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viernes, 25 de septiembre de 2015

La evolución, entre ciencia, razón y fe

La evolución es un tema que interesa a las ciencias, a la filosofía y también a la teología cristiana. Vamos a buscar los puntos de diálogo
Seguiremos este itinerario: 1. Una introducción donde aprovechamos dos citas, de Chesterton y Tolstoi para situar nuestra reflexión. Además, pensaremos en lo que se requiere para hacer verdadera ciencia. 2. Nos plantearemos qué está demostrado científicamente sobre la evolución y qué no. 3. Trataremos sobre las afirmaciones que se inspiran en las ciencias pero son filosofía (o ideología). 4. Añadiremos lo que se puede decir desde la fe cristiana.

Introducción con dos citas

Dos citas literarias sobre la evolución
a. Comentario de Chesterton en El hombre eterno:
La mayoría de las historias acerca de la humanidad comienzan con la palabra evolución y con una exposición bastante prolija de la misma (...). Realmente, es mucho más lógico empezar diciendo: ‘En el principio, un poder inimaginable dio lugar a un proceso inimaginable’. (...). Un suceso no es más o menos comprensible en función del tiempo que tarda en producirse. Para un hombre que no cree en los milagros, un milagro lento será tan increíble como uno rápido (...). Lo que importa en último término es conocer la causa del proceso. Por eso, todo el que realmente entienda este asunto se dará cuenta de que detrás ha habido y habrá siempre una cuestión religiosa o, al menos, filosófica o metafísica (Chesterton 2004, I, 1).
Del texto de Chesterton vale la pena destacar tres ideas
1. Para entender un fenómeno hace falta explicar sus causas; no es relevante que el proceso sea lento o rápido: da lo mismo verlo a cámara lenta que a cámara rápida. Esto es importante en el caso de la evolución porque como se manejan cifras tan enormes se producen despistes.
2. Un proceso maravilloso requiere una causa proporcionada.
3. Está por medio una cuestión metafísica o religiosa, porque de esto depende nuestra visión del mundo y del ser humano.
b. Carta de Tolstoi a su hijo Serguei:
Las ideas del darwinismo, de la evolución y la lucha por la supervivencia, que tú has asimilado, no te explicarán el sentido de la vida ni te servirán de guía en tus actos. Y la vida −si no explicamos su sentido y trascendencia y perdemos la fiel orientación que de ello deriva− se convierte en mísera existencia. Tenlo presente. Con amor −y con toda probabilidad en vísperas de la muerte te lo digo− (Carta desde la estación de Astapovo) (Wiesenthal 2010, 206).
De la carta de Tolstoi merece la pena destacar:
1. El sentido de la vida humana, de lo que hay que hacer, no se obtiene de la descripción de la evolución.
2. La descripción material de la realidad no proporciona orientación moral para la vida humana (porque no habla de la inteligencia, sino solo del cuerpo).

1. Una pregunta impertinente: ¿es partidario de la evolución, sí o no?

Chesterton pensaba que se podía admitir perfectamente la evolución y que era compatible con una visión cristiana, siempre que no se excluyera a Dios. Fuera de eso no le parecía muy relevante para entender al ser humano. Por su parte, Tolstoi era una persona más bien “progresista” y estaba a favor del progreso de las ciencias, pero tenía claro que el sentido de la vida no se podía obtener de aquí, porque la evolución solo se refiere a la materia; y el núcleo del ser humano es el espíritu.
La pregunta sobre si uno es o no “partidario” de la evolución es incómoda y, en el fondo, profundamente desenfocada. Se entiende porque el ser humano tiende a ser partidario y toma partido por impulsos sentimentales. En cualquier cuestión, enseguida nos dividimos en facciones a favor o en contra; y eso suele llevarse por delante todos los matices y las posiciones intermedias. Debemos tener algún sustrato maniqueo en la conciencia. Esta tendencia también se manifiesta en cada uno de los aspectos de este tema: hay gente a favor y en contra. Pero hay que llamar la atención sobre una cuestión grave de método. Se puede ser partidario de un equipo de fútbol, porque no hacen falta razones para tener afición al Madrid o al Barcelona. Pero en la ciencia hacen falta razones para tomar partido.
Es más: el espíritu científico lleva a ser partidario de una posición solo y en la medida en que está demostrada, ni más ni menos. Todo lo que se sale de allí estorba a la ciencia, porque impide la imparcialidad de juicio.
¿Y cuándo se puede considerar que algo está demostrado? Un efecto queda explicado cuando se descubren sus causas, todas las causas que han intervenido. Primero hay que determinar, una por una, las causas necesarias que intervienen en un proceso: aquellas sin las cuales no hay proceso. Después hay que probar que son suficientes para explicar el proceso, que no olvidamos ninguna, que bastan estas causas para explicar todo lo que ha sucedido.
La evolución tiene un problema grave de método científico; y es que no se puede repetir en condiciones de laboratorio. No se pueden hacer actuar las causas en el laboratorio como actúan en la naturaleza. No lo permiten los tiempos que hacen falta para ello. Por eso, no podemos determinar fácilmente las causas necesarias y suficientes, una por una. No podemos realmente experimentar poniendo una causa y quitando otra para ver lo que sucede. Sólo tenemos delante un único proceso irrepetible para nosotros. Esto produce muchas más conjeturas que en cualquier otra rama de las ciencias.

2. ¿Y qué está demostrado en la evolución? (Ciencia)

