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domingo, 16 de abril de 2017

¿Para qué casarse? El matrimonio cristiano en el siglo XXI


Escrito por Javier Láinez
Publicado: 10 Abril 2017

El autor propone a los jóvenes adentrarse en el fondo de su conciencia y hacerse preguntas que faciliten llegar a un matrimonio válido, firme y duradero

Hay que entrar en su mundo y evangelizar desde allí. Eso supone horas, sobre todo con otras familias, esposos y novios empeñados en el mismo ideal de vida.

“Antes los curas casábamos a la gente porque era lo más normal del mundo. En menos de dos generaciones nos hemos dado cuenta de que de normal, nada. Ahora el que se casa es un campeón que nada contracorriente”. Esta frase de un párroco veterano en nuestro país es una percepción generalizada.

Recientemente la prensa ha publicado estadísticas que muestran que la caída del número de bodas es abismal. Es cierto que a menudo se han divulgado cifras cocinadas que falsean la realidad, mezclando las bodas con las segundas nupcias y otras circunstancias. Pero a pesar del sesgo con que algunos pretenden ilustrar la pérdida de influencia de la Iglesia en la sociedad, la estadística confirma una realidad que todos −en particular los párrocos− percibimos: mucha gente ha abandonado el sueño de formar un hogar cristiano y dar hijos a la Iglesia, como decían los viejos catecismos.

La desorientación reinante y las tendencias impuestas por el relativismo han empujado a muchas personas a modos alternativos de vida al margen de la familia. Para hacernos una idea general, del conjunto de parejas que conviven “more uxorio” −es decir, como esposos sin serlo− sólo un tercio accede al matrimonio, y de éstos, menos de un tercio lo hace por la Iglesia. Se ha pasado de un 75% de bodas canónicas a principios del año 2000 a poco más del 22% en 2016. Son cifras que no presentan un panorama entusiasta.

Convivir sin casarse

San Juan Pablo II advertía en Novo milenio ineunte (n. 47) “que se está constatando una crisis generalizada y radical de esta institución fundamental. En la visión cristiana del matrimonio, la relación entre un hombre y una mujer −relación recíproca y total, única e indisoluble− responde al proyecto primitivo de Dios, ofuscado en la historia por ‘la dureza de corazón’, pero que Cristo ha venido a restaurar en su esplendor originario, revelando lo que Dios ha querido ‘desde el principio’”.

Ahora se ha puesto de moda hablar de posverdad, es decir, la percepción afectada por las emociones y sentimientos subjetivos de un fenómeno del tipo que sea. Y la batalla cultural que ha provocado la eclosión de las posverdades pretende sustituir toda antropología basada en la ley natural por otra asentada en el consenso social de hechos no pocas veces contrarios a la recta razón. Es −dicen− la victoria de la libertad.

En su libro Cómo el mundo occidental perdió realmente a Dios (Rialp, 2014), Mary Eberstadt señala que “desde el principio, el cristianismo reguló mediante la doctrina y la liturgia los asuntos fundamentales del nacimiento, la muerte y la procreación. Es más, algunos dirán que el cristianismo (al igual que el judaísmo del que bebió) centra su atención en estos asuntos más aún que otras religiones, lo cual nos lleva a la importante cuestión de la obediencia. Cuántas veces se dice que la Iglesia no es otra cosa que un rebaño de pecadores. Pero, ¿son pecadores que no cumplen las normas en las que creen o personas que no se sienten obligadas por esas normas?”

Parece indudable que ha calado en la opinión pública que no hay regla moral que impida la convivencia más o menos libre antes o en lugar de casarse. Las leyes civiles de numerosos países de tradición cristiana han terminado equiparando cualquier tipo de convivencia que tenga como fundamento un vínculo sexual o afectivo.

El matrimonio ha dejado de considerarse una institución de interés social prioritario y, como consecuencia, los parlamentos han derogado las disposiciones que le dotaban de protección jurídica. Apenas tiene ya relevancia jurídica estar o no casado. Es más, estarlo puede ser con frecuencia desfavorable. Se percibe el desinterés de muchas personas, jóvenes o mayores que afrontan unas segundas nupcias, por la fórmula del matrimonio.

