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sábado, 24 de noviembre de 2012

El triunfo de los mediocres

 Por Antonio Fraguas de Pablos (Forges) 

Quienes me conocen saben de mis credos e idearios. Por encima de éstos, creo que ha llegado la hora de ser sincero. Es, de todo punto, necesario hacer un profundo y sincero ejercicio de autocrí­tica, tomando, sin que sirva de precedente, la seriedad por bandera.

               Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo.

               Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra baterí­a de medidas urgentes, con una huelga general, o echándonos a la calle para protestar los unos contra los otros.

               Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel.

               Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un paí­s mediocre. Ningún paí­s alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente.

               Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan, alguien cuya carrera política o profesional desconocemos por completo, si es que la hay. Tan solo porque son de los nuestros.

               Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado  natural de las cosas. Sus excepciones, casi siempre, reducidas al deporte, nos sirven para negar la evidencia.

               Mediocre es un paí­s donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al dí­a frente a un televisor que muestra principalmente basura.

               Mediocre es un paí­s que en toda la democracia no ha dado un solo presidente que hablara inglés o tuviera unos mí­nimos conocimientos sobre polí­tica internacional.

               Mediocre es el único paí­s del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir, incluso, a las asociaciones de víctimas del terrorismo.

               Mediocre es un paí­s que ha reformado su sistema educativo tres veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado.

               Mediocre es un paí­s que tiene dos universidades entre las 10 más antiguas de Europa, pero, sin embargo, no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir.

               Mediocre es un paí­s con una cuarta parte de su población en paro, que sin embargo, encuentra más motivos para indignarse cuando los guiñoles de un paí­s vecino bromean sobre sus deportistas.

               Mediocre es un paí­s donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada - o cuando no robada impunemente - y la independencia sancionada.

               Mediocre es un paí­s en cuyas instituciones públicas se encuentran dirigentes polí­ticos que, en un 48 % de los casos, jamás ejercieron sus respectivas profesiones, pero que encontraron en la Polí­tica el más relevante modo de vida.

               Es Mediocre un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, por polí­ticos que insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza.

               Mediocre es un paí­s que ha permitido, fomentado y celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: o marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.

               Es Mediocre un paí­s, a qué negarlo, que, para lucir sin complejos su enseña nacional, necesita la motivación de algún éxito deportivo.

              

Una narración como la de un evangelista


Entrevista a Bernardo Estrada, profesor de Sagrada Escritura


¿Cómo cambia la forma de ver la infancia de Jesús el libro del Papa?
        –El libro no contiene grandes novedades, pero completa la imagen de Jesús que teníamos con los libros anteriores, dedicados a la vida pública, a la Pasión y a la Resurrección. Faltaba que Benedicto XVI analizara los llamados Evangelios de la infancia. Se trata de narraciones sugestivas, realizadas por los evangelistas Mateo y Lucas. Este volumen muestra que la fe cristiana está anclada en la historia: son hechos que realmente sucedieron.
¿Despejará el libro las dudas de algunos sobre la figura de Cristo como hombre?
        –Ayuda a superar las dificultades que plantea el conocimiento de la infancia de Jesús. Hay quienes decían que se trataba de una historia inventada, pero el Papa hace ver como estudioso que lo que dijeron los evangelistas es cierto. Constataron los hechos y luego fueron al Antiguo Testamento para intentar explicárselos. No se inventaron nada, tienen sus fuentes. En el caso de Mateo, derivan de San José, y en el de Lucas, de la Virgen María.
¿Puede haber sido alterada la narración de San José y de la Virgen María hasta que llegó a los evangelistas debido a los intermediarios?
        –Ésta es la misma pregunta que surge con el resto de los Evangelios. Existe un riesgo de que se perdieran anécdotas, pero siempre se transmitía la verdad fundamental. Con los hechos principales de la infancia de Jesús, es muy remoto el riesgo de que haya habido cambios en las cosas importantes. Vemos esta situación en todos los Evangelios: se cuentan los mismos hechos fundamentales, aunque cambian algo los detalles.
¿Puede entenderse sin recurrir a la fe que Jesús fuera concebido sin que la Virgen conociese varón?
        –Es difícil. Los milagros despiertan la incredulidad porque superan nuestra capacidad de conocimiento y nuestra razón. Requieren de la fe. Dios, el creador del orden natural, puede cambiar las reglas cuando quiere decirnos algo.
Además de los Evangelios, ¿hay otros textos que nos permitan conocer la infancia de Jesús?
        –La Iglesia primitiva quería saber más sobre los primeros años de Jesús, como vemos en los Evangelios apócrifos. El hecho de no ser canónicos no significa por fuerza que el contenido de todos ellos sea falso. El Protoevangelio de Santiago, por ejemplo, nos informa del nombre de los padres de la Virgen María, San Joaquín y Santa Ana. Tienen cierto valor histórico, aunque no contienen mensaje de fe. Hay otros Evangelios apócrifos que presentan a un Jesús niño que hace milagros, lo que no es correcto.
¿Dónde hay que ubicar este libro dentro de la obra de Ratzinger?
        –Completa su trilogía sobre Jesús. El Papa ha hecho como los evangelistas, narrando al final el relato de la infancia. Los primeros Evangelios que se escribieron contaban la Resurrección, porque era lo que salvaba. La predicación empieza ahí. Luego viene el interés por conocer la figura de Jesús y sus palabras, como las parábolas, que tienen un fuerte impacto retórico y son convincentes. Por último viene la infancia. El Papa cierra con este libro su trilogía, a la que ha dedicado nueve años de trabajo.