Para aclararlo, hay que distinguir tres planos: 1. Los datos que indican una evolución. 2. Las teorías que intentan explicar la evolución por sus causas (necesarias y suficientes). 3. Las cosmovisiones que extrapolan la evolución y la convierten en la explicación de todas las características de los seres vivos y de los seres humanos.
2.1. Los datos sobre la evolución
Son de dos tipos:
a. Los fósiles que estudian los paleontólogos: es un conjunto amplio, fragmentario (porque no todo fosiliza), difícil de analizar y datar, pero muy elocuente: tenemos claras muestras de especies desaparecidas que tienen formas parecidas y parecen emparentadas con especies actuales.
b. Parecidos y dependencias morfológicas entre las especies actuales, que estudian desde hace siglos los naturalistas y biólogos, intentando clasificarlos en familias, por su parentesco. Es también un registro muy amplio y elocuente. A la observación de la morfología, se ha añadido el estudio genético que permite establecer mucho mejor las relaciones de parentesco y permitirá quizá conocer cómo se producen los tránsitos (que son de muchos tipos). Este campo está en plena expansión desde que, en el año 2002, se descifró el genoma humano y después otros.
El conjunto de datos supone un testimonio bastante contundente de que existe una relación “histórica” entre especies y que ha habido una evolución. No se ve otra manera razonable de explicarlo: que ha existido una evolución es la explicación más simple y abarcante de lo que se observa. Esto lleva a que se considere prácticamente probado el hecho de la evolución.
Pero con esto no hemos explicado cómo se produce la evolución, sino solo el hecho de que se produce.
2.2. Teorías sobre la evolución
En la historia se han formulado distintas hipótesis para explicar cómo y por qué se ha producido la evolución; es decir, cuáles son las causas eficaces y suficientes que han intervenido y explican el proceso. Dejando aparte posiciones antiguas (Wallace), hay acuerdo casi general sobre dos tipos de causas, cuya formulación ha cambiado un poco en los últimos cincuenta años con el aumento de los conocimientos:
a) Variabilidad “espontánea” de la herencia (cuestión genética). Es observable en pequeña escala y se conocen en parte los motivos por los que se produce. No vemos originarse especies nuevas, pero sí cambios en la descendencia. Con esto trabaja la ganadería: selecciona animales y crea razas. Precisamente en esta observación se inspiró Darwin para formular su teoría.
b) Selección por el medio en sentido amplio: (cuestión “ecológica”). Se selecciona el “mejor adaptado” para sobrevivir o reproducirse. También es observable en pequeña escala. El medio ejerce una presión sobre la descendencia de manera que triunfan los mejor adaptados. Hay algo obvio y redundante en esta expresión, porque, más o menos, se viene a decir que triunfan los triunfadores. Pero, en todo caso, está claro que unos triunfan y otros no; y esto ha sido relevante en la historia de la evolución.
Las versiones sobre estas causas se han complicado en los últimos años, porque hoy se sabe que el medio también afecta a la expresión genética de la herencia, pero todavía se mantienen claramente las dos causas. La pregunta es ahora: ¿con solo estas dos causas explicamos bien lo que ha sucedido?, ¿son suficientes estas dos causas?
Parecen suficientes, y en parte se pueden comprobar a nivel “horizontal”. Es decir, para explicar cambios de tamaño, de costumbres, de pelaje, etc. Es lo que se llama “microevolución”. Pero la cuestión cambia bastante cuando se observa el asunto de lejos y nos planteamos la escala ascendente −la línea vertical− que va desde la misteriosa célula primitiva hasta el ser humano: ¿son suficientes estas dos causas para explicar los cambios y mejoras espectaculares que se han producido en la historia de la evolución?
Visto en su conjunto, no parece que ninguna de las dos causas sea suficiente para explicar la fantástica aparición de estructuras complejas, con fantásticas propiedades biológicas, psicológicas e intelectuales. Por lo menos, no se pueden explicar solo con estas dos causas tal como se describen hoy: la variación “aleatoria” de la herencia y la selección de los mejor adaptados. La respuesta de muchos ante estas patentes dificultades es: “tiene que ser así porque no conocemos otras causas”. De manera que dan por demostrado lo que hay que demostrar.
Además, a falta de una verdadera base experimental, que es, como hemos dicho, prácticamente imposible, por no poder repetir los procesos en laboratorio, la literatura sobre la evolución tiende a confundir las conjeturas con las explicaciones y, por pura repetición, acaba creando verdaderos espejismos. Es habitual dar por explicación suficiente de la aparición de una característica el que suponga una ventaja adaptativa. Esto se ha convertido en un género literario y “científico”. Y se repite sin cesar, por ejemplo, que, en el ámbito humano, la solidaridad y el sentido moral existen porque facilitan la supervivencia de la especie; y lo mismo el habla o la inteligencia. Y de la misma forma se suponen explicados todos los fenómenos aparecidos en la escala de la vida (todas las funciones de la vida en todas sus expresiones, desde el aparato digestivo, hasta la genética). Pero está claro que el que algo pueda suponer una ventaja no explica cómo ha podido surgir. Sobre esto se podrían hacer infinidad de chistes.
Hay que señalar que al hablar de variabilidad “espontánea” de la herencia estamos poniendo una causa que, en realidad, no sabemos bien cómo funciona, hasta qué punto es “espontánea” y de qué es capaz. Es una explicación que no es una explicación. No tenemos conocimientos genéticos suficientes para explicar todas las variaciones que se han tenido que producir en la historia de la evolución. Sólo percibimos que, efectivamente, se han producido. Esto recuerda un poco las bromas que Descartes hacía sobre la “virtus dormitiva” de la adormidera (el opio): se transmite la sensación que de un comportamiento aleatorio puede salir cualquier cosa con solo acumular años.
La historia de la evolución supone pasar de una célula primitiva, cuyo origen está sin explicar, a todas las formas de vida donde podemos observar una expansión fabulosa de complejidad, funciones y propiedades. Cada una de estas nuevas estructuras con nuevas propiedades necesita explicación. No es explicación decir que ha surgido aleatoriamente. Es como decir que ha surgido porque ha surgido.
Además, no cualquier causa que contribuye a un efecto es explicación suficiente del efecto. Si, paseando aleatoriamente por la playa, me tropiezo con un cofre donde hay un tesoro. La casualidad es suficiente para explicar que encuentre el tesoro, pero no explica el tesoro. No es lo mismo decir que el material genético tiene unas tendencias reordenadoras que pueden dar lugar a un ojo, que decir que el ojo ha salido por puro juego aleatorio. La casualidad no es suficiente para explicar un ojo. Y si el ojo surge por reordenaciones (aleatorias o no) del material genético, hay que admirarse de las asombrosas propiedades que tiene el material genético y preguntarse de dónde han salido, porque la física que manejamos no tiene esas propiedades.
2.3. Cosmovisiones o ideologías a partir de la evolución
Llamamos cosmovisiones a las interpretaciones globales de toda la realidad o, por lo menos de toda la realidad humana. Una cosmovisión se convierte en ideología cuando alguien pretende guiar y transformar el mundo con ella. En el siglo XX ha habido varios desgraciados intentos.
Por una parte, es un fenómeno natural. Cuando una persona sabe algo en cualquier campo del conocimiento tiende a verlo todo desde allí. Una persona que ha dedicado su vida a estudiar los reflejos condicionados extrapola ese conocimiento e intenta explicar todo lo que sucede en la sociedad por ese fenómeno, prescindiendo de otras causas que no conoce o conoce peor. Y acertará en parte, pero necesita que alguien le recuerde que hay muchas más causas que operan en la vida social. Su interpretación de la vida social es un reduccionismo pobre y deformante. Y resultará terrible si llega a estar en condiciones de dirigir la vida social solo con esa explicación. Si no, todo quedará en un chiste.
Históricamente, ha habido muchas extrapolaciones de las teorías de la evolución. Unas al nivel de la tragedia, porque han contado con medios para dirigir la vida pública. Otras, al nivel del chiste, porque no han contado con medios. Otras no sabemos dónde van a acabar porque no podemos calcular el apoyo social que pueden encontrar.
Hubo una aplicación trágica de las teorías de la evolución en la Alemania nazi, cuando se habló de razas superiores e inferiores, mejor o peor adaptadas, con mayor o menor derecho a imponerse en la lucha por la vida, y con derecho natural a su espacio vital (Lebensraum). Era una aplicación directa a la sociedad de conceptos biológicos (en parte, todavía vigentes en la biología, pero ya no en la cultura). Y no fue una broma.
Hay ejemplos muy conocidos más recientes, como la sociobiología de E. O. Wilson (1980) y el conductismo radical de B. F. Skinner, que intentaban explicar todas las características de la vida social como consecuencia de la teoría de la evolución. Se presentaban como cosmovisiones, porque querían explicarlo todo: pero también eran ideologías, porque pretendían transformarlo todo. El famoso libro de Skinner, Más allá de la libertad y la dignidad (1973), lo dejaba claro desde el título: hay que superar la idea de que somos más libres y dignos que el resto de los animales, porque las ideas de libertad y dignidad, en las que descansa todo nuestro sistema de convivencia, no se justifican desde el punto de vista evolutivo y materialista.
Cuando Dawkins, que es heredero de los anteriores y uno de los ideólogos actuales más conocidos de la evolución, escribe El gen egoísta El relojero ciego, no se queda en los datos o en las hipótesis, sino que también postula una cosmovisión que quiere explicarlo todo y una ideología que pretende transformarlo todo. La clave de toda su metafísica es el impulso ciego del patrimonio genético a sobrevivir (gen egoísta). De ahí ha salido todo (relojero ciego) y con eso le parece que explica todo sin que haga falta Dios (El espejismo de Dios). Pero, además de ser un reduccionismo indemostrado, no explica cómo ha podido salir de la física el impulso ciego de los genes; ni los genes mismos como juego espectacular de construcción.
Se comprende que estas ideologías que pretenden cambiar los fundamentos jurídicos de nuestras sociedades hayan suscitado una oposición, a veces cerrada, que no va dirigida, en realidad, contra las ciencias, sino contra el uso ideológico de las ciencias. Y así se ha generado una “batalla cultural”. Esto sucede especialmente en los Estados Unidos, que por cierto es el lugar donde hay más interés en las cuestiones intelectuales de todo el mundo. A veces, ha dado lugar a un desenfocado enfrentamiento creacionismo/evolucionismo.
También aquí hay que distinguir. No es lo mismo oponerse a las ideologías evolucionistas, a las teorías evolucionistas o a los datos sobre la evolución. Algunos no distinguen y se oponen a todo. Otros distinguen y les parecen insuficientes las explicaciones de las teorías; y algunos proponen alternativas mejor o peor pensadas (como el diseño inteligente). Además, cualquier persona que tenga un sentido humanista de la vida se opondrá a una extrapolación materialista arbitraria, por pura higiene mental y criterio científico.

