
También la mayor dictadura del mundo, China, tiene mecanismos de control parecidos. El gobierno ha ordenado a los ciudadanos que descarguen en sus móviles un software que identifica a cada persona con un código de color, según su riesgo de contagio por Covid-19. Por ese medio, las autoridades comunican a los ciudadanos si pueden circular libremente o tienen que guardar cuarentena por siete o catorce días. Y ello, sin que los afectados conozcan cómo el programa hace las distinciones.
“¿Andas sin teléfono? Multa”
Pero a los dirigentes de las democracias también puede entusiasmarles la posibilidad de ahondar en el control por vía digital. En la región italiana de Lombardía, las autoridades utilizan los datos de la telefonía móvil para observar cómo se respetan las cuarentenas y las distancias que se recorren cada día. De hecho, un funcionario a cargo revela al diario neoyorquino que un 40% de la población se mueve “demasiado”.
En Israel, entretanto, el Shin Bet –la agencia de seguridad interna– recibió el encargo gubernamental de rastrear y acceder a los móviles de las personas infectadas, mediante un software concebido originalmente para seguir a presuntos terroristas. Al principio, la Corte Suprema puso pegas, pero finalmente la medida se mantuvo. Aquellos que desafíen la orden de aislamiento y sean detectados, pueden ir a la cárcel por hasta seis meses.
En Corea del Sur, varias agencias del gobierno están utilizando la huella digital del móvil y la de las compras con tarjeta para seguir los movimientos de los pacientes con coronavirus y rastrear la cadena de contagios, mientras que en Taiwán se monitorea por el teléfono a aquellos que deben guardar cuarentena. A tal efecto, se ha impuesto la rara obligación de tener que andar siempre con ese dispositivo encima. A quien “cacen” en la calle sin su teléfono, le espera una buena multa.
¿Puede ayudar el rastreo tecnológico a pararle los pies al virus? Para algunos, la utilidad es muy limitada. Albert Fox-Cahn, director ejecutivo del Surveillance Technology Oversight Project, en Nueva York, dice a Aceprensa que “en la mayoría de los casos, no hay evidencia de que esto ayude a contener el Covid-19. Ninguna de las tecnologías de seguimiento que se han utilizado o que se están considerando adoptar puede rastrear eficazmente el progreso de la enfermedad, sin haberse aplicado previamente tests fiables a todos los individuos identificados por las herramientas de localización”.
“La suposición de que todos los individuos posean suficientes habilidades digitales o tengan pleno acceso a herramientas digitales, también puede conducir a discriminar a grupos vulnerables, por ejemplo, a personas sin un teléfono inteligente, a otras con discapacidades mentales o físicas, a ancianos, etc.”, nos comenta Francesca Fanucci, asesora legal del European Center For Not-For-Profit Law.
“En la mayoría de los casos –añade–, tampoco está claro cómo se recopilarán y procesarán los datos, cómo y dónde se almacenarán, durante cuánto tiempo, quién tendrá acceso a estos datos y con qué propósito, ahora o en el futuro”.
Ahora bien, en su celo por atajar la pandemia, las autoridades de varios países democráticos no han circunscrito sus decisiones únicamente al campo de las tecnologías. Los propios israelíes, por ejemplo, han visto que la crisis ha servido para que el primer ministro Benjamin Netanyahu decrete el cierre de todos los tribunales… incluido el que debe juzgarlo a él por acusaciones de corrupción.
Por su parte, los británicos, que tienen incrustada en su memoria melódica la certeza de que Britons never, never, never shall be slaves!, asisten a la realidad de que las fuerzas del orden, bajo la nueva ley de emergencia nacional, pueden multar a discreción si ven reunidas a dos personas en la calle, y que policías y oficiales de Inmigración pueden detener a alguien por estar infectado o por sospechas de estarlo, y recluirlo por un tiempo. “Es como un Estado policial”, se ha quejado Jonathan Sumption, exjuez del Tribunal Supremo.
“Ninguna de las tecnologías de seguimiento puede rastrear eficazmente el progreso de la enfermedad”
Peor, sin embargo, parece irles a los húngaros, cuyo primer ministro, Víktor Orbán, ha aprovechado el contexto y hecho aprobar, gracias a su mayoría parlamentaria, una ley que le permite gobernar por decreto sin límite temporal.
De temporales a ilimitadas
Ciertas experiencias sobre los poderes extraordinarios que asumen los gobiernos invitan a ser cautos respecto a la “temporalidad” de esas facultades. Fox-Cahn confiesa no tener ninguna razón para creer que las agencias gubernamentales, ansiosas por ampliar sus poderes en respuesta al coronavirus, estén dispuestas a dejarlos caducar una vez que se erradique la epidemia.
“Esto es básicamente cierto porque la amenaza del Covid-19 no desaparecerá sin más. Probablemente enfrentemos algún grado de riesgo en los próximos años. No podemos creer que los gobiernos hagan retroceder estas redes de vigilancia invasivas, simplemente porque digan que lo harán”.
El ejemplo, en su propio país: “Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 –señala–, EE.UU. puso en vigor la PATRIOT Act, que otorgó al gobierno amplios poderes de emergencia. Pero en vez de dejar que estos expiraran en 2005, fueron renovados, y vueltos a renovar, y ahora mismo pueden renovarse hasta 2024”.
“Lo que es aun peor –agrega Francesca Fanucci– es que la mayoría de las veces este cambio de poderes al Ejecutivo se aprueba con poca consulta de expertos, y mucho menos de la sociedad civil, y se está implementando sin supervisión independiente o revisión periódica de la asamblea parlamentaria”.
Lo que se implanta, cuesta arrancarlo. Un editorial de Le Monde lo ilustraba con el caso francés: “Una vez que se ha aplicado la restricción, es raro que el legislador vuelva a los textos más liberales. Adoptada al comienzo de la guerra de Argelia, la ley de 1955 sobre el estado de emergencia fue actualizada y adaptada, nunca derogada. Las disposiciones adoptadas en 2015 para hacer frente al terrorismo se han incorporado al derecho común”.
“El estado de emergencia sanitaria –añade el diario– es una primicia en nuestras democracias. Pero la amenaza de una nueva pandemia permanecerá grabada en la mente de la gente. Por lo tanto, la tentación será grande para los gobiernos de convertir lo provisional en definitivo”.
Por su parte, Jordi Nieva, catedrático de Derecho Procesal en la Universidad de Barcelona, lamenta la facilidad con que las autoridades implementan, en estos días, medidas restrictivas de los derechos fundamentales, así como la aquiescente actitud de los ciudadanos –algunos incluso muestran una activa complicidad como delatores de sus semejantes– ante todo ello.
“Muchos de los que ocupan cargos públicos –señala en un artículo en la Revista Catalana de Dret Públic–, sufren una tradicional e incomprensible amnesia a futuro, es decir, son incapaces de entender que no siempre estarán al mando, y que tras ellos, con completa seguridad, vendrán otros que aprovecharán lo que hicieron los anteriores, quién sabe con qué finalidades. Y que entonces, siendo ya de nuevo ciudadanos corrientes, no podrán hacer nada para impedirlo, sino simplemente sufrirlo como los demás”.

