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domingo, 5 de septiembre de 2010

PARA LA XXVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2011 EN MADRID (y 2)




MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI (segunda parte)


3. Firmes en la fe

Estad «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). La carta de la cual está tomada esta invitación, fue escrita por san Pablo para responder a una necesidad concreta de los cristianos de la ciudad de Colosas. Aquella comunidad, de hecho, estaba amenazada por la influencia de ciertas tendencias culturales de la época, que apartaban a los fieles del Evangelio. Nuestro contexto cultural, queridos jóvenes, tiene numerosas analogías con el de los colosenses de entonces. En efecto, hay una fuerte corriente de pensamiento laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad, planteando e intentando crear un “paraíso” sin Él. Pero la experiencia enseña que el mundo sin Dios se convierte en un “infierno”, donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos acogen la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye concretamente la civilización del amor, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la comunión, con los frutos que esto conlleva. Hay cristianos que se dejan seducir por el modo de pensar laicista, o son atraídos por corrientes religiosas que les alejan de la fe en Jesucristo. Otros, sin dejarse seducir por ellas, sencillamente han dejado que se enfriara su fe, con las inevitables consecuencias negativas en el plano moral.

El apóstol Pablo recuerda a los hermanos, contagiados por las ideas contrarias al Evangelio, el poder de Cristo muerto y resucitado. Este misterio es el fundamento de nuestra vida, el centro de la fe cristiana. Todas las filosofías que lo ignoran, considerándolo “necedad” (1 Co 1, 23), muestran sus límites ante las grandes preguntas presentes en el corazón del hombre. Por ello, también yo, como Sucesor del apóstol Pedro, deseo confirmaros en la fe (cf. Lc 22, 32). Creemos firmemente que Jesucristo se entregó en la Cruz para ofrecernos su amor; en su pasión, soportó nuestros sufrimientos, cargó con nuestros pecados, nos consiguió el perdón y nos reconcilió con Dios Padre, abriéndonos el camino de la vida eterna. De este modo, hemos sido liberados de lo que más atenaza nuestra vida: la esclavitud del pecado, y podemos amar a todos, incluso a los enemigos, y compartir este amor con los hermanos más pobres y en dificultad.

Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos.

4. Creer en Jesucristo sin verlo.

En el Evangelio se nos describe la experiencia de fe del apóstol Tomás cuando acoge el misterio de la cruz y resurrección de Cristo. Tomás, uno de los doce apóstoles, siguió a Jesús, fue testigo directo de sus curaciones y milagros, escuchó sus palabras, vivió el desconcierto ante su muerte. En la tarde de Pascua, el Señor se aparece a los discípulos, pero Tomás no está presente, y cuando le cuentan que Jesús está vivo y se les ha aparecido, dice: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo» (Jn 20, 25).

También nosotros quisiéramos poder ver a Jesús, poder hablar con Él, sentir más intensamente aún su presencia. A muchos se les hace hoy difícil el acceso a Jesús. Muchas de las imágenes que circulan de Jesús, y que se hacen pasar por científicas, le quitan su grandeza y la singularidad de su persona. Por ello, a lo largo de mis años de estudio y meditación, fui madurando la idea de transmitir en un libro algo de mi encuentro personal con Jesús, para ayudar de alguna forma a ver, escuchar y tocar al Señor, en quien Dios nos ha salido al encuentro para darse a conocer. De hecho, Jesús mismo, apareciéndose nuevamente a los discípulos después de ocho días, dice a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20, 27). También para nosotros es posible tener un contacto sensible con Jesús, meter, por así decir, la mano en las señales de su Pasión, las señales de su amor. En los Sacramentos, Él se nos acerca en modo particular, se nos entrega. Queridos jóvenes, aprended a “ver”, a “encontrar” a Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para nuestro camino; en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón. Reconoced y servid a Jesús también en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda.

Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle mediante la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará. «La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado» (Catecismo de la Iglesia Católica, 150). Así podréis adquirir una fe madura, sólida, que no se funda únicamente en un sentimiento religioso o en un vago recuerdo del catecismo de vuestra infancia. Podréis conocer a Dios y vivir auténticamente de Él, como el apóstol Tomás, cuando profesó abiertamente su fe en Jesús: «¡Señor mío y Dios mío!».