En particular, muchos jóvenes católicos se dejan llevar por algún tipo de unión libre que tantas veces se camufla con el eufemismo “vivir juntos”. Y las familias han terminado aceptando que sus hijos se emancipen de este modo, pensando las más de ellas que será un paso previo a la boda y la estabilidad familiar. Pero no siempre es así.

Pastoral del matrimonio y la familia

La primera característica de este tipo de vida en pareja es la ausencia de compromiso. No hay suelo bajo los pies. En el motor interno de la relación todo está preparado para la ruptura que llegará o no, pero que se pretende sea lo menos traumática posible. Además, como el único sustento de la relación es el vínculo afectivo, ambos están expuestos a una frágil cohabitación que dependerá en tantos casos de factores externos a la pareja, lo que les hace muy vulnerables a enamoramientos con terceros o a vaivenes emocionales relacionados con la proyección profesional o el éxito en los negocios. En segundo lugar, no suele haber un proyecto común, un plan personal de vida que implique a la pareja. Es frecuente por tanto que se excluyan los hijos (21 % de los casos).

Desde siempre, pero con una urgencia acentuada en las últimas décadas, la Iglesia ha buscado el modo de salir al paso de esa desertificación tan dañina

Pablo VI, con la encíclica Humanae Vitae y Juan Pablo II con la Familiaris consortio, dieron vida a un entramado de instituciones que han proliferado al servicio de todos los países del mundo, desde los Institutos para la Familia, hasta los Consejos Pastorales de la Familia y los Centros católicos de orientación familiar de universidades, diócesis y parroquias.

En muchos lugares, los obispos han implementado itinerarios y catequesis para que los jóvenes accedan al matrimonio y los casados fortalezcan su vínculo y saneen la vida familiar. Los consejos pastorales establecidos por ejemplo en Italia, han contribuido seguramente a que éste sea uno de los países de la Unión Europea con menor índice de divorcios. Muchas diócesis y parroquias se han empeñado con seriedad y desvelo en preparar a los novios para dar el paso al matrimonio o han invitado a demorarlo cuando se apreciaba la falta de un compromiso real que lo mostrase viable.

Este es el rumbo indicado de nuevo por el Papa Francisco en la Amoris laetitia (2016): “Tanto la preparación próxima como el acompañamiento más prolongado, deben asegurar que los novios no vean el casamiento como el final del camino, sino que asuman el matrimonio como una vocación que los lanza hacia adelante, con la firme y realista decisión de atravesar juntos todas las pruebas y momentos difíciles.

La pastoral prematrimonial y la pastoral matrimonial deben ser ante todo una pastoral del vínculo, donde se aporten elementos que ayuden tanto a madurar el amor como a superar los momentos duros. Estos aportes no son únicamente convicciones doctrinales, ni siquiera pueden reducirse a los preciosos recursos espirituales que siempre ofrece la Iglesia, sino que también deben ser caminos prácticos, consejos bien encarnados, tácticas tomadas de la experiencia, orientaciones psicológicas”.

“Todo esto –añade el Papa–, configura una pedagogía del amor que no puede ignorar la sensibilidad actual de los jóvenes, en orden a movilizarlos interiormente. A su vez, en la preparación de los novios, debe ser posible indicarles lugares y personas, consultorías o familias disponibles, donde puedan acudir en busca de ayuda cuando surjan dificultades. Pero nunca hay que olvidar la propuesta de la Reconciliación sacramental, que permite colocar los pecados y los errores de la vida pasada, y de la misma relación, bajo el influjo del perdón misericordioso de Dios y de su fuerza sanadora” (AL, 211).

Nuevos modos de pensar y de vivir

Amoris laetitia contiene claves preciosas que muchos párrocos están calificando también de proféticas. Ha dado muchísima luz a tantas almas y han roto los prejuicios de quienes miran con sospecha a la Iglesia. El Papa Francisco propone un reto de dimensiones inéditas: entender esta nueva mentalidad y empeñarse en evangelizarla. Es sabido que ya no resulta fácil argumentar con raciocinios, y que ni la exposición de la armonía de la ley natural ni el argumento de autoridad de los Papas o del Magisterio ayuda hoy día a llevar a los novios al altar.