3. Hemos pasado a la “metafísica” (razón): la cosmovisión va más allá (meta) de las ciencias (física)

3.1. Las paradojas de una metafísica materialista
Cuando extrapolamos nuestros conocimientos y pretendemos dar una explicación global de la realidad, es evidente que nos hemos salido del campo de las ciencias experimentales. No estamos haciendo pruebas de laboratorio. Hemos entrado en el campo de la filosofía. Si defendemos que toda la realidad se ha construido por pura evolución espontánea de la materia, estamos estableciendo una metafísica materialista que tendremos que justificar. ¿Es posible reunir razones suficientes para decir que todo procede de la materia y excluir cualquier otra causa?
Las personas con formación de ciencias –lo sé por experiencia personal- tienden a ver el mundo como una construcción material, porque creen saber de qué están hechas las cosas. Y parece que con eso basta. Y, si incluimos la historia de la evolución, se puede tener la sensación de que se puede explicar todo de una manera muy “real” y “visible” (aunque los átomos, en realidad, no se ven). También el ser humano puede parecer un constructo material hecho de tejidos, pero en definitiva de moléculas y, más abajo todavía, de átomos o de partículas elementales. Si somos cristianos, intentaremos ponerle un alma en alguna parte de todo esto; un alma que debe ser algo muy sutil, porque no se ve. Esto de la vista complica bastante estas cuestiones, porque la materia se ve y el espíritu, no. ¿Es correcto decir esto?
Los seres humanos vivimos rodeados de un ambiente humano o cultural. Ante la pregunta: ¿de qué está hecha esta habitación, esta casa, estos muebles?, cabe la respuesta evidente de que están hechos de materia, con distintos niveles de ordenación. Pero la explicación “materialista” es totalmente insuficiente. Para explicar los productos humanos que nos rodean, hay que poner siempre la inteligencia y la libertad humanas que los han construido. Todos los productos de la cultura humana están llenos de inteligencia y creatividad. Y en ellos se expresan (y se pueden analizar) las sorprendentes propiedades de la inteligencia o la libertad. La superficie del planeta ha sido transformada por la inteligencia y la libertad humanas. No es nada sutil. Este es, en definitiva, el argumento de los “tres mundos” de Popper.
La inteligencia y la libertad son causas de las que tenemos una experiencia interior inmediata y constante, y totalmente irreductible a nuestra experiencia sobre la materia. Pero también tenemos una comprobación exterior patente y abundante. Porque son causas “reales”, nada sutiles, que crean ciudades, autopistas, aeropuertos, inmensas transformaciones de materia en cuyo orden queda grabada la inteligencia humana. ¿Cómo se puede decir que en el mundo sólo hay materia, cuando toda la superficie del planeta está transformada por la inteligencia humana, que está presente en sus frutos? En la superficie del planeta hay mucha materia, pero también mucha inteligencia.
3.2. Tantas cosas por explicar
Lo curioso es que en el interior de las estructuras naturales también encontramos mucha inteligencia o información. Por eso la reconocemos con nuestra inteligencia al hacer ciencia. Una célula es una entidad muy superior en organización a una autopista o a un aeropuerto, y está llena de funciones y propiedades asombrosas, perfectamente identificables. ¿Es suficiente explicación decir de qué componentes está hecha o establecer la hipótesis de que surge por un proceso de combinación aleatorio? ¿Y la inteligencia de la organización que está presente y visible en la célula de dónde ha surgido?
Y claro, cuando pensamos en el ser humano con su inteligencia y libertad tan claramente metidas dentro, se plantea una paradoja irresoluble: ¿cómo una materia que evoluciona al azar puede dar lugar a la razón humana? ¿Cómo se explica que la razón surja por un proceso irracional? Lo planteó sugerentemente Benedicto XVI en su discurso de Ratisbona.
“Al final, se presenta esta alternativa: ¿Qué hay en el origen? O la Razón creadora, el Espíritu creador que lo realiza todo y deja que se desarrolle, o la Irracionalidad que, sin pensar y sin darse cuenta, produce un cosmos ordenado matemáticamente, y también el hombre con su razón. Pero entonces, la razón humana sería un azar de la Evolución y, en el fondo, irracional” (Benedicto XVI 2006).
Las pruebas de que ha habido una evolución son bastante fuertes: todo el registro fósil y las comparaciones morfológicas y genéticas entre las especies. Las pruebas de que existen la inteligencia y la libertad son mucho más fuertes: toda la transformación observable en la superficie del planeta, que asusta, con razón, a los ecologistas. En cambio, las pruebas de que la inteligencia y la libertad humanas proceden de una variabilidad genética aleatoria y de la selección del medio, sencillamente no existen. Se suponen estas causas “por defecto”. Pero es evidente que falta algo importante.
No hay que confundirse, mientras nuestras experiencias sobre la libertad o la inteligencia son “hechos”, nuestras ideas sobre las causas de la evolución son “hipótesis”. Necesitamos causas que abarquen los hechos. Y estas dos parece que han intervenido en la evolución, pero no abarcan ni explican los hechos más importantes. No podemos representarnos cómo ha salido el orden del desorden, ni la inteligencia a partir de las partículas elementales.
Esto está muy claro si se mira el proceso de la evolución en su conjunto: pero se oscurece si nos ponemos a dividir el tiempo en un número suficiente de etapas. Puede parecer que el proceso que va de la célula primitiva al ser humano es posible si se produce, paso a paso, durante muchos millones de años. Pero aumentar el número de pasos no explica nada; lo único que pasa es que la mente se pierde en la explicación, como en la famosa paradoja de Zenón. Da lo mismo verlo a cámara lenta que a cámara rápida No conocemos ninguna explicación suficiente para la aparición de tal cantidad escalonada de formas y propiedades.
Además, si realmente queremos una explicación global de la realidad, tenemos que contar la historia completa. Y, por lo que sabemos, la historia de nuestro universo empieza con un Big Bang y pasa por la aparición de las estructuras de la materia, las estructuras del universo, las singularidades de la tierra, la vida y la evolución hasta llegar al ser humano. Un proceso totalmente espectacular y fabuloso. Para explicarlo se necesita una causa proporcionada. Nunca se había parecido tanto el relato científico a un cuento de hadas, a cámara lenta o a cámara rápida. Tampoco ha existido en toda la historia de la ciencia un relato que se parezca tanto al de la Biblia.
¿De verdad es razonable afirmar que todo este proceso es puramente aleatorio sin otras causas que la casualidad y, a partir de la primera célula inexplicada, la supervivencia del mejor adaptado? ¿No queda esta explicación inmensamente pobre e insuficiente en relación a lo que ha pasado y a lo que existe? ¿Cómo se explica que, aleatoriamente, aparezcan las leyes biológicas que, después, aleatoriamente, gobiernan toda la evolución?
A un materialista no le impresionan estas preguntas, porque su punto de partida es irrenunciable: sólo existe la materia tal como la entiende nuestra física (que es una abstracción); por tanto, la explicación de toda la historia del mundo y de todo lo que existe, incluyendo las leyes biológicas, la inteligencia y la libertad, sólo puede ser “física”. No puede escapar de este círculo, porque no quiere escapar. Sabe que hoy no lo puede demostrar, pero “cree” que llegará un día en que lo podrá demostrar. No se trata de una deducción racional que puede cambiar si cambian los datos, estamos tratando con una “fe” en la “física” que prefiere esperar a que cambien los datos. Un materialista podrá objetar: “pero los cristianos también tienen fe”. Y es verdad. Pero los cristianos no confunden la fe con la ciencia. La ciencia no es el campo de la fe, sino de los datos y las pruebas.
3.3. Las cuatro causas de Aristóteles
Como estamos en el campo de la meta-física, más allá de la física, puede ser oportuno recordar un tema muy clarificador de Aristóteles: las cuatro causas. Aristóteles llegó a la conclusión de que para explicar cualquier cosa hacen falta cuatro tipos de causas: dos que podemos llamar internas y que, por así decir, están puestas en las cosas. Y dos que actúan desde fuera.
Las dos que actúan desde fuera son la causa final y la causa eficiente. La finalidad ha sido desterrada del ámbito científico por motivos que tienen que ver con la historia del método científico. Es bastante evidente que hay mucha finalidad en todos los seres vivos, pero ahora no vamos a complicarnos con este asunto. Se discute mucho si en la evolución se observa o no una finalidad latente que dirige el proceso. Hay tanta discusión y tan apasionada que es mejor dejarlo sencillamente de lado.
El tema de la causa eficiente es el más sencillo porque corresponde a lo que todo el mundo entiende por causa: a influencias “físicas” entre las cosas que llamamos “fuerzas”. La física moderna supone que todo lo que sucede en el universo se explica por cuatro fuerzas. Y merece atención, pero parece olvidar que la inteligencia es también una causa (no física) que opera realmente y transforma el mundo y mucho (como saben los ecologistas), aunque, para eso, se sirva de las otras fuerzas.
Los otros dos tipos de causas suelen olvidarse. Aristóteles habla de la materia y la forma. En el mundo no sólo hay fuerzas, también hay materia que adopta diversas formas, desde las muy primitivas (energía) que se manifiestan en los primeros momentos del Big Bang, hasta las diversas estructuras superiores en que la contemplamos: partículas, átomos, galaxias, moléculas, cristales, células, seres vivos. El hecho es que la naturaleza se nos presenta con estructuras o “formas” que tienen propiedades. Esto es muy importante y hay que repetirlo: las formas tienen propiedades. Una célula tiene propiedades que no tienen sus componentes: por ejemplo, se reproduce; propiedad “material” realmente de cuento de hadas si no estuviéramos habituados a verlo. Por eso, se puede decir que en todas estas estructuras o formas, el todo es mayor que sus partes, porque tiene propiedades de conjunto que no tienen sus partes.
El interés de explicar la cuestión de las formas es que la emergencia de las formas es precisamente el gran tema de la filosofía de la naturaleza. Porque es el gran tema de la historia de la evolución y el menos explicado de todos: que se ha producido una constante progresión de estructuras con la aparición de propiedades nuevas. La historia del universo desde el Big Bang es una fabulosa sucesión de estructuras materiales hasta la aparición de la vida, que se despliega en otra sucesión de formas con nuevas propiedades absolutamente espectaculares (sensibilidad, visión, psicología animal) hasta llegar al ser humano con su inteligencia y libertad, propiedades características de la “forma” humana. Se suele hablar de propiedades “emergentes”, porque no aparecían en estadios anteriores.
Las causas que hemos manejado para explicar la vida pueden explicar cambios materiales, pero no son capaces de explicar la emergencia de las formas superiores a partir de la célula. O ese plus de orden y propiedades está de alguna manera inserto en las posibilidades y leyes del código genético o tiene que venir de fuera. En todo caso, necesita una explicación. El juego que observamos en la naturaleza no tiene nada que ver con ningún juego de construcción que hayamos podido inventar los seres humanos. Es una maravilla completamente asombrosa.
Decir que todo esto se ha producido espontáneamente por las propiedades que conocemos de la materia física (de nuestra “física”, que es solo una representación parcial de la realidad) obrando de una manera aleatoria es como un cuento de hadas sin hadas o un milagro sin Dios. Para algunos, creer en un milagro de Dios puede resultar extremadamente difícil. Pero creer en un milagro sin Dios tendría que resultar mucho más difícil. Diciendo esto, ya estamos en el campo de la teología, y conviene cambiar de perspectiva.

4. ¿Qué se puede decir desde la teología cristiana? (Fe)