5. Sostenidos por la fe de la Iglesia, para ser testigos.

En aquel momento Jesús exclama: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). Pensaba en el camino de la Iglesia, fundada sobre la fe de los testigos oculares: los Apóstoles. Comprendemos ahora que nuestra fe personal en Cristo, nacida del diálogo con Él, está vinculada a la fe de la Iglesia: no somos creyentes aislados, sino que, mediante el Bautismo, somos miembros de esta gran familia, y es la fe profesada por la Iglesia la que asegura nuestra fe personal. El Credo que proclamamos cada domingo en la Eucaristía nos protege precisamente del peligro de creer en un Dios que no es el que Jesús nos ha revelado: «Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros» (Catecismo de la Iglesia Católica, 166). Agradezcamos siempre al Señor el don de la Iglesia; ella nos hace progresar con seguridad en la fe, que nos da la verdadera vida (cf. Jn 20, 31).

En la historia de la Iglesia, los santos y mártires han sacado de la cruz gloriosa la fuerza para ser fieles a Dios hasta la entrega de sí mismos; en la fe han encontrado la fuerza para vencer las propias debilidades y superar toda adversidad. De hecho, como dice el apóstol Juan: «¿quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5, 5). La victoria que nace de la fe es la del amor. Cuántos cristianos han sido y son un testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad. Han sido artífices de paz, promotores de justicia, animadores de un mundo más humano, un mundo según Dios; se han comprometido en diferentes ámbitos de la vida social, con competencia y profesionalidad, contribuyendo eficazmente al bien de todos. La caridad que brota de la fe les ha llevado a dar un testimonio muy concreto, con la palabra y las obras. Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás. En la era de la globalización, sed testigos de la esperanza cristiana en el mundo entero: son muchos los que desean recibir esta esperanza. Ante la tumba del amigo Lázaro, muerto desde hacía cuatro días, Jesús, antes de volver a llamarlo a la vida, le dice a su hermana Marta: «Si crees, verás la gloria de Dios» (Jn 11, 40). También vosotros, si creéis, si sabéis vivir y dar cada día testimonio de vuestra fe, seréis un instrumento que ayudará a otros jóvenes como vosotros a encontrar el sentido y la alegría de la vida, que nace del encuentro con Cristo.

6. Hacia la Jornada Mundial de Madrid.

Queridos amigos, os reitero la invitación a asistir a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Con profunda alegría, os espero a cada uno personalmente. Cristo quiere afianzaros en la fe por medio de la Iglesia. La elección de creer en Cristo y de seguirle no es fácil. Se ve obstaculizada por nuestras infidelidades personales y por muchas voces que nos sugieren vías más fáciles. No os desaniméis, buscad más bien el apoyo de la comunidad cristiana, el apoyo de la Iglesia. A lo largo de este año, preparaos intensamente para la cita de Madrid con vuestros obispos, sacerdotes y responsables de la pastoral juvenil en las diócesis, en las comunidades parroquiales, en las asociaciones y los movimientos. La calidad de nuestro encuentro dependerá, sobre todo, de la preparación espiritual, de la oración, de la escucha en común de la Palabra de Dios y del apoyo recíproco.

Queridos jóvenes, la Iglesia cuenta con vosotros. Necesita vuestra fe viva, vuestra caridad creativa y el dinamismo de vuestra esperanza. Vuestra presencia renueva la Iglesia, la rejuvenece y le da un nuevo impulso. Por ello, las Jornadas Mundiales de la Juventud son una gracia no sólo para vosotros, sino para todo el Pueblo de Dios. La Iglesia en España se está preparando intensamente para acogeros y vivir la experiencia gozosa de la fe. Agradezco a las diócesis, las parroquias, los santuarios, las comunidades religiosas, las asociaciones y los movimientos eclesiales, que están trabajando con generosidad en la preparación de este evento. El Señor no dejará de bendecirles. Que la Virgen María acompañe este camino de preparación. Ella, al anuncio del Ángel, acogió con fe la Palabra de Dios; con fe consintió que la obra de Dios se cumpliera en ella. Pronunciando su “fiat”, su “sí”, recibió el don de una caridad inmensa, que la impulsó a entregarse enteramente a Dios. Que Ella interceda por todos vosotros, para que en la próxima Jornada Mundial podáis crecer en la fe y en el amor. Os aseguro mi recuerdo paterno en la oración y os bendigo de corazón.

Vaticano, 6 de agosto de 2010, Fiesta de la Transfiguración del Señor.