viernes, 16 de noviembre de 2012

¿De quién nos podemos fiar?


Por Juan García Inza    

Confieso que estoy un poco confuso cuando trato de descubrir por que caminos transitan  nuestro políticos. En el espectro ideológico hay de todos los colores, pero me da la impresión que hay un patrón común, una falsilla, en la que cada cual coloca sus matices, pero sin grandes diferencias en el terreno moral. Todos conocemos lo que defendía el PSOE de Zapatero, pero no conocemos a ciencia cierta lo que defiende el PP de Rajoy en este terreno.
                 Sigue habiendo abortos legales, la clase de Religión sigue discriminada, el matrimonio está a la intemperie y pueden acceder con este nombre todo aquel que se invente cualquier tipo de unión, el Tribunal Constitucional resuelve contra la Constitución en esta materia, los jóvenes siguen yendo a la deriva en muchos ambientes... , hay delitos que se quedan impunes etc.  Y uno piensa si será verdad que lo más importante es la economía, y lo demás puede esperar.
                 Cuando escuchas a un experto en sectas, como lo es D. Manuel Guerra, que tanto en la izquierda como en la derecha está infiltrada la Masonería, y que  Zapatero como Rajoy son masones (entrevista mantenida con D. Manuel Guerra en “Intereconomía” y publicada en distintos medios), y que en las cúpulas de los partidos predomina la ideología masónica, uno ya no sabe que pensar, que hacer y qué votar. ¿Todos los “perros” son iguales aunque con distintos collares?  
                ¿Se prometen cosas en campañas que después se quedan sin cumplir? Y no hablo de economía, hay algo más importante que está en la base de los problemas que estamos padeciendo. No hablo tampoco de política que no es lo mío, pero sí hablo de Etica, Moral, Humanismo , dignidad de la persona humana... Tenemos que andar con campañas mediáticas emprendidas por iniciativas  privadas para intentar forzar el cumplimiento de leyes constitucionales que defienda al ser humano, y las instituciones acordes con su dignidad. ¿Para qué están las Cortes y el Defensor del pueblo?
                Cuando se defiende la vida, o el matrimonio, enseguida salta la “alarma” hipócrita que pone en guardia a la población asegurando que estas son cuestiones religiosas que se deben recluir en el rincón más oscuro de la conciencia. Señores ideólogos de turno, apaguen las alarmas y recurran a la voz más genuina que brota de su interior, y observen si de verdad es humano matar a seres inocentes e indefensos, si es lógico que a la unión afectiva de dos hombres, o dos mujeres, se le puede llamar matrimonio, suprimiendo de un plumazo, de un decretazo,  el origen de una  institución que se pierde en la noche de los tiempos.
                Necesitamos políticos con criterio definido, que defiendan un humanismo respetuoso con la suprema dignidad del hombre, y que no nos confundan con tergiversaciones interesadas y tendenciosas. Los que pensamos así defendemos al ser humano desde su concepción hasta su fin natural, defendemos la libertad para que cada uno enfoque su vida de acuerdo con sus creencias sin atentar contra el orden natural, defendemos el matrimonio y la familia, defendemos nuestra Religión que necesariamente ha de influir en nuestro modo de pensar y actuar,  defendemos a una España que hunde sus raíces en una concepción cristiana de la vida, y profesamos nuestra fe inquebrantable en Dios, respetando a los que piensen lo contrario.
Juan García Inza