4.1. Otros relatos sobre el origen del ser humano
La teología debe tratar de ver las cosas sub specie aeternitatis (desde el punto de vista de la eternidad o desde el punto de vista de Dios). La teología trabaja, por decirlo así, con grandes y casi inalterables ideas sobre Dios y el ser humano. Por eso, sería muy precipitado ponerse a juzgar aspectos concretos de las ciencias que estén muy lejos de esos temas.
Los cristianos creemos que Dios ha dicho algo de sí mismo, del ser humano y de su origen. Lo que ha dicho está en muchos lugares y, de una manera especial, en los pasajes del Génesis que hablan de la creación. De forma que, para un cristiano, existen dos relatos sobre los orígenes del ser humano y del mundo: el de la ciencia y el de la fe. En realidad, habría que decir dos tipos de relatos, porque no hay un único relato científico sino muchos, según los distintos modos en que se entiende, en general y en detalle, cómo se ha producido la evolución. La experiencia enseña que un concordismo precipitado es bastante inútil, porque los datos y teorías científicas cambian con frecuencia y siempre tienen aspectos en discusión.
Tampoco hay uno sino dos relatos bíblicos de los orígenes; y tienen un carácter fuertemente simbólico. Por eso necesitan un esfuerzo de interpretación, en la que también ayudan ciertamente los datos de las ciencias. Lo principal que quieren decir estos textos religiosos está muy claro: que Dios es el Creador de todo el universo, que todo el universo es bueno porque ha salido de sus manos. Y que el ser humano ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios”. También habla de la igualdad entre el varón y la mujer y del sentido del matrimonio y del pecado original, tema misterioso y fascinante. La teología cristiana desde hace siglos señala que esa “imagen de Dios” está principalmente en el espíritu humano, en su inteligencia y voluntad, y también en su capacidad de llegar a contemplar a Dios. Los demás detalles deben considerarse secundarios. Por otra parte, los textos reflejan, sin que se note demasiado, la cosmología de la época en que fueron escritos, y no se les puede pedir más.
La teología cree que el derroche de inteligencia que se aprecia en la historia de la evolución, con sus leyes, sus procesos, sus estructuras y formas, con propiedades asombrosas, son fruto de la inteligencia divina. Inteligencia que puede manejar causas necesarias o aleatorias a su gusto con todo tipo de combinaciones sin contradecir la acción de las causas naturales. Y puede intervenir entre esas causas haciendo milagros o previendo que las estructuras surjan como consecuencia de procesos necesarios o aleatorios que, de todas formas, están previstos por Dios (y no dejan por eso de ser aleatorios).
4.2. La imagen de Dios
La idea de que el ser humano es “imagen de Dios” es una idea fuerte e irrenunciable. Dios existe como ser inteligente y libre, en tres Personas, según la doctrina cristiana. Y algo de la identidad de Dios, de su forma de ser persona, con sus relaciones interpersonales, su inteligencia y capacidad creadora, son puestas en el ser humano, que existe como persona con esas cualidades tan “visibles” en la superficie de la tierra, y tan inexplicables materialmente.
Por esa razón, la teología cree que hay “un salto ontológico” (así se expresaba Juan Pablo II en 1996) en el proceso que lleva a la creación del ser humano. Y que no se puede explicar sólo por la evolución de la materia, por más que considera que esa evolución también está gobernada por la voluntad divina. En ese “salto” aparecen las propiedades exclusivas de la conciencia humana con su autoconciencia, su inteligencia y libertad, que hoy son causas activas e inexplicables en el mundo.
Por ser “imagen de Dios”, el ser humano también tiene una dignidad especial en el universo. Dignidad que no supone que el resto de los seres no tenga ninguna, porque también son creaturas de Dios y el ser humano ha sido puesto sobre la tierra para cuidar la tierra, según expresa el mismo relato del Génesis.
4.3. El monogenismo
En el juicio que ha hecho la Iglesia sobre la evolución tuvo algún interés la cuestión del monogenismo. Sobre todo porque Pío XII (Humani generis, 1950), aceptaba como posible que el cuerpo pudiera venir de una evolución, pero declaraba que era necesario defender que el alma o espíritu humano no venían de la materia y que había habido una primera pareja, en la medida en que esto le parecía necesario para conservar la doctrina del pecado original.
La cuestión del monogenismo, de moda entonces, ha desaparecido. Por un lado, porque apenas se trata en la teología ni en la enseñanza de la doctrina. Por otro, porque el aumento de los conocimientos genéticos lleva a pensar que es probable que los saltos genéticos de cierto relieve se concentren originalmente en un individuo o una sola prole.
Sin embargo, no es una cuestión secundaria y no afecta solo a la cuestión del pecado original. En realidad, la opción entre una sola pareja inicial y muchas es la opción entre una llegada al ser humano gradual o de un salto. Cuando se suponen muchos primeros, lo que se está suponiendo es una gradualidad donde, en el límite, no se puede distinguir si uno es ser humano o no. Allí quedaría totalmente perdida la singularidad tan grande de lo que supone la inteligencia y libertad; y esto contradice la idea cristiana de la “imagen de Dios”, por lo que se supone que hay algo en el ser humano que viene directamente “de arriba”.
4.4. Últimas reflexiones sobre el proceso
Esto no significa que haya que pensar al primer ser humano con todas las características actuales. En el registro fósil no vamos a encontrar desde luego, salvo un milagro, la primera pareja (y si la encontráramos tampoco sabríamos que era la primera). Pero encontramos formas más primitivas que las actuales. No siempre es fácil juzgar en qué sentido lo son. Los cambios de tamaño o de complexión en el ser humano no tienen una relación directa necesaria con las capacidades intelectuales.
En la especie humana se ha producido una clara evolución cultural, de manera que, al menos para muchos estratos de población de países privilegiados, se puede vivir en un nivel en el que se desarrollan y expresan ampliamente las características de la racionalidad y la libertad. Si nosotros mismos viviéramos en las condiciones de un grupo de recolectores, no se notarían tanto. Es lo que le pasó al conquistador Alvar Núñez Cabeza de Vaca, y lo cuenta con mucha gracia (Naufragios y comentarios). Y esta situación introduciría un rasgo evolutivo, porque quizá sobrevivieran mejor los mejores recolectores o los más fuertes. Aunque Alvar Núñez sobrevivió bastante bien a base de inteligencia, haciendo de curandero.
También cabe pensar que, así como se ha producido una evolución cultural, que permite expresar mejor las capacidades intelectuales humanas, puede haberse dado una evolución biológica cuando ya gozaban de estas características espirituales. De manera que tenían ventajas adaptativas aquellos cambios fisiológicos que permitían una expresión mejor de la racionalidad. Es lo que defendía el profesor Jordana en su artículo El origen del hombre: estado actual de la investigación paleoantropológica (Jordana 1988).
El universo, desde el Big Bang hasta el ser humano, es como un cuento de hadas. Para los cristianos, manifestación del poder creador de Dios que se sirve de todas las causas que quiere. Para un no creyente, proceso fantástico dominado por fuerzas irracionales con sorprendentes resultados (las matemáticas, las leyes físicas, las estructuras reales, la inteligencia). Es como un milagro (visto a cámara lenta o rápida). Y es más fácil creer en un milagro con Dios que sin Él.

Anexo. Algunas declaraciones de la Iglesia católica sobre la evolución humana

Son textos representativos, pero de distinto rango y valor doctrinal. El de Pío XII es más solemne que el de Juan Pablo II. Y el Catecismo representa la enseñanza común de la Iglesia.
Pío XII, en la encíclica Humani Generis (1950), que trataba de muchas otras cosas, hizo tres precisiones: 1) pidió cautela para distinguir lo que es una hipótesis de lo que es algo probado; 2) defendió el origen divino del alma humana; y 3) rechazó el poligenismo por considerarlo incompatible con la doctrina del pecado original.
Decía Pío XII en 1950:
Algunos piden que la religión católica tenga en cuenta esas disciplinas. Lo que ciertamente es de alabar cuando se trata de hechos realmente demostrados. Pero hay que recibir con precaución lo que son más bien hipótesis (...) que, aunque estén unidas a las ciencias, de alguna manera afectan a lo contenido en la Escritura o la Tradición (...). El Magisterio de la Iglesia no prohíbe que en las investigaciones y debates de los peritos (...) se trate la doctrina del ‘evolucionismo’; que busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente, aunque la fe católica nos ordena mantener que las almas son creadas por Dios sin mediación alguna (immediate) (...). En lo que se refiere a la otra opinión conjetural, que llaman poligenismo, los hijos de la Iglesia no tienen la misma libertad. Los cristianos no pueden sostener que, después de Adán, haya habido en la tierra verdaderos hombres que no procedan de él (...) o que Adán signifique una multitud de protoparentes. Porque de ningún modo se ve cómo se puede hacer compatible esta sentencia con lo que dicen las fuentes de la revelación y los testimonios del Magisterio de la Iglesia sobre el pecado original, que procede del pecado verdaderamente cometido por un único Adán.
La cuestión fue también abordada por Juan Pablo II en un significativo discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias (1996). En relación con Humani generis, Juan Pablo II señalaba que la acumulación de indicios parecen confirmar el “hecho” de la evolución; es decir, que el hombre procede de la evolución de seres vivos inferiores, aunque quepan diversas “teorías” sobre el modo en que se produce. E insistía en la creación del alma directamente por Dios, subrayando que ha habido un “salto ontológico” para llegar a la especie humana.
Hoy casi medio siglo después de la publicación de la encíclica, nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis.
En efecto, es notable que esta teoría se haya impuesto [...] a causa de una serie de descubrimientos hechos en diversas disciplinas del saber. La convergencia [...] constituye de suyo un argumento significativo a favor de esta teoría.
Y seguía:
A decir verdad, más que de la teoría de la evolución, conviene hablar de las teorías de la evolución. Esta pluralidad afecta, por una parte, (...) al mecanismo de la evolución, y, por otra, a las diversas filosofías a las que se refiere. Existen también lecturas materialistas y reduccionistas, al igual que lecturas espiritualistas. Aquí el juicio compete propiamente a la filosofía y, luego, a la teología (...). Las teorías de la evolución que, en función de las filosofías en las que se inspiran consideran que el espíritu surge de las fuerzas de la materia viva o que se trata de un simple epifenómeno de esta materia son incompatibles con la verdad sobre el hombre. Por otra parte, esas teorías son incapaces de fundamentar la dignidad de la persona. Así, pues, refiriéndonos al hombre, podríamos decir que nos encontramos ante una diferencia de orden ontológico, ante un salto ontológico (Juan Pablo II 1996, nn 4–6).
Por último, en el Catecismo de la Iglesia Católica:
No se trata sólo de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos, ni cuándo apareció el hombre, sino más bien de descubrir cuál es el sentido de tal origen: si está gobernado por el azar, un destino ciego, una necesidad anónima, o bien por un ser trascendente, inteligente y bueno, llamado Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 284).
La cuestión sobre los orígenes del mundo y del hombre es objeto de numerosas investigaciones científicas que han enriquecido magníficamente nuestros conocimientos sobre la edad y las dimensiones del cosmos, el devenir de las formas vivientes, la aparición del hombre. Estos descubrimientos nos invitan a admirar más la grandeza del Creador, a darle gracias por todas sus obras y por la inteligencia y la sabiduría que da a los sabios e investigadores (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 283).

Referencias

Chesterton, G.K. 2004. El hombre eterno. Madrid. Cristiandad.
Dawkins, R. 1979. El gen egoísta. Barcelona: Labor.
− 1988. El relojero ciego. Barcelona: Labor.
− 2007. El espejismo de Dios. Pozuelo de Alarcón (Madrid): Espasa-Calpe.
Jordana, R. 1988. “El origen del hombre: estado actual de la investigación paleoantropológica” Scripta Theologica 20/1: 65-99.
Pío XII. 1950. Enc. Humani generis(12-VIII-1950).
Skinner, B.F. 1973. Más allá de la libertad y la dignidad. Barcelona: Fontanella.
Wiesenthal, M. 2010. El viejo león: Tolstoi, un retrato literario. Barcelona: Edhasa.
Wilson, E.O. 1980. Sociobiología: la nueva síntesis. Barcelona: Omega.
Juan Luis Lorda
Facultad de Teología. Universidad de Navarra
[Seminario del Grupo Ciencia Razón y Fe (CRYF), de la Universidad de Navarra, 21.10.2014].