BENEDICTUS PP. XVI

PARA LA XXVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2011 EN MADRID (1)

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI (primera parte)


“Arraigados y edificados en Cristo,
firmes en la fe”(cf. Col 2, 7)

Queridos amigos

Pienso con frecuencia en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney, en el 2008. Allí vivimos una gran fiesta de la fe, en la que el Espíritu de Dios actuó con fuerza, creando una intensa comunión entre los participantes, venidos de todas las partes del mundo. Aquel encuentro, como los precedentes, ha dado frutos abundantes en la vida de muchos jóvenes y de toda la Iglesia. Nuestra mirada se dirige ahora a la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Madrid, en el mes de agosto de 2011. Ya en 1989, algunos meses antes de la histórica caída del Muro de Berlín, la peregrinación de los jóvenes hizo un alto en España, en Santiago de Compostela. Ahora, en un momento en que Europa tiene que volver a encontrar sus raíces cristianas, hemos fijado nuestro encuentro en Madrid, con el lema: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). Os invito a este evento tan importante para la Iglesia en Europa y para la Iglesia universal. Además, quisiera que todos los jóvenes, tanto los que comparten nuestra fe, como los que vacilan, dudan o no creen, puedan vivir esta experiencia, que puede ser decisiva para la vida: la experiencia del Señor Jesús resucitado y vivo, y de su amor por cada uno de nosotros.

1. En las fuentes de vuestras aspiraciones más grandes.

En cada época, también en nuestros días, numerosos jóvenes sienten el profundo deseo de que las relaciones interpersonales se vivan en la verdad y la solidaridad. Muchos manifiestan la aspiración de construir relaciones auténticas de amistad, de conocer el verdadero amor, de fundar una familia unida, de adquirir una estabilidad personal y una seguridad real, que puedan garantizar un futuro sereno y feliz. Al recordar mi juventud, veo que, en realidad, la estabilidad y la seguridad no son las cuestiones que más ocupan la mente de los jóvenes. Sí, la cuestión del lugar de trabajo, y con ello la de tener el porvenir asegurado, es un problema grande y apremiante, pero al mismo tiempo la juventud sigue siendo la edad en la que se busca una vida más grande.

Al pensar en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza. Ciertamente, eso dependía también de nuestra situación. Durante la dictadura nacionalsocialista y la guerra, estuvimos, por así decir, “encerrados” por el poder dominante. Por ello, queríamos salir afuera para entrar en la abundancia de las posibilidades del ser hombre. Pero creo que, en cierto sentido, este impulso de ir más allá de lo habitual está en cada generación. Desear algo más que la cotidianidad regular de un empleo seguro y sentir el anhelo de lo que es realmente grande forma parte del ser joven. ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti. El deseo de la vida más grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su “huella”. Dios es vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz. Entonces comprendemos que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para que el hombre viva. Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría: «sin el Creador la criatura se diluye» (Con. Ecum. Vaticano. II, Const. Gaudium et Spes, 36).

 La cultura actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en Occidente, tiende a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia en la vida social. Aunque el conjunto de los valores, que son el fundamento de la sociedad, provenga del Evangelio –como el sentido de la dignidad de la persona, de la solidaridad, del trabajo y de la familia–, se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza.

Por este motivo, queridos amigos, os invito a intensificar vuestro camino de fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Vosotros sois el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de la ciudad de Colosas, es vital tener raíces y bases sólidas. Esto es verdad, especialmente hoy, cuando muchos no tienen puntos de referencia estables para construir su vida, sintiéndose así profundamente inseguros. El relativismo que se ha difundido, y para el que todo da lo mismo y no existe ninguna verdad, ni un punto de referencia absoluto, no genera verdadera libertad, sino inestabilidad, desconcierto y un conformismo con las modas del momento. Vosotros, jóvenes, tenéis el derecho de recibir de las generaciones que os preceden puntos firmes para hacer vuestras opciones y construir vuestra vida, del mismo modo que una planta pequeña necesita un apoyo sólido hasta que crezcan sus raíces, para convertirse en un árbol robusto, capaz de dar fruto.