El Santo Padre sugiere un camino que sí que ha demostrado tener un singular índice de acierto: “De nuestra conciencia del peso de las circunstancias atenuantes −psicológicas, históricas e incluso biológicas− se sigue que, ‘sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día’, dando lugar a ‘la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible’. Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, ‘no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino’” (AL, 308).

En las iglesias en las que se celebran muchas bodas o se realizan numerosos cursillos prematrimoniales −como es mi caso− se ha comprobado que el itinerario señalado por el Papa es el correcto. Hay que ayudar a los jóvenes a adentrase en el fondo de su conciencia y hacerse preguntas trascendentales que les faciliten dar los pasos adecuados hasta la meta deseada de llegar al matrimonio válido, firme y duradero

La tarea del buen pastor

Casarse, según confiesan los que lo hacen en la Iglesia, es un impulso que sale del corazón. No es simple tradición, ni el resultado de haber vencido el miedo al compromiso. Es algo que “te pide el cuerpo”, dicen, “porque necesitas estabilidad”. A los que tienen algo de fe (con frecuencia, sólo uno de los dos), esa exigencia interior les devuelve a la Iglesia que en muchos casos abandonaron en la adolescencia. Aquí es donde destaca el papel de quien socorre a los náufragos que regresan a casa. ¿Cómo acoger a tantos que aspiran al matrimonio, pero están desorientados, atrapados por una vida frenética con opciones morales equivocadas y mal preparados para recibir los sacramentos?

La tarea del pastor que sale a buscar no a una oveja perdida sino a noventa y nueve y media que se le han dispersado, requiere en la actualidad la creatividad y el entusiasmo de un artista. Hay que entrar en su mundo −en su extravío− y evangelizar desde allí.

Cuántos novios convivientes han respirado aliviados al apreciar que el sacerdote no sólo no frunce el ceño cuando se descubre que llevan años de “amancebamiento”, sino que les anima a ilusionarse con el paso que va a llenar de plenitud su vida por el sacramento del matrimonio.

Conversión personal

¿Cómo afrontar entonces la conversión previa al sacramento? Un buen porcentaje están dispuestos a confesarse y rehacer su vida. Pero el paso de una vida alejada de las normas morales a un modo de vida cristiano es espinoso. Supone un cambio tan radical que asusta o da pereza.

Es cierto que, desde un punto de vista técnico, la misión del párroco consiste en asegurar la validez del matrimonio que se va a contraer. En cuanto se constata la madurez psicológica, la sinceridad y rectitud de la intención, y la ausencia de dolo o de impedimentos, se tienen las mimbres para tejer el cesto de un pacto conyugal basado en la fidelidad para toda la vida y la apertura a los hijos que Dios pueda mandar.

La experiencia de las últimas décadas confirma que hay que dedicar mucho tiempo a estimular la firmeza de la “vuelta a la fe”, o del despertar de una vida cristiana que ha permanecido hibernada. Lo ideal sería comenzar la catequización en edades tempranas. Pero cuando no se cuenta con tanto tiempo, hay que plantearse una pastoral matrimonial a un medio plazo, en realidad brevísimo. El objetivo es que el proyecto contemple un plano inclinado capaz de situarles en la verdadera dimensión del paso que van a dar.

El anuncio del Evangelio a los que se van a casar es, con frecuencia, una proclamación kerigmática. Al igual que los oyentes de san Pedro en Pentecostés, los novios preguntan “¿qué hemos de hacer?” (Hechos 2, 37). Y como “la decisión de casarse y de crear una familia debe ser fruto de un discernimiento vocacional” (AL, 72), la revelación del plan divino sobre el matrimonio supone horas. Muchas horas de trato. No sólo con el sacerdote sino sobre todo con otras familias, esposos, prometidos y novios empeñados en el mismo ideal de vida. Llegar a crear una familia cristiana, verdadera iglesia doméstica, en un mundo que ha dado la espalda a los planteamientos de lo que se denomina −a veces despectivamente− familia “tradicional”, necesita apoyos.