Ático sin ascensor

 

5 Flights Up
Contenidos: ---
Dirección: Richard Loncraine
País: USA
Año: 2014
Duración: 92 min.
Género:Drama
Música: David Newman
Fotografía: Jonathan Freeman
Estreno en España: 04-09-2015

Reparto:Morgan FreemanDiane KeatonCarrie PrestonCynthia NixonAlysia ReinerMiriam ShorClaire van der BoomSterling JerinsMaddie CormanJosh PaisHannah DunneLiza J. Bennett,Joanna AdlerKatrina E. PerkinsJimmy Palumbo
Reseña: 
Un largo fin de semana en la vida de una pareja mayor de Nueva York que intenta vender su apartamento del East Village donde han vivido más de 40 años. Ruth es una profesora retirada y Alex es artista. Ambos quieren mudarse a un nuevo apartamento y mientras esperan ofertas, recuerdan juntos los años vividos en su hogar.
Divertida trama bien urdida por Charlie Peters, que adapta un libro de Jill Ciment, que se cimenta bien sobre la sólida y entrañable relación de los protagonistas.

La cinta es es una dulce nadería cuyo propósito es juntar a Diane Keaton con Morgan Freeman y ver qué ocurre; y lo que sucede es que tienen la química de un auténtico matrimonio bien avenido que llevan juntos toda la vida, que se conocen perfectamente y aceptan los defectos del otro. 
En este caso el guion no acompaña nada y el director británico no hace nada por darle entidad, pero Freeman y Keaton, cuyo encanto crece con la edad, se bastan para ofrecer un espectáculo digno, con una profesionalidad envidiable. 

viernes, 18 de septiembre de 2015

Familias fuertes, sociedades fuertes

El Papa, durante la Audiencia general de este miércoles, concluye la catequesis semanal sobre la familia

Texto de la catequesis del Papa en español

Queridos hermanos y hermanas,
En medio de una civilización marcada fuertemente por una sociedad administrada por la tecnología económica, donde la subordinación de la ética a la lógica del beneficio goza de un grande apoyo mediático, se hace cada vez más necesaria una nueva alianza entre el hombre y la mujer, que libere a los pueblos de la colonización del dinero y de las colonizaciones ideológicas, y que oriente la política, la economía y la convivencia civil, para que la tierra sea verdaderamente un lugar habitable, donde se transmita la vida, y se perpetúe el nexo entre la memoria y la esperanza.
La fe nos dice que esta alianza entre el hombre y la mujer ha sido querida por Dios desde la creación, no sólo para velar por los intereses íntimos de la familia: a ellos les ha confiado el mundo y el proyecto de domesticarlo; por lo tanto, lo que ocurre entre el hombre y la mujer repercute en todo lo creado, como vemos en el relato del pecado original. Pero Dios no nos abandona, su misericordiosa protección no mengua, como muestra la especial bendición que Dios da a la mujer para defender a su criatura del maligno. Esta ternura de Dios la vemos sobre todo encarnada en Jesucristo, nacido de una mujer, que murió por nosotros, aun siendo nosotros pecadores.
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Pidamos a Dios que avive nuestra fe en la promesa que hizo al hombre y a la mujer, y tomando conciencia de la importancia de esta alianza, que todas las familias de la tierra se sientan bendecidas por Dios y protegidas por su ternura y amor. Muchas gracias y que Dios los bendiga.

Texto completo de la catequesis del Papa, traducida al español

Esta es nuestra reflexión conclusiva sobre el tema del matrimonio y la familia. Estamos en vísperas de acontecimientos hermosos y comprometedores, que están directamente vinculados a este gran tema: el Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia y el Sínodo de Obispos aquí en Roma. Ambos tienen una repercusión mundial, que corresponde a la dimensión universal del cristianismo, pero también al alcance universal de esa comunidad humana fundamental e insustituible que es precisamente la familia.
El paso actual de la civilización parece marcado por los efectos a largo plazo de una sociedad administrada por la tecnocracia económica. La subordinación de la ética a la lógica del beneficio dispone de medios ingentes y de apoyo mediático enorme. En este escenario, una nueva alianza del hombre y de la mujer no solo es necesaria sino incluso estratégica para la emancipación de los pueblos de la colonización del dinero. Esta alianza debe volver a orientar la política, la economía y la convivencia civil. Decide la habitabilidad de la tierra, la trasmisión del sentimiento de la vida, los vínculos de la memoria y de la esperanza.
De esta alianza, la comunidad conyugal-familiar del hombre y de la mujer es el “abc” de la generación, el “nudo de oro”, podemos decir. La fe la logra de la sabiduría de la creación de Dios, que confió a la familia no el cuidado de una intimidad finalizada en sí misma, sino el emocionante proyecto de “domesticar” el mundo.Precisamente la familia está en el principio, en la base de esta cultura mundial que nos salva; nos salva de muchos, tantos ataques, tantas destrucciones, de tantas colonizaciones, como la del dinero o las ideologías que amenazan tanto al mundo. La familia es la base para defenderse.
Precisamente de la Palabra bíblica de la creación hemos tomado nuestra inspiración fundamental, en nuestras breves meditaciones de los miércoles sobre la familia. A esa Palabra podemos y debemos acudir nuevamente con amplitud y profundidad. Es un gran trabajo el que nos espera, pero también muy ilusionante. La creación de Dios no es una simple premisa filosófica: ¡es el horizonte universal de la vida y de la fe! No hay un plan divino distinto para la creación y para su salvación. Es para la salvación de la criatura −de toda criatura− por lo que Dios se hizo hombre: por nosotros los hombres y por nuestra salvación, como dice el Credo. Y Jesús resucitado es primogénito de toda criatura (Col 1,15).
El mundo creado está confiado al hombre y a la mujer: lo que pase entre ellos da impronta a todo. Su rechazo a la bendición de Dios lleva fatalmente a un delirio de omnipotencia que lo arruina todo. Es lo que llamamos “pecado original”. Y todos venimos al mundo con la herencia de esa enfermedad.
A pesar de eso, no estamos malditos, ni abandonados a nuestro destino. El antiguo relato del primer amor de Dios por el hombre y la mujer, ya había escrito páginas con fuego, al respecto. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo (Gn 3,15a). Son las palabras que Dios dirige a la serpiente embustera, embaucadora. Mediante esas palabras Dios marca a la mujer con una barrera protectora contra el mal, a la que ella puede acudir −si quiere− para cada generación. Quiere decir que la mujer lleva una secreta y especial bendición, para defender a su criatura del Maligno. Como la Mujer del Apocalipsis, que corre a esconder al hijo del Dragón. Y Dios la protege (cfr. Ap 12,6).
¡Pensad qué profundidad se abre aquí! Existen muchos lugares comunes, a veces incluso ofensivos, sobre la mujer tentadora que inspira al mal. Sin embargo, ¡tiene que haber sitio para una teología de la mujer que esté a la altura de esta bendición de Dios para ella y para la generación!
La misericordiosa protección de Dios sobre el hombre y la mujer, en todo caso, nunca decae para ambos. ¡No olvidemos esto! El lenguaje simbólico de la Biblia nos dice que antes de expulsarles del jardín del Edén, Dios confeccionó para el hombre y la mujer túnicas de piel y los vistió (cfr. Gn 3, 21). Este gesto de ternura significa que hasta en las dolorosas consecuencias de nuestro pecado, Dios no quiere que nos quedemos desnudos ni abandonados a nuestro destino de pecadores. Esta ternura divina, este cuidado por nosotros, lo vemos encarnado en Jesús de Nazaret, hijo de Dios nacido de mujer (Gal 4,4). Y también san Pablo nos dice: aun siendo pecadores, Cristo murió por nosotros (Rm 5,8). Cristo, nacido de mujer, de una mujer. Es la caricia de Dios sobre nuestras llagas, sobre nuestros errores, sobre nuestros pecados. Pero Dios nos ama como somos y quiere llevarnos adelante con ese proyecto, y la mujer es la más fuerte que lleva adelante ese proyecto.
La promesa que Dios hace al hombre y a la mujer, en el origen de la historia, incluye a todo los seres humanos, hasta el final de la historia. Si tenemos fe suficiente, las familias de los pueblos de la tierra se reconocerán en esa bendición. En todo caso, quien se deje conmover por esa visión, de cualquier pueblo, nación, religión que pertenezca, que se ponga en camino con nosotros. Será nuestro hermano y nuestra hermana, sin hacer proselitismo, no. Caminemos juntos bajo esta bendición y con esa finalidad de Dios de hacernos a todos hermanos en la vida en un mundo que va adelante y que nace precisamente de la familia, de la unión del hombre y la mujer.
¡Que Dios os bendiga, familias de todos los rincones de la tierra! ¡Que Dios os bendiga a todos!

Llamamiento del Santo Padre

El sábado que viene saldré de viaje apostólico a Cuba y a Estados Unidos de América, una misión a la que acudo con gran esperanza. El motivo principal del viaje es el VIII Encuentro Mundial de las Familias, que tendrá lugar en Filadelfia. Acudiré también a la sede central de la ONU, en el 70° aniversario de dicha institución. Desde ahora saludo con cariño al pueblo cubano y al estadounidense, que, guiados por sus Pastores, se han preparado espiritualmente. Pido a todos que me acompañéis con la oración, invocando la luz y la fuerza del Espíritu Santo y la intercesión de María Santísima, Virgen de la Caridad del Cobre como Patrona de Cuba, e Inmaculada Concepción como Patrona de los Estados Unidos de América.
Traducción de Luis Montoya.