2. Arraigados y edificados en Cristo.

Para poner de relieve la importancia de la fe en la vida de los creyentes, quisiera detenerme en tres términos que san Pablo utiliza en: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). Aquí podemos distinguir tres imágenes: “arraigado” evoca el árbol y las raíces que lo alimentan; “edificado” se refiere a la construcción; “firme” alude al crecimiento de la fuerza física o moral. Se trata de imágenes muy elocuentes. Antes de comentarlas, hay que señalar que en el texto original las tres expresiones, desde el punto de vista gramatical, están en pasivo: quiere decir, que es Cristo mismo quien toma la iniciativa de arraigar, edificar y hacer firmes a los creyentes.

La primera imagen es la del árbol, firmemente plantado en el suelo por medio de las raíces, que le dan estabilidad y alimento. Sin las raíces, sería llevado por el viento, y moriría. ¿Cuáles son nuestras raíces? Naturalmente, los padres, la familia y la cultura de nuestro país son un componente muy importante de nuestra identidad. La Biblia nos muestra otra más. El profeta Jeremías escribe: «Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza: será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto» (Jer 17, 7-8). Echar raíces, para el profeta, significa volver a poner su confianza en Dios. De Él viene nuestra vida; sin Él no podríamos vivir de verdad. «Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo» (1 Jn 5,11). Jesús mismo se presenta como nuestra vida (cf. Jn 14, 6). Por ello, la fe cristiana no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo una relación personal con Jesucristo. El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia.

Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y, con su amistad, la vida crece y se realiza en plenitud. Existe un momento en la juventud en que cada uno se pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida, qué finalidad, qué rumbo debo darle? Es una fase fundamental que puede turbar el ánimo, a veces durante mucho tiempo. Se piensa cuál será nuestro trabajo, las relaciones sociales que hay que establecer, qué afectos hay que desarrollar… En este contexto, vuelvo a pensar en mi juventud. En cierto modo, muy pronto tomé conciencia de que el Señor me quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar esa certeza. Tuve que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es de verdad la voluntad del Señor para mí? ¿Seré capaz de permanecerle fiel y estar totalmente a disposición de Él, a su servicio? Una decisión así también causa sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después tuve la certeza: ¡así está bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole, estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica.

Como las raíces del árbol lo mantienen plantado firmemente en la tierra, así los cimientos dan a la casa una estabilidad perdurable. Mediante la fe, estamos arraigados en Cristo (cf. Col 2, 7), así como una casa está construida sobre los cimientos. En la historia sagrada tenemos numerosos ejemplos de santos que han edificado su vida sobre la Palabra de Dios. El primero Abrahán. Nuestro padre en la fe obedeció a Dios, que le pedía dejar la casa paterna para encaminarse a un país desconocido. «Abrahán creyó a Dios y se le contó en su haber. Y en otro pasaje se le llama “amigo de Dios”» (St 2, 23).

Estar arraigados en Cristo significa responder concretamente a la llamada de Dios, fiándose de Él y poniendo en práctica su Palabra. Jesús mismo reprende a sus discípulos: «¿Por qué me llamáis: “¡Señor, Señor!”, y no hacéis lo que digo?» (Lc 6, 46). Y recurriendo a la imagen de la construcción de la casa, añade: «El que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone por obra… se parece a uno que edificaba una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla, porque estaba sólidamente construida» (Lc 6, 47-48).

Queridos amigos, construid vuestra casa sobre roca, como el hombre que “cavó y ahondó”. Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo. Escuchadle como al verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra vida. Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos. Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría. Sólo la Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda, sólo la fe que nos ha sido transmitida es la luz que ilumina el camino. Acoged con gratitud este don espiritual que habéis recibido de vuestras familias y esforzaos por responder con responsabilidad a la llamada de Dios, convirtiéndoos en adultos en la fe. No creáis a los que os digan que no necesitáis a los demás para construir vuestra vida. Apoyaos, en cambio, en la fe de vuestros seres queridos, en la fe de la Iglesia, y agradeced al Señor el haberla recibido y haberla hecho vuestra.

sábado, 4 de septiembre de 2010

MENTES CERRADAS

        "Con ese se puede hablar, no parece una persona mayor". Así se explicaba, refiriéndose a un profesor suyo, un chico de catorce años en un comentario informal con un compañero de colegio.
 
        Al oírlo, me quedé pensativo. Me preguntaba por qué pensaría ese chico que con la mayoría de las personas mayores no se puede hablar. Descalificar sin más esa desenfadada apreciación juvenil me parecía demasiado simple, demasiado cómodo. Es más, puede que fuera un buen modo de confirmarla. Era preciso abordar ese asunto con un poco más de autocrítica por parte de la gente adulta. Tengo unas ideas al respecto y voy a intentar explicarlas.