En muchas diócesis del mundo funcionan muy bien grupos de matrimonios y de jóvenes parejas que dedican tiempo no sólo a la catequesis o a los cursos de orientación familiar, sino también a rezar y a compartir experiencias. De todo ello hay ejemplos muy positivos en Italia o Estados Unidos.

Castidad antes del matrimonio

En el caso de los novios que cohabitan o que mantienen relaciones sexuales con frecuencia sin estar casados, hay que hacerse planteamientos profundos.

Es sencillamente un hecho que para muchos católicos el sexo ha pasado de ser un jardín prohibido a ser una jungla sin más leyes que las del capricho personal. A muchos novios que acuden a los cursillos prematrimoniales les llama la atención el descubrimiento de que la doctrina cristiana no considere lícito el ejercicio de la sexualidad entre solteros. La reflexión aquí consiste en ayudar a los novios a entender que el matrimonio es fundamentalmente comunicación. La única regla por la que se sostiene la comunicación, sea cual sea el ámbito en el que se desarrolle, es la veracidad. Pues bien, lo que es la veracidad a la comunicación es la castidad al sexo.

La castidad, lejos de ser simple abstinencia carnal, es el requisito para dotar a la relación sexual de la autenticidad que la hace real y santa. No son solo los atentados contra la castidad los que muestran la malicia de la lujuria. En las patologías como la pornografía o la prostitución, la inautenticidad de la relación es tal que manifiesta brutalmente su mentira. Además, los confesores sabemos que el pecado que de verdad daña a las familias de un modo inmisericorde es el adulterio. Es la suprema mentira de la sexualidad entre esposos.

La veracidad de la relación, la castidad en el caso del sexo, es un continuo. Si no se ha querido ser casto de joven es probable que la trampa torne a cerrarse en la madurez. La castidad, que a decir del Catecismo “no tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje” (n. 2338) es una virtud, que como todas supone un proceso de aprendizaje y asimilación, sobre todo en la sinceridad de la relación y ante la propia conciencia.

Llamada a la santidad

¿Y qué proponer a los novios que conviven para los meses previos al matrimonio?, ¿Deberán suspender la cohabitación para que sea totalmente sincera la confesión sacramental que les devolverá la paz con Dios y les encaminará a una vida conyugal santa? Sin duda, hay que llegar a esta propuesta.

El verdadero arte es lograr que la iniciativa parta de ellos. Además de rezar mucho −todo camino de conversión lo exige− hay que entender la llamada a la santidad que supone la vocación matrimonial. La unión carnal de los esposos es un icono de Dios, como san Juan Pablo II desglosó en la Teología del Cuerpo: “La relación sexual es la revelación principal en el mundo creado del misterio eterno e invisible de Cristo” (audiencia 29-IX-1982).

Entre los cientos de parejas que he acompañado en su proceso hasta el casamiento, hay una gran cantidad de casos. Desde sonoros fracasos, hasta quienes antes de la boda vuelven a la casa de sus padres para, como se decía antiguamente, ser desde allí conducidos al altar.

En parejas impensables −ateo él; con escasa formación, ella− he asistido al esfuerzo de los que han sido capaces de habitar “como hermano y hermana”, incluso un año entero antes de la boda, porque querían un matrimonio sincero. La tarea de obrar cara a Dios corresponde a la conciencia de los novios, y el sacerdote puede ayudar desde fuera a formar e iluminar. Sin duda, es algo a lo que los pastores habrán de dedicar energías y tiempo, con el fin de ayudar a los matrimonios cristianos en el siglo XXI.

La apertura a la vida

A los que deciden casarse suele hacerles ilusión ser padres. Pero con frecuencia es peliagudo ayudarles a entender que los hijos no son un derecho de la pareja, sino un don de Dios. El ideal es ambicioso: “Las familias numerosas son una alegría para la Iglesia. En ellas, el amor expresa su fecundidad generosa” (AL, 167).