El perdón del pecado del aborto

La decisión del Papa de conceder esa autorización al sacerdote es algo que se ha vivido en la Iglesia desde tiempo inmemorial, y en ocasiones semejantes a las actuales
He leído algunos comentarios curiosos sobre la reciente disposición del Papa concediendo a los sacerdotes la facultad de perdonar el pecado del aborto. Unos llegaban a decir que el aborto es un pecado más, entre los muchos que los hombres podemos cometer; otros resaltaban la novedad del gesto como un detalle más de la Iglesia de la “misericordia”, que acoge a todos; y no han faltado tampoco quienes consideraban esta disposición como un cambio radical en la pastoral de la Iglesia: osaban comentar que por fin, en la Iglesia, se perdonaba el aborto.
Para entender bien la disposición del Papa, conviene recordar lo establecido en el Código de Derecho Canónico, art. 1398: “Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae”, o sea, inmediatamente que se realiza el hecho. Otro pecado que lleva consigo la misma pena es, por ejemplo, la ruptura del secreto de la confesión, por parte del sacerdote.
El texto de la carta del Papa en la que se recoge la autorización a los sacerdotes es el siguiente:
“El perdón de Dios no se puede negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando con corazón sincero se acerca al Sacramento de la Confesión para obtener la reconciliación con el Padre. También por este motivo he decidido conceder a todos los sacerdotes para el Año Jubilar, no obstante cualquier cuestión contraria, la facultad de absolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y arrepentidos de corazón piden por ello perdón. Los sacerdotes se deben preparar para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar una itinerario de conversión verdadera para llegar a acoger el auténtico y generoso perdón del Padre que todo lo renueva con su presencia”.
El aborto, en términos canónicos, es “un pecado reservado”. Esto quiere decir que para absolverlo el sacerdote necesita antes permiso del Obispo −que lo concede trámite alguno de sus vicarios− para levantar la “excomunión” que pesa sobre las personas que han provocado o participado en el aborto. Una vez levantada la “excomunión”, el sacerdote lo puede perdonar; y así se ha hecho a lo largo de la historia.
La decisión del Papa de conceder esa autorización al sacerdote es algo que se ha vivido en la Iglesia desde tiempo inmemorial, y en ocasiones semejantes a las actuales: años santos; años marianos, jubileos especiales, etc. etc.
Al concederla, el Papa subraya la necesidad del “arrepentimiento” de la persona que va a recibir la absolución del pecado. El Papa no ha recordado la pena de la “excomunión” que sufre quien comete ese pecado, pero la da por supuesta; porque para perdonar cualquier pecado el sacerdote tiene todos los poderes de su ministerio.
Y el hecho de hacerlo así, de manera bien explícita, el Papa llama la atención sobre la gravedad de un pecado que comporta la muerte de una persona; a la vez que sale al encuentro del sufrimiento, del remordimiento, del dolor, de la pena, que normalmente viven las personas que han procurado el aborto, especialmente la madre. El Papa lo señala con estas palabras: “Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres que llevaban en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa. Lo sucedido es profundamente injusto; sin embargo, sólo el hecho de comprenderlo en su verdad puede consentir no perder la esperanza”.
Y para que al ser perdonadas, recuperen la esperanza y la paz, Francisco recomienda a los sacerdotes: “que se preparen para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido”.
O sea, ninguna novedad en la decisión papal; ningún cambio sobre la gravedad del pecado del aborto; y sí, podemos decir, la novedad perenne de la Iglesia ante el pecado, que a todos nos enseñó Jesucristo en el episodio de la mujer adúltera: Después de perdonarla le dijo: “Vete, y no vuelvas a pecar”.
Ernesto Juliá Díaz, en religionconfidencial.com.

La cuestión de fondo sobre el tema del aborto

Son las ciencias de la vida las que deben proporcionar los datos necesarios para saber si hay un ser humano o no desde de la fecundación, para que posteriormente se realice una correcta interpretación de estos datos con relación a la protección jurídica del ser humano desde su concepción
El tema del aborto siempre está en debate. Más todavía, cuando en España, desde finales del 2013, se estaba discutiendo el Anteproyecto de Ley Orgánica sobre el aborto[1]. El núcleo central del debate radica, como presupuesto del bioderecho, en dos cuestiones. La primera, si esa realidad que está en el vientre materno se puede considerar desde la concepción un ser humano o, por el contrario, no puede considerarse como tal desde el comienzo, esto es, si desde la concepción podemos hablar de identidad humana. El segundo, es la cuestión de si el ser humano no nacido queda protegido jurídicamente en la Constitución española, es decir, el tema del derecho a la vida. Afirmo que, según los datos de las ciencias empíricas, por un lado, el no nacido es un ser humano. Por otro, que el no nacido no solo es un bien jurídico constitucionalmente protegido, como dice la Sentencia del Tribunal Constitucional español, sino que también es un sujeto de derecho a la vida. Para ello, es necesario un cambio en la Constitución española para defender la vida, la salud y la dignidad del embrión y del feto humano desde su concepción.

Introducción

La realidad del aborto siempre genera profundas controversias. Se puede afirmar que siempre está en debate. Más todavía, cuando en España, desde finales del 2013, el Gobierno español aprobó el Anteproyecto de Ley Orgánica titulado “Protección de la vida del concebido y de derechos de la embarazada”[2] (1). Los valedores de este Anteproyecto dicen que querían sustituir la Ley de plazos 2/2010 (2) y volver a la Ley de 1985 (3), que era una ley de supuestos o indicaciones.
Sin embargo, esta no era la cuestión de fondo, como tampoco lo era si en el Anteproyecto se quitaba un tercer supuesto, el supuesto de malformación del feto, es decir, que el Anteproyecto aprobado y retirado reconocía que el discapacitado no nacido era un ser humano y como tal necesitaba de protección jurídica. Dicho sea de paso, tal reconocimiento y protección eran baldíos porque en este Anteproyecto la madre seguía teniendo la posibilidad de abortar. Tampoco si se permitía o no que las menores de edad abortaran sin el conocimiento de sus padres[3]. La cuestión de fondo, en mi opinión, estriba en otro tema: cuándo asistimos ante una nueva identidad humana.
Siendo más concreto, lo nuclear es si el concebido no nacido, desde su concepción, es un ser humano o no, esto es, la identidad humana, lo demás es una cuestión menor. Si afirmamos que desde la concepción no hay un ser humano, entones solo asistiríamos al derecho a la vida o a la salud de la madre, porque el no nacido solo sería “algo” que llega a serlo, pero que en cualquier caso no hay un ser humano desde la concepción. Pero si lo es, entonces no es una cuestión política, ni legal ni religiosa…; se convierte en un asunto humano, que tiene que reflejarse en el derecho, es decir, si es un ser humano desde la concepción también, en mi opinión, debe aprobarse en la Constitución española que este es un sujeto titular del derecho a la vida.
Luego lo que está en juego en este debate social es: cuándo hay un ser humano. No es cuestión de juegos políticos, de mayorías y minorías democráticas, de ideologías de izquierdas o derechas, sino si desde la concepción estamos ante un ser humano o no y la protección jurídica debida a esa realidad.
Por eso, dada su relevancia, el primer escollo por superar es la discusión acerca de la existencia o no de un ser humano desde que, tanto por vías naturales como en el laboratorio, el óvulo femenino es fecundado por el espermatozoide masculino.
En este sentido, el Consejo de Europa, en su Recomendación 1046, de 24 de septiembre de 1986[4], de la que se hace eco la Exposición de Motivos de la Ley 35/1988[5] (4), plantea la necesidad de definir el estatuto jurídico del desarrollo embrionario. Sin embargo, esta tarea difícilmente puede delimitarse jurídicamente si previamente no se presenta su estatuto biológico.
Por esta razón, el Derecho, para no caer en enunciados disfuncionales y anacrónicos, no puede construir conceptos normativos de espaldas a la ciencia. En efecto, la consideración acerca de la protección jurídica debida al embrión humano desde la concepción precisa tener en cuenta los datos de la ciencia. Pero, ¿qué dicen las ciencias de la vida? Son las ciencias de la vida las que deben proporcionar los datos necesarios para saber si hay un ser humano o no desde de la fecundación, para que posteriormente se realice una correcta interpretación de estos datos con relación a la protección jurídica de un ser humano desde su concepción.