        Hay personas inseguras, que no logran detener su tendencia a alimentar sus dudas, que se atormentan de continuo con perplejidades y vacilaciones. Para decidir cualquier cosa necesitan apoyo, respaldo, adhesión. Sin embargo, es bastante corriente que esas personas tengan miedo a manifestar su inseguridad y, por eso, procuran esconderla, al menos ante aquellos con quienes no tienen una gran confianza. El resultado es que, al menos de modo habitual, las personas inseguras no suelen transparentar su inseguridad, sino que intentan mostrarse exteriormente como seguras y decididas. En muchos casos, además, esa actitud se convierte en una inseguridad hipercompensada, que les lleva a hablar con gran rotundidad de cosas de las que en absoluto están convencidas o a mostrarse muy decididas cuando no está nada claro que lo estén.

 Dos peligrosos extremos

        Hay otras personas cuyo problema es el contrario, aunque el resultado final tenga un cierto parecido. Son aquellas que, por naturaleza, tienen un exceso de evidencias y seguridades. Piensan, hablan y actúan pisando fuerte. Sus ideas suelen ser claras y rotundas. Tienen poca capacidad de sorpresa y poco afán de aprender. Su mente parece como si estuviera ya casi terminada. Parecen estar ya en posesión completa de la verdad. Cuando hablan, aleccionan. Les cuesta hacerse cargo de la situación emocional de los demás y, por eso, hablan con poca oportunidad. Con facilidad descalifican o estigmatizan a quienes piensan de otra manera. Sus esquemas mentales están tan cerrados que cualquier nuevo dato siempre refuerza sus anteriores ideas. Apenas piensan en replantearse si sus ideas son acertadas o si son las mejores, sino que todo nuevo dato es siempre a su favor, todo lo que escuchan les confirma en su línea de siempre. Como suelen ser simples, tienden a hacer apreciaciones de grupo: bueno es lo mío o lo de los nuestros; malo es lo que no es mío, o no es de los nuestros. No juzgan las ideas, sino, sobre todo –o exclusivamente–, de dónde parten, de quiénes son. Están como blindados ante el embate de cualquier pensamiento de autocrítica.

           Se les distingue con facilidad al verles comportarse en una conversación. Los años de vivir en esa actitud les han llevado a unos modos de manejarse que les hace difícil escuchar. Están pensado en lo que van a decir a continuación. Y si no pueden colocar, se distraen enseguida, y entonces quizá preguntan lo que se acaba de decir. Piensan que tienen la razón, y con facilidad interrumpen, no dejan terminar al otro, porque no escuchan, sino que ya han juzgado y sólo piensan en colocar su idea o, como mucho, en convencer a su interlocutor. 

 A todos de alguna manera
 
        Quizá estoy describiendo casos un tanto extremos. Podríamos dibujar un perfil más moderado, en el que todos, de una manera u otra, deberíamos vernos interpelados, porque a todos nos sucede en mayor o menor grado. Lo malo es que, al leer esto, casi todos pensamos en lejanos personajes intratables, y no nos damos cuenta de cuándo nos pasa eso precisamente a nosotros. ¿Por qué no se reconocen –o no nos reconocemos– al ser descritos? Quizá porque nos conocemos poco, porque tenemos miedo a cambiar, a plantearnos dudas sobre modos de ser que son refugios que nos parecen cómodos y, en realidad, son oscuros y fríos.

        ¿La solución? Despertar interés por las cosas. Aprender a escuchar. Infundir amor por la reflexión serena, por explicar las razones de las cosas, por facilitar la comunicación fluida entre las personas. Hacer un esfuerzo por ponerse en la mente de los demás, por preguntar y escuchar hasta entender las razones del otro, y sólo entonces exponer las propias, si es que resulta necesario. 
 
        A esto habría que añadir quizá una cierta defensa de la perplejidad, un esfuerzo por no trivializar lo complejo, por no etiquetar las cosas de forma simple para así rechazarlas con una contundencia que resulta penosa. No se puede estar diciendo constantemente que "esto es así y ya está", porque la realidad suele resistirse a esos juicios y esos diagnósticos tan simplificantes. 