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Interesante entrevista a un sacerdote amigo mío

Ocho jueces dan a su opinión un rango constitucional

El recurso presentado por diputados del Partido Popular alegaba que “no respeta la definición constitucional del matrimonio como unión de un hombre y una mujer”. Cabía discutir si el art. 32.1 (“El hombre y la mujer tienen derecho a con traer matrimonio con plena igualdad jurídica”) supone efectivamente una definición.

A favor está que la Constitución no menciona la diferencia sexual cuando reconoce los otros derechos fundamentales: en los demás casos pone, casi siempre, “todos”, y en algunas ocasiones, “los ciudadanos” o “los españoles”. También es claro que al decir “el hombre y la mujer”, no “los hombres y las mujeres”, se refiere no a todas las personas en general, sino a quienes pueden casarse. El singular expresa que los dos contrayentes tienen iguales derechos aunque no tengan el mismo sexo.

En contra se puede aducir quizá que el citado artículo simplemente excluye la inferioridad en que antiguas costumbres y leyes dejaban a la mujer en el matrimonio, sin restringirlo a la unión de mujer y hombre.

En todo caso, nadie duda que en 1978, cuando se aprobó la Constitución, ni el legislador ni el cuerpo electoral entendían que una pareja homosexual pudiera ser matrimonio.

Tampoco lo dudan los magistrados del TC. Según lo que se conoce sobre el texto de la sentencia, aún por publicar, el argumento principal de la mayoría del tribunal (ocho contra tres) es que se debe aplicar a la Constitución una “interpretación evolutiva”. Lo que evoluciona concretamente son las ideas dominantes en la sociedad, que ahora son favorables al “matrimonio gay”.


Es comúnmente admitido que una constitución puede quedarse anticuada. El remedio es reformarla. No hace falta, dice la mayoría del TC: para eso estamos nosotros y nuestra interpretación evolutiva. Aunque la Constitución Española de 1978 no reconozca el “matrimonio gay”, la concepción social vigente, sí. La sentencia, entonces, debe de estar llena de encuestas de opinión, en las que el tribunal habrá observado la evolución de las ideas a lo largo de los siete años que ha tardado en estudiar y resolver el recurso.

La “interpretación evolutiva” de la Constitución tiene truco. Parece que sencillamente responde a la evidencia, y esconde que el sentir del pueblo no es evidente: por eso hay institutos de demoscopia, estudios de mercado, sondeos y –para cuestiones de reforma constitucional– referendos. Los jueces de la mayoría, designados para interpretar la Constitución, se han nombrado intérpretes del sentir de la sociedad. Lo único evidente es que han decidido conforme al suyo propio.

El TC, al reconocer que su sentencia no coincide con el sentido original del art. 32.1, en realidad ha dictado una reforma constitucional. Pero eso está reservado al Parlamento, con referéndum preceptivo en determinados casos (art. 167 y 168 de la Constitución Española).