Si son jóvenes, a veces se plantean pasar un par de años disfrutando del matrimonio sin “cargarse” con un bebé. ¿Qué harán durante ese tiempo? A otros, la responsabilidad de educar en cristiano a la prole se les hace un mundo si se va más allá de festejos con ocasión de bautizos y primeras comuniones. No saben en qué consiste educar en la fe.

Por desgracia, la mentalidad antinatalista y la facilidad de las técnicas de contracepción se han popularizado tanto que desmontar prejuicios y ayudar a pensar en cristiano se hace complicado. Pero no hay otro camino: “Una mirada serena hacia el cumplimiento último de la persona humana, hará a los padres todavía más conscientes del precioso don que les ha sido confiado” (AL, 166). Para el amor y para la fecundidad, el desafío de los esposos es la santidad. Ahí es nada.

Javier Láinez
Rector de la Basílica de San Miguel, Madrid.

Fuente: Revista Palabra.

Oración a la Virgen en tiempo pascual


miércoles, 12 de abril de 2017

Actuar en conciencia: así es el obrar humano.

"El ciudadano no está obligado en conciencia a seguir las prescripciones de  las autoridades civiles si éstas son contrarias a las exigencias del orden moral,  a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio. Las leyes injustas colocan a la persona moralmente recta ante dramáticos problemas de conciencia: cuando son llamados a colaborar en acciones moralmente ilícitas, tienen la obligación de negarse. Además de ser un deber moral, este rechazo es también un derecho humano elemental que, precisamente por ser tal, la misma ley civil debe reconocer y proteger: «Quien recurre a la objeción de conciencia debe estar a salvo no sólo de sanciones penales, sino también de cualquier daño en el plano legal, disciplinar, económico  y profesional»

Es un grave deber de conciencia no prestar colaboración, ni siquiera formal,  a aquellas prácticas que, aun siendo admitidas por la legislación civil, están  en contraste con la ley de Dios. Tal cooperación, en efecto, no puede ser jamás justificada, ni invocando el respeto de la libertad de otros, ni apoyándose en  el hecho de que es prevista y requerida por la ley civil. Nadie puede sustraerse jamás a la responsabilidad moral de los actos realizados y sobre esta responsabilidad cada uno será juzgado por Dios mismo (cf. Rm 2,6; 14,12)."


(Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 399. Pontificio Consejo "Justicia y Paz") 

sábado, 8 de abril de 2017

Your Name


Kimi no na wa

Contenidos: ---
Reseña:
Se trata de una historia con un componente mágico incomprensible, por el cual Taki y Mitsuha, que no se conocen y viven en sitios diferentes, se despiertan en determinados días con sus cuerpos intercambiados, por lo cual, debido a este extraño fenómeno, él y ella viven en parte la vida del otro.
El problema es que cuando cada cual vuelve a su yo normal, no saben lo que ocurrió en su ausencia, aunque arbitrarán un sistema de comunicación mínimo con mensajes. Las vidas de ambos se enriquecen, aunque un trágico suceso va a marcar sus vidas, trauma que podría ser superado por el amor creciente que intuyen entre ellos, a pesar de que nunca se han visto.
Romance entre dos jóvenes, contado con un derroche de fantasía en dibujos animados de estilo tradicional japonés  La película es, fundamentalmente, una bonita fábula que hace soñar a los jóvenes, y recordar a algunos mayores al idealista que fueron y tal vez olvidaron. 

viernes, 7 de abril de 2017

¿Son posibles las leyes justas en sí mismas, cuando las personas quitan la religión?

Por Benedicto XVI


Una concepción positivista de la naturaleza, que comprende la naturaleza de manera puramente funcional, como las ciencias naturales la entienden, no puede crear ningún puente hacia el Ethos y el derecho, sino dar nuevamente sólo respuestas funcionales. Pero lo mismo vale también para la razón en una visión positivista, que muchos consideran como la única visión científica. En ella, aquello que no es verificable o falsable no entra en el ámbito de la razón en sentido estricto. Por eso, el ethos y la religión han de ser relegadas al ámbito de lo subjetivo y caen fuera del ámbito de la razón en el sentido estricto de la palabra. Donde rige el dominio exclusivo de la razón positivista – y este es en gran parte el caso de nuestra conciencia pública – las fuentes clásicas de conocimiento del ethos y del derecho quedan fuera de juego. Ésta es una situación dramática que afecta a todos y sobre la cual es necesaria una discusión pública; una intención esencial de este discurso es invitar urgentemente a ella.