 Sinceridad con uno mismo

        Es lógico que, con los años, cada uno se vaya formando una opinión sobre las cosas. Esto es positivo, evidentemente. Pero, si eso nos lleva a tener una actitud de cerrar la mente, de dar las cosas ya por definitivamente resueltas, eso es, a la larga, un error de graves consecuencias. Porque incluso nuestras convicciones más profundas precisan reflexión, exigen que procuremos mejorar su fundamentación, que nos esforcemos por avanzar en esa autoexplicación de nuestros propios principios. Hay que saber expresar nuestras ideas, saber responder a las críticas que a ellas se planteen, en vez de descalificar esas objeciones sin razonamiento alguno. Es preciso ejercitarse en un sano y oxigenante debate intelectual de contraste con otras ideas. Es lo que pienso que nos falta a muchos adultos, y lo que hace que, a veces, la gente joven nos vea como nos veía aquel muchacho de catorce años.

martes, 31 de agosto de 2010

AMOR SIN REMORDIMIENTO

Interesantes experiencias de una chica norteamericana sobre el amor humano.

USA: obispos contentos por la sentencia contra las células embrionarias

Piden al Gobierno que financie la investigación con células madre adultas.

WASHINGTON, jueves 26 de agosto de 2010 (ZENIT.org).- Los obispos estadounidenses han acogido con satisfacción la sentencia de la Corte Federal de hacer que la administración Obama detenga la financiación de proyectos de experimentación con células madre embrionarias.

En un comunicado, firmado por el cardenal Daniel DiNardo de Galveston-Houston, presidente del Comité de Actividades Pro Vida de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, califica el fallo judicial como una “gran victoria para el sentido común y una ética médica sólida”.

También afirma que esta decisión judicial “reivindica la lectura que hacen los obispos de la enmienda Dickey, aprobada por el Congreso desde 1996, la cual no permite la financiación federal de cualquier investigación que requiera dañar o destruir embriones humanos”.

“Espero que esta decisión de la corte aliente a nuestro gobierno a renovar y expandir su compromiso con otras vías de investigación de células madre que sí son éticamente aceptables”, añade el comunicado.

Estas otras líneas de investigación con células madre adultas, explica, “están demostrando mayor promesa para aliviar los sufrimientos de los pacientes que la investigación destructiva de embriones humanos”.

Los obispos recuerdan que desde 1996, el congreso aprobaba anualmente la conocida como “enmienda Dickey” para prohibir la financiación de cualquier “investigación en la cual” se requiera dañar o destruir embriones humanos.

El objetivo de esta enmienda, añade la nota, era asegurar que los contribuyentes americanos “no se vean forzados a financiar proyectos de investigación científica que requieren la destrucción de vida humana en su estado primario”.

“Sin embargo, comenzando desde un memorándum legal comisionado por la administración Clinton en enero de 1999, esta ley ha sido distorsionada y reducida para permitir la financiación federal de investigación que depende en forma directa de dicha destrucción”.

Los obispos americanos, recuerda la nota, denunciaron desde el momento esta y otras manipulaciones legales, como la de la ley en contra de la financiación de planes de seguro médico que incluyen el aborto.

“La tarea de todo buen gobierno es usar su poder de financiación para dirigir recursos allá donde mejor se sirva y respete la vida humana, no buscar nuevas maneras de evadir esta responsabilidad”, afirman los obispos.

El cardenal Di Nardo, firmante de la nota, muestra su esperanza de que esta decisión judicial aliente a la administración Obama “a renovar y expandir su compromiso con otras vías de investigación de células madre que sí son éticamente aceptables”.

“Estas otras líneas de investigación están demostrando mayor promesa para aliviar los sufrimientos de los pacientes que la investigación destructiva de embriones humanos”, concluye el mensaje.

El comunicado en español puede leerse en: www.usccb.org/comm/archives/2010/10-152sp.shtml

sábado, 28 de agosto de 2010

LA VOZ DEL CORAZÓN



 Por Jaime Nubiola        

         Cuando en su reciente Instrucción Pastoral los obispos españoles presentan unas orientaciones morales para la situación actual de nuestro país se escucha verdaderamente la voz del corazón. Los obispos se muestran alarmados por el desarrollo creciente de un laicismo agresivo que pretende «prescindir de Dios en la visión y la valoración del mundo, en la imagen que el hombre tiene de sí mismo, del origen y término de su existencia, de las normas y los objetivos de sus actividades personales y sociales». Los obispos no tienen miedo a perder relevancia en la vida de nuestra sociedad, sino que lo que realmente temen es que un pequeño, pero poderoso grupo de personas —como ha ocurrido en tantos regímenes políticos— trate abusivamente de imponer sus convicciones al resto de los ciudadanos hasta el punto de destruir la convivencia democrática.