Las ciencias de la vida

En mi opinión, los datos que nos ofrecen las ciencias de la vida nos indican que un ser humano comienza con la fecundación y que el cigoto es su primera realidad corporal.
Los conocimientos de la biología humana así lo demuestran: la genética señala que la fecundación es el momento en que se constituye la identidad genética singular. El embrión humano preimplantado establece un “diálogo” molecular con su madre en forma de producción por parte de esta de proteínas encaminadas a preparar el útero para la implantación o anidación (5, 6).
La biología celular muestra cómo el cigoto es la primera realidad corporal del ser humano individual (7). En efecto, el cigoto es una unidad celular con la capacidad de iniciar la emisión de un “programa”, o primera actualización del mensaje genético. Actualiza todas las potencialidades y dirige, en orden al todo, las etapas de conformación del espacio de organogénesis y de maduración de los diferentes órganos y sistemas (7).
La embriología humana, por su parte, describe el desarrollo continuo, armónico y unitario del embrión. Al sexto día el embrión humano, con solo milímetro y medio de longitud, comienza a estimular, con un mensaje químico, el cuerpo amarillo del ovario materno para suspender el ciclo menstrual y no ser expulsado. Al decimoctavo día de vida empieza a formarse el cerebro. Su corazón late desde el día 21. A los 45 días, el embrión humano mide 17 milímetros de largo y tiene manos, pies, cabeza, órganos y cerebro, pudiéndose registrar ondulaciones en el electroencefalograma. Hacia la sexta semana son bien visibles las extremidades y ya está avanzada la formación del sistema nervioso central. Hacia la séptima semana la forma corpórea ya es completa e inconfundible. A las 8 semanas funciona ya su sistema nervioso (8-11).
Luego en el genoma del cigoto está contenida toda la información genética necesaria para que ese nuevo ser se desarrolle completamente hasta su condición de ser adulto vivo. Si nada orgánico externo modifica el contenido genómico de ese individuo biológico naciente, ya que del mundo circundante únicamente recibe mensajes que contribuyen a regular su propio desarrollo, es difícil establecer algún salto en su evolución vital que pueda suponer el inicio de una realidad genómica distinta a la anterior. La evolución de ese ser es un proceso biológico continuo que va dando lugar a las distintas realidades fenotípicas de su desarrollo, dentro de la unidad vital que lo identifica como un único ser humano vivo desde la impregnación del óvulo por el espermatozoide hasta su muerte natural (12, 13).
Además, la información genética crece con la expresión de los genes en él contenidos, para lo cual es necesaria la activación y emisión de su programa específico de desarrollo, el cual se va activando a medida que avanza el ciclo vital y que posibilita que el nuevo ser sea capaz de iniciar la emisión completa y ordenada de los mensajes genéticos necesarios para que su desarrollo se realice de forma ordenada y completa. Es decir, durante el desarrollo del nuevo ser humano se va produciendo, por interacción del genoma con el medio, la emergencia de una nueva información génica, no expresada directamente en el genoma primigenio. Esta información se denomina epigenética (14, 15). Por tanto, cualquier expresión fenotípica de un nuevo ser humano es el resultado del contenido génico de su genoma y de la información epigenética que se va generando a lo largo de su propia evolución, como consecuencia fundamental de la interacción del genoma con su medioambiente.
Pero además, existen otras razones que apoyan que el embrión humano de pocos días no pueda ser considerado como un simple conglomerado celular, sino un ser humano organizado y vivo. Entre ellas cabe destacar, en primer lugar, el mejor conocimiento de los mecanismos que regulan la emisión del programa de desarrollo del embrión humano. Pero ¿cómo se activa el programa de desarrollo? Inmediatamente tras la fecundación se pone en marcha un proceso de desmetilación de citosinas del ADN, que es el detonante específico para que se inicie la expresión del programa de desarrollo del genoma. En segundo lugar, la información de “posición”, necesaria para el desarrollo del embrión dependiente de las interrelaciones entre sus propias células y las de estas con el nicho celular que ocupan. Esta regulación determina dónde, cuándo y con qué finalidad tiene que dividirse una célula en función de un desarrollo unitario y armónico (16, 17).
Por tanto, los datos proporcionados por estas ciencias permiten afirmar que, desde el cigoto, hay un ser humano con vida propia y distinta a la de la madre; un único ser que se desarrolla de modo unitario, coordinado, gradual y continuado (18). Razón por la cual, desde la perspectiva científica, el término embrión se refiere a una etapa concreta de la vida de esa unidad dinámica que es el ser humano. El embrión no es una simple masa celular indiferenciada, sino la estructura precoz del desarrollo anatómico, fisiológico y bioquímico del ser humano. No es el primer paso hacia el ser humano, es un ser humano dando su primer paso. Los datos embriológicos humanos, de la genética y de la biología celular permiten sostener que desde la fecundación existe un ser humano[6].
Recapitulando, con la fecundación se inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar. Dichas capacidades no podrían ser consideradas humanas si no lo son desde el comienzo. Luego, el embrión es un ser humano que se va desarrollando, pero es siempre el mismo continuo que va desde el comienzo de la vida con la fecundación hasta la muerte y que no permite calificar de prehumana ninguna de las fases o etapas de su desarrollo. No existe una etapa prehumana anterior al ser humano, como tampoco existen seres en potencia, puesto que lo que está en potencia ya es, y solo lo que ya es puede desarrollarse (19).
Por consiguiente, un embrión nunca llegará a convertirse en un ser humano si no lo ha sido desde el principio. No hay un tránsito paulatino desde “algo” a “alguien” (20). De algo no deviene alguien: el ser humano no es el resultado de un desarrollo, sino que el cigoto se desarrolla como ser humano y no hasta convertirse en tal.
El feto y el embrión no son solo seres vivos, sino seres vivos humanos, pues desde la concepción el no nacido es siempre un ser humano. Cada vida es una vida única y singular, desde la concepción hasta la muerte, sin saltos cualitativos.
Sin embargo, algunos consideran que desde la concepción no hay un ser humano[7], sino que este aparece pasados unos días, en concreto, el día catorce, cuando el embrión se implanta en el útero materno (21-23). Durante este tiempo, el embrión humano es llamado preembrión (24)[8], es decir, un conglomerado de células humanas sin identidad propia (26, 27). Pero los datos de la ciencia de la vida dicen lo contrario, por ejemplo, los ejes del embrión se mantienen a lo largo de la construcción del cuerpo, y este patrón es conservado por el embrión tras la implantación. Así también, el embrión va segregando proteínas que facilitan su implantación. Esto implica una serie de estímulos y respuestas integradas, es decir, un “diálogo molecular” activo entre las células maternas y las células del blastocisto (28). Gracias a ese “diálogo” el hijo recorre el camino hacia el útero materno mientras crece y ordena su cuerpo según los ejes −dorsoventral y cabeza-pies−, establecidos en su concepción (29). Por tanto, no queda, como dicen algunos, rigurosamente probada la existencia de una doble categoría de embriones humanos: los de menos de catorce y los de más de catorce días de vida.
Con todo, los que defienden que no podemos hablar de un ser humano desde la fecundación o concepción tendrán que demostrar que esa vida recién generada no es humana y esto no hay nadie que lo haya conseguido.
Algunos ponen el comienzo de una vida humana o anidación en el útero materno, en la implantación (30). En efecto, es claro que con la implantación desaparece el riesgo de la gemelación y, por eso, algunos la señalan como momento clave. Sin embargo, no hay dato científico alguno que permita suponer el comienzo de la vida en la implantación, pues esta no añade nada a la programación del nuevo individuo. Además no es la implantación la que constituye la realidad implantada. El embrión es el que se implanta. En definitiva, la respuesta al estatuto biológico del embrión condiciona en un sentido u otro el discurso posterior acerca de la protección jurídica de la vida del embrión.

La protección jurídica de la vida humana

Es necesario, por tanto, saber cuál es la protección jurídica debida a esa realidad, es decir, el embrión humano desde la concepción. En el fondo, nos estamos preguntando por el derecho a la vida que todo ser humano posee por el hecho de serlo, y este derecho es el que hay que proteger jurídicamente desde la concepción.
En este sentido, el artículo 15 de la Constitución española dice que: “todos tienen derecho a la vida”. Sin embargo, afirmar que el derecho a la vida corresponde a todos no es concluyente, pues desconocemos a quién se incluye en el “todos” del precepto (31).
En mi opinión, el debate no se solucionará hasta que se reforme y se concrete la Constitución española en el tema de “todos tienen derecho a la vida”. Para proteger al embrión humano no nacido no basta hacer referencia a la sentencia de 1985. Me explico, la sentencia del Tribunal Constitucional 53/1985 (32) determinó, por un lado, el contenido esencial del derecho a la vida por lo que se refiere a la vida humana intrauterina. Para establecer el régimen de protección de la vida del nasciturus, prescribe que la vida humana es un “devenir que comienza con la gestación […] La gestación ha generado un tertium existencialmente distinto de la madre […] La vida es una realidad desde el inicio de la gestación” (FJ. 5).
Para la sentencia, la vida del nasciturus constituye un bien jurídico que se debe proteger: “La vida delnasciturus, en cuanto este encarna un valor fundamental −la vida humana− garantizado en el artículo 15 de la Constitución, constituye un bien jurídico cuya protección encuentra en dicho precepto fundamento constitucional” (FJ. 5c). Luego el nasciturus no es sujeto del derecho a la vida, sino un bien jurídico constitucionalmente protegido (FJ. 7)[9]. La sentencia admite que la vida del nasciturus constituye un bien jurídico, pero le niega la titularidad del derecho fundamental en cuanto no posee todavía personalidad jurídica a tenor de lo articulado en el Código Civil español.
De forma sumaria se puede decir que, a partir de la STC se reconoce que la vida del nasciturus constituye un bien jurídico, pero le niega la titularidad del derecho fundamental en cuanto no posee todavía personalidad jurídica.
No obstante, para J. F. Higuera-Guimerá, y en mi opinión:
El nasciturus aun no siendo una persona en un sentido jurídico, es un ser vivo y efectuando una interpretación teleológica que atiende al fin del art. 15 (que protege la vida) es preciso considerar que la protección se extiende, indudablemente, también, a la vida intrauterina. La destrucción del embrión o feto impide que el nasciturus llegue a nacer, llegue a ser en su día persona (33).
En la sentencia, al no reconocer al nasciturus la personalidad jurídica, este no es sujeto de derecho sino un objeto, asimilable a las cosas, jurídicamente protegido. De este modo, ante un conflicto o ponderación de intereses entre un sujeto de derechos, la madre, y un “objeto”, el embrión humano, que carece del derecho a la vida, la balanza se inclinará siempre a favor de la primera.
Por eso, es preciso señalar que la consideración constitucional del embrión humano como “bien jurídico”, a medio camino entre un sujeto de derechos y el tratamiento dado a las cosas, en mi opinión, supuso el comienzo de la continua desprotección jurídica de la vida del embrión humano en la legislación española (34). Si se entiende jurídicamente por bien toda cosa, material o inmaterial, que es susceptible de apropiación y, por tanto, de tráfico jurídico-económico, la vida del nasciturus queda entonces a la libre disponibilidad de su “legítimo propietario” (la madre, la sociedad, el médico, el Estado). Con ello, la vida del nasciturus pasa a depender de la voluntad de otros, pudiéndose convertir en objeto de negocio jurídico. En todo caso, la vida del nasciturus queda en manos del legislador, que será quien, en su labor de configuración del ordenamiento jurídico, decida si la vida del nasciturus, es decir, del ser humano, es o no protegible.
Repito, dirán algunos y es verdad, que la sentencia recoge que la vida del que va a nacer constituye un bien jurídico cuya protección encuentra en dicho precepto fundamento constitucional, pero también es verdad que el embrión humano carece de la titularidad del derecho fundamental en cuanto no posee todavía personalidad jurídica que, según las disposiciones del Código Civil español, se adquiere en el momento del nacimiento con vida, una vez producido el entero desprendimiento del seno materno (art. 30)[10].
Es cierto que el nacimiento significa un paso importante en la vida del nasciturus, pero no se trata de un salto cualitativo, pues el neonato no sufre ninguna transformación sustancial en el parto, sino que continúa siendo el mismo que era antes de nacer. Podríamos decir que lo único que ha cambiado es su entorno, pero nunca lo que ya es. El neonato sigue teniendo el mismo sistema genético, el mismo sistema inmunológico, las mismas facciones en su cara y el mismo sistema hormonal, antes y después del parto (35).
No obstante, el Código Civil español reconoce al nasciturus, el concebido aún no nacido, ciertos efectos favorables y que, al nacer, consolida los derechos que adquirió eventualmente en el estado de concebido una vez producido el entero desprendimiento del seno materno (36, 37)[11]. En efecto, según la regulación del Código Civil, el nasciturus no tiene personalidad jurídica, pero en el decurso normal de su desarrollo lo será cuando nazca y una vez producido el entero desprendimiento del seno materno, por lo que es merecedor de protección jurídica. Pero, ¿cuáles son esos efectos favorables? (38). De entre esos efectos favorables que se le deben reconocer y tutelar al nasciturus, habría que diferenciar entre aquellos que se derivan de los derechos humanos fundamentales de aquellos otros de carácter económico patrimonial o meramente civiles o políticos, nacidos del ordenamiento jurídico positivo o del negocio jurídico.
Los primeros se le han de reconocer al nasciturus sin la más mínima restricción, dada su dignidad humana, con especial atención al derecho primordial a la vida. En esta misma línea argumentativa, A. Calvo afirma:
Considero que los derechos humanos son predicables de los nascituri como sujeto titular actual de los mismos con plenitud de efectos desde el momento de la concepción, sin condición de tipo alguno, pues son derechos que surgen de la propia naturaleza humana (de ahí su denominación “derechos humanos”, universalmente reconocida). Si se reconoce que los nascituri son seres humanos y, por tanto, personas, se le han de reconocer y tutelar los derechos que al ser humano intrínsecamente le corresponden (36, 39).
Sin embargo, bastaría con reconocer, bajo la condición suspensiva que dispone el código civil, los derechos nacidos del ordenamiento jurídico positivo o del negocio jurídico.
Con esta distinción se lograría, de un lado, el respeto a la dignidad del nuevo ser humano en sus primeras fases existenciales y la tutela de sus derechos humanos fundamentales, y, de otro, proteger la seguridad jurídica de los derechos de carácter económico-patrimonial, de modo que se evite la posible distorsión del tráfico jurídico por la eventualidad de la muerte del nasciturus.