Google quiere ayudar, pero con datos anónimos

Para acopiar datos que puedan ayudar a vencer al virus, los gobiernos de más de 130 países pueden contar con el apoyo de gigantes tecnológicos. Google anunció recientemente que ayudaría a las autoridades de salud con el rastreo de los movimientos poblacionales, para lo que pondría a su disposición sus amplios registros.
También están las aplicaciones que utilizan el protocolo de Google, las cuales detectan la proximidad a otros móviles mediante Bluetooth.
Así lo ilustra el Wall Street Journal: una mujer se sienta cerca de un hombre en un banco del parque. Sus teléfonos emiten números de identificación anónimos y cada uno registra el número emitido por el otro. Si el hombre marca en la aplicación haber dado positivo al Covid-19, las claves de ese resultado suben a un servidor. La aplicación en el teléfono de la mujer detecta las claves de las personas en derredor que han dado positivo, y encuentra una coincidencia. Entonces, y sin que se le informe la identidad del infectado, le aparece en pantalla una guía sobre lo que debe hacer a continuación, como autoaislarse, notificar a los funcionarios de salud y hacerse el test.

viernes, 24 de abril de 2020

Policías intentan interrumpir una Misa.

Os pongo un vídeo italiano: dos carabinieri irrumpen en una Misa -¿os suena?- pero el cura no se deja intimidar.  
Cuando el alcalde se entera (Sgarbi, un personaje muy conocido en Italia), reacciona como se verá. 
Ese alcalde, que parece un poco “excesivo” en su reacción, es un gran intelectual, uno de los mejores historiadores del arte de Italia, no creáis que es una especie de "Jesús Gil". Me conforta enormemente ver que queda gente así, alcaldes así, en Europa.

jueves, 23 de abril de 2020

Marcos Mundstock, orador de Les Luthiers, fallecido ayer.