El positivismo jurídico

         Piensan los obispos que en la manera de ver las cosas que algunos de nuestros gobernantes exhiben «se esconde un peligroso germen de pragmatismo maquiavélico y de autoritarismo» que puede aniquilar por completo nuestra sociedad. Merece la pena transcribir por lo menos un párrafo del valioso documento: «Si los parlamentarios, y más en concreto, los dirigentes de un grupo político que está en el poder, pueden legislar según su propio criterio, sin someterse a ningún principio moral socialmente vigente y vinculante, la sociedad entera queda a la merced de las opiniones y deseos de una o de unas pocas personas que se arrogan unos poderes cuasi absolutos que van evidentemente más allá de su competencia. Todo ello, con la consecuencia terrible de que ese positivismo jurídico —así se llama la doctrina que no reconoce la existencia de principios éticos que ningún poder político puede transgredir jamás— es la antesala del autoritarismo».

          Por supuesto, merece la pena una lectura pausada y atenta del documento completo. No busca la Iglesia católica un espacio de poder ni una situación de privilegio, sino que con palabras sencillas y directas recuerda a todos lo que la experiencia histórica ha demostrado de manera fehaciente: los regímenes políticos que prescinden de Dios terminan en el autoritarismo, que llega siempre hasta la brutal eliminación de unos seres humanos por parte de otros. Basta con recordar los millones de víctimas del nazismo o las del régimen de Stalin.

 Injusticias, siguiendo a la mayoría

          La democracia es una comunidad ética, no un artificioso equilibrio de intereses y poderes que simplemente hace posible el periódico relevo de los gobernantes sin derramamiento de sangre. La verdadera democracia es siempre una comunidad afectiva en la que el bien de todos y el respeto de cada uno son la señal evidente del buen gobierno. Nunca se repetirá lo suficiente la afirmación de que sólo es posible articular una convivencia efectivamente democrática mediante un profundo respeto a cada una de las personas, sea cual fuere su raza, lengua, condición social, convicciones morales y opiniones políticas. Rebajar ese respeto o limitarlo a los que piensan como uno mismo, equivale a poner en peligro la democracia. Cuando es el gobernante quien falta a ese respeto, la democracia está amenazada, aunque pueda parecer que las formas democráticas se mantienen porque la acción del gobernante refleja la voluntad de la mayoría.

          En este documento se escucha la voz del corazón de quienes hacen cabeza en la Iglesia en España. Quizá por eso mueve a los lectores a escuchar también su propio corazón y alienta incluso a intentar crear un espacio en el que sea posible escuchar los corazones de los demás, prestando una particular atención a los más necesitados. En sus párrafos finales, los obispos ofrecen «el fruto de nuestras reflexiones y de nuestro discernimiento a los miembros de la Iglesia y a todos los que quieran escucharnos, compartiendo abiertamente con todos, nuestros temores y nuestras esperanzas». Me parece que quienes públicamente —y a veces de modo airado y agresivo— se posicionan contra la Iglesia en nombre de la tolerancia y del laicismo podrían aprender mucho leyendo este luminoso documento, lleno de mesura, razones y buen sentido. Probablemente ninguno de ellos lo leerá, pues a menudo quienes atacan a la Iglesia y a las convicciones de los cristianos han perdido la capacidad de escuchar a los que piensan de manera diferente a la suya.

Han perdido la capacidad de escuchar 

          En el caso de los gobernantes y los políticos podría pedírseles que leyeran nuestra Constitución, que bien claramente establece el respeto que la Iglesia merece por su implantación en la sociedad española (art. 16, 3). Mi secreta esperanza se encuentra en que escuchen por lo menos a su propio corazón. Pero si ya no atienden siquiera a la voz de su corazón es quizá una señal de que han traspasado la antesala del autoritarismo y corren peligro no sólo la Iglesia católica y las convicciones cristianas, sino la democracia misma. Esto es precisamente lo que temen los obispos.



viernes, 27 de agosto de 2010

El caos y la ideología reinan durante la conferencia de la juventud en México

 By Samantha Singson Austin Ruse Terrence McKeegan, J.D.