El concepto positivista de naturaleza y razón, la visión positivista del mundo es en su conjunto una parte grandiosa del conocimiento humano y de la capacidad humana a la cual en modo alguno debemos renunciar en ningún caso. Pero ella misma no es una cultura que corresponda y sea suficiente en su totalidad al ser hombres en toda su amplitud. Donde la razón positivista es considerada como la única cultura suficiente, relegando todas las demás realidades culturales a la condición de subculturas, ésta reduce al hombre, más todavía, amenaza su humanidad. Lo digo especialmente mirando a Europa, donde en muchos ambientes se trata de reconocer solamente el positivismo como cultura común o como fundamento común para la formación del derecho, reduciendo todas las demás convicciones y valores de nuestra cultura al nivel de subcultura. Con esto, Europa se sitúa ante otras culturas del mundo en una condición de falta de cultura, y se suscitan al mismo tiempo corrientes extremistas y radicales. La razón positivista, que se presenta de modo exclusivo y que no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional, se parece a los edificios de cemento armado sin ventanas, en los que logramos el clima y la luz por nosotros mismos, sin querer recibir ya ambas cosas del gran mundo de Dios. Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los «recursos» de Dios, que transformamos en productos nuestros. Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo.

Pasaje de: Benedicto XVI - Joseph Ratzinger. “Fe y razón según Benedicto XVI.” Oficina de Información del Opus Dei en España, 2013-03-03. iBooks. 

jueves, 6 de abril de 2017

Sobre la mediocridad

(Cómo no puedo asegurar su autoría, dejo constancia de ello)

Quienes me conocen saben de mis credos e idearios. Por encima de éstos, creo que ha llegado la hora de ser sincero. Es de todo punto necesario hacer un profundo y sincero ejercicio de autocrítica, tomando, sin que sirva de precedente, la seriedad por bandera.

Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo.

Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes, con una huelga general, o echándonos a la calle para protestar los unos contra los otros.

Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel.

Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un país mediocre.

Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente.

Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan, alguien cuya carrera política o profesional desconocemos por completo, si es que la hay. Tan solo porque son de los nuestros.

Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado natural de las cosas. Sus excepciones, casi siempre, reducidas al deporte, nos sirven para negar la evidencia.

- Mediocre es un país donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al día frente a un televisor que muestra principalmente
basura.

- Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un solo presidente que hablara inglés o tuviera unos mínimos conocimientos sobre política internacional.

- Mediocre es el único país del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir, incluso, a las asociaciones de víctimas del terrorismo.

- Mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo tres veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado.

- Mediocre es un país que tiene dos universidades entre las 10 más antiguas de Europa, pero, sin embargo, no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir.

- Mediocre es un país con una cuarta parte de su población en paro, que sin embargo, encuentra más motivos para indignarse cuando los guiñoles de un país vecino bromean sobre sus deportistas.

- Mediocre es un país donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada –cuando no robada impunemente- y la independencia sancionada.

- Mediocre es un país en cuyas instituciones públicas se encuentran dirigentes políticos que, en un 48 % de los casos, jamás ejercieron sus respectivas profesiones, pero que encontraron en la Política el más relevante modo de vida.

- Es Mediocre un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, por políticos que insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza.

- Mediocre es un país que ha permitido, fomentado y celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.

- Es Mediocre un país, a qué negarlo, que, para lucir sin complejos su enseña nacional, necesita la motivación de algún éxito deportivo.

¿Cuándo la política fiscal es injusta? (artículo póstumo)

  Por Carlo Caffarra, Cardenal Arzobispo de Bolonia. Recientemente fallecido. El sistema fiscal es una parte relevante del pacto social, en ...