Esta doctrina evolucionista resulta inquietante, con independencia de la opinión que uno tenga sobre el “matrimonio gay”. Quienes creen que es un derecho fundamental, lo ven rebajado a concesión de la corriente dominante, y solo les cabe esperar que otros magistrados no descubran al cabo del tiempo que ha habido evolución en sentido contrario. Ellos, y también los de la postura opuesta, tienen menos seguridad: desde hoy, nuestros derechos quedan sujetos al arbitrio inapelable de unos pocos jueces que dictarán lo que pensamos sin necesidad de preguntarnos.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Sobre la necesidad de las reformas, pero en serio


Por Antonio Argandoña
Esta mañana he hablado sobre la situación económica internacional y española en el marco del Encuentro de Automoción que tiene lugar cada año en el IESE, en Barcelona. Dejando de lado la parte descriptiva (recesión, paro, endeudamiento, saldo exterior, déficit público, situación de los bancos,…) y explicativa (crisis de la burbuja, de la deuda soberana, financiera, etc.), he puesto énfasis en la necesidad de tomarnos muy en serio la necesidad de cambiar el modelo económico con el que operamos. Y no me refiero a lo abandonar el ladrillo, que eso ya está hecho, sino a la necesidad urgente de cambiar los condicionantes institucionales, legales y organizativos de nuestra economía.
Tenemos un mercado de trabajo vergonzoso. La tasa de paro del 25% no es la consecuencia de una recesión que, sumando todas las caídas del PIB desde 2008 no llega al 7%. Se debe a unas estructuras laborales obsoletas, injustas, inadecuadas y perjudiciales, que podían tener sentido cuando murió Franco (no lo tenían, pero al menos se justificaban por la paz social), pero no en el siglo XXI, en una economía en una crisis grave, que no puede hacer frente a sus deudas frente al exterior y que no es capaz de asegurar a sus jóvenes un futuro mínimamente prometedor. Y eso es culpa de todos. Primero, de los gobiernos, del presente y de los pasados, que no han hecho gran cosa para solucionarlo. Segundo, de los sindicatos, que defienden sus intereses particulares y, en todo caso, los de los trabajadores con contrato indefinido y en ciertos sectores protegidos, a costa del bienestar de todos los demás. Tercero, de las empresas, que no tienen ningún interés en pelearse por un mercado de trabajo eficiente, y se limitan a pedir aumentos de productividad (o sea, la reducción de sus costes laborales unitarios), sin atender a lo que pasa a su alrededor. Y luego de todos nosotros, de la sociedad, que se queja porque le hacen pagar un euro por receta y no es capaz de salir a la calle a clamar contra un mercado de trabajo tercermundista, ineficiente e injusto.
Tenemos un modelo fiscal hecho de retales: hoy subo un impuesto, mañana bajo otro, que ha ido perdiendo su función recaudadora, su neutralidad y su contribución a la eficiencia económica. Tenemos un sistema educativo de pena, con resultados peores que los de casi todo el mundo civilizado, otra vez porque la desidia de los políticos, la coacción de los sindicatos y la apatía de la sociedad. Necesitamos urgentemente una reforma de los mecanismos de incentivación a la eficiencia, la innovación, la internacionalización y el crecimiento. Tenemos una estructura y un nivel de gasto público insostenibles e ineficientes, y una función pública que no se compagina con lo que debe hacer un Estado avanzado. Tenemos un sistema de partidos políticos propenso a la corrupción, clientelista, ineficiente, que invade a la sociedad civil y la bloquea. Tenemos un sistema de pensiones que avanza, rápida y eficientemente, hacia un colapso, y al que no nos atrevemos a poner un remedio duradero (que los hay, como muestra el ejemplo de otros países). Tenemos una formación profesional poco útil, incapaz de contribuir al crecimiento económico y a la generación de empleo,…
Somos expertos en pegar patadas a los problemas, dejando las soluciones para mañana. En quejarnos y no en trabajar para encontrar soluciones. En defender nuestros cocidos particulares, y en echarle la culpa a otros. Tenemos muchos detalles de altruismo y generosidad privados, pero, cuando se trata de los problemas sociales, pedimos que sea el Estado el que los resuelva. ¿Hasta cuándo?

A su imagen y semejanza

Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...