LEÓN, MÈXICO, 27 de Agosto (C-FAM) Los primeros informes de asistentes a la Conferencia Mundial de la Juventud que dio inicio esta semana en León, México, dan cuenta de que la reunión es escenario de rigidez ideológica y de un caos casi absoluto. Parece haber cuatro conferencias en curso simultáneamente: una para la juventud, otra para gobiernos, otra para legisladores y una denominada Foro Interactivo Global.

Un indicador del caos reinante en el foro de gobiernos es que en las primeras horas de ayer se anunció que el presidente de México estaría presente y ofrecería un discurso. La concurrencia se reunió, se hizo silencio, se escuchó música y luego no sucedió nada, y nadie ofreció ninguna explicación. El presidente nunca apareció, al menos hasta que esto fue escrito.

Se supone que la reunión gubernamental producirá un documento resultante. Ayer se distribuyó un escrito que, de acuerdo con las fuentes pro-vida presentes en la sala, era bastante bueno, pero que resultó ser bastante extraoficial. Según el Blog de C-FAM, «El documento extraoficial incluía un llamado al fomento de la abstinencia sexual» y «la promoción de valores en la familia». Esto enojó tanto a los organizadores que uno de ellos agarró el micrófono y denunció de manera urgente la declaración «falsa». Un representante de la Federación Internacional de Planificación de la Familia (IPPF, por sus siglas en inglés) tomó luego el micrófono y pidió que los organizadores asumieran el control de la conferencia e impidieran la «infiltración».

Según los organizadores, el documento no autorizado no refleja los puntos de vista ni las discusiones sostenidas en la conferencia. Pidieron con insistencia a los participantes que habían recibido el documento que lo desecharan para evitar confusiones antes de que los gobiernos comenzaran a negociar hoy.

En la presente jornada se dijo que los representantes de los gobiernos están cada vez más descontentos con lo que se supone que deberían ser negociaciones reales. Ayer a la tarde, los delegados asistieron a las sesiones temáticas habiendo preparado sugerencias de enmiendas para el borrador del documento que lleva por título Declaración de Guanajuato, la cual se supone que debe estar lista el viernes. En el grupo de trabajo sobre «igualdad de género», el moderador explicó que las discusiones no estaban pensadas para introducir enmiendas en el documento, sino para discutir el tema en forma amplia. Un delegado solicitó que se aclarara dónde y cuándo los gobiernos podrían brindar sus aportes. El moderador no lo sabía y dijo que un comité encargado de elaborar el borrador se haría cargo de eso. Otro representante gubernamental lanzó una pregunta: «¿Entonces quién está autorizado a participar y quién no?»

Además, señaló la desorganización y se quejó de que las delegaciones ni siquiera estaban seguras sobre qué borrador del documento se suponía que debían estar trabajando. Cuando el moderador reiteró que esta se trataba de una discusión amplia y no para proponer cuestiones específicas sobre lenguaje, un delegado africano replicó: «Entonces, ¿qué se supone que debemos hacer?» «Incluso, ¿por qué estamos aquí?».

Las cosas estuvieron un poco mejor en la conferencia a la que asisten jóvenes. De acuerdo con varios participantes y organizadores, sólo hay 300 jóvenes designados como «delegados» con facultad de voto en la Reunión de Organizaciones No Gubernamentales. El Fondo de Población de la ONU costeó el traslado y los gastos de casi todos ellos y dicho organismo está inclinando aún más las discusiones y las recomendaciones propuestas que serán presentadas ante el Foro de Gobiernos hacia una agenda que propugna los derechos sexuales y el aborto.

Los trescientos representantes se reunieron el martes a la noche bajo el auspicio de varios grupos de adultos, como ser la Asociación Mundial de Niñas Guías y Exploradoras, para negociar una declaración para la juventud que será enviada a los representantes de los gobiernos. Un observador de los jóvenes dijo que el documento «es, simplemente, la cosa más radical jamás vista». Los participantes dicen que quizás el escrito sea añadido al mismo documento que pronto será negociado por los gobiernos. Esto suscitará gran inquietud entre los gobiernos más conservadores que asisten a la conferencia.

Traducido por Luciana María Palazzo de Castellano

¿Cuándo la política fiscal es injusta? (artículo póstumo)

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