Un pequeño homenaje a su persona y a su buen humor.

1. Todo tiempo pasado fue anterior.

2. El que nace pobre y feo tiene grandes posibilidades de que al crecer se le desarrollen ambas condiciones.

3. El ego es ese pequeño argentino que todos llevamos dentro.

4. Si no puedes convencerlos, confúndelos.

5. Evite accidentes. Hágalo a propósito.

6. Lo importante es el dinero, la salud va y viene.

7. Errar es humano, pero echarle la culpa a otro es más humano todavía.

8. No soy un completo inútil. Por lo menos sirvo de mal ejemplo.

9. Tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria.

10. Todo es relativo. El tiempo que dura un minuto depende del lado de la puerta del baño en que te encuentres.

11. El que es capaz de sonreír cuando todo le está saliendo mal es porque ya tiene pensado a quién echarle la culpa.

12. Toda cuestión tiene dos puntos de vista: el equivocado y el nuestro.

13. La verdad no es lo que importa, sino tener razón.

14. La pereza es la madre de todos los vicios, y como madre hay que respetarla.

lunes, 20 de abril de 2020

Los problemas éticos de la pandemia


Jürgen Habermas (CC Wolfram Huke)
En una larga entrevista concedida a Le Monde, el filósofo alemán Jürgen Habermas sostiene que la crisis del coronavirus nos ha situado ante graves desafíos éticos: el triaje en los hospitales desbordados y la decisión sobre cuándo levantar el confinamiento. En los dos casos, existe el peligro de responder a ellos con decisiones contrarias a la dignidad humana.
Por un lado, explica, ante la saturación de los servicios de salud, especialmente de las unidades de cuidados intensivos, los médicos pueden verse obligados a decidir a qué enfermos dar preferencia cuando no es posible atender a todos como se debería. Se pueden colar así, en los protocolos de clasificación, motivaciones utilitaristas, y los profesionales sentirse arrastrados a “comparar el valor de una vida humana con el valor de otra”, dando preferencia, por ejemplo, a los de menor edad frente a los mayores.
A juicio de Habermas, se debe evitar, en una situación tan grave como la que estamos viviendo, que sean las razones económicas las que determinen las decisiones sobre la salud de las personas. De otro modo, se conculcaría el deber de tratar igual a todos, con independencia del estatus, el origen y “la edad”, apunta el filósofo alemán. La ética exige que, en estas circunstancias trágicas, el médico tome sus decisiones “exclusivamente a tenor de indicios clínicos que permitan pensar que el tratamiento en cuestión tiene gran probabilidad de éxito”.
Cuándo terminar con el aislamiento social
Junto al triaje, la pandemia plantea otra cuestión que afecta especialmente a la dignidad humana: cuándo se debe poner fin al confinamiento. En este caso, son las autoridades las que deben resistirse a la “tentación utilitarista” al sopesar, “por un lado, los daños sociales y económicos y, por otro, las muertes que se pueden evitar”. Los políticos, dice Habermas, no deben levantar apresuradamente el aislamiento para aliviar la consiguiente crisis económica, si eso pone en peligro la vida de los ciudadanos. Pues los derechos fundamentales “prohíben que las autoridades públicas tomen decisiones que supongan la muerte de personas”.
De hecho, proteger a las personas es lo único que puede justificar la restricción de las libertades en una situación excepcional como la pandemia del coronavirus, que amenaza la vida y la integridad física de los habitantes del país.
Por otro lado, desde un punto de vista filosófico, Habermas cree que la crisis del Covid-19 ha servido para que la opinión pública tome conciencia de los límites del saber de los expertos, que en circunstancias como las actuales no pueden indicar con seguridad qué se ha de hacer. “El escenario en que se desarrolla una acción política sumida en la incertidumbre pocas veces se ha puesto de manifiesto de una manera tan clara”.
Habermas, que ha firmado con otras personalidades (Joschka Fischer, Volker Schlöndorff, Daniel Cohn-Bendit, Margarethe von Trotta…) un manifiesto en el que piden a los países del norte de Europa solidaridad con los del sur, se muestra partidario de los “coronabonos”, que, en su opinión, ayudarían a asegurar la integridad monetaria. Frente a la política del gobierno alemán, menos sensible a las necesidades de los socios de la UE, cree que, justo en estos momentos, ningún país miembro puede desentenderse de lo que ocurre en otro.

Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...