Conclusión

A pesar del uso minoritario del término preembrión, la introducción de una supuesta etapa biológica en el debate bioético y biojurídico ha cumplido su cometido: ser un útil instrumento persuasivo para desorientar a la opinión pública sobre la inocuidad jurídica de la manipulación del ser humano en su fase inicial. Este objetivo se consigue con la incorporación al lenguaje común de una falacia semántica sin fundamento antropológico ni biológico.
En otras palabras, con la inserción del término preembrión se oculta que el embrión sea un ser humano desde la concepción, y se institucionaliza un artificio biológico con el que se le asigna desde su comienzo un nuevo estatuto biológico y jurídico. Con el concepto de preembrión se sitúa al ser humano, menor de catorce días, del lado de las cosas y no de los seres humanos. Dicho de otra manera, con dicho concepto la realidad del embrión en sus primeros catorce días queda suspendida en la ambigüedad que implica que este ya no sea un ser humano, sino un preembrión, en definitiva, una realidad prehumana que no merece la protección jurídica dada a los seres humanos.
Con todo, el preembrión es un embrión que se origina con la fecundación, un ser humano de pocas horas o días, y no un estadio “prehumano” entre gameto y embrión. Desde el punto de vista jurídico, no basta con reconocer que el embrión humano sea un bien jurídico, como dice la sentencia del Tribunal Constitucional español 53/1985, sino que es necesario que se reconozca que el embrión humano, desde la concepción, es un sujeto titular del derecho de la vida; para ello es necesario cambiar la norma española.
En definitiva, el tema del aborto no es una cuestión de atraso o de progreso. Hablaremos de progreso siempre y cuando algo vaya en mejora de todos los seres humanos, y digo todos, desde su comienzo hasta su final. No solamente decimos que algo supone un avance por el simple hecho de considerar que lo anterior es siempre peor que lo posterior, porque hay algunos progresos (hablo temporalmente) que son un retroceso para todos los seres humanos.

Referencias

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2. Ley Orgánica 2/2010, 3 de marzo; BOE, 4 de marzo de 2010, 55, p. 21001-21014.
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Roberto Germán Zurriaráin
Universidad de la Rioja, España
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[1] El Gobierno español retiró, el 23 de septiembre de 2014, el Anteproyecto de Ley Orgánica que había presentado en diciembre del 2013, titulado “Protección de la vida del concebido y de los derechos de la mujer embarazada”. El Anteproyecto de Ley era una reforma global del aborto para pasar en España de una ley de plazos, la Ley 2/2010, a una de supuestos. Una vez retirado el Anteproyecto de Ley, el mismo Gobierno, el 18 de febrero de 2015, dio a conocer la nueva reforma. No entiendo muy bien el término reforma, porque la nueva normativa admite, de modo implícito, la anterior ley, la llamada ley de plazos. Para un servidor, de modo general, la Ley 2/2010 sobre el aborto, con el nombre de “Salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo”, no protegía jurídicamente al no nacido.
[2] Como se ha dicho, el Gobierno español retiró, el 23 de septiembre de 2014, el Anteproyecto de Ley, aunque el 18 de febrero de 2015 aprobó la llamada “nueva reforma” de la ley del aborto.
[3] Con la nueva reforma esta discusión ha terminado porque obliga a las menores de 16 y 17 años a contar con un permiso paterno si quieren abortar. Con ella, dicen los valedores de esta reforma, se pretende reforzar la protección del derecho a las menores, así como el derecho a la vida del no nacido.
[4] Consejo de Europa, Asamblea Parlamentaria, Recomendación 1046, de 24 de septiembre de 1986, relativa a la utilización de embriones y fetos humanos con fines diagnósticos, terapéuticos, científicos, industriales y comerciales. Disponible en http://assembly.coe.int/.
[5] Véase Ley Orgánica 35/1988 sobre técnicas de reproducción humana asistida, 22 de noviembre; BOE, 24 de noviembre de 1988, 282, pp. 33373-33378.
[6] La Carta del Tribunal Superior de Justicia Europea, con fecha 8 de octubre de 2011, tras demanda del Tribunal Federal alemán, que deseaba saber si es o no legal patentar líneas celulares embrionarias con fines experimentales o clínicos, manifestó que “todo óvulo humano a partir de la fecundación deberá considerarse un embrión, habida cuenta de que la fecundación puede iniciar el proceso de desarrollo de un embrión humano”. La razón alegada por el alto Tribunal para definir el respeto que los embriones humanos generados artificialmente merecen, es que “son aptos para iniciar el proceso de desarrollo de un ser humano de la misma manera que el embrión creado por fecundación de un óvulo”. Creo que la resolución del Tribunal Superior de Justicia Europeo proporciona fundamentación legal para poder sustentar que el embrión humano temprano es digno de todo respeto por tratarse de un ser humano vivo.
[7] El Tribunal Federal Alemán en su sentencia de 25 de febrero de 1975 (que influyó decisivamente en la STC española de 1985) admitió que el derecho a la vida se extiende a la vida del embrión “en tanto que interés jurídico independiente”, y añade que “según los conocimientos biológicos y fisiológicos establecidos, la vida humana existe desde el decimocuarto día siguiente a la concepción”.
[8] El término preembrión fue inventado en 1979 por el Ethics Advisory Board de Estados Unidos, posteriormente refrendado, en 1984, por la Comisión australiana Waller y sobre todo por la Comisión Warnock, que también en 1984 comenzó a utilizar el término preembrión para designar al embrión preimplantado. Esta Comisión, sin embargo, admitía que poner el límite de tiempo de los 14 días fue un compromiso arbitrario para conceder a los científicos un tiempo adecuado para la investigación embrionaria. El Comité sostenía que la vida del embrión humano comenzaba precisamente con la fecundación: “Ya que la temporización de los diferentes estadios del desarrollo es crítica, una vez que el proceso del desarrollo ha comenzado, no existe un estadio particular del mismo más importante que otro; todos forman parte de un proceso continuo, y si cada uno no se realiza normalmente en el tiempo justo y en la secuencia exacta, el desarrollo posterior cesa. Por ello, desde un punto de vista biológico, no se puede identificar un único estadio en el desarrollo del embrión más allá del cual el embrión in vitro no debería ser mantenido con vida” (25). No obstante, la legislación española asumió en las leyes, en concreto, de reproducción humana asistida y la ley de investigación biomédica, el término preembrión. En efecto, la legislación española utiliza el término preembrión como presupuesto científicamente aceptado e irrefutable, cuando se da un uso minoritario del término en la literatura científica (24). Por otro lado, el término “embrión preimplantatorio o preimplantado” alude al embrión antes del quinto día, momento en el que comienza la anidación o implantación. No obstante, el estatuto del “embrión preimplantatorio”, generado naturalmente o creado in vitro, es el mismo: un ser humano. La denominación de “embrión preimplantatorio” respecto a la de embrión no se debe a ninguna diferencia en el plano biológico, pues lo que cambia es su situación biológica primordial (no implantado o implantado): un mismo y único ser humano que pasa por diferentes etapas de un único proceso de desarrollo.
[9] Véanse también STC 212/1996, FJ. 3 y STC 116/1999, FJ. 5.
[10] Ley 20/2011, 21 de julio, de Registro Civil. Disposición final tercera. La nueva redacción del artículo 30 del Código civil mantiene el criterio, ya señalado en el artículo 29, de que el nacimiento es el hecho a partir del cual se le reconoce personalidad al sujeto y, por tanto, adquiere capacidad jurídica. Pero, para tal reconocimiento, se exigen dos requisitos: que se haya “producido el entero desprendimiento del seno materno” y que haya “vida” tras ello. Al margen de que, técnicamente, la parte inicial del precepto constituya una reiteración de lo establecido por el artículo 29, el texto de la norma continúa vinculando al nacimiento la consideración de un ser humano como persona y permite colegir dos cosas. Primera: el Código civil determina qué será nacimiento desde un punto de vista fisiológico y lo configura exigiendo ruptura del cordón umbilical y salida del claustro materno: “una vez producido el entero desprendimiento del seno materno”. Y segunda: no se incluye únicamente una referencia al nacimiento sino que se exige el cumplimiento de otro requisito cual es que haya verdadera vida: “nacimiento con vida”.
[11] El Código Civil español autoriza las donaciones a los concebidos y no nacidos (art. 627). Determina las precauciones que se deben adoptar cuando la viuda cree haber quedado embarazada para proteger los derechos hereditarios del concebido (art. 959). Se establece la suspensión de la herencia y su mantenimiento en estado de indivisión durante el periodo de gestación (art. 966). Impone que se debe proveer a la seguridad y administración de los bienes hereditarios durante el embarazo (art. 965). Véase también, Martínez Aguirre (35) y Ollero (36).

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